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ETHAN CANIN

Ethan
Canin (1960),
escritor estadounidense contemporáneo, nació en Michigan.
Comenzó a escribir cursando la carrera de medicina en la
Universidad de Harvard.
El emperador del
aire (1988), su primer libro de cuentos, es una colección de
relatos que logró una fuerte repercusión editorial tanto de la
crítica como del público lector.
El mismo
impacto tiene su novela De reyes y planetas (1998).
En Al otro
lado del mar, August Kleinman, el octogenario protagonista,
relata su huida de la Alemania nazi
superponiendo momentos sin respetar el orden cronológico. El
efecto impacta por la simultaneidad temporal.
Algo que
destaca en la novela es que tras la huida
realiza el sueño americano. Millonario, se redime embolsando
pedidos en un supermercado. Otro punto tenso es su encuentro con
un soldado japonés en una cueva durante la guerra que impulsa
medio siglo después un acto clave en su existencia. El nudo de la
obra.
La prosa
simple entre tanto petardo, crea el efecto de
que la historia puede
ser cierta. Al otro lado del mar fue elegida
libro del año por el New York Times,
el Boston Globe y el London Times
Ethan Canin,
recupera un discurso narrativo que remite a Sott Fitzgerald y John
Cheever.
Otra
de sus obras es Río Azul
(1991), una novela de controvertida fraternidad y
El ladrón de palacio (1994), una colección de novelas
cortas o cuentos largos.
Discípulo de
Raymond Carver (impulsor del realismo sucio que rescata y destaca
la problemática del hombre anónimo), actualmente ejerce como
docente en el Iowa Writer’s Workshop, donde alguna vez fue alumno. |
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Permítanme
presentarme. Tengo sesenta y nueve años, vivo en la casa
en la que crecí y he sido profesor de biología y
astronomía en el colegio secundario del pueblo durante
tantos años que he dado clases al nieto de uno de mis
alumnos. Uso el reloj pulsera de mi padre, que me dice que
son las cuatro y media pasadas de la mañana, y aunque
antes no lo creía así, ahora pienso que la esperanza es la
esencia de los hombres buenos.
Mi esposa
Vera y yo no tenemos hijos. Esto nos ha permitido hacer
muchas cosas en la vida: nos hemos parado sobre la Gran
Muralla china, recorrido la Pirámide de Keops y tomado el
Sol de medianoche en Laponia. Vera, que tiene casi la
misma edad que yo, se ha ido al Camino de los Apalaches.
Partió hace dos semanas, y calcula que pasará una más, con
un grupo de hombres y mujeres a quienes duplica en edad
para recorrer a pie una senda que atraviesa tres estados.
Tengo la impresión de que el tiempo ha pasado por alto a
mi esposa. Patina sobre el hielo, hace arduas caminatas y
se baña desnuda en lagos de montaña. Lo hace sin mí,
porque mi vida ha sufrido una reducción de velocidad. El
otoño pasado, cuando pasaba la cortadora de césped por
nuestro jardín, sentí una opresión en el pecho y una
punzada de dolor en el hombro, y pasé una semana en un
cuarto compartido de hospital. Ataque cardíaco. Infarto
de miocardio, leve. Ya no corro para alcanzar el tren y en
el bolsillo de la camisa llevo un frasquito de píldoras de
nitroglicerina. Cuando hago cola en el supermercado o
quedo atrapado en un atasco del tránsito, me repito que la
impaciencia no es un buen motivo para morir, y la semana
pasada, cuando vi desde la ventana a mi vecino, el señor
Pike, cruzar el patio hacia mi puerta de calle con una
sierra en la mano, me dije que era un hombre condenado y
sin esperanzas.
Unos días
antes había descubierto los insectos en mi olmo, la hilera
roja que subía desde el suelo por el gran tronco hasta
desaparecer en las ramas inferiores. Examiné uno bajo la
lupa: vi su lustroso cuerpo segmentado; su tórax rojo,
alargado como una gota de líquido; sus patitas rojas,
finas y articuladas, trepando por las fisuras de la
corteza. La mañana que los descubrí, el señor Pikc vino de
su casa y subió a mi porche.
—Su olmo
está infestado —dijo.
—Lo sé
—respondí—. Pase, por favor.
