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AMALIA JAMILIS

Anna
Kazumi Stahl, escritora estadounidense, nació en
Lousiana y se crió en Nueva Orleans en una familia signada
por la pluralidad cultural. De ascendencia materna
japonesa y paterna alemana, también la influencia cultural
de su niñez sureña está presente en su
obra.
Por si no
alcanzara con la mistura genética, desde joven fue incorporando
distintas vivencias que acentuarían esta fragmentación. De
adolescente estudió en Boston y luego en Alemania.
Luego de
viajar por Europa, se doctoró en Literatura Comparada en
California y visitó fortuitamente Buenos Aires en 1988 (su destino
académico era México), quedando fuertemente impresionada por la
ciudad: ...algo en la ciudad me llamaba la atención
(...) me recordaba a mi ciudad
natal... Investigar más aquella sensación me motivó a volver a
vivir aquí, cuando y por cuanto pudiera.
Estudió
español y se radicó definitivamente en Argentina en 1995.
Publicó
Catástrofes Naturales (1997) magnífico
volumen de cuentos con buena respuesta en
el medio literario.
En ese
lenguaje que trasunta el entramado cultural, se advierte una
pureza simple, una sensación de estar escuchando a un extranjero
que habla muy bien y con el alma. A diferencia del modernismo que
proclama la integración de culturas, Anna Kazumi Stahl se afana en
sintetizar una entre muchas identidades, una necesidad vital que
desdeña la pose intelectual.
En Flores
de un día parece lograrlo. Sin ser un relato autobiográfico
intenta reunir datos de su vida y nuclearlos en torno a una
historia donde la diversidad cultural va en busca de la identidad.
Actualmente
reside en Buenos Aires donde continúa escribiendo y ejerciendo
como profesora de letras y traductora.
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Hiroko
Robbins eligió una mesa cerca de las grandes ventanas que
daban al Eastman Boulevard. Apoyó la bandeja y la hizo
girar para que el café quedara frente a ella mientras el
plato de macarrones con queso se enfriaba en el otro
extremo. Afuera, el tránsito corría a cada lado del
boulevard. Eastman era la calle más extensa de Monroe,
Texas. Le pusieron al nombre de su intendente más
voluminoso: 1,90 metros de altura y 100 kilogramos de peso
en 1958.
Hiroko
disolvía la crema en su café y miraba por la ventana. Del
otro lado del boulevard había una fila de casas, cada una
con su respectivo cartel. Letras en relieve anunciaban los
nombres de dentistas y médicos que atendían allí. Las
casas eran tremendamente parecidas, Hiroko no podía
recordar a cuál quería dirigirse. Se reclinó en el
respaldo de la silla con un ligero suspiro. Las ventanas
llegaban hasta el techo y el cielo texano le caía encima.
No fue el
tamaño de las cosas lo que la sorprendió al llegar a
América. Todo el mundo sabía que América era enorme. Lo
que la asombró fue el espacio: había inconmensurable
espacio entre una cosa y otra. Al principio tuvo una
sensación desagradable similar al vértigo. Era tal el
espacio a su alrededor que sus pulmones se expandían
involuntariamente y sentía que no podía respirar.
Esa
primera sensación fue alarmante. Sabía de la grandeza
americana y se había sentido gratificada al arribar a un
país como ése. Sin embargo, fue perdiendo su asombro
inicial. De hecho, después de sólo tres meses estaba
decepcionada, especialmente del Sur.
No era la
cultura decadente pero magnífica que esperaba encontrar.
Hiroko había leído a Faulkner, se había sumergido en
Tennessee Williams. Tennessee Williams era para ella un
ángel del Sur, dulce y apasionado.
Pero este
Sur americano no era ni dulce ni apasionado. Esperaba
encontrar una cultura lánguida, fluida, deteriorada pero
elegante. En cambio, se halló en medio de una sociedad
vulgar, una sociedad nerviosa, preocupada por centros de
mesa, listas de invitados y damas de honor.
El sabor
del café aguachento no era placentero pero la sosegaba.
Tomó la gruesa taza con ambas manos y aspiró el humo que
tenía un leve olor a detergente. Un año atrás, en Kioto,
Dean Edward Robbins había llegado a las clases de lengua
japonesa que ella daba. Hiroko advirtió su presencia
porque tenía una manera muy peculiar de bajar la vista,
desviando los ojos en una forma delicada y elusiva. Era
distinto de los demás americanos. Esas otras caras rosadas
la fastidiaban. Le recordaban a los soldados que habían
desfilado, jactanciosos por las calles de Kioto en los
tiempos de la Ocupación.
