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WILLIAM FAULKNER

William
Faulkner (1897 / 1962) escritor y poeta
estadounidense, nació el 25 de setiembre de 1897, en Nueva
Albany, Mississippi. Su obra, impregnada del espíritu
sureño, es una de las más prolíficas creaciones de
ficción.
Bucea en la
profundidad humana, especialmente las emociones, y emplea una
forma narrativa cuidadosa en su sintaxis y su riqueza expresiva.
Sus largas frases rivalizan con el estilo corto de Hemingway.
Innova con el
monólogo interior, los múltiples narradores y los saltos de
tiempos. Alineado con Joyce y Proust, influye en Carpentier,
García Márquez, Cortázar y otros.
Entre sus obras
destacan Mientras agonizo (1929), El ruido y la furia
(1930), Absalom, Absalom (1936), Luz de agosto (1932) y
Las palmeras salvajes (1939). La secuela del libro Requiem
for a Nun (1951), es la única obra de teatro que publicó.
Por A Fable
(1954), recibió el Premio Pulitzer y obtuvo el National Book Award
(póstumo) por Collected Stories. En 1949 obtuvo el Premio
Nobel.
Otras obras:
Pylon (1935), The Unvanquished (1938), The Hamlet
(1940), Go Down, Moses (1942), Intruder in the Dust
(1948), The Town (1957), The Mansion (1959), The
Reavers (1962), Flags in the Dust (1973).
Colecciones de
poesía: Vision in Spring (1921), The Marble Faun
(1924), This Earth, a Poem (1932), A Green Bough
(1965), Mississippi Poems (1979), Helen, a Courtship and
Mississippi Poems (1981).
Sus últimos años
residió en Hollywood trabajando como guionista. Los principales:
Gunga Din (1939) y The Big Sleep (1946)
Entre las
curiosidades destaca su afición al alcoholismo de lo cual fue
acusado públicamente. Murió el 6 de julio de 1962, en Oxford, EEUU.
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Cuando la
señorita Emilia Grierson murió, toda la ciudad concurrió a
los funerales: los hombres impulsados por una especie de
respetuoso homenaje hacia un monumento caído, las mujeres
principalmente por curiosidad para ver el interior de su
casa, la cual nadie, excepto un viejo sirviente —mezcla de
jardinero y cocinero— logró ver en los últimos diez años.
Era un
caserón enorme y cuadrado que en un tiempo fue blanco,
decorado con cúpulas y espirales, balcones adornados con
volutas en ese estilo liviano propio del setenta e
instalada en lo que fuera en un tiempo la calle más
principal.
Pero los
garajes y las fábricas de tejidos casi habían hecho
desaparecer los augustos nombres de esa vecindad; sólo se
conservaba la casa de la señorita Emilia, levantando su
porfiada y coquetona decadencia sobre los camiones de
tejidos, las bombas de gasolina; un cuadro desagradable
entre tanta cosa poco lisonjera.
Y ahora la
señorita Emilia había partido a reunirse con los dueños de
esos augustos nombres en el cementerio, entre las tumbas
de Unidos y Confederados que cayeran juntos en la batalla
de Jefferson.
Mientras
vivió, la señorita Emilia había sido una tradición, un
deber y un objeto de cuidado; una especie de obligación
hereditaria que pesaba sobre la ciudad y que databa desde
un día, en 1894, cuando el coronel Sartoris, el alcalde
que patrocinara el edicto ordenando que toda mujer negra
saliera a la calle con delantal, le devolvió sus
contribuciones, comenzando a regir dicha exención desde
la muerte de su padre y en forma perpetua. Pero no se
piense que la señorita aceptaría una limosna. El coronel
Sartoris se dio maña para inventar una historia, según la
cual el padre de la señorita Emilia había prestado dinero
a la ciudad y, con un criterio comercial, la población
prefería cancelar de este modo la deuda. Sólo un hombre de
la generación del coronel Sartoris podía haberlo inventado
y sólo una mujer podía haberlo creído.
Cuando la
nueva generación, saturada de ideas más modernas, llegó a
ocupar los cargos de alcaldes y regidores, esta situación
produjo cierto descontento.