—Lo
lamento mucho, pero seré sincero. Hay otros árboles en
esta cuadra. Tengo que cuidar mis tres olmos.
El señor
Pike es un constructor, un hombre robusto, desagradable,
con quien he hablado muy poco. Lo había visto en las
competencias deportivas intercolegiales, pero siempre con
un aire criticón en la pose de la mandíbula, como dando a
entender que sólo le interesaban los errores de los
atletas. Es menudo, con brazos y cuello gruesos y un hijo
llamado Kurt en cuyos gritos belicosos ya empiezo a
escuchar la voz gruesa de su padre. El señor Pike es dueño
o socio de una empresa constructora que levantó un
barrio de casas prefabricadas en las afueras del pueblo,
en un lote que, recuerdo, el fuego arrasó cuando yo era
joven. Una vez el fontanero que reparaba las cañerías en
el sótano de mi casa me dijo que el señor Pike era un
artesano mediocre, un hombre que prefería el ahorro a la
calidad. El fontanero, un hombre de mi edad que guardaba
sus herramientas en un cofre de madera, meneó la cabeza al
observar que el señor Pike había instalado cañería de
plástico en esas casas. “Durarán diez años —dijo—. Después
se romperán las costuras, y el agua se va a infiltrar en
las paredes y los cielorasos.“ Yo había tenido escaso
contacto con el señor Pike hasta que me dijo que quería
derribar mi olmo para proteger los tres arbolitos en su
patio. Mi casa está separada de la suya por una tapia alta
de rododendros cubiertos de hiedra; a diferencia de la
mayoría de los vecinos, no podemos espiar nuestras
respectivas vidas privadas. En la calle nos limitábamos a
comentar los resultados del fútbol o la lluvia
interminable, y yo no pisaba su propiedad desde ese día,
poco después de su mudanza, en que fui a presentarme y él
me mostró el lugar entre las ondulaciones del jardín
trasero donde pensaba excavar un refugio antiaéreo.
La semana
pasada subió a mi porche con su sierra.
—Tengo
olmos jóvenes —dijo—. No puedo permitir que los infesten.
—Mi árbol
tiene más de doscientos años.
—Lo
lamento mucho —dijo mientras alzaba la sierra—, pero debo
ser sincero. Sólo quiero que sepa que lo mandaré cortar
apenas usted lo autorice.
Esa semana
me costó mucho dormir. Leía a Dickens en la cama, sorbía
leche tibia, pero era inútil. El olmo agonizaba. Vera
estaba de viaje y yo en la cama pensaba en los insectos,
en las mandíbulas diminutas que roían la madera en el
corazón del árbol. Terminaba el verano, las noches aún
eran cálidas y a veces salía en pijama para contemplar el
cielo. Como dije antes, soy profesor de astronomía, y
aunque a veces trato de mirar las estrellas como si fueran
gotas de leche o perlas, mi ojo las ve de acuerdo con las
tablas astronómicas. Parado junto al olmo, alcé la vista
a la Osa Menor y la Lira, el Cisne y la Corona Boreal.
Volví a la casa, leí, pelé una naranja. Me senté junto a
la ventana y pensé en los insectos y cada mañana a las
cinco un muchacho que había asistido a mis clases de
astronomía pasaba en bicicleta, silbando el himno
nacional, y arrojaba el periódico sobre mi porche.
A veces
alcanzaba a escucharlos, royendo el corazón de mi
magnífico olmo.
Cuando vi
los insectos por primera vez, al día siguiente llamé al
vivero de árboles. Un hombre los describió, con sus
cuerpos como gotas y sus patas como alambres; identificó
el género y la especie.
—¿Matarán
el árbol?
—Pueden
hacerlo.
—Pero hay
venenos, ¿no?
—En este
caso, me parece que no —dijo, y añadió que cuando
aparecían sobre la corteza, el árbol estaba demasiado
infestado para ensayar un pesticida—. Los mataríamos, pero
también mataríamos el árbol.
—¿Quiere
decir que el árbol está condenado?
—Tal vez
no —dijo—. Depende de la colonia de insectos. A veces
invaden un árbol pero no lo matan, ni siquiera lo
debilitan. Comen la madera, pero a veces lo hacen tan
lentamente que el árbol tiene tiempo para reemplazarla.