Durante
las lecciones los americanos quedaban en babia tratando de
asimilar la gramática extranjera y de leer los complejos
ideogramas. Confundidos, volvían sus ojos de cordero hacia
ella, suplicantes, y le parecía que esperaban que la
profesora transformara el aprendizaje de la lengua
japonesa en algo tan sencillo como encender la TV.
A pesar de
la conducta de ellos, Hiroko no tenía prejuicios contra
los blancos. Eran para ella como los niños: intolerables
pero necesarios. Entonces, les enseñaba con amabilidad. Y
nunca pensaba en ellos fuera de la clase.
Dean
Edward Robbins, sin embargo, era un enigma. Transmitía
paz. Llegaba a clase con un saco liviano y de un tono
cálido, que dejaba, doblado, en el respaldo de su silla.
Sus movimientos no eran cuidadosos pero sí ligeramente
meditados. Se sorprendió pensando en él por las tardes,
muchas horas después de haber dejado el Instituto de
Lengua Japonesa.
Cuando él
habló por primera vez, Hiroko encontró que se aferraba a
su voz como un animal acechante. De repente sintió el
anhelo de estar cerca de su boca, dentro de su pecho.
Quería incorporarse a su gramática llena de vacilaciones y
compartir esa lánguida entonación.
A la
tercera semana de clase, cuando estaban todos inclinados
sobre sus hojas, inmersos en el palpable silencio del
examen, ella recordó su voz, recordó haberse enamorado de
esa entonación tiempo atrás. Era la cadencia lenta y
resbalosa de la obra Gato sobre el tejado de cinc
caliente. Había tomado el tren hasta Osaka para ver la
première con actores de Nueva Orleans, la obra en su
idioma original. Esa manera de contar la propia historia
del fracaso, esa lengua que transmitía humillación pero
también dignidad y una cultura decorosamente derrotada: la
cultura del “Viejo Sur”.
Se dio
cuenta de que lo amaba. Mientras dibujaba caracteres del
hiragana en la hoja del examen ella lo observaba, sabiendo
que lo había amado durante mucho tiempo, incluso antes de
haberlo conocido.
Cuando él
la invitó a tomar una copa se alegró, pero no se
sorprendió. Sentía que era una cuestión del destino. Iría
al Viejo Sur, al Sur de él, un lugar detenido en un tiempo
anterior a la guerra civil, y entonces podría iniciarse en
esa lengua. Se transformaría en alguien distinto,
empezaría a escribir con languidez y pasión, como
Tennessee Williams.
Era el
final de los años 50. Las cervecerías estaban de moda en
Japón. Algo tan nuevo, tan occidental. De vez en cuando
iban al Alemand, cerca del Takashima, en el centro. Se
sentaban en un reservado, lejos de la música, y él fumaba.
Su porte era sensual, casi femenino aunque no afeminado.
No había hombres japoneses así. En el Alemand, enmarcado
por las paredes revestidas de pana roja importada de
Europa, él sonreía callado, escuchándola mientras ella le
hablaba en el inglés que había aprendido en el colegio. El
humo de su cigarrillo ascendía en espirales desde sus
manos. Cuando inhalaba, el humo quedaba suspendido entre
sus labios durante un instante, como si se dejara
acariciar antes de incorporarlo. Tal era el impacto que él
le causaba, que ella temía mirarlo mucho a los ojos.
Inclinando
la cara como debe hacerlo una mujer japonesa, Hiroko
lograba de todos modos una detallada observación.
Atisbando desde el rabillo del ojo, tomaba nota mental de
sus gestos, vacilaciones, movimientos. Notaba los cambios
en su voz cuando llamaba al mozo o se disculpaba para irse
un momento de la mesa o cuando buscaba disimuladamente
encontrar su mirada.
Se daba
cuenta de que él la deseaba porque percibía la tensión en
sus pasos al caminar juntos. A fines de mayo, cinco meses
después de haberse conocido, Robbins la llevó al Alemand y
eligió los asientos más apartados.
—Ya
estamos cerca de julio —le dijo, con la mirada perdida.
—Sí
—contestó ella en su esforzado inglés—. Sí, cada vez hace
más calor.
—Mm… —dijo
él—. En julio voy a volver a ver los árboles de Louisiana.