El primer
día del año le mandaron un aviso de contribución. Llegó
febrero y ella no daba señales de vida. Le escribieron
una carta formal, pidiéndole que se apersonara ante el
gobernador cuando pudiera. Una semana más tarde, el mismo
alcalde le escribió ofreciendo pasar a buscarla o mandar
su coche con idéntico objeto, y recibió como respuesta
una nota en un papel de forma arcaica, con letra fina y
ágil, pero apenas perceptible, con la indicación de que
ella había dejado de salir del todo a la calle. Dentro
estaba incluida la nota de contribución, sin otro
comentario.
Llamaron a
los concejales a reunión extraordinaria. Se designó una
comisión que fue a golpear esas puertas que desde que ella
dejara de dar lecciones de pintura china, ocho o diez años
atrás, nadie logró traspasar. Un viejo negro los hizo
pasar a un oscuro vestíbulo, donde una escalera conducía
hacia sombras aún más densas. Olía toda a polvo y desuso.
El negro los condujo al salón.
Los
muebles eran pesados y de cuero. Cuando el negro abrió las
persianas de una ventana, notaron que el cuero estaba
resquebrajado y cuando se sentaron, una nubecilla de
polvo se levantó perezosamente a la altura de los muslos,
formando espirales y volutas que se destacaban a la luz
del único rayo de sol. Sobre un deslucido y dorado
caballete, delante de la chimenea, se veía un retrato del
padre de la señorita Emilia. Se levantaron cuando ella
entró. Era una mujer pequeña, gorda, vestida de negro,
con una cadenilla de oro que descendía por el pecho para
desaparecer debajo del cinturón, apoyada en un oscuro
bastón con una deslucida empuñadura de oro. Su esqueleto
era magro y pequeño; tal vez debido a eso lo que en otros
habría sido sólo cierta gordura, era en ella destacada
obesidad. Parecía que estuviera hinchada, como un cuerpo
largo tiempo sumergido en aguas detenidas y de ese mismo
pálido matiz. Sus ojos, perdidos en los adiposos pliegues
de su cara, parecían dos pequeños trocitos de carbón
aprisionados en sendos montones de masa. Iban de un
visitante a otro a medida que cada uno expresaba su
cometido.
Ni
siquiera los invitó a sentarse. Permaneció junto a la
puerta y los escuchó silenciosamente, hasta que la
situación llegó a un punto embarazoso. Entonces
percibieron perfectamente el tic tac del reloj invisible
al extremo de la cadena de oro.
Cuando
habló, su voz sonó fría y cortante.
—Yo no
debo contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me
lo explicó. Tal vez uno de ustedes obtenga acceso a los
registros de la ciudad y pueda satisfacerse por sí mismo.
—Pero si
lo hemos hecho. Somos las autoridades de la ciudad,
señorita Emilia. ¿No recibió usted una nota del
gobernador, firmada por él mismo?
—Recibí un
papel, sí, dijo la señorita Emilia. Quizás él se considere
el gobernador. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
—Pero si
no hay nada que lo justifique en los libros, ve usted.
Nosotros debemos guiarnos por ellos.
—Hablen
con el coronel Sartoris. Yo no pago impuestos en Jefferson.
—Pero,
señorita Emilia...
—Hablen
con el coronel Sartoris. (El coronel Sartoris había muerto
hacía casi diez años.)
—Yo no
pago impuestos en Jefferson. ¡Tobe! —El negro apareció
entonces—. Conduce a estos caballeros a la puerta.
De esta
manera, ella los derrotó por completo, tal como había
derrotado a los padres de los concejales treinta años
atrás, con relación a la cuestión del olor. Esto tuvo
lugar dos años después de la muerte de su padre y poco
después de que su novio, con quien la gente pensaba que
terminaría casándose, la abandonara. Después de la muerte
de su padre, salía muy poco; cuando su novio la hubo
abandonado se hizo casi imposible verla del todo.
Algunas
damas tuvieron el valor de golpear a su casa, pero no
fueron recibidas y la única señal de vida la daba el
negro —en esos años un joven— que andaba siempre con un
canasto de compras.