Se lo dije
al señor Pike cuando vino a verme al día siguiente.
—Me pide
que mate un árbol de doscientos cincuenta años que de
otro modo no moriría hasta dentro de mucho tiempo.
—Ese árbol
tiene más de veinticinco metros de altura —dijo.
—¿Y qué?
—Está a
diecisiete metros de mi casa.
—Señor
Pike, ese árbol es anterior a la guerra de la
independencia.
—No quiero
ser antipático —dijo—, pero una tormenta podría derribar
nueve metros de tronco sobre la pared de mi casa.
—¿Cuánto
hace que vive en esa casa?
Me miró,
se mondó un diente: —Usted lo sabe.
—Cuatro
años —dije—. Yo vivía aquí cuando un zar reinaba en Rusia.
El grosor de un olmo en edad de crecimiento aumenta a
razón de seis milímetros por año. Ese tronco tiene un
diámetro de ciento veinte centímetros. Falta mucho para
que empiece a rayar la pintura de su casa o la mía.
—Está
enfermo —dijo—. El árbol está enfermo. Podría caer.
—Podría
—respondí—. Podría caer.
—Es muy
probable que caiga.
Nos
miramos por un instante. Apartó los ojos y su mano derecha
ajustó algo en su reloj. Miré su muñeca. El reloj tenía un
aro de metal brillante; las horas, los minutos y los
segundos parpadeaban sobre la cara.
Al día
siguiente volvió a mi porche.
—Podemos
plantar otro. Después de talar el olmo podemos plantar uno
nuevo.
—¿ Sabe
cuánto tiempo se necesita para que alcance ese tamaño?
—Puede
comprar un árbol crecido. Lo traerían en un camión para
plantarlo.
—Un árbol
crecido necesitaría un siglo para alcanzar la altura de
ese olmo. Un siglo, ¿ se da cuenta?
Me miró.
Se encogió de hombros, giró y bajó los escalones. Me senté
frente a la puerta abierta. Un siglo. ¿Qué quedaría en la
Tierra dentro de un siglo? No creo ser un hombre
sentimental, jamás lloro en el teatro ni en el cine, pero
ciertos momentos me conmueven, y la mención de un siglo
es uno de ellos. Hay otros. En un atardecer de otoño, al
contemplar a las parejas y las familias que avanzan por
los senderos que convergen en la sala de conciertos, me
embarga un anhelo que no termino de comprender. En mis
clases he explicado cómo la hidra primitiva, por razones
que jamás podría comprender, se ve atraída hacia la
superficie diáfana del agua, y la vista de mil seres
humanos que se congregan en una sala para escuchar los
cuartetos de Beethoven me conmueve tanto como el
nacimiento o la muerte. Siento lo mismo durante el cruce
en auto de un tramo volado sobre el Misisipí, la madre de
los ríos. Estos momentos me conmueven profundamente y ese
día, mientras el señor Pike se alejaba por la senda, se
detenía junto al olmo y volvía a su casa, toda mi vida se
desplegó ante mis ojos.
Una vez
que entró en su casa, fui al olmo y estudié los insectos
que salían de un agujero en la tierra y desaparecían entre
las ramas más bajas, por encima de mi cabeza. Formaban una
columna gruesa, incesante. Fui a la casa, busqué el
periódico del día anterior, lo enrollé y salí. Azoté el
tronco hasta desbaratar la columna. Lo azoté hasta que el
periódico se mojó y se redujo a jirones; con las uñas
aplasté a los rezagados en las fisuras de la corteza.
Pisoteé la tierra de donde salían, hundí la puntera del
zapato en sus túneles subterráneos. Cuando mi respiración
se volvió agitada, me detuve y me senté en el suelo. Cerré
los ojos hasta que se me sosegó el pulso en el cuello. Me
embargó una sensación serena de triunfo, de que finalmente
los había dominado. Después de un rato volví a mirar el
tronco: la columna se había reconstituido.
Esa tarde
preparé un insecticida potente, lo llevé al árbol y unté
todo el tronco. El señor Pike salió a observarme desde su
porche. Bajó los escalones hasta la acera, hizo a mis
espaldas unos ruidos que parecían risitas.