Le dirigió
una mirada furtiva. Volvió a fijar la vista en su vaso, la
dorada cerveza helaba el vidrio.
—¿Ah, en
serio? —contestó con indiferencia. Las sutilezas de las
frases casuales se desvanecen en un idioma extranjero.
—Mm —dijo
él—. ¿Qué te parecería venir conmigo?
Se volvió
hacia Hiroko girando en el asiento y su pierna se detuvo
en el muslo de ella. Sonreía.
Cuando
ella le expuso el asunto a su padre para pedirle que la
entregara a Dean Edward Robbins, el severo y encanecido
hombre, delgado como el papel desde la guerra, se apoyó
contra el respaldo y durante un rato frunció su boca en
una expresión desaprobatoria. Observaba a su hija. Ella se
quedó inmóvil, arrodillada y con el torso ligeramente
agachado. Sus manos, cruzadas delante, estaban apoyadas
sobre la alfombra tatami, su cuerpo mantenía la apropiada
postura de respeto, esperando. Finalmente llegó la
respuesta y con ella Hiroko casi se consumió de alegría.
“Vendrá para una entrevista”, dijo su padre, una respuesta
claramente positiva, y luego le dio la espalda.
Ella hizo
una pronunciada reverencia. Aproximó la frente a la
alfombra, las manos cruzadas una encima de la otra por
delante de su cabeza gacha. En la forma más femenina y
filial, le ofreció su agradecimiento. Estaba emocionada.
Su
madrastra recibió a Robbins en la puerta y lo guió hacia
un pequeño living. Él se arrodilló sin demasiada torpeza
sobre un almohadón violeta colocado frente a un escritorio
pulido y brillante, pero vacío. Robbins no aceptó bebidas
y esperó al padre. Kitayama Isamu abrió la puerta
corrediza shoji y entró. No medía más de 1 metro 60 y sin
embargo su presencia era enorme. Llevaba un kimono formal,
gris oscuro. Una cabeza grande se apoyaba sobre su cuerpo
frágil. Su boca, fruncida, también parecía demasiado
grande. Robbins lo miraba pero de a ratos desviaba la
vista porque sentía lo difícil que era mirarlo sin
incomodarse.
Kitayama
Isamu había poseído una inmensa fortuna. Su familia había
sido dueña de una docena de montañas que rodeaban la
ciudad, de tres islas satelitales y cuatro bosques en el
norte. Durante cuatro siglos la poderosa familia Kitayama
se había dedicado al liderazgo local, y cuando llegó el
siglo veinte compró los medios para suministrar el gas y
la electricidad a la mayor parte de la región.
Pero en
media docena de años habían sido derrotados. Todo Japón se
había degradado. Cayó el gobierno, el Emperador perdió su
autoridad y el implacable bombardeo transformó la vida de
los Kitayama en un infierno. Tuvieron que huir como
campesinos harapientos en medio de la noche hacia el
refugio de los montes.
Cuando
volvieron a la ciudad, siete meses después, la casa
familiar había desaparecido. Las fuerzas de la Ocupación
se habían apropiado de sus negocios, sus islas habían sido
entregadas a la Unión Soviética. Pero por algún error en
los registros gubernamentales, cinco montañas seguían a
nombre de la familia. Durante los años de miseria
posteriores a la guerra, mientras otros pedían limosna,
morían de hambre o prostituían a sus hijas, Kitayama fue
vendiendo las montañas, una por una. Así alimentó a su
familia y la apartó lo más lejos posible del horror de la
posguerra.
Kitayama
Isamu se sentó en la esquina noroeste de la habitación.
Con la espalda derecha, las manos apoyadas firmemente
sobre los muslos, inspeccionó a su invitado, como
americano aunque no como soldado, y como una posibilidad
no deshonrosa de deshacerse de una hija que comía como un
hijo pero producía menos. Robbins no era un hombre de gran
tamaño y aspecto torpe como la mayoría de los americanos:
sus manos estaban cruzadas sobre su falda y había
entornado los ojos. Kitayama pensó por un momento que su
hija había instruido al pretendiente en su comportamiento
pero luego advirtió que se trataba de una humildad
natural.
—¿Cuál es
su nombre? —preguntó.
—Mi nombre
es Robbins, Dean Edward —contestó con tono suave,
pronunciando su nombre a la manera japonesa que invertía
el orden de nombres y apellido.
—¿Y qué
posee?