—Como si
un hombre, fuera quien fuera, pudiera conservar limpia
una cocina y asear una casa correctamente— decían las
señoras, de modo que no se asombraron cuando comenzó a
esparcirse el mal olor. Fue éste un nuevo contacto entre
el mundo grosero y los elevados y poderosos Griersons.
Una vecina
se quejó al juez Stevens, de ochenta años.
—Pero ¿qué
quiere que yo haga, señora? —había dicho.
—Pues dé
usted las órdenes necesarias —replicó la mujer—. ¿Acaso no
hay ley?
—Estoy
seguro de que ello no será necesario —dijo el juez Stevens—.
Se debe probablemente a alguna culebra o rata que el negro
ha matado en el patio. Hablaré con él.
Al día
siguiente recibió dos nuevos reclamos, uno de un hombre
que vino a suplicarle tímidamente.
—En
verdad, debemos hacer algo, señor juez. Yo sería el último
en el mundo en molestar a la señorita Emilia, pero
tenemos que hacer algo.
Esa noche
se reunió el Municipio, tres barbigrises y un hombre más
joven, de la nueva generación.
—Es muy
sencillo —dijo este último—. Mándele una carta,
ordenándole que haga limpiar su casa. Déle un tiempo
limitado para ello y si no lo hace...
—¡Santo
Cielo, señor! —dijo el Juez Stevens—, ¿se atrevería usted
a acusar a una señorita de oler mal?
De manera
que al día siguiente, después de la media noche, cuatro
hombres cruzaron el patio de la señorita Emilia y vagaron
alrededor de la casa como vulgares malhechores, olfateando
las bases del edificio y las aberturas del sótano,
mientras uno de ellos realizaba ciertos movimientos que
imitaban perfectamente a un sembrador, metiendo su mano en
un saco que colgaba de su hombro.
Rompieron
la puerta del sótano y espolvorearon cal por todas partes
y en los edificios exteriores. Mientras cruzaban de nuevo
el prado, una ventana que había estado apagada se encendió
y por ella apareció la señorita Emilia, la luz a sus
espaldas y el torso erguido, dando la impresión de ser un
ídolo. Se arrastraron en silencio y saltaron como
langostas los árboles que daban a la calle. Después de
unas dos semanas, el olor desapareció.
Fue
entonces cuando la gente comenzó a sentir verdadera
compasión por ella.
La gente
recordaba a la anciana señora Wyatt, tía abuela de ella,
que había enloquecido completamente, y creían que los
Griersons se consideraban más de lo que en realidad eran.
Ninguno de los jóvenes de la ciudad resultaba
suficientemente bueno para la señorita Emilia. Ya los
vecinos se habían habituado a considerarlos como un
retablo: la señorita Emilia, una esbelta y blanca figura,
al fondo, su padre una fulgurante silueta en el primer
plano, con la espalda hacia ella y oprimiendo una fusta en
su mano, y ambos en marcados por el sombrío umbral de la
puerta principal.
De modo
que cuando llegó a los treinta años siendo todavía
soltera, la gente se sintió si no exactamente complacida,
por lo menos vindicada; aún con la demencia en la familia
si ella no hubiera despreciado todas las oportunidades.
Cuando su
padre murió, circuló el rumor de que todo lo que él le
había dejado era la casa; y en un sentido, la gente se
alegró. Pero después llegaron a sentir compasión por la
señorita Emilia. Sola y pobre, ella se podría humanizar
pronto. También conocería ahora lo que es la preocupación
de alterarse por unos peniques de más o de menos.
Al día
siguiente de su muerte, todas las damas se dirigieron a
la casa para expresarle su condolencia, como era la
costumbre. La señorita Emilia las recibió en la puerta,
vestida como siempre y sin señal ninguna de dolor. Les
aseguró que su padre no había muerto. Repitió esto mismo
por tres días, sin hacer caso de los pastores y de los
médicos que procuraban convencerla para que los dejara
disponer del cuerpo. Cuando estaban a punto de recurrir a
la ley y a la fuerza, su resistencia se desmoronó, y
enterraron rápidamente a su padre. No creían que entonces
se encontrara demente. Se les ocurrió que era lo único que
podía haber hecho. Recordaban todos los pretendientes que
su padre había ahuyentado y se hacían cargo de que, pobre
como quedaba, necesariamente se adhería al que la
despojara de toda ternura.