—El
insecticida no sirve —dijo.
Pero al
atardecer, cuando salí, los insectos habían desaparecido.
El tronco estaba limpio. Con un dedo acaricié la
circunferencia. Llamé a la puerta del señor Pike y juntos
fuimos al árbol. Hurgó en las fisuras de la corteza y en
la tierra en torno de la base.
—No lo
puedo creer —dijo.
Cuando yo
era chico en este pueblo, los veranos eran tórridos y los
bosques hacia el norte y el este se secaban hasta el punto
que la maleza, incapaz de competir por la humedad de la
tierra con los árboles de hojas caducas, se volvía parda y
quebradiza. Los matorrales se volvían frágiles como la
paja, y el verano que cumplí los dieciséis el bosque se
incendió. Las llamas en su avance rugían día y noche como
un escuadrón de aviones a hélice. Las familias se
reunieron en la calle para planificar la evacuación,
trazar rutas de escape bajo un cielo nocturno que a pesar
de que estábamos a quince kilómetros del fuego brillaba
con un resplandor anaranjado. Mi padre se comunicaba por
radio con el frente de combate al incendio. Prometió que
pasaría la noche en vela y avisaría a los vecinos si
cambiaba la dirección del viento o si el fuego viraba por
cualquier motivo hacia el pueblo. Esa noche el viento
conservó su dirección y para el amanecer se había abierto
un cortafuego del ancho de una calle. Al día siguiente mi
padre me llevó a verlo, una banda de tierra arrasada como
si la hubiera barrido una navaja. Habían derribado los
árboles y cortado la maleza con una guadaña. Desde el
borde de la tierra arrasada, de espaldas al pueblo,
contemplamos el fuego. Luego subimos al Plymouth de mi
padre y nos acercamos hasta donde nos permitieron. Nos
dijeron que un bombero se había asfixiado cuando el cono
de fuego, en un giro brusco, había succionado todo el
oxígeno del aire. Mi padre me explicó que el fuego
respiraba como si fuera un hombre. Bajamos del auto. El
calor nos rizó el vello de los brazos y nos blanqueó las
pestañas.
Mi padre
era farmacéutico y me había llevado a ver el fuego por
curiosidad. Le interesaba todo lo que tuviera que ver con
la ciencia. Conservaba tablas de las mareas y coleccionaba
los detalles de la naturaleza —mariposas diurnas y
nocturnas, semillas, flores silvestres— en cajas con tapa
de vidrio que colocaba contra las paredes del sótano. Un
verano me enseñó las constelaciones del hemisferio boreal.
Salíamos de noche y a medida de que pasaba el verano me
enseñaba a buscar a Perseo y el Boyero y Andrómeda, cómo
las estrellas más brillantes iluminaban a Lira y el
Águila, cómo, mientras las constelaciones avanzan con las
estaciones, la Estrella Polar permanece casi fija y por
eso es el punto de referencia celeste de la navegación
marina. Me enseñó el cielo nocturno y ahora sé que es un
conocimiento valioso. Más adelante, en mis clases de
astronomía, pocos alumnos se interesaban por las siliconas
o el hierro en el Sol, pero cuando hablaba de Cefeo o
Lacerta, callaban y me escuchaban atentamente. Cuando voy
a una fiesta, nunca falta algún esposo bebedor que saldrá
afuera conmigo y sorberá su coñac mientras yo señalo las
estrellas y digo sus nombres.
Ese día,
contemplando el incendio, me pareció que las llamas eran
potentes y estrepitosas como el mar, y esa noche, de
vuelta en casa, salí al patio y subí al olmo para ver cómo
se consumía el bosque. Me habían prohibido subir al olmo
porque las ramas inferiores estaban lejos de mi alcance y
porque, según mi padre, cualquiera que tuviera la suerte
de llegar hasta ellas casi con seguridad caería al bajar.