Fue la
primera de una cantidad de preguntas que Dean no había
previsto. Hiroko nunca mencionó la propiedad como algo
imperativo. Miró en otra dirección, pensando, y finalmente
respondió con honestidad: “Poseo una casa en Texas y
también un automóvil.” Kitayama estuvo satisfecho.
—¿Cuál es
su profesión y cuál es la suma de sus ingresos?
—Soy
ingeniero civil. Gano veinticinco mil dólares al año
—dijo.
Los ojos
de Kitayama se oscurecieron por un instante. Dudaba.
Veinticinco mil dólares era una cantidad enorme de dinero,
una montaña entera se vendía por mucho menos.
—Muy bien
—dijo Kitayama, sereno, y luego preguntó—. ¿Por qué quiere
casarse con mi hija?
—¡Oh!
—dijo Robbins elevando la mirada y sonriendo—. ¡La amo!
—dijo y de inmediato leyó en la expresión de Kitayama el
registro de un error—. Y —continuó, alzando la voz— estoy
seguro de que será una buena y servicial esposa.
—Bien
—respondió Kitayama. Se puso de pie, llevó hacia atrás las
mangas de su kimono y dijo—: Queda acordado.
Luego,
Dean reprodujo la escena para ella, la ansiedad aún
visible en su rostro, y ella sintió un inesperado alivio.
Tuvo un ataque de risa en medio del solemne restaurante
Sakura y continuó riéndose hasta que le saltaron lágrimas
de los ojos. Al día siguiente él le dio un anillo.
Recién en
el trasatlántico que los llevó de Kobe hasta San Francisco
pensó en las preguntas que su padre le había hecho a
Robbins. No entendía por qué había accedido tan rápido,
por qué no había establecido condiciones ni exigido nada.
Quizá su padre había reconocido en Dean un carácter que no
tenía nada que ver con el viejo Japón. Tal vez le había
parecido que le podría ofrecer un nuevo horizonte. Quizás
era por eso que le había gustado.
Hiroko
apoyó su taza de café y levantó el tenedor. Se lo pasaba
de una mano a la otra disfrutando del contacto del acero
inoxidable frío. Empujó el plato de macarrones con queso
hacia el borde de su bandeja. El queso, de un color
amarillo brillante, estaba pegoteado entre los macarrones.
Éste era su plato americano favorito. Con el tenedor tiró
un poco de queso que se despegó de los macarrones. Lo
pinchó y lo levantó del plato. Hiroko era experta en el
uso del tenedor, aunque lo había aprendido de adulta. Le
gustaban y siempre los había considerado instrumentos
ingeniosos, con propiedades específicas: una parte chata
para cavar y sostener, dientes para pinchar y distribuir y
unos bordes lo bastante afilados como para cortar.
Mientras
la luz se volcaba a través de la ventana de la cafetería
Wyatt, ella masticaba el queso con deleite. Adoraba su
sabor salado, casi como el de los pickles kombu. Y su
consistencia gomosa, de manera que el gusto a sal se
exprimía una y otra vez con cada mordida.
Cuando la
madre de Dean hizo comentarios maliciosos a espaldas de
Hiroko acerca de sus modales presumiblemente “japoneses”,
ella le aclaró a Dean: “Ningún japonés come de esta
manera. Ésta es mi manera de comer macarrones con queso.
¡Mía!”, repitió, “¡Mía solamente!... Tu madre no sabe
nada.” Y Hiroko había continuado comiendo macarrones con
queso de esa forma.
Ann Rose
Robbins los excluyó del menú familiar y no pudo abstenerse
de decir en un tono dulce pero venenoso: “Mira, Hiroko
querida, la guarnición de hoy es puré de papas para que
pruebes algo diferente.” Pero cuando Hiroko y Dean se
mudaron cincuenta y pico de millas fuera de Monroe, a la
ciudad de Houston, esas grandiosas comidas familiares se
volvieron infrecuentes.
Mientras
Hiroko masticaba, luchó por retener el recuerdo del Dean
Edward Robbins de Kioto. Le había parecido tan promisorio.
Nunca podría haberse imaginado que le iba a dar una vida
tan común ni que ella se convertiría, a su vez, en un ser
indolente, peor que común. Hiroko había venido a este país
para abandonar el Japón que la coartaba, reduciéndola a
una figura bella y silenciosa. En los Estados Unidos se
convirtió en una figura silenciosa pero sin belleza.
