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EL CONVENIO DE SIR
DOMINICK |
Así como los contratos de compra-venta y de
alquiler están rigurosamente legislados, los pactos
diabólicos tendrían que estar incluidos en la ley. Por
ejemplo, el artículo primero enumeraría los elementos
necesarios:
Viejo pergamino
Pluma
Aguja Esterilizada
ALMANAQUE PERPETUO...
En los
primeros días del otoño de 1838 un asunto de negocios me
llevó al sur de Irlanda. El tiempo era agradable, el lugar
y la gente me eran nuevos. Alquilé un caballo en una
taberna y envié mi equipaje con un sirviente a bordo de
una diligencia de correo y luego, con la curiosidad de un
explorador, inicié un recorrido de veinticinco millas a
caballo, por caminos inhóspitos, hasta llegar a mi
destino. Atravesé pantanos, colinas, planicies y castillos
en ruinas, siempre bajo un consistente viento.
Inicié la
marcha tarde, y habiendo hecho poco menos de la mitad del
camino, ya estaba pensando en hacer un alto en el próximo
lugar conveniente, para que descansase el caballo y se
alimentase, y también para hacerme de algunas provisiones.
Eran cerca
de las cuatro cuando el camino, que ascendía gradualmente,
se desvió a través de un desfiladero entre la abrupta
terminación de unas montañas a mi izquierda y una colina
que se elevaba a mi derecha. Abajo se erguía una precaria
villa bajo una larga línea de gigantescas hayas, cuyas
ramas cobijaban a pequeñas chimeneas que emitían sus
respectivas columnas de humo. A mi izquierda, separadas
por millas, ascendiendo el cordón montañoso antes
nombrado, había un bosque salvaje, cuyos follajes y
helechos terminaban en las rocas.
A medida
que descendía, el camino daba algunas curvas, siempre
teniendo a mi izquierda el paredón de piedra gris,
cubierto aquí y allá con hiedra. Y al acercarme a la
villa, a través de senderos en el bosque, pude ver el
largo murallón de una vieja y ruinosa casa ubicada entre
los árboles, a medio camino entre el pintoresco paisaje
montañoso.
La soledad
y la melancolía de esa ruina picó mi curiosidad, y una vez
que hube llegado a la posada de St. Columbkill, habiendo
puesto a descansar a mi caballo y permitiéndome a mí mismo
una buena comida, comencé a pensar nuevamente en el bosque
y la casa ruinosa, resolviendo dar luego un paseo por
aquellas soledades.
El nombre
del lugar, supe, era Dunoran; y luego de traspasar el
portón de entrada a la propiedad, inicié un paseo por la
dilapidada mansión.
Una larga
senda en la que sobresalían muchas ligustrinas me llevó,
luego de algunas curvas y recodos, a la vieja casona bajo
la sombra de los árboles.
El camino
traspasaba una hondonada recubierta de malezas, pequeños
árboles y arbustos, y la silente casa tenía su puerta
principal abierta hacia esta oscura cañada. Más allá se
extendían robustos árboles por entre la casa, en sus
desiertos parques y establos.
Entré y
vagué por todos lados, viendo ortigas y ligustrinas a
través de los pasillos; de cuarto en cuarto los
cielorrasos estaban caídos, por aquí y por allá había
vigas oscuras y raídas, con zarcillos de hiedra por todos
lados. Las paredes altas, con el yeso picado, estaban
manchadas y enmohecidas. Las ventanas estaban opacadas por
la hiedra y, cerca de la gran chimenea, unos grajos,
especie de pequeños cuervos, revoloteaban mientras que de
los árboles que cubrían la cañada, desde el otro lado, se
escuchaban los graznidos de sus pichones.
Mientras
caminaba por entre aquellos melancólicos pasillos, mirando
sólo en las habitaciones cuyos entarimados no estaban
hundidos (circunstancia que hacía de mi exploración una
actividad peligrosa), comencé a preguntarme por qué una
casa tan grande, en el medio de tan pintoresco paisaje, se
había permitido decaer; soñé con la hospitalidad de
quienes mucho tiempo antes fueran sus dueños, e imaginé
las fiestas y francachelas que se habrían visto en
medianoche.
La gran
escalera era de roble, y había aguantado maravillosamente
el tiempo. Me senté en sus escalones pensando vagamente en
la transitoriedad de todas las cosas bajo el sol.
Excepto
por el ronco y distante clamor de los pichones, apenas
perceptible desde donde yo me encontraba sentado, ningún
sonido quebraba la profunda quietud del lugar. Raras veces
había experimentado tal sentimiento de soledad. No había
viento; ni siquiera el crepitar de una hoja marchita a
través del pasillo. Todo era opresivo. Los altos árboles
que se erguían alrededor de la casa la oscurecían y
añadían algo de terror a la melancolía del lugar.
En ese
momento, cercano a mí, escuché con desagradable sorpresa
una voz muy particular, que repitió estas palabras:
—Comida
para los gusanos, muerta y podrida.
Había una
pequeña ventana en la pared, y a través de su oscuro hueco
vi, casi entre las sombras, la forma difusa de un hombre,
sentado y bamboleando su pie. Me miraba fijo y reía
cínicamente; antes de que pudiera recuperarme de la
sorpresa, repitió este dicho:
—Si la
muerte fuera una cosa que con dinero se pudiese evitar,
los ricos vivirían y los pobres habrían de morir.
—Fue una
gran casa, señor —continuó—, la Casa Dunoran, de los
Sarsfield. Sir Dominick Sarsfield fue el último de su
familia. Perdió la vida a no más de seis pies de distancia
de donde usted está sentado.
Y mientras
decía esto, saltó con un leve brinco al piso. Tenía el
rostro oscuro, rasgos afilados y parecía un poco
encorvado. Tenía un bastón para caminar con el cual señaló
un punto en la pared. Una mancha en el yeso.
—¿Ve usted
la marca, señor? —dijo.
—Sí
—respondí, al tiempo que me paraba y miraba con curiosa
anticipación.
—Está a
unos siete u ocho pies del piso, señor, y usted no
adivinará de qué proviene.
—Me temo
que no —dije—, supongo que es una mancha de humedad.
—Nada de
eso, señor —respondió con la misma sonrisa cínica, aún
apuntando al manchón con su bastón—. Es un manchón de
sesos y sangre. Está ahí desde hace más de cien años; y
nunca se irá mientras la pared esté en pie.
—Entonces,
¿fue asesinado?
—Peor que
eso, señor —respondió.
—¿Tal vez
se suicidó?
—Peor que
eso, señor. Soy más viejo de lo que parezco, señor; usted
no podrá adivinar mis años.
Se quedó
en silencio, mirándome, como invitándome a una conjetura.
—Bueno, yo
diría que usted tiene unos cincuenta y cinco.
Rió, tomó
una pizca de rapé y dijo:
—Cumplí
setenta hace poco.
—Le doy mi
palabra que no lo aparenta; aún no lo puedo creer. ¿Usted
no recuerda la muerte de sir Dominick Sarsfield? —dije,
mirando la ominosa mancha de la pared.
—No,
señor, eso ocurrió mucho antes de que yo naciera. Pero mi
abuelo fue mayordomo aquí y muchas veces escuché de su
boca el relato de la muerte de sir Dominick. No hubo
mayordomo en la casa desde que ocurrió aquello, pero hubo
dos sirvientes que la mantuvieron, y mi tía fue una de
ellas. Ella me crió aquí hasta que tuve nueve años, hasta
que se marchó a Dublín, desde ese momento todo comenzó a
decaer. El viento fue despojando el tejado y la lluvia
pudrió el maderamen. Poco a poco, a través de estos
sesenta años, la casa se fue convirtiendo en esto que hoy
ve usted. Pero yo aún tengo cierto afecto por el lugar,
por los viejos tiempos. Nunca vengo por aquí, pero quise
echar un vistazo. No pienso que esté viniendo muchas veces
a ver la vieja casa, ya que estaré bajo el césped en no
mucho tiempo.
—Usted se
mantiene joven —dije, y dejando este trivial tema,
comenté—: No me sorprende que le guste este viejo lugar;
es un bello lugar, con muchos árboles.
—Desearía
que lo hubiera visto cuando las nueces estaban maduras;
son las nueces más dulces de toda Irlanda —contestó con un
práctico sentido de lo pintoresco—. Usted se llenaría los
bolsillos mientras lo recorriera.
—Este es
un bosque muy antiguo —comenté—. No he visto ninguno más
hermoso en toda Irlanda.
—¡Eiah!
Usía, todas las montañas de por aquí ya tenían bosques
cuando mi padre era mozo, y Murroa Wood era el más grande
de todos. La mayoría eran robles, y hoy han sido en gran
parte talados. Ni uno quedó que se pueda comparar con los
de aquellos tiempos. ¿Qué camino tomó, usía, para llegar
hasta aquí? ¿Vino desde Limerick?
—No.
Killaloe.
—Bueno,
entonces pasó por el lugar donde estaba en los viejos
tiempos el Murroa Wood. Fue cerca de allí que sir Dominick
Sarsfield se encontró por primera vez con el Diablo, el
Señor nos libre, y ese fue un mal encuentro para él.
Había
tomado interés en esta aventura que había tenido lugar en
el mismo marco que ahora me atraía tanto; y mi nuevo
conocido, el pequeño encorvado, estaba bien dispuesto a
narrarme la historia. Y comenzando a hablar, pronto nos
sentamos.
—Cuando
estaba sir Dominick, la propiedad estaba esplendorosa y
aquí tenían lugar grandes fiestas, había música y se le
daba la bienvenida a todos aquellos que se acercaban.
Había vino de tonel de clase, comida caliente, como para
incendiar una ciudad, y cerveza y sidra, como para hacer
flotar un buque. Esto duraba casi todo el mes, hasta que
el tiempo y la lluvia estropeaban las diversiones de
nuestras danzas. Por esa época comenzaba la feria de
Allybally Killudeen, distrayéndonos con sus diversiones.
“Pero sir
Dominick sólo estaba comenzando, y no dejó método por
intentar que lo llevase a deshacerse de su fortuna
(bebida, dados, carreras, naipes y todo tipo de azares),
con lo que no pasaron muchos años para que se viera en
deuda y se convirtiera en un hombre muy desgraciado. Al
mundo exterior mostró, mientras pudo, como que no ocurría
nada. Luego vendió todos sus perros y luego fueron casi
todos los caballos. Con eso se marchó a Francia, y nadie
escuchó nada de él durante algo así como dos o tres años.
Hasta que al final, muy inesperadamente, una noche se
escuchó un golpe en la gran ventana de la cocina. Eran
pasadas las diez y el viejo Connor Hanlon, mi abuelo el
mayordomo, estaba sentado al lado del fuego, solo,
calentándose. Soplaba un viento fuerte por las montañas, y
silbaba a través de la copa de los árboles y hacía un
ruido triste a través de la gran chimenea.”
El
narrador miró fijo a la más cercana chimenea, visible
desde su asiento.
—Como no
estaba seguro acerca del golpe en la ventana, se levantó y
vio el rostro de su patrón. Mi abuelo se alegró de verlo
bien, ya que hacía bastante tiempo que no tenía noticias
de él; pero al mismo tiempo estaba triste porque habían
cambiado las cosas y sólo estaban a cargo de la casa el
viejo Juggy Broadrick y mi abuelo mismo, habiendo apenas
un hombre en el establo, y era cosa muy lamentable volver
a la propia casa en tal estado. Él le dio la mano a Connor
y dijo:
“—Vine
aquí para hablarle. Dejé mi caballo con Dick en el
establo; si no lo vuelvo a buscar antes del amanecer,
quiere decir que jamás lo volveré a utilizar.
“Dicho
esto, fue a la gran cocina y tomó un taburete, donde se
sentó para tomar un poco de calor del fuego.
“—Siéntate, Connor, frente a mí, y escucha lo que voy a
contar, y no temas decir lo que pienses.
“Habló
todo el tiempo mirando al fuego, con sus manos extendidas.
Se veía muy cansado.
“—¿Y por
qué habría de temer, amo Dominick? —preguntó mi abuelo—.
Usted ha sido un buen amo para mí, lo mismo que su padre,
que su alma descanse en paz, antes de usted. Y soy
sincero.
“—Todo
terminó para mí, Con —dijo sir Dominick.
“—¡Dios no
lo permita! —dijo mi abuelo.
“—Reza por
ello —dijo sir Dominick—. Perdí mi última moneda; sólo
queda esta vieja casa. Debo venderla y he venido, sin
saber bien por qué, a dar un último vistazo y luego
marcharme hacia la oscuridad.
“Y dijo:
“—Con,
dicen que el Diablo te da dinero durante la noche que al
otro día se convierte en guijarros, astillas y cáscaras de
nuez. Si juega limpio, creo que podré hacer negocios con
él esta noche.
“—¡Dios no
lo permita! —dijo mi abuelo, con un sobresalto, mientras
se santiguaba.
“—¡Cómo
pasa el tiempo! ¿Cuánto tiempo pasó desde que el capitán
Waller lidió conmigo por la joya en New Castle?
“—Seis
años, amo Dominick, y con el primer disparo le rompió la
pierna.
“—Lo hice,
Con —dijo él— y ahora desearía que, en cambio, él me
hubiera atravesado el corazón. ¿Tienes un whisky?
“Mi abuelo
tomó una botella de un aparador y sir Dominick lo sirvió
en una copa.
“—Saldré
para echar un vistazo a mi caballo —dijo, levantándose y
enfundándose con su capa, y con la mirada fija como si
estuviese pensando en algo malo.
“No
tardaré más que un minuto en ir al establo y mirar el
caballo por usted, señor —dijo mi abuelo.
“—No iba a
ir al establo —dijo sir Dominick—; puedo decirte la
verdad, ya que lo sabrás tarde o temprano. Iba a ir a
través del bosque; si vuelvo me verás en no más de una
hora. De cualquier manera, no sería bueno que me
siguieras, ya que si lo haces te dispararía y sería un mal
fin para nuestra amistad.
“Dicho
esto, caminó por este pasillo de ahí. Abrió la puerta y
salió hacia la espesura bajo la luz de la luna y el viento
frío. Mi abuelo lo vio caminar a través del bosque, hasta
que entró y cerró la puerta.
“Sir
Dominick se detuvo para pensar cuando se encontró en el
medio del bosque. No se había dado cuenta cuando dejó la
casa, pero el whisky no le había aclarado la mente, tan
solo le había dado coraje.
“Ya no
sentía el viento, no temía a la muerte, ni pensaba en nada
más que en la vergüenza y la caída de su familia.
“De pronto
no le vino mejor idea que seguir caminando hasta Murroa
Wood, en donde podía subirse a uno de los robles para
colgarse con su pañuelo de una de las ramas.
“Era una
brillante noche de luna llena, tan solo había una pequeña
nube que de cuando en cuando ocultaba al satélite que, sin
embargo, daba tanta luz como si fuera día.
“Marchó
hacia el bosque de Murroa, iba tan rápido que cada uno de
sus pasos equivalía a tres normales. No tardó mucho tiempo
en llegar al lugar en que los robles extendían sus
sarmentosas raíces y sus ramas como si fueran los maderos
de un techo, dejando filtrar, empero, algo de la luz
lunar, y provocando unas sombras gruesas y tan espesas
como la suela de mi zapato.
“Ya estaba
volviendo a su sobriedad, y comenzaba a aflojar su paso,
pensando que sería mejor enlistarse en el ejército del Rey
de Francia.
“En ese
momento, cuando había resuelto para sí mismo no quitarse
la vida, fue que comenzó a escuchar un leve tintineo a
través del bosque y, de pronto, vio a un gran caballero
justo enfrente suyo, que venía caminando por ese mismo
lugar.
“Era
joven, tal como él, y vestía un sombrero ladeado, con un
listón dorado a su alrededor, como el de un oficial, y una
indumentaria como la que en algunas ocasiones vestían los
oficiales franceses.
“Los dos
caballeros se quitaron sus respectivos sombreros, y el
extraño dijo:
“—Estoy
reclutando, señor —dijo él— para mi soberano, y usted se
dará cuenta de que mi dinero no se convertirá en
guijarros, astillas y cáscaras de nuez a la mañana
siguiente.
“Al mismo
tiempo sacó una gran bolsa repleta de oro; sir Dominick
sintió cómo se le erizaban los pelos de la nuca.
“—No tema
—dijo el extraño— el dinero no te consumirá. Si pruebas
ser honesto y si esto prospera contigo, desearía
proponerte un pacto. Hoy estamos a último día de febrero
—continuó— te serviré durante siete años exactos, y al
término de los mismos tú me servirás a mí. Volveré a
buscarte cuando el séptimo año se cumpla, cuando el reloj
surque el minuto entre febrero y marzo. Tú no me verás
como un mal amo, ni tampoco como un mal sirviente. Amo mis
propiedades; y ordeno todos los placeres y glorias del
mundo. El contrato se iniciará hoy, y el arriendo se
cumplirá en la medianoche del último día nombrado; y en el
año de —me dijo el año, pero ciertamente lo olvidé— y si
tú prefieres esperar para ver el progreso antes de firmar,
tendrás un plazo de ocho meses y veintiocho días. Pero en
este lapso no puedo hacer gran cosa por ti; y si llegado
el día no quieres firmar, todo lo que te otorgué se
desvanecerá, y te encontrarás tal y como esta noche, listo
para colgarte del primer árbol.
“Bien, sir
Dominick eligió esperar, y regresó a la casa con la bolsa
llena de oro, tan redonda como su sombrero. Mi abuelo se
alegró de ver a su amo seguro y regresando tan pronto.
Llamó nuevamente por la cocina y dejó caer la bolsa sobre
la mesa. Se quedó parado y moviendo los hombros, como si
hubiera estado cargando un gran peso sobre ellos; miró la
bolsa y mi abuelo lo miró a él, y de él a la bolsa y
nuevamente a él. Sir Dominick se veía pálido como una hoja
de papel.
“—No lo
sé, Con, ¿qué habrá dentro? Es la carga más pesada que
jamás acarreé.
“Se mostró
tímido para abrirla y antes de hacerlo hizo que mi abuelo
avivara el fuego de la chimenea. Una vez abierta, vieron
que la bolsa estaba repleta de monedas de oro, nuevas y
brillosas, como si fueran recién salidas de la Casa de la
Moneda.
“Sir
Dominick hizo que mi abuelo se sentara a su lado mientras
contaba cada una de las monedas de la bolsa.
“No
faltaba mucho para que rompiera el día cuando terminó de
contar, y sir Dominick le hizo jurar a mi abuelo que no
diría palabra de aquel asunto a nadie. Y él lo guardó en
secreto.
“Cuando el
plazo de los ocho meses y veintiocho días estaba cerca de
expirar, sir Dominick regresó muy preocupado a esta casa.
No sabía bien qué hacer. Nadie más que mi abuelo sabía
algo sobre el tema, y no conocía ni la mitad de lo que
había pasado.
“A medida
que se acercaba el final del mes de octubre, sir Dominick
se iba angustiando cada vez más.
“Una vez
que pudo tranquilizarse pensando que no tendría que decir
más nada sobre el asunto, ni hablar nuevamente con aquel
que conociera en el bosque de Murroa, las deudas volvieron
a hacer palpitar su corazón. Sólo unas semanas antes de la
expiración del plazo, todo comenzó a andar mal. Un hombre
le escribió desde Londres para decir que sir Dominick
había pagado trescientas libras al hombre equivocado, y
que debería pagar de nuevo; otro reclamaba una deuda de la
que nunca antes había oído nada; y otro más, en Dublín,
negaba el pago de una gran deuda, y sir Dominick no tenía
idea de dónde había puesto los recibos. Por la misma fecha
tuvo una cincuentena de reclamos similares.
“Una vez
que llegó la noche del 28 de octubre, estaba por volverse
loco con la cantidad de reclamos que le llegaban de todos
lados. Sólo veía como salida el recurrir a su terrible
amigo, aquel a quien había conocido aquella noche en el
bosque de aquí cerca.
“Así que
decidió marchar para cumplimentar el asunto que ya había
iniciado, a la misma hora que había ido la última vez. Se
quitó el crucifijo que llevaba en torno al cuello, ya que
era católico, y su pequeño evangelio, y se deshizo de la
astilla de la Sagrada Cruz que guardaba en un relicario,
ya que desde que había tomado dinero proveniente del
Maligno, había comenzado a sentir miedo, y se había hecho
de diversos elementos para protegerse del poder del
demonio. Pero esa noche no se atrevía a llevarlos consigo,
así que se los dio en la mano a mi abuelo, sin decirle
palabra, con el rostro tan blanco como el papel. Luego
tomó su sombrero y espada y le dijo que estuviera
pendiente de su regreso para luego salir hacia el bosque.
“Era una
noche tranquila, y la luna, no tan brillante como la
primera noche, iluminaba el brezal y las rocas y caía
sobre el solitario bosque de robles.
“Su
corazón iba latiendo con mayor fuerza a medida que se
acercaba al lugar. No había sonido alguno, ni siquiera el
aullido distante del perro de la villa cercana. Si no
fuera por sus deudas y pérdidas que lo estaban por volver
loco y, a pesar del temor por su alma, por las esperanzas
del paraíso y de todo lo que su buen ángel le susurraba al
oído, se habría dado la vuelta, habría enviado por su
clérigo para que le tomare la confesión y le diera una
penitencia, para poder cambiar su camino hacia una buena
vida, ya que había llegado al punto de aterrorizarse por
el pacto que iba a realizar.
“Aligeró
el paso hasta que llegó al mismo lugar bajo las grandes
ramas del viejo roble. Se detuvo y se sintió tan frío como
un muerto. Imagínese que no se sintió mucho mejor cuando
vio venir al mismo hombre por detrás del gran árbol.
“—Encontró
que el dinero fue bueno —dijo éste— pero no fue
suficiente. No importa, tendrás suficiente como para
ahorrar. Te haré una sugerencia: cada vez que necesites mi
servicio, cada vez que desees verme, sólo tendrás que
acudir a este lugar, recordar mi rostro en tu mente y
desear mi presencia. Para fin de año ya no deberás ni un
centavo y nunca perderás a los naipes, siempre tendrás el
mejor lanzamiento de dados y apostarás al caballo
correcto. ¿Estás complacido?
“La voz de
sir Dominick casi se atenazaba en su garganta, pero emitió
una o dos palabras que significaban su consentimiento. Y
con esto el Maligno lo tocó con una aguja, invitándolo a
escribir unas palabras que tenía que repetir y que sir
Dominick no comprendió, sobre dos delgadas hojas de
pergamino. Con una de ellas se quedó el caballero, y la
otra se la entregó a sir Dominick, dándosela en la misma
mano de la que había tomado su sangre. También le cerró la
herida, ¡y esto es verdad, como que usted está ahí
sentado!
“Bueno,
sir Dominick regresó a casa. Estaba muy asustado. Pero
poco a poco iba calmándose. En breve tiempo se vio librado
de sus deudas. El dinero pronto le cayó en avalancha, y
nunca hizo apuesta o tomó parte en juego de azar que no
ganara; y por sobre todo, no hubo pobre en sus propiedades
que no fuese menos feliz que sir Dominick.
“Él volvió
a los viejos tiempos, cuando el dinero propiciaba que
hubiera sabuesos, caballos y vino en abundancia, muchos
invitados, diversiones y todo aquello que alegraba la gran
casa. Y algunos dijeron que sir Dominick estaba pensando
en casarse, en tanto otros decían que no. De cualquier
modo, algo había que lo preocupaba más de lo común y una
noche, sin que nadie lo supiera, marchó al bosque de
robles. Mi abuelo pensó que sería algún problema con una
joven y bella dama de la que estaba celoso y enamorado.
Pero es sólo una suposición.
“Bien, sir
Dominick se metió en el bosque, caminando y espantándose
cada vez más a medida que se iba acercando al punto de
encuentro; luego de un rato allí, se estaba por volver
sobre sus pasos, cuando vio a quien había ido a ver,
sentado sobre una gran roca, bajo uno de los árboles. En
lugar de estar ataviado como un elegante caballero, con el
listón dorado y la gran vestimenta, ahora estaba vestido
con harapos y su estatura era el doble que antes. Su
rostro estaba embadurnado de hollín y tenía un gran
martillo metálico, que se veía tan pesado como cincuenta,
con un mango de casi un metro de largo entre sus rodillas.
Estaba tan oscuro que no le vio claramente por un largo
rato.
“Se paró,
vio que tenía un tamaño descomunal. Qué ocurrió entre
ellos mi abuelo jamás escuchó, pero sir Dominick se empezó
a volver un tipo melancólico, noche tras noche, y no reía
por nada ni decía palabra alguna a nadie. Cada vez
empeoraba más y se volvía más solitario. Y esa cosa,
cualquiera que fuera, solía atacarle espontáneamente,
algunas veces de una forma y otras veces de otra, podía
ser en lugares solitarios o cuando regresaba cabalgando
solo a casa. Al final se desesperó tanto que envió por el
sacerdote.
“El cura
estuvo con él por largo tiempo, y cuando hubo escuchado
toda la historia se marchó rápidamente en busca del
obispo, quien estuvo aquí al día siguiente, dándole un
buen consejo a sir Dominick. Le dijo que debía cortar por
lo sano con los dados, los juramentos y la bebida, y que
debía deshacerse de las malas compañías, para vivir en la
virtud hasta que se cumpliera el plazo de siete años. Y si
el Diablo no venía por él durante el minuto posterior a
las doce en punto del primero de marzo, él estaría a salvo
del pacto. No faltaban más de ocho o diez meses para que
se cumpliera el plazo de los siete años, y sir Dominick
vivió todo ese tiempo de acuerdo al consejo del obispo,
tan estrictamente como si estuviera en un retiro.
“Bien,
usted puede suponer que se sintió raro hasta que llegó la
mañana del 28 de febrero.
“El cura
llegó ese día, sir Dominick y el reverendo se encerraron
juntos en el cuarto que usted ve ahí, donde estuvieron
rezando hasta casi la medianoche y durante la siguiente
hora. No hubo signos de desorden ni mayor disturbio, y el
obispo durmió esa noche en la habitación contigua de sir
Dominick, despertando confortable al otro día, estrechando
sus manos y besándose como dos camaradas luego de una
victoria en la guerra.
“Sir
Dominick creyó que tendría una placentera velada, luego de
todas sus abstinencias y oraciones, así que invitó a una
docena de sus camaradas, incluidos el cura, a cenar con
él, y hubo copas y un sinfín de vino, juramentos, dados,
naipes, cantinelas y cuentos, pero nada bueno para
escuchar, de manera que el sacerdote se marchó cuando vio
el rumbo que habían tomado las cosas. No faltaba mucho
para la medianoche cuando sir Dominick, sentado a la
cabeza de su mesa, exclamó:
“—¡Este es
el mejor primero de marzo que jamás pasé con mis amigos!
“—Pero si
no estamos a primero de marzo —dijo el señor Hiffernan de
Ballyvoreen. Era un hombre erudito y siempre tenía un
almanaque.
“—¿Qué día
es entonces? —preguntó sir Dominick, pasmado, dejando caer
una cuchara en el plato y mirándolo fijamente, como si
tuviera dos cabezas.
“—Estamos
a veintinueve de febrero, año bisiesto —dijo.
“Y
mientras hablaban de esto, el reloj anunció las doce de la
noche; y mi abuelo, que estaba medio dormido en su silla
junto a la chimenea del vestíbulo, abrió los ojos y vio a
un caballero robusto y no muy alto, con una capa y un
cabello muy largo y negro, que escapaba de su sombrero,
parado en ese lugar donde se ve esa luz contra la pared.”
Mi
encorvado amigo apuntó con su bastón a una pequeña franja
que iluminaba la luz del atardecer, que hacía un relieve
sobre la profunda oscuridad del pasillo.
—Dile a tu
amo —dijo él con una voz espantosa, como la del gruñido de
una bestia— que estoy aquí por un contrato, y que lo
esperaré durante un minuto.
“Mi abuelo
subió por esas escaleras sobre las cuales usted está
sentado.
“—Dile que
aún no puedo bajar —dijo sir Dominick, y volviéndose a sus
compañeros en el cuarto, les dijo, con un sudor frío en la
frente—: Por el amor de Dios, caballeros, ¿alguno de
ustedes podría saltar por la ventana e ir en busca del
cura?
“Todos se
miraron entre sí, sin saber qué hacer, y en ese momento mi
abuelo regresó diciendo:
“—Señor,
dice que, a no ser que baje, él subirá por usted.
“—No
comprendo esto, caballeros, veré qué significa —dijo sir
Dominick, al tiempo que recomponía su semblante y caminaba
a través del cuarto, como un hombre condenado al que su
verdugo espera fuera. Al bajar las escaleras, algunos de
sus camaradas espiaron a través del pasamanos. Mi abuelo
iba caminando seis u ocho escalones detrás de él, y llegó
a ver al extraño dar unas zancadas en dirección a sir
Dominick. Lo tomó entre sus brazos e hizo girar su cabeza
contra la pared. En ese momento las velas y los leños de
las chimeneas se apagaron con un fuerte viento que
recorrió todo el piso.
“Los
compañeros bajaron corriendo. Un golpe provino de la
puerta principal. Algunos corrieron para arriba y otros
para abajo, con faroles. Encontraron a sir Dominick.
Alumbraron su cadáver y pusieron sus hombros contra la
pared; pero no pudo decir ni media palabra, ya se había
enfriado y se estaba poniendo tieso.
“Pat
Donovan llegaba tarde esa noche. Luego que traspasó el
pequeño arroyo, y que su carruaje se encaminó hacia la
casa, faltando unos veinticinco metros para llegar, su
perro, que estaba a su lado, dio un giro súbito y brincó,
dando un aullido que se habrá escuchado a una milla a la
redonda; en ese momento dos hombres pasaron a su lado en
silencio, provenientes de la casa. Uno de ellos era
pequeño y robusto y el otro como sir Dominick, pero sólo
la forma, ya que como había muy poca luz bajo los árboles,
sólo se veían como sombras. Cuando pasaron por ahí, él no
pudo escuchar sus pasos. Se asustó bastante y, cuando
llegó a la casa, encontró a todos en una gran confusión,
en torno al cadáver del dueño, con la cabeza en pedazos,
yaciendo en aquel lugar.”
El
narrador se detuvo y me indicó con la punta de su bastón
el sitio exacto en donde estaba el cuerpo de sir Dominick,
y mientras miraba, las sombras iban oscureciendo el
manchón rojizo, a medida de que el sol se iba ocultando
tras las distantes colinas de New Castle, dejando la
fantasmagórica escena en el profundo gris de la penumbra.
Al fin el
narrador y yo partimos, no sin despedirnos con buenos
deseos y una pequeña “propina” de mi parte que no fue mal
venida.
Estaba
oscuro y la luna brillaba en lo alto cuando llegué a la
villa, monté mi caballo y di una última mirada al lugar de
la terrible leyenda de Dunoran.
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