Igual, yo sabía treparlo. Lo había hecho antes, cuando
mis padres no estaban en casa. No había llegado hasta las
ramas inferiores, pero conocía los nudos y asideros
mediante los cuales, con fuerza y equilibrio, podía trepar
hasta un paso de ellas. Sin embargo, para ello se requería
dar un salto que, por miedo, jamás había intentado. Uno
debía cobrar fuerzas y saltar, impulsado por pies y manos
asidos a las pequeñas protuberancias de la corteza. El
riesgo era enorme. Para mí, dar ese salto era tan
concebible como arrojarme de cabeza al mar desde lo alto
de un acantilado. Era bastante osado en mi juventud, como
lo fui luego en la madurez, pero en todas mis aventuras
había un elemento de previsibilidad, de desenlace
asegurado. En Etiopía he fotografiado a una leona con sus
cachorros y en la Gran Barrera de Coral he buceado entre
las barracudas y las rescazas, pero sin sentir miedo. En
mi vida he hecho pocas cosas que me hicieran sentir miedo.
Con todo,
esa noche di el salto a las ramas inferiores del olmo.
Mis padres estaban en la casa, y yo subí por el árbol, me
abrí paso entre las hojas hasta alcanzar la rama más alta
y contemplar un mundo que desde dos lados estaba
enteramente teñido de naranja y rojo por las llamas. Más
tarde bajé del árbol y me fui a la cama, pero esa noche
cambió la dirección del viento. Mi padre nos despertó y
nos reunimos en la calle con todas las familias de la
cuadra. Cada uno llevaba los tesoros de su vida envueltos
en mantas. Una mujer tenía puesto su tapado de piel a
pesar de que el aire estaba impregnado de cenizas y era
tibio como el de la tarde. Mi padre les habló desde el
capote de un auto. Había escuchado por la radio que el
incendio había atravesado el cortafuego, que una casa en
las afueras del pueblo ya estaba en llamas y que, como era
fácil de comprobar, el viento era fuerte y soplaba del
este. Dijo a las familias que terminaran de cargar sus
autos y se fueran lo antes posible. Aunque el incendio
estaba del otro lado del pueblo, dijo, el aire ya se
impregnaba de humo que dificultaría la respiración. Saltó
del auto y entramos a casa a empacar. Teníamos una radio
RCA en la sala y un juego de loza suiza en el aparador de
mi madre, pero mi padre llenó una caja con la
Enciclopedia Británica y trajo del sótano las pesadas
vitrinas con sus muestras de todas las especies de
mariposas norteamericanas. Llevamos todo al Plymouth.
Cuando volvimos, mi madre estaba en la puerta.
—Es mi
casa —dijo.
—No hay
tiempo —dijo mi padre.
—Es mi
casa, el hogar de mis hijos. No me voy.
Mi padre
la miró en silencio. “Espera aquí”, dijo, la tomó de un
brazo y entraron. Esperé en los escalones del porche y
unos minutos después, cuando salió de la casa, mi padre
estaba solo, así como al alejarnos hacia el oeste para
pasar la noche durmiendo en catres del ejército en el
gimnasio de la escuela del pueblo cercano, rodeados por
nuestros vecinos, estábamos solos. Mi madre se había
negado a partir.
Esto no
tuvo consecuencias graves. Esa noche calló el viento y se
extinguieron las llamas de la casa incendiada; al día
siguiente una lluvia torrencial apagó el incendio. Todos
volvieron a sus casas, las barrieron y formaron montículos
de cenizas negras en la calle. Sólo menciono este
incidente porque creo que pone de manifiesto una de mis
deficiencias: no heredé la obstinación moral de mi madre.
A pesar de mi edad, cuando llego a pie a una intersección
donde el semáforo está rojo pero no hay autos a la vista,
me embarga el desconcierto: Mis decisiones jamás obedecen
a esa certeza que esperaba adquirir en los años de
madurez. Con todo, cuando el señor Pike llamó a mi puerta
me mostré intransigente y enfadado. El olmo era viejo y
hermoso: no podíamos dejar que muriera.
Pues bien,
estaba a salvo. Lo examiné a la mañana, al mediodía, al
atardecer, a la noche con una linterna. La corteza estaba
limpia. Pude dormir.
A la
mañana siguiente, el señor Pike llamó a mi puerta.
—Buen día,
vecino —dije.
—Volvieron.
—Imposible.
—Pero
cierto. Venga —dijo, y se acercó al árbol. Señaló la rama
más baja. —Probablemente, usted no los ve. Pero yo sí. Ahí
están, hay toda una hilera.