Estuvo un
largo tiempo enferma. Cuando reapareció, llevaba el pelo
corto, lo cual le daba una apariencia infantil, semejando
de lejos uno de esos ángeles que exhiben las iglesias en
vidrios de colores, un tanto trágicos y serenos.
La ciudad
había concertado un contrato para pavimentar las aceras,
y en el verano posterior a la muerte de su padre
comenzaron el trabajo. La compañía constructora se hizo
presente con negros, mulas y maquinarias y un capataz
llamado Homer Barron, un verdadero yanqui, hombre grande,
oscuro, listo, con voz gruesa y ojos más claros que su
cara. Los muchachitos lo perseguían en grupos, para oírlo
maldecir a los negros, que cantaban al compás de sus
picotas. Pronto llegó a conocer a toda la ciudad. Por
donde aparecía un grupo de hombres riendo a carcajadas,
Homer Barron estaba en el centro del mismo. Poco a poco
se lo comenzó a ver en compañía de la señorita Emilia, los
domingos por la tarde, en el coche de ruedas amarillas
tirado por la pareja de bayos alquilados en el establo. En
un principio la gente se alegró de que la señorita Emilia
demostrara algún interés, mientras que las mujeres de edad
decían: “Por cierto una Grierson no pensará seriamente en
un norteño, en un jornalero".
Pero había
otros, más ancianos aún, que decían que ni el dolor podía
inducir a una dama de verdad a olvidar que noblesse
oblige, sin usar por cierto estos términos. Se limitaban a
decir: "¡Pobre Emilia! Sus parientes deberían estar a su
lado". Tenía algunos de ellos en Alabama, pero años atrás
su padre había roto con ellos a causa de la propiedad de
una anciana señora Wyatt, mujer chiflada, y toda
comunicación entre la familia cesó bruscamente. Aquellos
ni siquiera se hicieron representar en el funeral. Y tan
pronto como los ancianos dijeron: "¡Pobre Emilia!", los
comentarios comenzaron. "¡Qué triste que sea
efectivamente así!", se decían los unos a los otros. Por
cierto que sí y ¿qué otra cosa podía suceder? Esto lo
decían a espaldas de la pareja. Se escuchaban rumores de
seda y raso tras las celosías que se cerraban contra el
sol del atardecer todos los domingos, mientras el suave y
rápido repiqueteo de la pareja de bayos sonaba clop-clop:
"Pobre Emilia".
Ella
mantenía erguida su cabeza, a pesar de que todos creían
que se estaba cayendo. Parecía que quería exigir más que
nunca el reconocimiento general de su dignidad como la
última Grierson; como si hubiera sido preciso ese toque
terreno para reafirmar su impermeabilidad. Igual que
cuando compró veneno para las ratas, el arsénico. Eso fue
como un año después de que hubieran comenzado a decir
"Pobre Emilia" y mientras las dos primas la visitaban.
—Quiero
veneno —le había dicho al farmacéutico. Tenía poco más de
treinta años entonces y todavía era una mujer esbelta,
aunque más delgada que de costumbre con sus negros ojos,
fríos y altivos en una cara cuya carne estaba estirada en
las sienes y alrededor de los ojos, como uno podría
imaginarse el rostro de un guardafaro—. Quiero veneno
—dijo.
—Sí,
señorita Emilia. ¿Qué dosis? ¿De este tipo para ratas? Yo
se lo recomiendo.
—Quiero lo
mejor que pueda darme. No me importa la clase.
El
farmacéutico enumeró varios tipos.
—Son
capaces de matar hasta un elefante. Pero lo que usted
desea es...
—Arsénico
—dijo la señorita Emilia—. ¿Es ése un buen veneno? ¿Es
arsénico?
—Sí
señorita. Pero lo que usted quiere es...
—Yo quiero
arsénico —insistió la señorita Emilia.
El
farmacéutico la miró. Ella le devolvió la mirada,
erguida, con el rostro como una bandera estirada.
