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RICARDO MARIÑO

Ricardo
Mariño (1956),
escritor, periodista y guionista argentino, nació el 4 de
agosto de 1956 en la ciudad de Chivilcoy, provincia de
Buenos Aires.
Entre 1985 y
1988 dirigió la revista literaria Mascaró. En esos años,
representando a la Dirección General del Libro recorrió el
interior del país dictando talleres en bibliotecas y escuelas.
Colaboró para
varias revistas y suplementos infantiles como Billiken, La
hojita, Cordones sueltos, Humi, A-Z diez y Genios.
Integró el Consejo de Dirección de la revista La Mancha
(1996/7).
Es autor de
más de setenta libros para chicos y jóvenes
y ha recibido varios premios: Casa de las Américas 1988 por su
libro Cuentos Ridículos, Fundación Konex (2004) Diploma al
Mérito en Literatura Juvenil y varias menciones y recomendaciones.
Un gran mundo
de ficción lleno de personajes que no reproducen la realidad sino
la inventan rompiendo los moldes convencionales con humor, ironía
y absurdo.
Obra: El
Sapo más lindo del mundo (1986), Cuento con ogro y princesa
(1987), Botella al mar (1988), Cuentos Ridículos
(1988), El mar preferido de los piratas (1989), Cuentos
del circo (1990), Recuerdo de Locosmos (1990),
Cinthia Scoch y la guerra al malón (1991), La casa maldita
(1991), El cumpleaños de Lola (1991), Cuentos
espantosos (1991), Cuentos y cantos de amor (1991),
Un chico preso en un castillo (1991), En el último planeta
(1992), El rapto (1992) y muchos más.
Otras
publicaciones: Féliz Luna te cuenta la historia (guión,
1992).
Libros para
adultos: Silbidos en el cielo (1988).
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de
Silbidos en el cielo, 1981.
Vi a mi
amor cuando subía con la olla en la mano. Al llegar al
extremo de la escalera apoyó el recipiente en el techo
del baño, pasó ella misma al techo y lentamente fue
vertiendo el agua dentro del tanque. El primer chorro hizo
ruido como de bolitas de acero que golpeaban contra el
fondo metálico. Dejó la olla a un lado y se irguió,
tomándose la cintura y mirando hacia arriba, donde el sol
se ocultaba dando un tinte cobrizo a las copas de los
árboles y trazando finas rayas rojas en los techos de
zinc. Bandadas de patos surcaban el cielo, sus graznidos
eran el silbido de un viento imperceptible y yo estaba
henchido de amor, tronando, exigiendo ayuda al dios del
cual me animaba a descreer mi abuelo.
—Te vas a
bailar, Teresa —le grité desde nuestro corredor.
—Qué
hacés, Mario —saludó—. SÍ, a ese lugar nuevo —se tiró
atrás el pelo y en el mismo gesto volvió su mirada a
nuestro patio. Dijo que calentaría otra olla y emprendió
el descenso.
—¿Qué? ¿Un
lugar nuevo? —me preguntó el viejo alcanzándome el mate—.
¿Cómo se llama? —y cuando se lo devolví retuvo mi mano,
insistiendo—: ¿Qué hace esta chica? ¿Cómo se llama ese
lugar?
—En el
frigorífico —le contesté—, trabaja en el frigorífico.
—¿Con vos?
—No,
abuelo, ¿qué, va a andar en los camiones?
Cuando
volvió a subir se quejó del peso de la olla. Era ahora una
figura totalmente oscura recortada sobre el cielo rojo. La
brisa que empezaba a levantarse adhería el vestido a sus
piernas.
—Decime,
Teresa, ¿fumás vos? —le preguntó el viejo, asomando la
cabeza por sobre la sombra de nuestro corredor.
—Qué tal,
abuelo, ¿cómo está?
—Bien,
querida. Si fumás te pregunto.
—Ah, sí
—sonrió—. Bah, a veces—. Al terminar de descargar el agua
dijo que si no se apuraba terminaría bañándose con agua
fría.
—Fuma
—dijo el viejo, como si le costara creerlo—. ¿Cuántos años
tiene?
—Dieciocho.
—Te lleva
cinco. ¿Vos también vas a ir a ese lugar?
Me levanté
y llevé la pava y el mate a la cocina. Seguí de largo
hasta la pieza y me acodé en el marco de la ventana. El
callejón que se veía desde allí estaba en sombras y a
cincuenta metros, donde se abría una calle, una vaca
permanecía petrificada junto a la zanja. Se escuchó una
radio. Imaginé la acrobacia del viejo para encenderla
desde el sillón de ruedas. El locutor describía la
quietud del agua en el Tigre y hablaba de las lanchas
Paglietini: una chica sentada en el techo de la lancha con
expresión ausente y el pelo dorado batiéndose suavemente.