—Es
imposible.
—Le digo
que están ahí. Vea —dijo—, no quiero ser antipático, pero
seré franco.
Esa noche
dejó una esquela en mi buzón. Decía que había advertido a
las autoridades y que éstas me obligarían a talar el árbol
si no lo hacía por propia voluntad. La leí en la cocina.
Vera había cocinado pollo a la india antes de partir
hacia el Camino de los Apalaches y en la mesada había un
frasco de harina y especias con las que había condimentado
las presas. Releí la esquela del señor Pike. Del armario
tomé un cuchillo de pesca y una linterna, vacié el frasco
y provisto de estos elementos salí a la calle y me
acerqué al olmo. La calle estaba desierta. Hice mis
cálculos y con el cuchillo abrí una incisión en la
corteza. Nada. Sin embargo, bastaron un par de tajos más
para que diera en el blanco y del árbol empezaran a manar
insectos. Un torrente de diminutos bichos rojos brotó del
tajo. Apoyé la punta del dedo y al instante me cubrieron
la mano y empezaron a subir por mi brazo. Me apresuré a
sacudirlos. Abrí el frasco, apoyé la punta del cuchillo e
hice un puente desde la incisión. Cubrieron la hoja y
empezaron a caer al frasco como un chorrito de agua. Al
cabo de unos minutos aparté el cuchillo, cerré el frasco y
volví a la casa.
Sentía
algún remordimiento porque el señor Pike es mi vecino. Sin
embargo, mi intención no era matar los olmos sino
salvarlos. Aunque estuvieran infestados, los árboles del
señor Pike tenían muchas probabilidades de sobrevivir, y
él desistiría de talar el mío. Así es la naturaleza del
mundo. En la oscuridad de la casa, embargado por
sentimientos de culpa y virtud, con el corazón arrítmico
por la tensión, subí a mi cuarto a prepararme. Me puse
camisa y pantalones negros. Me pinté las mejillas, el
cuello, el dorso de las manos y las muñecas con pomada
para calzado. Me cubrí las canas con una gorra negra.
Entonces bajé. Tomé el frasco y la linterna y salí a la
noche.
Me
encantan los gestos —por ejemplo, nunca dejo de hacer una
reverencia a la mujer con la que bailo cuando termina la
pieza—, pero uno de los dones que he adquirido con los
años es el de darme cuenta cuando estoy por cometer una
tontería. Al introducirme en la caverna umbría detrás del
rododendro de nuestro patio lateral y detenerme a tomar
aliento, mi voz interior me dijo que era más conveniente
volver a casa e irme a la cama. Pero resolví llevar a cabo
mi plan. A la sombra del rododendro, mientras esperaba el
momento de pasar al patio trasero de mi vecino, pensé en
Aníbal y Napoleón y MacArthur. Probé la linterna y agité
el frasco, que hizo un ruido suave como de granos de
arroz al entrechocarse. La luz estaba encendida en la
sala de los Pike, pero el callejón entre nuestras casas
estaba oscuro. Lo crucé.
El patio
de los Pike es grande, más amplio que el nuestro, con dos
pendientes a lo largo, de manera que el prado parecía una
bandera oscura cuyos pliegues se extendían hacia los tres
olmos. Desde el final del camino de entrada, donde
comenzaba el césped, contemplé los tres árboles jóvenes
perfilados por la luz de las casas. Qué extraños, pensé,
son los giros de la vida. Entonces me puse en cuatro patas
y eché a andar hacia el fondo del jardín de los Pike, a lo
largo de la cerca que lo separa del nuestro. El gateo no
ha sido frecuente en mi vida. Con Vera hemos explorado las
cavernas de piedra caliza del sur de Minnesota, pero allí
el gateo era obligado, y al avanzar por el canal húmedo y
estrecho hacia el corazón de la roca, sentía que mis
rodillas y codos estaban imbuidos de una misteriosa
elegancia. El canal era espantosamente estrecho, mi vida
dependía de la fortaleza de mis miembros. Ahora, en el
patio de los Pike, sentía las rodillas desgarradas por la
artritis. Gateé a lo largo del camino hacia los jóvenes
olmos junto a la cerca trasera. El césped estaba mojado y
la humedad atravesaba mi pantalón. Cruzaba el espacio
abierto con la mayor rapidez de que era capaz, el frasco
lleno de insectos en una mano y la linterna en el
bolsillo, cuando mi palma tocó cemento. Me detuve a
mirar. A la luz pálida me encontré con algo parecido a la
escotilla de un submarino. Redonda, del tamaño de una
boca de acceso, marcada con una cruz fosforescente... ay,
señor Pike, jamás pensé que lo haría. Dejé el frasco,
busqué la manija en la oscuridad y al encontrarla tomé
aliento y traté de hacerla girar. Estaba seguro de que no
cedería, pero lo hizo, giró una, dos veces y se alzó como
la tapa de una botella. Tiré de la escotilla, que se abrió
fácilmente. Tomé los insectos, tanteé con los pies hasta
encontrar la escalera y bajé.
