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GERMÁN ROZENMACHER

Germán
Rozenmacher (1936/1971) escritor, periodista y
dramaturgo argentino, nació en Buenos Aires en 1936,
literalmente en un conventillo de la calle Larrea. De su
padre actor y cantante en la sinagoga de Uriburu y
Sarmiento, heredó la vocación por el arte.
Recibió
educación religiosa e iba a ser rabino. Tenía pensado emigrar a
Israel en los cincuenta, pero sus padres se opusieron. Estudió
Letras en la Universidad de Buenos Aires y fue amenazado por la
organización nacionalista Tacuara.
Escribió dos
libros de cuentos: Cabecita negra (1962), llevada a la
historieta, y Los ojos del tigre (1968), dos obras de
teatro: Réquiem para un viernes a la noche (1964) y El
caballero de Indias (1970), rechazada en el teatro SHA por
cuestionar la tradición judía.
Hubo otra en
colaboración con Roberto Cossa, Carlos Somigliana y Ricardo
Talesnik: El avión negro. También una versión escénica de
El lazarillo de Tormes y el libreto de Sordos ruidos oír
se dejan (1971), un espectáculo de cabaret político.
Se definía
como feo, judío y sentimental, pero fue un porteño de pura cepa
que vivió intensamente los convulsionados sesenta con el peronismo
prohibido.
También
escribió aguafuertes para el semanario peronista Compañero.
La curiosa amalgama de judaísmo y peronismo quizás pueda
entenderse desde el momento histórico. Su militancia transitó
siempre la proscripción. Junto a Rodolfo Walsh creía que peronismo
y revolución eran lo mismo aunque rechazaba la violencia.
También
colaboró en la revista Así (1964), en crónicas policiales y
políticas junto Leónidas Lamborghini y Juan J. Sebreli, y también
en Panorama, Siete Días y Crónica.
Murió
trágicamente junto a uno de sus hijos en Mar del Plata a causa de
una emanación de gas por la mala combustión de una cocina, el 6 de
agosto de 1971.
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A Raúl
Kruschovsky
El señor
Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana
y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón
del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando, encogido
dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar
vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y
venir por la casa frenético y rabioso como un león
enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se
había lustrado los zapatos.
Y ahí
estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos,
agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún
caballo de carro verdulero cruzando la noche, mientras
algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros
rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al
amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las
ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de
tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos
a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros
luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas
visibles, calle abajo.
Ese
insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y
andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además
nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en
plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí,
fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurriría hacer esas
cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se
había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano.
Solamente él se sentía despierto en medio del enorme
silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía
moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera
despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo
a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año
entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en
medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba
cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla
bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para
conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban
por delante, lo aplastaban como a una cucaracha.
Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de
esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero
suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a
pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey
llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa.
Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía
quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la
luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber
llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un
animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del
Congreso, en propiedad horizontal, y hacía pocos meses
había comprado el pequeño Renault que estaba abajo, y
había gastado una fortuna en los hermosos apliques
cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida
de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de
fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía
quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se
recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna
chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos
sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes
políticos eran la rutina, había estado al borde de la
quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la
ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar
muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran
hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido
adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no
había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por
delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de
humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a
sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía
hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino
recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y
entonces todo lo que había hecho en la vida había sido
para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y
puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había
ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían
estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde
era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo
estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo
desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la
mañana. La niebla era espesa. Un silencio pesado había
caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma.
Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie,
fumaba, adormeciéndose.
De pronto
una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a
todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro
sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien,
gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El
señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado.
La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía
golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari
quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a
alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y
de pronto gritó de nuevo, reventando el silencio y la
calma y el orden, haciendo escándalo y pidiendo socorro
con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las
palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.
El viento
siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por
enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue
en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio.
Nada más que una cebecita negra sentada en el umbral del
hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la
puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las
manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y
las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes
flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una
botella de cerveza bajo el brazo.
—Quiero ir
a casa, mamá —lloraba—. Quiero cien pesos para el tren
para irme a casa.
