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WOODY ALLEN

Woody Allen (Allen
Stewart Konisberg) nació en el barrio neoyorkino de
Brooklyn el 1 de diciembre de 1935. Martin, su padre, era
joyero, aunque también tuvo que aceptar trabajos de
camarero y de taxista durante la época de la recesión
económica. Su madre se llamaba Nettea Cherry, y trabajaba
de contable en una florería. En 1943 nació Letty, su
hermana menor y su más ferviente admiradora.
Woody Allen se ha destacado por un
humor satírico y corrosivo, casi letal. En uno de sus shows alguna
vez contó que de joven no tenía demasiados amigos y que sus
compañeros le llamaban Red, por el color de su pelo, cosa que no
le hacía demasiada gracia. “Eh Red —me llamó Floyd, el
energúmeno de la pandilla, un cerebro de vegetal en una chaqueta
de cuero—, y yo, que me dirigía a la clase de violín, monté en
cólera. Mi nombre no es Red, le dije, si querés, llamame señor
Allen. Aquel invierno lo pasé en una silla de ruedas después de
que los médicos me extrajeran el violín. Afortunadamente no tomaba
clases de violonchelo".
Cuando sólo tenía 16 años mandó gags
propios a diferentes periódicos con relativo éxito. Después llegó
un contrato con una agencia de relaciones públicas que contaba
entre sus clientes con Bob Hope y Danny Kaye, a quienes sería
atribuida la autoría de los chistes que entregase.
Contratado por la NBC tuvo su primer
trabajo importante. Woody apareció por primera vez en Hollywood,
en un programa de humor (el
Colgate Comedy Hour) que
terminó en fracaso. Meses después regresaba a Nueva York.
No obstante, sus colaboraciones en
programas televisivos le valieron su primer premio, el "Sylvana
Award" (1957). Premio que despreció, al igual que los demás que ha
recibido durante su carrera. Allen, que había estado trabajando a
la sombra de otros humoristas durante años, sintió que había
llegado la hora de actuar con su propio nombre. Lo hizo en un
conjunto de hoteles cercanos a Nueva York, de los que habían
salido cómicos de la talla de Danny Kaye, Jerry Lewis y Mel Brooks.
Allí se aventuró por primera vez más allá de la máquina de
escribir, asumiendo el papel de director.
"Fue el peor año de
mi vida. Sentía ese miedo en el estómago por la mañana nada más
levantarme, y no me deshacía de él hasta las once de la noche,
cuando empezaba a recitar".
No obstante, fue acostumbrándose al
público y a hacer de su torpeza, justamente, el material para
construir el personaje que lo identificaría: el de antihéroe.
Por fin, y tras una actuación en el
local Blue Angel, le ofrecieron la oportunidad de hacer
el guión de una película: aceptó a cambio de 35.000 dólares y de
un papel como actor. La película se llamó
¿Qué tal, Pussycat?,
y compartió elenco nada menos que con Peter O'Toole, Romy
Schneider y el gran Peter Sellers.
Su primer film como protagonista fue
Robó, huyó y lo pescaron, lo convirtió en lo que podemos
denominar como un cómico para intelectuales, y le proporcionó la
popularidad que necesitaba.
En 1972 forma pareja con la actriz
Diane Keaton en Sueños de un seductor. En 1977 realiza la
memorable Annie Hall, también con Keaton (hija de Buster,
uno de los más grandes cómicos de la historia del cine); la
película fue un éxito en el mundo entero, y Woody fue premiado con
dos Oscar: al mejor director y al mejor guión. El desplante que
Allen dio a los críticos norteamericanos, no acudiendo a la
entrega de los premios y prefiriendo su sesión de jazz semanal,
fue tan comentado que le dio aún más popularidad.
Su filmografía es muy extensa, pero
mientras algunas de sus películas han sido grandes éxitos de
taquilla, otras solamente han tenido éxito en Europa, quizás
porque, poco a poco, ha dejado a un lado su papel de cómico para
inclinarse a la crítica social, lo que no suele ser del agrado del
público de su país.