No había
renunciado a mi plan de infestar sus árboles, pero parece
que un crimen siempre conduce a otro. Era consciente de
que cometía una estupidez, que aumentaban los riesgos de
que me sorprendieran, pero al bajar la escalera hacia el
interior del refugio antiaéreo del señor Pike me era casi
imposible distinguir el miedo de la euforia. Era un
cuarto redondo, con techo y piso de hormigón y contra la
pared había una estantería metálica cargada de alimentos
enlatados. En uno de los estantes había un diccionario y
varias revistas. Ay, señor Pike. Pensé en sus olmos, en
las raíces y su avance ciego, incesante a través de la
tierra; pensé en sus casas dentro de diez años, las
cañerías rotas y el agua acumulada en los cielos rasos.
Qué caso perdido, pensé en ese momento; qué ser tan
mezquino y miedoso.
Hacía unos
minutos que pensaba en eso cuando escuché el ruido de una
puerta en la casa. Subí la escalera y me asomé por la
escotilla. Kurt y el señor Pike habían salido al porche.
En ese momento bajaron los escalones, cruzaron el césped y
se detuvieron cerca de donde me encontraba. Vi la esfera
luminosa del reloj en la muñeca del señor Pike. Agaché la
cabeza. Estaban callados y me pregunté qué haría el señor
Pike si me sorprendía en su refugio antiaéreo. Era un
hombre robusto, como he dicho, pero no me parecía
violento. Una tarde había visto a Kurt salir de la casa,
dar un portazo, correr al jardín y arrojar un objeto —creo
que era un cenicero— a través de la ventana delantera.
Huyó después de romper el vidrio y el señor Pike no tardó
en aparecer. Digo que no es un hombre violento porque en
ese momento vi algo que trascendía el enfado, acaso un
cierto fatalismo, en su actitud al volver a entrar esa
tarde y barrer los fragmentos de vidrio con una escoba.
Lo miré a través de la ventana delantera rota de la casa.
El
problema era cómo explicarle ese frasco de insectos
enloquecidos que tenía en la mano. Tal vez en ese momento
hubiera podido correr, aprovechar que estaban de espaldas
a mí para alzarme y salir del refugio de un salto, cruzar
el camino y la calle sin que me reconocieran. Pero debía
pensar en mi corazón, claro. Descendí nuevamente. Al
hacerlo y pensar en la forma de ocultar los insectos,
escuché la voz del señor Pike. Volví a subir. El señor
Pike señalaba algo con el dedo y Kurt miraba. Entonces caí
en la cuenta de que señalaba las constelaciones, pero no
las conocía e inventaba sus nombres sobre la marcha. No
había risa en su voz. Era directa, científica, mentía al
hijo sobre sus conocimientos. “Éstas —decía—, éstas son la
Cola de la Sirena y hacia el sur ves los tres picos del
Monte Olimpo y después la espada del Emperador del Aire.”
Miré hacia donde apuntaba. En esa medianoche de fines del
verano describía la cola brillante del Cisne y el cuello
extendido de Pegaso.
Al poco
tiempo dejó de hablar y después volvieron a cruzar el
patio para entrar en la casa. La luz de la cocina se
encendió y se apagó. Salí de mi escondite.