—Pero por
cierto —dijo el individuo—. Si es eso lo que usted desea.
Pero la ley exige que usted diga para qué lo necesita.
La
señorita Emilia se limitó a mirarlo fijamente, la cabeza
echada un poco hacia atrás, a fin de contemplarlo
directamente los ojos, hasta que él bajó la vista y se
fue adentro a envolver el arsénico pedido. El empleado
negro le trajo el paquete. El farmacéutico no volvió.
Cuando ella abrió el paquete, debajo de la calavera y los
huesos decía: "Para ratas".
Al día
siguiente, todos decían: "Ella se suicidará" y pensaban
que era la mejor solución para su vida. Cuando comenzó a
dejarse ver en compañía de Homer se encargaron de decir
que a él le gustaban los hombres y se sabía que bebía en
compañía de los más jóvenes en el Club Elk, lo que no le
daba fama de hombre casadero, por cierto. Más tarde,
dijeron: "Pobre Emilia" cuando pasaba por detrás de las
celosías, en el reluciente coche, los domingos en la
tarde; la señorita Emilia, con la cabeza erguida y Homer
Barron con su sombrero gacho y un cigarro en los labios,
las riendas y la fusta aprisionados por un guante
amarillo.
Luego
algunas de las señoras comenzaron a susurrar que era una
deshonra para la ciudad y un mal ejemplo para los jóvenes.
Los hombres deseaban intervenir, pero por último, las
señoras convencieron al pastor Bautista —la familia de
Emilia era episcopal— a fin de que le hiciera una visita.
Nunca divulgó él lo que presenció en esa entrevista pero
rehusó volver otra vez. El siguiente domingo ellos se
pasearon de nuevo por las calles y al otro día, la esposa
del ministro le escribió a los parientes de la señorita
Emilia en Alabama.
De tal
modo, ella se vio obligada a tener otra vez parientes
bajo su techo y todos esperaron nuevos acontecimientos. En
un principio no sucedió nada.
Luego
estuvieron seguros de que la pareja se casaría. Supieron
que la señorita Emilia había estado en la joyería y
ordenado un juego de tocador masculino montado en plata,
con las letras H. B. en cada pieza. Dos días más tarde se
supo que había comprado un equipo completo de ropa
masculina, incluida una camisa de dormir, y se dijeron:
"Están casados" y todos se alegraron, pues los dos primos
eran más Grierson que lo que la señorita Emilia jamás
había sido.
No se
sorprendieron cuando Homer Barron se fue. Las calles ya
estaban terminadas desde hacía tiempo. La gente se sintió
un tanto desengañada de no ser testigos de un escándalo
público, pero siempre estimaron que él se habría ido para
preparar la llegada de la señorita Emilia o para darle
oportunidad de que se deshiciera de sus primas. (Por ese
tiempo se hizo una cábala y todos se aliaron con la
señorita Emilia para ayudarla a enredar a las primas.)
Efectivamente, en una semana más se alejaron. Y tal como
todos lo esperaban, a los tres días, Homer Barron estaba
de retorno en la ciudad. Un vecino vio al negro que le
abrió la puerta de la cocina al oscurecerse la tarde.
Y esa fue
la última vez que se vio a Homer Barron. Lo mismo a la
señorita Emilia por algún tiempo. El negro siguió en sus
trajines por el mercado, pero la puerta principal
permaneció cerrada. De vez en cuando se la veía en la
ventana por un momento como les pasó a los hombres que
esparcieron cal, pero casi seis meses no apareció en las
calles.
La
siguiente vez que volvieron a ver a la señorita Emilia,
había engordado y su pelo se estaba tornando gris. Durante
los años que siguieron se hizo más y más gris, hasta
quedarse detenido en un tono entre salpimentado y gris
acero. Hasta su muerte, a la edad de setenta y cuatro
años, conservó ese vigoroso color gris acerado, como el
pelo de un hombre activo.
Desde
entonces, su puerta principal permaneció cerrada, excepto
por un período de seis o siete años, cuando bordeaba los
cuarenta, durante el cual se dedicó a dar lecciones de
pintura china. Arregló un estudio en una pieza del piso
bajo, en la que las hijas y nietas de los contemporáneos
del coronel Sartoris acudían con la misma regularidad y el
mismo espíritu con que asistían a la iglesia los días
domingos, con esa moneda de veinticinco centavos para la
ofrenda.
Mientras
tanto fue exonerada de los impuestos.
Luego, la
nueva generación se incorporó al espíritu y la vida de la
ciudad y los discípulos desaparecieron... La puerta
principal se cerró detrás del último de ellos para
siempre.
Y así
murió. Se derrumbó en la vieja casa blanca, polvorienta y
sombría, sólo con un negro decrépito que la atendía. Ni
siquiera se supo que estaba enferma; hacía ya tiempo que
nadie podía sonsacarle una palabra al negro. No hablaba
con nadie, probablemente ni con ella, pues su voz se
había tornado dura y herrumbrosa, como si hubiera sido
trabajada por el desuso.
Murió en
una de las piezas del primer piso, en una pesada cama de
nogal, con cortinas; su cabeza gris cayó sobre una
almohada amarilla y amohosada por los años y la carencia
de sol.
El negro
abrió la puerta a las primeras señoras y las hizo pasar,
con sus voces susurrantes y sus atisbonas miradas, y luego
desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta
trasera y nadie más lo volvió a ver.
Las dos
primas vinieron en el acto. Efectuaron el funeral al día
siguiente.
Toda la
ciudad acudió a mirar a la señorita Emilia debajo de la
montaña de flores compradas, mientras el retrato de su
padre parecía reflexionar hondamente encima del féretro y
las damas, sibilantes y macabras; y los más ancianos,
algunos luciendo los uniformes de los Confederados, en el
porche y en el patio hablaban de la señorita Emilia, como
si fuese contemporánea de ellos, pretendiendo que habían
bailado con ella o la habían cortejado quizá,
confundiendo el tiempo con su progresión matemática, como
lo hacen los viejos, para quienes el pasado no es un
camino que se va empequeñeciendo, sino una enorme pradera
jamás profanada por el invierno, separada ahora de ellos
por el estrecho gollete de los últimos diez años. Ya se
sabía que existía una habitación en los altos a la que
nadie hubo penetrado por cuarenta años y cuya puerta
tendría que ser forzada. Esperaron hasta que la señorita
Emilia estuvo bajo tierra para abrirla.
La
violencia que fue necesario emplear para descerrajar la
puerta pareció llenar la pieza de polvo. Una delgada y
acre mortaja, como la de un sepulcro, parecía cubrir todo
lo que existía en esa pieza, adornada y amoblada como para
una fiesta nupcial; sobre las cortinas de damasco, de un
color rosado desteñido, sobre las luces rosadas, sobre el
peinador, sobre el delicado juego de cristal y el tocador
masculino, cuyas piezas revestidas de plata estaban tan
deslucidas que el monograma apenas se dibujaba. Entre todo
esto emergían un cuello y una corbata, como si recién
hubieran sido quitados, los cuales, al ser
levantados,
marcaron una pálida media luna sobre el polvo. Encima de
una silla, colgaba el terno, cuidadosamente doblado;
debajo, las dos mudas de zapatos y los calcetines usados.
El hombre en persona yacía sobre la cama.
Por un
largo rato la gente permaneció allí, contemplando ese
profundo y descarnado gesto. El cuerpo quizás estuvo un
tiempo aparentemente en actitud de abrazar, pero ahora el
prolongado sueño, que sobrevive al amor y que conquista
hasta las muecas del amor, lo había traicionado. Lo que de
él quedaba, debajo de lo que se conservaba de su camisa de
dormir, había llegado a confundirse con la cama en que
yacía; y sobre él y sobre la almohada vecina se percibía
esa delgadísima capa tejida por el imperioso mandato del
polvo.
Luego
notaron, en la segunda almohada, la hendidura formada por
el peso de una cabeza. Alguien levantó algo de ella e
inclinándose aún más, siempre con ese polvo invisible que
penetraba por sus narices, percibieron una larga trenza de
cabello gris acero.
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