Era una
china que podía ser su sirvienta sentada en el último
escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de
luz amarilla.
El señor
Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo
que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era
dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en
el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad.
Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en
los bolsillos, despreciándola despacio.
—¿Qué
están haciendo ahí ustedes dos? —la voz era dura y
malévola. Antes de que se diera vuelta ya sintió una mano
sobre su hombro.
—A ver,
ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en
la vía pública.
El señor
Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de
complicidad al vigilante.
—Mire
estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después
se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.
Entonces
se dio cuenta de que el vigilante también era bastante
morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su
historia.
—Viejo
baboso —dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito
despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante—. Hacete
el gil ahora.
El voseo
golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
—Vamos. En
cana.
El señor
Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó
violentamente y le gritó al policía.
—Cuidado
señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar
muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablado? —Había dicho
eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari
no tenía ningún comisario amigo.
—Andá,
viejito verde andá, ¿te creés que no me di cuenta que la
largaste dura y ahora te querés lavar las manos? —dijo el
vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra
que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada,
ausente y callada mirando simplemente todo. El señor
Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver
él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la
comisaría y aclarara todo y entonces no le creyeran y se
complicaran más las cosas? Nunca había pisado una
comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no
pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio
había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que
la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en
los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía
confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza
inútil.
—Vea
agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer —dijo
señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle
que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra
estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única
culpable.
De pronto
se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y
que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos
salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes
bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.
—Señor
agente —le dijo en tono confidencial y bajo como para que
la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía
como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando,
ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le
importaba.
—Vengan a
mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver
que todo lo que le digo es cierto —y sacó una tarjeta
personal y los documentos y se los mostró—. Vivo ahí al
lado —gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso,
sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni
siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo
defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y
convencerlo para que lo dejara de embromar.
El agente
miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el
señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a
él por un brazo y a la negrita por otro y casi
amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al
departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le
mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama
matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.
Qué
espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o
sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos
negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura
cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más
horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su
explicación y quedaría repudiado, como culpable de una
oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan
desusado, ahí a las 4 de la madrugada, porque la noche se
había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros,
él, que era una persona decente, como si fuera una basura
cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.
—Dame café
—dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió
que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado
para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de
repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala
muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo
que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan
inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo
mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría
ser un asesino disfrazado de policía que había venido a
robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había
conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus
posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer
estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de
hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo
llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante,
que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no
sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla.
El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la
biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había
podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El
señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio
nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en
cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un
hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería,
la mejor música del mundo se hacía presente.
Hubiera
querido sentarse amigablemente y conversar de libros con
el hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese
negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí
frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar
que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se
sorprendió de que justo ahora quisiera hablar de libros y
con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí
la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.
El señor
Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado
alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso.
Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia.
Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para
defenderse de aquellos negros que ahora se le habían
despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo
eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un
ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto
esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que
deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por
estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su
sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera
sabía a ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su
coñac. La casa estaba tomada.
—Qué le
hiciste —dijo al fin el negro.
—Señor,
mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración.
Así que haga el favor de ... —el policía o lo que fuera lo
agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz.
Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre
por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba
haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en
la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo
que no entendía y todo era un manicomio.
—Es mi
hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a
trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y
entonces todos creen que pueden llevársela por delante.
Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste,
porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas
juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...
El señor
Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a
sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los
ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió
durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la
boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con
la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando
la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:
—Este no
es, José. —Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada,
pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara
atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se
detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con
pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía
adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se
quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba tan
alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en
la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía
terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo,
sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los
ojos para no girar en un torbellino. De pronto se
precipitó a revisar los cajones, todos los bolsillos, bajó
al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba,
desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a
quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo,
pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras?
“Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de
decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y
todo estaba patas para arriba y la puerta de calle
abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La
chusma, dijo para tranquilizarse, ”hay que aplastarlo,
aplastarlo”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza
pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el
ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y
de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás
estaría seguro de nada. De nada.
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