Consideré
la posibilidad de seguir adelante con mi misión, pero el
aire estaba sereno, era una noche perfecta, de paz total,
y pensé que habían interrumpido mi plan. El frasco que
llevaba en la mano era enorme, peligroso. Volví a gatear
entre las sombras de la hiedra y el rododendro junto a la
cerca hasta llegar al camino entre las dos casas. Una
ventana lateral de los Pike estaba iluminada. Me detuve en
un punto donde el ángulo visual me permitía ver un
pasillo, una puerta abierta y el interior de la sala.
Sentados en un sofá marrón contra la pared opuesta, Kurt y
el señor Pike miraban televisión. Me acerqué a la ventana
para espiar. Era una tontería porque cualquier vecino,
cualquier hombre que saliera a pasear su perro esa noche,
me hubiera tomado por un ladrón vestido de negro, pero me
quedé a mirar. La luz interior estaba encendida, a mi
alrededor reinaba la oscuridad y sabía que podía espiar
sin que me vieran. El señor Pike había posado la mano
sobre el hombro de Kurt. Cada tanto, cuando lo visto en
la pantalla los hacía reír, alzaba la mano para revolverle
el pelo, y bruscamente me embargó la misma sensación que
al cruzar el río Misisipí. Cuando volvió a mesar el pelo
de Kurt, salí de las sombras y volví a mi casa.
Quería
correr o patear un balón o vociferar un soliloquio a la
noche. Hubiera saltado sobre el techo de un auto para
convocar a los Pike, al muchacho de los periódicos, a
todos los vecinos. Hubiera hablado sobre el laboratorio
de un profesor de biología, las hileras de frascos con
muestras. ¿Cómo no sentir esperanzas? El embrión humano
de tres semanas tiene branquias en el cuello, como un pez;
el de seis, tiene los dedos obtusos unidos por membranas
de anfibio. Milagros. Esto sucede en todos los ámbitos de
la naturaleza. Cada gestación repite quinientos millones
de evolución: pájaros que dentro del huevo parecen peces
que al salir se parecen a sus antepasados invertebrados,
semejantes a hojas. ¡El estudio de la vida! Cualquiera que
hubiese contemplado la división de una célula pudo
inventar la religión.
Me senté
en los escalones a contemplar el olmo. Después de un rato
me paré y entré. Me quité la pomada de la cara con
aguarrás y subí. Me fui a la cama. Permanecí allí durante
una hora o dos, insomne, acalorado, la mente hecha un
torbellino, hasta que por fin desistí y fui a la ventana.
Había colocado el frasco en la repisa, y los insectos
estaban dormidos o muertos. Abrí la ventana y volqué el
frasco sobre el jardín, y en ese momento, al contemplar
esa cascada brillante en la noche, decidí pedirle a Vera
que me diera un hijo. Sabía que era imposible, pero
estudié la idea durante unos minutos. Frente a la ventana,
evoqué a Vera, siempre joven, de borceguíes y
pantaloncillos, la camisa de frisa empapada de sudor,
recogiendo agua para beber de un arroyo en los Apalaches.
¿Qué teníamos, ella y yo? Era una noche serena, oscura. En
lo alto parpadeaba la Estrella Polar.
Traté de
dormir. Estuve tendido en la cama unos minutos, abandoné
el intento y bajé. Comí unas galletas. Bebí dos copas de
whisky. Me senté en la ventana a contemplar el patio
delantero. Entonces me paré y salí y miré las estrellas,
traté de contemplar su belleza y su misterio. Pensé en
millones de toneladas de gases al explotar, hidrógeno y
helio, gigantes rojas, supernovas. En algunos lugares eran
densas como nubes. Pensé en magnesio y siliconas e hierro.
Traté de contemplarlas fuera del orden de las
constelaciones, pero era como tratar de mirar una palabra
sin leerla, y parado ahí en la noche no podía desenredar
las formas. Habían aparecido algunas nubes que ocultaban
Auriga y Tauro. Cuando se extendían y empezaban a
refractar la luz de la Luna, escuché al muchacho que
silbaba el himno nacional. Me encontró junto al olmo, en
pijama, sin afeitar, un poco borracho.
—Quiero
pedirte un favor —dije.
—¿Señor?
—Soy un
viejo y quiero pedirte que me hagas un favor. Deja la
bicicleta —dije—. Deja la bicicleta y mira las estrellas.
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