En su
adolescencia Hiroko había escrito terribles historias de
chicas que saltaban desde puentes o se cortaban hasta
desangrarse. Su vestidora las encontró y se las llevó a su
padre. “Una mujer no debería escribir”, le había informado
Kitayama Isamu, la palma de su mano descansando chata y
pesada sobre sus manuscritos. Un segundo después los
quemaría hoja por hoja frente a ella. “Es un desperdicio
de la lengua japonesa.” Ella había continuado escribiendo
en secreto pero, desde entonces, cuando escribía, lo hacía
como un hombre.
Y todavía
hoy, viviendo en el país de las libertades individuales,
seguía escribiendo así. Todos los días de 10 a 12 de la
mañana y de 3 a 5 de la tarde, se sentaba en un cuarto
pequeño al lado de la despensa y escribía. Usaba blocs
tamaño oficio en sentido horizontal; los llenaba de
columnas verticales de ideogramas complicados, kanji,
muchos kanji en la retórica que les estaba reservada a los
hombres. Y siempre que escribía, lo tuviera o no presente,
estaba la imagen de Tennessee Williams, un hombre
delicado, sufrido, elegantísimo.
Lo había
visto en persona una sola vez; a los pocos meses de que
ella llegara al país, había dado una conferencia en la
Universidad de Tulane y Dean la había llevado en el auto
hasta Nueva Orleans para que pudiera verlo. Tennessee
Williams era hermoso. Lánguido como una flor. Bebía
demasiado pero con la gracia de la necesidad. Suspiraba y
a veces se quedaba callado, con la mirada perdida en medio
de una frase. Ella lo encontraba exquisito. Quería ser
como él.
Después de
eso empezó a tomarse más en serio el hecho de escribir.
Estaba ocupada tratando de hacer un relato sobre un
homosexual y la mujer que éste iba a asesinar. Para
escribir debía invocar el genio dulce y ebrio de Tennessee
Williams. Así surgían los distintos kanji y sólo entonces
se desligaba de su propia existencia. Sentía que estaba
persiguiendo algo inmenso, capaz de aniquilar a la mujer
que moraba dentro de ella.
Por lo
general terminaba de escribir a las cinco porque Dean
llegaba alrededor de las cinco y cuarto. A veces olvidaba
la hora y Dean la encontraba, aprisionada entre la mesada
de la cocina y los estantes de la despensa llenando las
hojas amarillas de intrincados caracteres que, para él,
eran ilegibles (pero de ningún modo carentes de
importancia, porque para ella sí la tenían). Él se
inclinaba y la besaba. Entonces ella percibía un vacío, su
condición de mujer. Su mente se resistía pero su cuerpo
no. Abandonaba las cavilaciones y veía los caracteres de
la escritura masculina, que hacía instantes habían sido
suyos, volverse ilegibles para ella también. El olor de
Dean, sus murmullos y su aliento la embriagaban. Sus
brazos le rodeaban la cadera, la sombra de su barba le
rozaba la sien. Todo pensamiento y toda creación propia
desaparecía. Quedaba mujer. Suave, entregada.
Pero si
llegaba a pensar, en soledad, en esas situaciones, se
asfixiaba de rabia. Despreciaba a Dean. Se despreciaba a
sí misma. Le parecía una vida tan común, una condición
inaguantable.
Una vez
había perdido los estribos y gritando estuvo a punto de
quemar su tarjeta de residencia frente a los ojos de Dean.
De pronto se dio cuenta de que se había convertido en un
demonio, como su padre. Rompió a llorar. Sin decir una
palabra él la abrazó y la dejó llorar. Pero luego de eso
sintió que ella había tomado distancia.
Dean
adivinó que el estado de ánimo de Hiroko estaba
relacionado con el proyecto que la afanaba día a día,
trazando un kanji tras otro en esa diminuta caligrafía.
Pensó que sería una buena idea que mostrara a alguien sus
relatos, pero cuando lo sugirió ella le dijo “¡No!” de
manera violenta, y agregó: “¿A quién le voy a mostrar
esto?”. Dean no se atrevió a hacer nuevas sugerencias al
respecto.
Pero
empezó a llevarle flores un par de veces a la semana. A
Hiroko no le gustaban las flores ni la idea de que se las
regalaran, pero como eran parte del matrimonio las
aceptaba en silencio.
“Él regala
flores”, pensaba despegando macarrones pegoteados de
queso. Sabía que él la amaba al estilo americano, creyendo
que el amor está hecho de flores, de besos de saludo y de
despedida. “Y ahora, ¡bebés!”, pensó, pinchando los
macarrones de a uno con los dientes del tenedor. “¡Bebés!
¡Quiere bebés!”
Dean
Edward Robbins estaba compuesto de los deseos más
elementales del hombre casado y ella no entendía cómo no
lo había notado antes. Traía flores, se despedía cada día
con un beso, leía el diario como un viejo dentro de su
pequeña carpa de papel prensa y ella lo miraba
decepcionada. Se preguntaba por qué había creído en él con
tanta facilidad. Era algo físico, lo sabía, y se maldecía
por haber cedido.
Él había
empezado a decir, hacía tres o cuatro meses, si no sería
lindo tener un bebé. Había comenzado a fijarse en los
bebés cuando iban por la calle y le hablaba de amigos de
ellos que tenían bebés. Y cuando quería hacer el amor,
decía: “Hagamos un bebé”. Cuando se apagaba la luz ella lo
podía predecir, el rumor de las sábanas y el balanceo
suave de la cama mientras él se daba vuelta y la envolvía.
“Hagamos un bebé”.
Ella lo
recibía con indulgencia, pero se mantenía atenta y cuando
su contacto se volvía más vigoroso, cuando estaba segura
de que su necesidad de acabar dominaría su deseo de
preñarla, entonces le deslizaba un preservativo entre sus
dedos y le llamaba la atención.
Pero un
día se despertó y vomitó. No podía entender cómo había
pasado. A pesar de sus precauciones su período se había
retrasado y vomitaba por las mañanas. Fue a ver a la
doctora Yamada, que pertenecía a la comunidad
japonesa—americana en Houston, la única médica con quien
se había sentido cómoda en los Estados Unidos.
La doctota
Yamada, japonesa de segunda generación, un ser alegre y
rollizo, unió sus manos en un aplauso y felicitó a Hiroko:
“¡Omedeto-ozaimasu!”. Pero las felicitaciones le sonaron
como una sentencia vil. La sobrecogió el pánico, se sintió
sofocada y sin fuerzas, aplastada por la ingenua alegría
de las mejillas regordetas que imperaban en el rostro de
Sharon Yamada. Hiroko ajustó su voz hasta convertirla en
un susurro: “Arigato-gozaimasu…” (“Muchas gracias, estoy
avergonzada, muchas gracias…”), e inclinándose,
escondiendo su cara, dejó el consultorio.
Encendió
el Oldsmobile 66 y deambuló sin rumbo por las calles. Su
mente corría a toda velocidad. Nunca podría pedirle un
aborto a Yamada. Yamada era una chismosa, todo el mundo se
enteraría de que estaba embarazada, quizás esa misma
noche. Ay, ¿por qué había ido a verla? Toda la comunidad
sabía que Dean quería un bebé y pensaban que Hiroko
deseaba lo mismo. Bebé, bebé… nadie entendía que este bebé
significaba para Hiroko una vida maniatada. Ya la estaba
carcomiendo, haciéndola vomitar y consumiendo sus fuerzas.
No podía pensar con claridad. No era capaz de escribir.
Hiroko se agarró con fuerza del volante y apretó el
acelerador. El cielo parecía cubrirla, pensó: “Como una
bóveda”, y un chillido se escapó de su garganta: “¿Na-ze?
¿Por qué? ¿Por qué nací mujer?”
Estacionó
y quitó la llave del tablero. “El destino es superior al
individuo”, recordó que les decían a los chicos japoneses
cuando iban a la guerra. Entró a la casa y guardó su
cartera y el saco. Tendría que decírselo a Dean hoy, entre
las cinco y cuarto y las cinco y media, porque para
entonces ya se sabría en la comunidad y alguien podría
llamar para felicitarlos.
Cuando
Dean llegó ella escuchaba a Vivaldi en el living. A él le
pareció un buen signo. Entró y la encontró acurrucada en
el sofá. Acomodó su cadera en la curva del cuerpo de ella,
rozó su pelo con las yemas de los dedos y enmarcó su
rostro con caricias. “Hola, Hiroko”, murmuró, y aunque
ella mantenía los ojos cerrados para defenderse de él,
percibió que cedía ante su voz. Él se inclinó sobre ella e
Hiroko pudo sentir el calor de su cuerpo envolviéndola.
“Hiroko, Hiroko”, decía, besándola en las sienes, besando
sus orejas y sus mejillas. Después alejó su rostro un poco
y la miró a los ojos. Sonreía. Ella pensó: “¿Cómo puede
ser tan simple su felicidad? Es como un niño con
golosinas. No piensa en las consecuencias”. Y de repente
supo que Dean le iba a hacer la pregunta que temía:
“¿Vamos a tener un bebé, Hiroko?”
Abrió los
ojos y lo miró en silencio. Él no sabía que ella había
visto a la doctora Yamada. Se preguntó si, en caso de que
hubiese abortado ese mismo día, él también lo hubiera
adivinado. La besó en los labios y la miró de nuevo
esperando una respuesta. Estaba contento, sonreía, y
esperaba con calma que ella contestara que sí, que iban a
tener un bebé, e Hiroko suspiró y supo que se rendiría.
Con los ojos cerrados, se aferraba a los brazos de él. La
música estaba demasiado alta. Cerró los ojos con más
fuerza.
Se había
preparado para decírselo de manera cruel, haciéndolo
sentir culpable por su semilla, pero en cambio dijo con
voz muy débil.
—Sí, soy
tu esposa embarazada.
—Te amo
—susurró él. “Sí”, dijo ella, invadida de golpe por un
sentimiento que provenía de él. Entonces ella misma
percibió una gran emoción, grande como el mar o las
montañas, sintió que estaba enamorada de él, estaba
susurrando como él y ahora la música se había vuelto
inaudible. “Sí”, decía ella, sujetándose con fuerza de las
mangas de su camisa. “Tenemos un bebé en mi vientre.” Él
sonreía pletórico de felicidad y ponía sus manos sobre el
abdomen de ella tantas veces como podía. Dean estaba casi
llorando y ella notó que él lloraba también, primero en
forma controlada y después cada vez más, convulsivamente,
hasta que se extenuó y él la llevó a la cama como a una
niña.
Al día
siguiente estaba desesperada. Dean llegó a la casa con
madera para un corralito y ella sintió una especie de
asfixia. No comió, contestó con irritación y se mantuvo en
silencio por el resto de la noche. Él le preguntó si se
sentía bien pero después la dejó tranquila. No se preocupó
demasiado. “Los cambios de ánimo son comunes, las
hormonas”, pensaba. “Ella es muy delicada”.
Hiroko
deseaba no habérselo contado nunca. Pasaron los días, y
mientras él trabajaba ella iba y venía por la casa
ansiosa, torturándose para encontrar un modo de alterar su
condición. Las horas pasaban y ella caminaba del living al
comedor y vuelta, alrededor de las mesas, entrando y
saliendo de la cocina, al living de vuelta, y de nuevo en
círculos alrededor de las mesas. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo
podía cambiar las cosas? Quizá si corría por los montes o
subía y bajaba escaleras lo perdería. Pero estaba
demasiado asustada como para probar. ¿Qué haría si quedaba
tendida en las escaleras una vez que hubiera forzado la
pérdida? Él le preguntaría por qué había estado subiendo y
bajando las escaleras.
Empezó a
pensar en ello también durante la noche, cuando Dean
estaba ya dormido. Consideraba un millón de ideas
impracticables, daba vueltas y vueltas. Pensaba con tanto
ahínco que por primera vez sus sueños no la mostraban como
a una mujer sino como a un hombre lánguido, enfermo por el
alcohol, pálido, que estaba escribiendo y para quien nadie
más existía. Los sueños eran tan vívidos que apenas se
despertaba no pensaba en el embarazo sino en la trama de
su cuento y en los ideogramas del kanji. Pero entonces
empezaba a vomitar.
Así
transcurrieron un par de semanas. Creía haberse vuelto
loca hasta que una mañana, mientras preparaba umeboshi y
sopa de arroz, de repente se le ocurrió. Recordó a ese
doctor; ya había pasado un año de su única consulta con
él, pero lo recordaba en detalle. Su suegra, Ann Rose, se
lo había recomendado cuando la atacó un fuerte dolor de
garganta apenas llegaba. Fue a verlo y sospechó de él
desde un principio porque le pareció demasiado joven para
ser un médico. Tenía la cara roja y agujereada, su cuerpo
era muy grande en relación con la cabeza y sus movimientos
poseían la peligrosa torpeza de los adolescentes. Pero de
la pared colgaban títulos de la Texas A & M y de la
Universidad de Rice. Pensó que debía ser confiable, su
suegra parecía tener una alta opinión de él y conocía
personalmente a su madre.
Mientras
le examinaba la garganta con una pequeña linterna, la
palma de su mano descansaba sobre su cuello. Hiroko se
sintió rara, en peligro. Después el médico examinó su
respiración con el estetoscopio, presionando la piel con
sus dedos. Apenas comenzó a sospechar de sus verdaderas
intenciones, él le sonrió y posó una gruesa mano sobre su
rodilla, “Me gustan las chicas japonesas”, dijo, “y tú
eres una belleza… Puedo hacerte otra clase de exámenes
también.” Aquí había sonreído en forma obscena. Desde su
cara hinchada de acné, enrojecida, percibió la expresión
de shock de Hiroko. Agregó casi riendo: “Sería muy
divertido. ¿Sabes a qué me refiero? ¿O no, princesa?” Ella
había sentido asco y un sabor agrio en la garganta, y no
pudo contestarle.
Había
logrado borrar al doctor de su memoria. Pero ahora lo
volvió a invocar: el doctor R.W. Wilkins. Hijo de Marjorie,
amiga de Ann Rose. Él le practicaría un aborto en secreto,
él diría que había sido un accidente. Hiroko le diría a
Dean que había ido a Monroe para visitar a Ann Rose o,
para obtener mayor verosimilitud, que había ido para
visitar a Takako Henderson, la primera persona japonesa
que conoció en los Estados Unidos.
Podía
decirle que sintió añoranza por esa primera amistad, y él
le creería. Sentiría pena y pensaría en ella como en un
ser delicado y frágil. “Yo podría haberte llevado”, le
diría, pensando que había sido la tensión del manejo lo
que había desencadenado la pérdida del niño. Pero le
creería.
Pondría el
plan en marcha accediendo a tener un poco de sexo con ese
asiófilo de rostro colorado. Si el tipo vacilaba o no
recordaba la urgencia que había sentido un año atrás,
intentaría incitarlo otra vez con historias sobre los
“secretos” de las mujeres geisha. Sabía, a través de los
relatos que la TV americana difundía sobre Japón, que un
americano como él indefectiblemente quedaba atrapado por
los “milenarios secretos sexuales de las geisha”. Después
de todo, él quería conquistarse a una joven “china”, una
“china” prohibida.
Con esto
en mente abandonó la casa de inmediato. Olvidó su sopa de
arroz y su té matinal. Condujo al minimercado para llamar
a “Información” desde un teléfono público. No quería que
Dean hallara llamados extraños en la cuenta y Hiroko había
destruido los datos con el teléfono y la dirección del
médico.
Era fácil
conseguir los datos. La secretaria le dijo que el doctor
Wilkins llegaría más tarde y le dio un turno de emergencia
para ese mismo día: “A las cuatro y cuarto para
registrarse y él la verá a las cuatro y media.” Inició de
inmediato el recorrido de las cincuenta y pico de millas
hasta Monroe. Atravesó el boulevard Eastman y se detuvo en
la cafetería Wyatt, enfrente de Eastman 3245, el
consultorio del Dr. R.W. Wilkins.
Tomó unos
traguitos de café frío. Ahora realmente le dolía la
garganta. Eran las cuatro y diez en su reloj. Hora de
irse. Pero no se quería levantar. Le dolía la garganta.
Bueno, si
al verlo le causaba demasiada repulsión, podía decirle que
había ido porque le dolía muchísimo la garganta. Era
sencillo, tan sólo le diría que tenía anginas. No sería
del todo una mentira; desde la guerra, cuando escaparon en
medio de la noche en ropa de cama y descalzos hacia las
montañas, algo terrible se había adueñado de su garganta,
un dolor agudísimo. No había podido hablar durante
semanas, y aún hoy cada tanto lo padecía, aunque tal vez
sólo por el recuerdo.
Sin
embargo, sabía que no iba a decir nada acerca del dolor en
la garganta. Necesitaba “otro tipo de exámenes”. Con el
poder de su mente ordenó a su cuerpo que se levantara y
saliera. Se dio cuenta de que estaba tomando una decisión
y en ese instante se le abrió un horizonte, a pesar de que
todavía no tomara plena conciencia de él, un nuevo
horizonte bajo ese cielo pesado de Monroe, Texas.
Cuando el
semáforo le indicó que podía hacerlo, cruzó el boulevard y
luego, tiesa, atravesó la puerta con el cartel “Dr. R.W.
Wilkins, Práctica General”.
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