El paso del tiempo le hizo justicia
y hoy se le considera un artista del nivel del legendario Charles
Chaplin. Además de su labor cinematográfica, en la Argentina
sabemos que todos los jueves toca el clarinete en un club nocturno
neoyorquino, menos conocida es la faceta que hoy presentamos. |
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PARA ACABAR CON LOS REGÍMENES DE BAJAS CALORÍAS
REFLEXIONES DE UN SOBREALIMENTADO |
Del
libro Cómo acabar de una vez por todas con la cultura
(Después
de leer a Dostoievsky y una nueva revista de dietética
durante el mismo viaje en avión.)
Soy gordo.
Soy asquerosamente gordo. Soy el ser humano más gordo que
conozco. Lo único que tengo es exceso de peso en todo el
cuerpo. Tengo los dedos gordos. Tengo las muñecas gordas.
Mis ojos son gordos. (¿Puedes imaginar ojos gordos?) Tengo
muchos kilos de más. Se desparrama la carne sobre mí como
el chocolate caliente encima de un helado. Mi cintura es
motivo de asco para todos los que me miran. No hay la más
mínima duda, soy lo que se dice un montón de grasa. Quizá,
pregunte el lector, ¿hay ventajas o desventajas en tener
forma de planeta? No es mi intención hacerme el gracioso o
hablar con paradojas, pero debo contestar que la gordura
en sí está por encima de la moral burguesa. Simplemente se
trata de gordura. Que la gordura pueda tener un valor en
sí, que la gordura pueda ser, pongamos por caso, mal vista
o lamentable, es, por supuesto, una broma. ¡Qué absurdo!
Porque, después de todo, ¿qué es la gordura si no una
acumulación de kilos? ¿Y qué son los kilos? Simplemente un
compuesto agregado de células. ¿Acaso una célula puede ser
moral? ¿Está una célula más allá del bien y del mal?
¿Quién sabe? ¡Son tan pequeñas! No, amigo, jamás debemos
tratar de distinguir entre una gordura buena o mala.
Debemos acostumbrarnos a considerar al obeso sin emitir
juicios, sin pensar: “la gordura de este hombre es una
gordura de primera categoría” o “la de este pobre diablo
es lamentable”.
Consideremos el caso de K. Era un tipo porcino hasta el
punto de que no podía pasar por el marco normal de una
puerta sin la ayuda de una palanca. Es cierto que a K. no
se le ocurría pasar de una habitación a otra en una
vivienda convencional sin desnudarse antes completamente
y luego untarse con mantequilla. Imagino los insultos que
debe de haber sufrido K. por parte de pandillas de jóvenes
groseros. ¡Con qué frecuencia deben haberle llamado a
gritos “globo terráqueo” o “ballena”! ¡Qué humillación
debió ser para él que el gobernador de su estado se
dirigiera a él, en la víspera de la fiesta de San Miguel,
y le interpelara delante de los dignatarios “¡Usted, el
gordo, esa inmensa olla de canalones!”.
Entonces,
un día, cuando K. no pudo ya soportar esa situación, se
puso a régimen. ¡Sí, a régimen! Primero sacrificó los
dulces. Luego, el pan, el alcohol, las féculas, las
salsas. En suma, K. sacrificó el relleno que hace que un
hombre no pueda atarse los zapatos sin la ayuda de los
Hermanos Santini.[1]
Poco a poco empezó a adelgazar. Cayeron los pliegues de
carne de los brazos y de las piernas. Y allí donde había
parecido como un gato castrado, ahora, de pronto, aparecía
normal. Sí, incluso atractivo. Parecía el más feliz de
los mortales. Digo “parecía”, porque, dieciocho años más
tarde, cuando estaba con un pie en la tumba y la fiebre le
convulsionaba el delgado esqueleto, se le oyó decir: “¡Mi
gordura! ¡Que me devuelvan mi gordura! ¡Oh, por favor!
¡Quiero mi gordura! ¡Oh, que alguien me regale un poco de
peso! ¡Qué tonto he sido! ¡Abandonar mi gordura! ¡Debo
haber caído en las garras del Demonio!”. Pienso que la
moraleja de la historia es obvia.
Ahora,
quizás el lector esté pensando: “¿Por qué, si eres más
obeso que un cerdo, no te has metido en un circo?”. Porque
(y lo confieso con no poca vergüenza) no puedo salir de
casa. No puedo salir porque no puedo ponerme los
pantalones. Mis piernas son demasiado gordas. Son el
resultado viviente de la absorción de tanto corned-beef
como el que hay en La Pampa. Diría que alrededor de doce
mil sandwiches por pierna. Y no todos de carne magra,
aunque así los pedí. Una cosa es cierta: si mi gordura
hablara, quizás hablaría de la inmensa soledad del
hombre... con, ¡oh!, tal vez unas indicaciones adicionales
para la confección de barquitos de papel, pero eso ya no
es tan seguro. Cada gramo de mi cuerpo desea con todas sus
fuerzas enviar un mensaje al mundo. Mi gordura es una
gordura extraña. Ha visto de todo. Sólo mis pantorrillas
han vivido ya toda una vida. La mía no es una gordura
feliz, pero es real. No es una gordura falsa. Lo peor que
puedes tener es una gordura falsa, aunque no sé si aún
está a la venta.
Pero
déjame decirte cómo pasé a ser gordo. Porque no siempre
fui gordo. La Iglesia me ha hecho así. En un tiempo era
delgado, bastante delgado. De hecho, tan flaco que
llamarme gordo hubiera sido un evidente error de
percepción. Seguí flaco hasta el día (pienso que fue
cuando cumplí veinte años) en que estaba tomando té y
bizcochos con un tío mío en un buen restaurante. De
improviso mi tío me sorprendió con una pregunta: “¿Crees
en Dios? Si crees en El, ¿cuánto crees que pesa?”. Después
de estas palabras, aspiró de su cigarro una profunda y
prolongada bocanada y, con ese modo intimista y confiado
que cultivaba, prorrumpió en un ataque de tos tan violento
que pensé que sufriría una hemorragia.
—No creo
en Dios —le dije—, porque, si existe un Dios, entonces,
dime, tío, ¿por qué existe la pobreza y la calvicie? ¿Por
qué algunos hombres pasan por la vida inmunes a mil
enemigos mortales de la especie y otros pescan unas gripes
que duran semanas enteras? ¿Por qué tenemos los días
contados y no clasificados por orden alfabético?
Contéstame, tío. ¿O es que te he dejado perplejo?
Sabía que
estaba a buen resguardo porque no había nada que pudiera
sorprender a ese hombre. Habría podido haber visto sin
chistar cómo los turcos violaban a la madre de su maestro
de ajedrez. El incidente le hubiera parecido divertido aun
cuando encontrase que le había hecho perder demasiado
tiempo.
—Querido
sobrino —me dijo—, hay un Dios, pese a lo que piensas, y
El está en todas partes. ¡Así es! ¡En todas partes!
—¿En todas
partes, tío? ¿Cómo puedes decir eso cuando ni siquiera
sabes seguro que existe? Es verdad que en este momento te
estoy tocando la verruga, pero ¿acaso no podría tratarse
de una ilusión? ¿Acaso toda la vida no podría ser una
ilusión? Por cierto, ¿no existen acaso ciertas sectas de
santones en Oriente que están convencidos de que nada,
existe fuera de sus mentes con la excepción de la
marisquería de la esquina? Simplemente, ¿no será que
estamos solos y a la deriva, sin esperanza de salvación ni
la menor posibilidad de nada, salvo la miseria, la
muerte, y la vacía realidad de la nada eterna?
Pude
comprobar que le había causado una profunda impresión con
mi discurso porque me dijo:
—¿Y aún te
sorprendes de que no te inviten a más fiestas? ¡Es que
llevas un morbo encima que asusta!
Me acusó
de nihilista y luego dijo en ese tono sentencioso que
adoptan los viejos:
—Dios no
siempre está donde uno lo busca, pero te aseguro querido
sobrino, que El está en todas partes. En estos bizcochos
por ejemplo.
Con esas
palabras, se retiró dejándome su bendición y con un cuenta
que parecía la lista de víveres de un portaaviones.
Regresé a
casa preguntándome lo que había querido decir con esa
simple declaración: “El está en todas partes. En estos
bizcochos, por ejemplo”. Mareado y de mal humor, me eché
en la cama y dormí una corta siesta. En ese momento, tuve
un sueño que me cambió la vida para siempre. En el sueño,
yo caminaba por el campo cuando, de pronto, me daba cuenta
de que tenía hambre. Estaba muerto de hambre, si
prefieres. Llegué a un restaurante y entré. Pedí un
sandwich caliente de roast-beef y una ración de patatas
fritas. La camarera, que se parecía a mi portera (una
mujer absolutamente insípida que recuerda un montón de
líquenes peludos), me insinuó que pidiera una ensaladilla
de pollo que no parecía recién hecha. Mientras conversaba
con esa mujer, ella se convirtió en un juego de cubiertos
de veinticuatro piezas. Me puse histérico de risa, de
pronto me deshice en lágrimas y pesqué una seria infección
en el oído. La habitación se inundó de un brillo radiante
y vi que se aproximaba una figura fulgurante en un corcel
blanco. Era mi callista y caí al suelo convulsionado por
un sentimiento de culpabilidad.
Así fue mi
sueño. Me desperté con una tremenda sensación de
bienestar. De improviso, me sentí optimista. Todo estaba
claro. Las palabras de mi tío repercutieron en lo más
profundo de mi ser. Me dirigí a la cocina y empecé a
comer. Devoré todo lo que había a la vista. Pasteles,
panes, cereales, carne, frutas. Chocolates suculentos,
verduras con salsa, vinos, pescado, cremas y pastas,
merengues y salchichas, superando con mucho los sesenta
mil dólares. Si Dios está en todas partes, había sido mi
conclusión, entonces también está en la comida. Por
consiguiente, cuanto más tragara, más santo sería. Llevado
por este nuevo fervor religioso, me cebé como un
condenado. En seis meses, era el más santo de todos los
santos, con un corazón completamente dedicado a la oración
y un estómago que, él sólito, cruzaba la frontera estatal.
La última vez que me vi los pies fue una mañana de martes
en Vitebsk, aunque, según creo, aún están allí abajo. Comí
y comí y crecí y crecí. Adelgazar hubiera representado la
peor de las locuras. ¡Hasta un pecado! Porque, cuando
perdemos diez kilos, querido lector (y supongo que no
tienes mis dimensiones), ¡quizás estemos perdiendo los
mejores diez kilos que tenemos! Quizás estemos perdiendo
los kilos que contienen nuestro genio, nuestra humanidad,
nuestro amor y nuestra honradez. (Excepto en el caso de un
inspector que conozco que sólo perdió unos pocos
michelines alrededor de la cintura.)
Sé muy
bien lo que vas a decirme. Dirás que esto está en completa
contradicción con todo, sí, con todos los principios que
antes enuncié. ¡De pronto, va y atribuyo valores a esta
carne nuestra que no es más que eso: carne! Sí, ¿y qué?
¿Acaso la vida no está hecha de ese mismo tipo de
contradicciones? La opinión que uno tenga de la gordura
puede cambiar del mismo modo que cambian las estaciones,
que se nos cambia el pelo, que cambia la misma vida.
Porque la vida es cambio y la gordura es vida y la gordura
también es muerte. ¿No te das cuenta? ¡La gordura lo es
todo! A menos, por supuesto, que tengas demasiada.
[1] Célebres contorsionistas. (N. del
T.)
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