El macho de la chica, yo mismo pero rubio, con los codos
apoyados en una baranda, mirando la figura de la chica
reflejada en el agua.
—¡Mario!
—tose, ríe y grita el viejo—. ¡Con algún ricachón debe
andar!
La chica
del cumpleaños había arreglado la pieza que daba a la
calle con fotos de artistas y papeles sobre las lámparas
que proyectaban sombras de colores. En un rincón había una
mesita con tortas y bebidas, confiada al cuidado de los
tres hermanitos. Si alguien quería comer algo debía pasar
por la aprobación de los tres, que a cierta altura de la
fiesta insultaban a quien se acercaba por miedo a que
estuviera consumiendo más de la cuenta. En el patio estaba
el padre de la chica despatarrado en un sillón de caña en
compañía de una botella vacía.
Bailando
sometí toda la noche a una misma chica, fea y escasamente
interesada en mi persona, a la batería de preguntas cuyas
posibilidades de respuesta tenía puntualmente estudiadas.
El interrogatorio incluía, claro, su ocupación y si tenía
novio. Dijo que era bordadora, que tenía diecisiete años y
que en cuanto a novio tenía algo así como una mitad. Si
esa mitad no venía a buscarla en una hora me informó que
ella se arreglaría con el que tuviera más cerca. El medio
novio era jugador del equipo de fútbol más importante de
la ciudad y en mi vida, por esa misma razón, ocupaba un
puesto destacado. Tuve miedo de que el tipo entrara y,
enojado o para lucirse ante los demás, me agarrara a
trompadas.
—¿La
conocés a Teresa? —pregunté.
—¿La que
trabaja en el frigorífico? Sí, ¿por?
—No, por
nada. Para ver si la conocías.
—¿Anda con
vos? No puede ser, ¿anda con vos? ¿Cuántos años tenés?
—preguntó, por primera vez interesada en algo que guardara
relación con mi persona y a la vez dejando entrever que
esa posibilidad le parecía rematadamente absurda.
—Dieciséis. ¿De qué te reís? —tuve que preguntar en
seguida.
—De nada,
¿no me puedo reír? —pero un momento después lo dijo—. De
Teresa me río, ¿no es ella la que...? —y completó la idea
con un gesto que parodiaba una enorme panza. Sólo después
de unos minutos pude recuperarme y centrar mi atención en
que a la chica no le resultaba claro el autor del
embarazo, por lo cual me estaba agregando a su lista
mental de sospechosos. Recibí el equívoco con
indisimulado orgullo. Esperé un tiempo prudencial y, como
no dando importancia, dije:
—A esta
hora me gusta caminar. Te parecerá una pavada. Caminar,
mirar la luna... soy, ¿se dice bohemio, no? —ella, a modo
de contestación dijo:
—Vos sos
huérfano. No sé quién me contó... —ella pensaba que sólo a
un huérfano se le podía ocurrir caminar y mirar la luna a
esa hora. Algo de razón tendría.
Salimos.
Por un momento pensé que las cosas estarían realmente
perfectas si nos viera Teresa. Pero era la primera vez que
una mujer hacía dos pasos en mi compañía y después de diez
metros no pude dejar de pensar en cómo sería besar.
Solamente una vez lo había hecho, mientras bailaba, con
una chica que era garantía de no saberlo tampoco. Pensé en
todas las maneras de acomodar los labios.
Tal como
le había asegurado la luna estaba ahí arriba. Nos llegaba
además la música lejana del baile de un club y los
bramidos de los camiones que pasaban cada tanto por la
avenida. Ella admiraba que yo reconociera las marcas de
los camiones por el ruido que hacían. Yo era,
decididamente, feliz.
Los
huérfanos —dijo, luego de un largo silencio— leen mucho
—unos metros más adelante, agregó—: Bah, qué sé yo, me
parece a mí.
Sí, yo
también creía que todos los huérfanos leían mucho o, al
revés, que todos los que leían mucho lo hacían debido a
algún tipo de orfandad. Según ese razonamiento yo era
huérfano en las dos variantes y en cuanto a la segunda
leía los diarios socialistas que le traían al viejo y
releía la colección Grandes Novelas.
—¿Te
gustaría estar al Iado de un río? —extraje del libreto.
