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DAVID VIÑAS

David
Viñas (1929) nació en Buenos Aires en 1929. Recibió
educación militar y religiosa.
Junto a su
hermano Ismael fundó y dirigió la revista Contorno que al
igual que Ciudad, también fundada por él, tuvieron
ascendencia en medios intelectuales y universitarios.
Su concepción
política de fuerte raíz marxista ha permanecido firme a través de
los difíciles años que transitó su generación.
Cayó sobre su
rostro (1955) fue su primer novela. Un Dios cotidiano
recibió el premio Gerchunoff (1957). Dar la cara obtiene el
Premio Nacional de Literatura (1962), lauro que repite con
Jauría (1971). Lisandro (1972) recibe el Premio
Nacional de Teatro y Tupac-Amaru (1973) el Premio Nacional
de Crítica.
Su eje
temático es la dominación oligárquica claramente definido en
Los dueños de la tierra (1958), Cuerpo a Cuerpo (1979)
e Indios, ejército y frontera (1982). En 1967 recibió un
galardón de la Casa de las Américas por Los hombres de a
caballo. Ha publicado también un volumen de cuentos: Las
malas costumbres (1963).
Entre 1973 y
1983 dio clases de literatura en California, Berlín y Dinamarca.
Desde 1984 reside en Buenos Aires, donde es titular de la Cátedra
de Literatura argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Buenos Aires.
Sus ensayos
político-históricos abarcan momentos y personajes clave de al
historia argentina. Algunos títulos son: Literatura argentina y
realidad política (1964): De Sarmiento a Cortázar
(1971), Apogeo de la oligarquía (1975, La crisis de la
ciudad liberal (1973), En la semana trágica (1966),
Argentina: Ejército y oligarquía (1967), De los montoneros
a los anarquistas (1971), Momentos de la novela en América
Latina (1973), Qué es el fascismo en Latinoamérica
(1977), México y Cortés (1978) y otros.
En 1991 recibió y
rechazó la Beca Guggenheim. “Un homenaje a mis hijos. Me costó
veinticinco mil dólares. Punto”, señalaría más tarde.
Sus hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron
secuestrados y "desaparecidos" por la dictadura militar de los 70.
ores más importantes
de su país.
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¿Donde
ocurrió?
En una
guarnición de Cuyo: había terminado la formación de la
tarde y Ortega, el capitán Ortega, caminaba hacia su casa.
“Tengo que meterle” , se dijo y se pegó unos fustazos en
las botas; eso era como castigar un animal, algo que
estaba debajo de su cuerpo, que no le pertenecía y que
había que apurar. “Hay que meterle”. Aunque las suelas se
le recalentasen por ese camino que hervía y se ablandaba,
y a cada paso presentía que se iba a hundir, cuando
hubiera tenido ganas de caminar con las puntas de los
pies. En la playa alguna vez había hecho eso: la arena
quemaba y se abría en unos hoyos que se desmoronaban. En
la playa, el mar verde y dos hombres que se untaban
recíprocamente. “Tengo que meterle”, se repitió Ortega.
El barrio de oficiales quedaba a unos doscientos metros
del cuartel y era necesario cruzar los portones,
contestar desabridamente el saludo del centinela, marchar
entre dos hileras de álamos plantados en medio de esa
planicie calcinada hasta que se desembocaba en una serie
de edificios blancos, iguales, dispuestos simétricamente y
que resplandecían bajo el sol. A esos edificios los
habrían construido con rabia, porque para poder mirarlos
había que ponerse la mano de visera, y adentro, uno se
asaba. El sol. “Son unas casamatas”, repetía con
irritación en el casino de oficiales. El sol. El camino y
esas paredes eran unas chapas brillantes, insoportables.
El sol. Y él tenía apuro por llegar a su casa y sentarse
en su escritorio: allí se abriría la camisa y con el
ventilador a un costado, se pondría a escribir eso. El
otro lado del sol. Ojalá fuera fresco. Y ya se había
resuelto. Pero en la vereda de su casa apareció el hijo
del mayor Malter:
—¿Tenninaste?
—le preguntó ese chico mientras jugueteaba con unos
trapos.
—Sí
—admitió Ortega; el chico lo había detenido apoyándole las
manos en los briches: al principio eso lo cohibía y él
debió decirle Querido o Bichito, pero no se sentía capaz
de usar ese tono convencional que todos adoptaban con el
hijo del mayor.
—¿Te vas a
tu casa? —seguía ese chico—. ¿Eh? ¿Te vas ya?
—Sí...
—Ortega vaciló—. Si vos me dejás.
—¿Y José?
—el chico llamaba así a su padre y tenía unas manos
puercas.
—Se quedó
allá —Ortega cabeceó hacia el cuartel.
—¿Con los
soldados?
—No; en el
casino.
—¿Lo vas a
ver?
—No...
—¿Y por
qué no lo vas a ver?
Ortega
apartó al chico suavemente:
—Tengo que
hacer; dejame pasar —murmuró; tenía urgencia por alejarlo.
Por fin pudo abrir la puerta de su casa y se metió
adentro. Del otro lado el chico se quedó rezongando:
—¿Por qué
no lo vas a ver? —y se aferraba a esos trapos, que eran
de una muñeca, una de esas que se ponen sobre las
almohadas—. ¿Por qué no lo vas a ver?
Ortega se
golpeó las botas con la fusta. Ya estaba. El sol y ese
chico. Menos mal que allí dentro se podía respirar y eso
era otra cosa. La piel se le aflojaba después de la
tensión que había sentido en el camino. “Fruncido”, se
dijo y tiró el birrete y la fusta encima de un sillón y
se abrió la camisa. Eso era vivir un poco; después se
secó vigorosamente la frente y el cuello con una toalla;
era un asco sentirse húmedo, hecho un trapo.
—¡Elsa!
—llamó—. ¡EIsa!
Nadie
contestó, la casa estaba vacía. Su mujer habría salido. No
importaba. Era mejor estar solo para terminar con eso.
“Más tranquilo”, pensó en voz alta y se detuvo como si
alguien hubiera podido oír. Pero no. Tenía que ponerse a
escribir. Y pronto. Lo único difícil era el comienzo,
elegir las primeras palabras, el resto saldría a
borbotones porque lo había pensado hasta cansarse. “El
mayor Malter no cumple con lo que los reglamentos
establecen”: esa podría ser una forma. Tenía que usar un
estilo seco para que no fueran a pensar que él quería
adular a nadie. “Seco”, se repitió. “Bien seco”. Y Ortega
se sentó frente a la máquina de escribir y encendió el
ventilador. “El mayor Malter incurso en...” Pero eso
tampoco lo conformaba. Sobre todo tenía que cuidar ese
aspecto: Malter era su superior. En realidad habían hecho
la carrera juntos, pero Malter era de los más antiguos de
su camada y había ascendido primero. No; si nadie le
negaba méritos. Ya en el Colegio se lucía. En volteo no
había nadie que se le pusiera a la par y saltaba con
cualquier caballo, hasta con el peor. “Cúmpleme
manifestarle que, de acuerdo con los reglamentos
vigentes...” O, mejor, en una forma más directa: “El mayor
Malter es un traidor y se ha comprometido...” Resultaba
difícil ser preciso. “Ni más ni menos”, pensó. No era una
cosa de todos los días, por supuesto; no era la rutina. La
rutina lo salvaba todo, a todos, pero con ese asunto era
distinto. Las denuncias había que inventarlas y eso corría
exclusivamente por su cuenta. Delante de sus ojos estaba
esa hoja en blanco y se sacudía con el viento del
ventilador. No había que usar calificativos, no; él
contaría todo lo que había pasado en los últimos meses.
Estrictamente lo que Malter había hecho y todo lo que
venía diciendo. Y que juzgaran los de arriba. “De acuerdo
a los hechos”, se dijo Ortega. Los hechos: moverse,
hablar, insultar a los otros. No: insultar, no; había que
reproducir esas palabras. Irían entre comillas. Las
opiniones de Malter. Hechos. También entre comillas. Y
Ortega estaba dispuesto a jurar que era cierto: primero,
porque todos los oficiales de la guarnición lo sabían;
segundo, porque Malter había intentado complicar a otros
oficiales; tercero, porque a él mismo lo había hablado una
tarde y lo encontró en el casino. Malter trataba de
comprometerlo y se sonreía; ni para hablar de una cosa
así guardaba las formas: “Tenemos que salir todos. Todos”
—repitió Malter—. “Hay que dar una prueba de cohesión.
Que ninguno pierda la oportunidad de justificarse. Aunque
sea un poco, Ortega “, y parecía que lo estaba invitando
a salir con unas mujeres. Hacerse romper el alma,
arriesgar la carrera, andar negreando, era lo mismo para
Malter. Hechos. Malter había agregado: “!...Yo ya siento
vergüenza de todo” —después lo miró con sus ojos turbios—.
“¿y vos, Ortega?”. Ortega tenía testigos: el sargento
Gramajo podía atestiguar, y el sargento lo iba a hacer
espontáneamente, sin que nadie se lo pidiera. Además, y
eso era lo inadmisible del asunto, Malter gritaba a voz
en cuello todo lo que se le ocurría cuando se metía unas
copas entre los bofes. Y el único que no estaba informado
era el coronel; ninguno de los oficiales subalternos se
había animado a informarle. El coronel no iba a tolerar
que se lo susurraran. “!...No estamos entre curas”
—decía—, “nada de andar con cuentos”. Había que escribir,
eso era lo grave. Claro, también estaba ese otro detalle:
Malter era el oficial de más alta graduación después del
coronel. El mayor Malter. Además, se sentaba con todo su
cuerpo cuando se despatarraba en uno de los sillones del
casino, como si fuera a quedarse ahí tumbado hasta la
muerte. Los demás oficiales lo imitaban, pero no lo
hacían igual: parecían quietos, listos para pegar un salto
y cuadrarse si entraba alguien. Malter, en cambio, estaba
siempre como apoyado definitivamente en todo: los brazos
anchos y desnudos sobre el bar, la manera de agarrar la
paleta en la cancha, hasta cuando se tiraba al suelo para
celebrar un tanto o para demostrar su fatiga. “Malter no
se cuida”, reconocían todos. Y nadie quería hacerse cargo
de esa denuncia. Cualquiera podría decir que era por
venganza o para desprestigiar a un oficial superior o
para hacer méritos. Era una cosa sucia y nadie se animaba
a pensar en eso. “Hacerle eso a Malter es una roñería”, le
habían dicho a Ortega una tarde en el casino. Pero Malter
continuaba con sus charlas imbéciles y sus ofertas a los
tenientes y demás provocando la anarquía en la guarnición,
Todo se había convertido en que si yo tal cosa y vos tal
otra, y las peleas y las envidias y eso que una buena
disciplina tapa bien para abajo, había empezado a saltar
por todas partes. “Y no puede ser”, se repitió el capitán
Ortega. Era un solo sujeto desbaratando el trabajo de
mucha gente, de muchos años. “Si todos se pusieran a
hacer lo mismo” —calculó con irritación y se secó las
manos estrujando el pañuelo. Especialmente le enfurecía
que Malter dijera lo que todos sentían, que Malter se
animara a soltar lo que le molestaba adentro cuando los
demás se callaban. Y eso lo ponía en ventaja, lo hacía
diferente a los otros. Malter. Hasta los provocaba en el
casino: “No me vayan a decir que pueden aguantar... ¿Con
todo lo que se ve a cada rato? ¿No es cierto que ya están
llenos? Y se paseaba gritando por delante del bar y entre
las mesas donde los demás oficiales bebían en silencio,
con las cabezas agachadas, como si quisieran esquivar lo
que Malter decía o como si no se tratara de ninguno de
ellos en particular sino del que estaba a su izquierda o a
su derecha. “¿No son capaces de decir que ya revientan de
vergüenza?” Y cuando Malter se enardecía, después de
haberlos gritado durante media hora o más, era capaz de
tomar a cualquiera por las solapas y empezar a
sacudirlos: “¡Largá que ya no podés más... Decile a esos
otros que las tenés llenas...!” —farfullando y con los
ojos llorosos. “¡Por ese imbécil y su mujer que nos manda
a todos!”. Pero desde el barman que seguía frotando las
copas sin abandonar su mirada adormecida, hasta
cualquiera de los oficiales que permanecían en sus mesas,
el silencio era total. Qué sé yo: como el calor. Porque lo
único que se movía por entre las mesas cuando Malter
dejaba de gritar, eran los pañuelos y parecía que todos
se daban palmaditas en las mejillas o se estaban cubriendo
la cara de polvo como las mujeres. “¡Anímense a salir, si
ya no dan más de vergüenza!” —seguía Malter con la voz
enronquecida—. “¡Si de cualquier manera todos van a llegar
a ser generales!”.
Y el
capitán Ortega se resolvió a empezar su carta. “Es mi
deber poner en su conocimiento”. Redactar eso le llevó
casi una hora; las carillas se fueron amontonando a su
derecha, debajo del brazo y para que no se volaran. Con
el sudor, se abarquillaron un poco. Pero no importaba.
Había que terminar pronto. Y esa misma tarde le entregaría
el sobre al coronel. No quería escribir directamente a la
capital. De ninguna manera. Hubiera dejado en una
situación desairada al coronel, reflexionaba Ortega. Y
“desairada” era una palabra importante para Ortega, como
“viril”, “elegante”, “lacónico” y “patria”. ¿Cómo había
sido posible que pasaran esas cosas sin que el jefe de la
guarnición lo supiera?, se dirían allá. Que el coronel
fuera el primero en saberlo y que él se encargara de
elevar la denuncia cuando lo creyese oportuno. “Por orden
jerárquico”, pensó Ortega complacido. Él se atenía a eso,
siempre lo había hecho, él no se salteaba a nadie y que
nadie lo salteara a él. Escribió el sobre, metió la carta
adentro y buscó su birrete. Tuvo que pensar un momento
para acordarse dónde lo había puesto; siempre lo colgaba
de la percha, pero ahora no lo encontraba. Con ese chico
que se le había prendido de las piernas. Era hartante ese
chico. Pero allí estaba su birrete, encima del sillón. Y
su mujer que aún no había llegado. Mejor así: había
podido pensar con tranquilidad, había escrito todo lo que
quería —”sin omitir ningún hecho”— sin que nadie lo
llamase y sin el temor de que ella fuera a entrar mientras
trabajaba. Ella se hubiera metido a decirle que lo hiciera
así o asá o de una forma o de la otra. Todo se había
llevado a cabo como él se lo había propuesto. Y de nuevo
salió a la calle.
Allí
seguía el hijo de Malter:
—¿Vas a
vedo a José? —y seguía jugando con esa muñeca de mejillas
de mujer con fiebre—. ¿Vas a verlo?
Las casas
ahora tenían un color grisáceo, suave. Menos mal. Eso no
hería los ojos y ya no era necesario ponerse las manos de
visera. Un viento fresco y los álamos se balanceaban
apenas. El capitán Ortega respiró hondo, con alivio, el
sudor de la espalda se le iba enfriando y eso lo calmó. La
ropa húmeda, pero ya no le preocupaba. Había hecho lo que
le correspondía. Y no era una cuestión personal, aunque
todo lo de Malter lo irritara por muchas cosas, él había
hecho eso para que la vida en esa guarnición pudiera
seguir. “Convivir”. Sí. Tolerarlo a Malter hubiera sido
suicida. Y “suicida” era otra de las palabras que a
Ortega le gustaba: “suicida” , “desairada”, “viril”,
“estandartes” y “plomo”. También “Alejandro”.
Pero eso
no podía ser, no podía seguir así. El ejército no estaba
para los que funcionaban por su cuenta. Malter valdría
mucho individualmente o de agregado en la embajada de
Londres, donde se había pasado dos años, pero allí
adentro provocaba la anarquía. “El ejército no es una
república”, eso lo había escuchado muchas veces, era un
poco contradictorio y nunca había terminado de entenderlo
del todo, pero se lo repitió mientras caminaba hacia el
cuartel. Antes podía haber hablado con Malter, por
supuesto. Pero si muchas veces se lo había dicho: él
había hecho todo lo posible, señalándole todas las cosas:
cómo perjudicaba a la Institución, cómo se abusaba de los
otros. “Te estás cavando la fosa”, le había prevenido, y
no con un tono amistoso, de no te preocupes que yo te voy
a salvar o vas a poder zafarte de cualquier manera o la
vida es buena perra y conviene que alguien le manosee el
trasero. No había hablado así, sino con una voz hueca, de
presagio: “Te van a hacer estallar como una granada.
Entendelo” —como si hablara de su propia muerte o de algo
irremisible—. “Te estás cavando tu propia fosa, Malter”.
Pero Ortega sabía que su antiguo camarada lo desdeñaba. “A
vos el mundo se te cae encima” —le respondió Malter
tironeándole de un botón de la chaquetilla—. “Todo te
parece Pecado porque todo te parece demasiado grande”.
Ortega
había llegado a la jefatura del cuerpo, allí dentro estaba
el furriel.
—¿Se
olvidó algo, mi capitán?
—No...
¿Está el coronel?
—No, mi
capitán —Ortega tuvo la sensación de que el furriel se
esforzaba por estar serio y no soltarle la risa en la
cara—. ¿Tenía alguna cosa para él, mi capitán?
—Sí. Esta
carta.
—¿Personal?
—Sí, sí
—Ortega hablaba con malestar—. ¿Usted se la entrega?
—Cómo no,
mi capitán.
—En la
mano, ¿eh?
—Sí, mi
capitán.
Ortega
volvió a su casa, se cruzó con el hijo de Malter —¿Lo
viste a José?— y entró a la sala, gritando ¡EIsa... Elsa!,
pero ella ya estaba echada en el sillón de la sala y se
abanicaba. A Ortega le pareció que ella exageraba el
calor, ya no hacía tanto, no era para tanto. Advirtió que
estaba excitado, todos los detalles lo abrumaban: los
pliegues ásperos de su camisa, las ojeras de su mujer. