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DIAMELA ELTIT

Diamela
Eltit (1949),
escritora chilena. Irrumpe en los
setenta pero se la conoce con el ensayo Una milla de
cruces sobre el pavimento (1980).
Con Lumpérica
(1983) y Por la Patria (1986) dispara contra el régimen.
El cuarto mundo (1988) y El padre mío (1989) abordan la
realidad social latinoamericana.
En los
noventa, ya en democracia, como agregada cultural en México
concluye Vaca Sagrada (1991) y colabora con diversos
medios, como lúcida ensayista. Los Vigilantes (1994) es
galardonada con el premio José Martín Nuez (1995).
Con la
fotógrafa Paz Errázuriz trabaja en El infarto del alma
(1994). Mano de Obra (2002) es un notable alegato contra la
sociedad chilena.
Más conocida
que leída, su literatura busca cauces extraños al ojo
convencional. La complicación alude a una antigua dicotomía:
literatura placer o literatura esfuerzo. No siendo masiva, su obra
es analizada en centros académicos de todo el mundo.
Lo
indiscutible es que su narrativa difiere de la narrativa canónica
con rupturas del relato en las que el hilo argumental se sostiene
fragmentadamente o mediante espacios visuales.
A diferencia
de las convenciones la prosa de Diamela Eltit no se apoya sólo en
los significados, sino en los significantes del lenguaje, creando
una literatura “incómoda”.
Nelly Richard
(Tres funciones de escritura: Desconstrucción, Simulación,
Hibridación), Julio Ortega (Diamela Eltit y el Imaginario de la
Virtualidad), Raquel Olea (El Cuerpo-Mujer), Sara Castro-Klarén
(Escritura y cuerpo en Lumpérica), García Corrales, María Inés
Lagos y otros, concurren al estudio de la vanguardia narrativa de
Diamela Eltit.
También
desarrolló un interesante trabajo visual como integrante del
Colectivo de Acciones de Arte (CADA) inscripta en el movimiento
publicaciones de mujeres, estrategia de la cultura chilena en los
ochenta para la difusión cultural por sobre la censura. Ella misma
resume su aporte: “Me interesa todo aquello que esté a contrapelo
del poder, es decir, la otredad”.
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SERÁ
IRREVOCABLE LA DERROTA
Un 7 de
abril mi madre amaneció afiebrada. Sudorosa y extenuada
entre las sábanas, se acercó penosamente hasta mi padre,
esperando de él algún tipo de asistencia. Mi padre, de
manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó,
obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe
y dilatado. Parecía a punto de desistir, pero luego
recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional.
La fiebre
volvía extraordinariamente ingrávida a mi madre. Su cuerpo
estaba librado al cansancio y a una laxitud exasperante.
No hubo palabras. Mi padre la dominaba con sus movimientos
que ella se limitaba a seguir de modo instintivo y
desmañado.
Después,
cuando todo terminó, mi madre se distendió entre las
sábanas, durmiéndose casi de inmediato. Tuvo un sueño
plagado de terrores femeninos.
Ese 7 de
abril fui engendrado en medio de la fiebre de mi madre y
debí compartir su sueño. Sufrí la terrible acometida de
los terrores femeninos.
Al día
siguiente, el 8 de abril, el estado de mi madre había
empeorado notoriamente. Sus ojos hundidos y el matiz de
incoherencia en sus palabras indicaban que la fiebre
seguía elevando su curso. Sus movimientos eran sumamente
dificultosos, aquejada por fuertes dolores en todas las
articulaciones. La sed la consumía, pero la ingestión de
líquido la obligaba a un esfuerzo que era incapaz de
realizar. El sudor había empapado totalmente su camisa de
hilo, y el pelo, también empapado, se le pegaba a los
costados de la cara provocándole erupciones. Mantenía los
ojos semicerrados, evitando la luz que empezaba a iluminar
la pieza, su cuerpo afiebrado temblaba convulso.
Mi padre
la contemplaba con profunda desesperación. Sin duda por
terror, la tomó al amanecer sin mayores exigencias y de
modo fugaz e insatisfactorio. Ella aparentó no darse
cuenta de nada, aunque se quejó de fuertes dolores a las
piernas que mi padre quiso despejar frotándola para
desentumecerla.
Al igual
que el día anterior se durmió rápidamente y volvió a
soñar, pero su sueño contenía imágenes distantes y
sutiles, algo así como la eclosión de un volcán y la caída
de la lava.
Recibí el
sueño de mi madre de manera intermitente. El color rojo de
la lava me causó espanto y, a la vez, me llenó de júbilo
como ante una gloriosa ceremonia.
Llegué a
entender muy pronto mis dos sensaciones contrapuestas.
Era, después de todo, simple y previsible: ese 8 de abril
mi padre había engendrado en ella a mi hermana melliza.
Fui
invadido esa mañana por un perturbado y caótico estado
emocional. La intromisión a mi espacio se me hizo
insoportable, pero debí ceñirme a la irreversibilidad del
hecho.
El primer
tiempo fue relativamente plácido, a pesar del vago
malestar que me envolvía y que nunca logré abandonar del
todo. Éramos apenas larvas llevadas por las aguas,
manejadas por dos cordones que conseguían mantenernos en
espacios casi autónomos.
Sin
embargo, los sueños de mi madre, que se producían con gran
frecuencia, rompían la ilusión. Sus sueños estaban
formados por dos figuras simétricas que terminaban por
fundirse como dos torres, dos panteras, dos ancianos, dos
caminos.
Esos
sueños me despertaban una gran ansiedad que después
empezaba lentamente a diluirse. Mi ansiedad se traslucía
en un hambre infernal que me obligaba a saciarla, abriendo
compuertas somáticas que aún no estaban preparadas para
realizar ese trabajo.
Luego me
dejaba llevar por una modorra que podía confundirse con la
calma. En ese estado semiabúlico dejaba a mis sentidos
fluir hacia el afuera.
Mi madre,
una vez repuesta, seguía con su vida rutinaria, mostrando
una sorprendente inclinación a lo común. Era más frecuente
en ella la risa que el llanto, la actividad que el
descanso, el actuar que el pensar.
A decir
verdad, mi madre tenía escasas ideas y, lo más irritante,
una carencia absoluta de originalidad. Se limitaba a
realizar las ideas que mi padre le imponía, diluyendo
todas sus dudas por temor a incomodarlo.
Curiosamente, demostraba gran interés y preocupación por
su cuerpo. Constantemente afloraban sus deseos de obtener
algún vestido, un perfume exclusivo e incluso un adorno
demasiado audaz.
Mi madre
poseía un gran cuerpo amplio y elástico. Su caminar era
rítmico y transmitía la impresión de salud y fortaleza.
Fue, tal vez, lo inusual de su enfermedad lo que enardeció
genitalmente a mi padre cuando la vio, por primera vez,
indefensa y disminuida, ya no como cuerpo enemigo sino
como una masa cautiva y dócil.
Toda esa
rutina constituía para mí una falta radical de estímulos
que no me permitían sustraerme de mi hermana melliza,
quien rondaba cerca de mí. Aun sin quererlo, se me hacían
ineludibles su presencia y el orden de sus movimientos e
intenciones. Pude percibir muy precozmente su verdadera
índole y, lo más importante, sus sentimientos hacia mí.
Mientras
yo batallaba en la ansiedad, ella se debatía en la
obsesión. Ante cada centímetro o milímetro que ganaba se
le desataban incontables pulsiones francamente obsesivas.
Su temor
obsesivo se inició en el momento de su llegada, cuando
percibió angustiada la real dimensión y el sentido exacto
de mi presencia. Buscó de inmediato el encuentro que yo,
por supuesto, evadía conservando con ella la mayor
distancia posible.
Durante el
primer tiempo fue relativamente fácil. Estaba atento al
devenir de las aguas: cuando se agitaban, yo iniciaba el
viaje en dirección inversa.
Mi hermana
era más débil que yo. Desde luego, esto se debía al tiempo
de gestación que nos separaba; pero aun así era
desproporcionada la diferencia entre nosotros. Parecía
como si la enfermedad agravada de mi madre y el poco
énfasis desplegado por mi padre en el curso del acto
hubieran construido su debilidad.
En cuanto
a mí, su fragilidad me era favorable, pues ella, en su
búsqueda, se agotaba enseguida, lo que le daba un radio de
acción muy limitado.
Pronto
empezó a usar trucos para atraparme. Cada vez que me
movía, ella aprovechaba el impulso de las aguas dejándose
llevar por la corriente. En dos oportunidades consiguió
estrellarme. Recuerdo el hecho como algo vulgar, incluso
amenazante.
Fue apenas
un instante; sin embargo, extraordinariamente íntimo,
puesto que debí enfrentarme de modo directo a su obsesión,
la que hasta ese momento me era indiferente. Pero a partir
de esos dos encuentros entendí la extraña complicidad que
ella había establecido con mi madre.
Ejercí la
estricta dimensión del pensar. Antes, sólo me debatía
entre impresiones que luego transformaba en certezas, sin
que nada llegara verdaderamente a sorprenderme.
Así, el
conocimiento de que mi madre era cómplice de mi hermana me
demandó grandes energías, pues me era imperioso
desentrañar la naturaleza y el significado de tal alianza.
Sólo
contaba con el hecho de que las dos veces en que mi
hermana me estrelló, portaba la clave de dos sueños de mi
madre que yo no poseía. Por cierto, esas claves me eran
insoportables y excluyentes. A partir de esa peligrosa
exclusión empezó el acecho hacia mi madre.
Mi madre,
después de unos días, mostró cambios tan sutiles y
ambiguos que yo llegué a pensarlos como producto de mi
interpretación ansiosa. Pero en realidad ella estaba
cambiando.
De modo
misterioso había levantado una barrera ante mí, lo que me
hirió profundamente, llenándome de inseguridades. Pero
pronto me serené, cuando comprendí que ella me tenía
pánico.
Mi madre
me temía y yo la obligaba a extender una oscuridad confusa
entre nosotros, y sólo en mi hermana liberaba su verdadero
ser.
Atento al
afuera, supe que mi madre le mentía a mi padre y que su
estudiado comportamiento no era más que una medida
estratégica para perpetuar su ilusión de poder.
Debí
haberlo adivinado desde un principio, especialmente por el
carácter de sus sueños, pero me había dejado entrampar por
su aparente simpleza. En realidad, a ella le eran
indiferentes los adornos y vestidos. Era mi padre quien le
transfería sus propios deseos, a los que ella,
conscientemente, accedía para despertarle el placer y la
humillación.
Descubrí,
también, que el pensamiento de madre estaba corroído por
la fantasía, que le ocasionaba fuertes y diversas culpas.
Su permanente estado de culpa la obligaba a castigarse, en
algunas ocasiones con excesiva dureza.
Se privaba
frecuentemente de alimentos, realizando dolorosos ayunos
que se prolongaban por varios días. Durante ese tiempo sus
fantasías declinaban notoriamente; ella permanecía atada a
las más inofensivas, relacionadas con fugas o comidas
exóticas. Pero, pasado el efecto del ayuno, la fantasía se
instalaba en ella con más fuerza aún, empujándola a una
nueva expiación.
Otro de
sus métodos consistía en practicar actividades que
detestaba y a las que, sin embargo, se entregaba de lleno.
Asistía a ancianos asilados y enfermos, lavándolos con sus
propias manos para quedar, después, librada a su terror al
contagio. Ni siquiera se permitía quitarse de encima los
fuertes olores que la impregnaban.
Mi padre,
que no veía con buenos ojos sus ayunos, la admiraba, en
cambio, por esas labores, especialmente las horas que
dedicaba a los niños ciegos agrupados en las hospederías
de las afueras de la ciudad. Mi padre gustaba mucho de oír
detalles en torno a esos niños. Por ello mi madre le hacía
descripciones sorprendentemente rigurosas. Llegó a
identificar a los numerosos ciegos por sus nombres y, más
aún, era capaz de caracterizar acertadamente a cada uno de
ellos.
Algunos de
estos niños, decía mi madre, tenían las cuencas vacías;
ella limpiaba las cavidades taponadas de erupciones
purulentas.
Mi padre
la miraba conmovido y ella respondía como si su gesto
hacia los ciegos no tuviera la menor relevancia.
Ciertamente, mi madre detestaba esas visitas porque los
niños, fascinados con su perfume, se abalanzaban sobre
ella rasguñándola, desgarrando su ropa. Y muchos de ellos
se golpeaban contra los muros, lo que causaba gran júbilo
entre los demás. Mi madre, en esas ocasiones, se aturdía
en medio de sonidos guturales.
Ella
escondía estas sensaciones a mi padre, como asimismo su
constante repulsa. Pero mi hermana y yo, que estábamos
inmersos en su oscuridad artificiosa, vivíamos sus relatos
como premoniciones aterrantes. Era terriblemente duro
exponernos a sus narraciones desde el sistema cerrado en
que yacíamos. Mi hermana, alterada, temblaba por horas en
medio de la oscuridad, y yo dominaba mi impulso de
acercarme para encontrar en ella protección. En esas
ocasiones el estar cerca permitía paliar en parte nuestro
desatado miedo a la ceguera.
Bruscamente mi madre suspendió todo aquello. Coincidió
esto con la transformación de su cuerpo que la sumió
durante días en una alarmante confusión. Sentíamos a
menudo su mano tocando la piel dilatada y tensa,
palpándose escindida entre la obsesión y la ansiedad.
Su orden
fantasioso cesó por completo, centrándose en cambio en un
empeño imposible.
Buscaba visualizar por dentro su proceso biológico para
alejar de ella el sentimiento de usurpación. Su empresa
era, desde siempre, un fraude para desencadenarnos culpas.
Nuestra
culpa se alzó sobre el rigor de las aguas como una masa
cerosa. Pudimos invertir el proceso desde el momento en
que logramos gestar sueños para ella. Sueños líquidos que
construíamos con retazos de imágenes fracturadas de lo
real. Nuestros sueños eran híbridos y lúdicamente
abstractos, parecidos a un severo desajuste neurológico.
Mi madre,
perturbada, casi perdió la mitad de su cara, gran parte de
su vello y la capacidad de enfocar a media distancia.
Nosotros
no planeamos que esto pasara; simplemente, sucedió de
manera espontánea, pero a mí me trajo un doloroso costo,
que fue ceder a las presiones de mi hermana.
Hastiado
de su persecución, permití que se me acercara. Con el roce
estalló el fragor de su envidia. No puedo precisar con
exactitud el momento en que ella percibió nuestra
diferencia. Pudo ser el tercero o cuarto roce, cuando
sentí uno de sus conocidos temblores. Era un temblor de
tal magnitud que las aguas me lanzaron contra las paredes.
Antes de
lograr reponerme sentía que se me venía encima con un
impulso desgarrador y, procazmente, se frotó contra mi
incipiente pero ya establecido pudor.
Sin saber
a qué adjudicar su ataque, acosado, intenté alejarla, pero
me paralizó su frote obsesivo que apuntaba en una sola
dirección. Intuí que era preferible que saciara su
curiosidad y que de esa manera se estableciera entre
nosotros un explícito campo de batalla. Mi hermana se
quedó súbitamente inmóvil, extrañamente apacible, y allí,
teniéndome acorralado, realizó su primer juego conmigo.
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