—¡Sí!
—gritó entusiasmada. A juzgar por la exclamación había
soñado toda su vida con estar en un lugar así con un
ayudante de camionero, hablando sobre la orfandad.
Naturalmente, no hubo ningún plan de ir a nada que se
pareciera a un río y el tema de los huérfanos no fue
retomado. En cambio, inesperadamente le dije, con una de
mis frases memorizadas, que la quería. Nada menos. Los dos
nos sorprendimos. Ella rió más de lo que eran capaces de
tolerar mis nervios. Finalmente dijo “yo no”. Traté de
salir del paso diciéndole que en realidad yo tampoco, pero
de inmediato me entristecí. Y es que ahora ella me parecía
bellísima y distante. Pensé que de todas maneras, aunque
me diese bolilla en ese momento, al día siguiente cuando
se enterara de mi verdadera edad me odiaría para siempre.
¿Y si nos convertíamos en novios y un día nos casábamos?
Cuando ella tuviera cuarenta yo tendría treinta y cinco.
Era mucha diferencia. Lo mismo con Teresa. Un día estaría
yo sentado a la mesa y de pronto la miraría a ella,
cualquiera de las dos, y el enemigo que llevo adentro me
preguntaría: ¿esa vieja es tu mujer?
—A las dos
menos cuarto pasa un tren carguero —le informé cuando
llegamos al paso a nivel.
Lo
esperamos tirando piedras a un charco, mientras le contaba
las hazañas de mi abuelo. El viejo acostumbraba a pedir a
algún vecino que hiciera el favor de llevarle un paquete
a otro viejo que arreglaba zapatos al otro lado de la
ciudad. Adentro del paquete iba una enorme piedra o un
atado de ladrillos. A los pocos días el otro viejo le
devolvía algún enorme trasto inservible con un nuevo
comedido. Y así eternamente.
Finalmente
llegó el tren: como sobrecogidos por el estruendo nos
abrazamos. El convoy ya estaría a diez kilómetros y yo ya
había despejado mis dudas sobre cómo se usaban los labios
para besar, cuando ella dijo:
—Si me
viera mi novio...
¿Seguía
siéndolo? Le recordé que no había pasado a buscarla en el
plazo fijado. Sonrió y señaló a dos perros que treinta
metros más allá compartían un enorme hueso. La enorme
luna caía sobre sus lomos lustrosos con algo de líquido,
de llovizna. Traté de pensar en que nos parecíamos a esos
perros o, en todo caso, por qué a mí me parecía que había
algo que nos emparentaba con esos perros.
Regresamos. A cada paso ella parecía más feliz y yo más
triste. Pero luego me repuse, porque mientras ella
saltaba en un solo pie sobre una serie de cuatro pequeños
puentes, pensé: traicionó a su novio conmigo. ¡Conmigo!
Poco
después nos separamos.
Metí las
manos en los bolsillos y caminé muy lentamente hacia mi
casa. Pensaba en esa calle de tierra volátil, en la música
que llegaba desde el baile. En ese momento pasó el loco
que se creía corredor de bicicleta. Todas las madrugadas
salía a entrenarse en una bicicleta de reparto con
manubrio de carrera. Le tiré un piedrazo que dio en los
rayos de la rueda trasera. Me miró aterrorizado y yo a él.
Salí corriendo y recién a las dos cuadras caminé más
tranquilo: la madrugada, las sábanas flameando, el canto
de un gallo, el olor de la levadura de una panadería. Me
extrañó que ningún cambio importante se hubiera operado en
mi persona después de haber besado a una chica de
diecisiete años.
—Buenos
días, distraído.
Era
Teresa. Estaba adentro de una camioneta, me pareció que
con un tipo medio viejo. Saludé vacilante, sin resolverme
a seguir como venía —pateando una piedra y relatando la
jugada— o a detenerme y mirar quién era el tipo. Seguí
camino tratando de aparentar firmeza. Aún dentro del patio
de mi casa continué así. No fui a mi pieza. Me aposté en
el tapial para mirar al patio vecino. Diez minutos después
se encendió la luz en la habitación de Teresa y entró
ella. Tiró los zapatos a un rincón, se besó la mano, la
llevó al vientre y dio una vuelta de vals, y otra, y otra,
y se dejó caer en la cama. El huérfano se quedó allí
pensando en que algún día se iría de esa casa y esa ciudad
y que sólo regresaría después de muchos años. Hizo un
esfuerzo y logró ver todo lo que lo rodeaba como si ya
fuera un recuerdo.
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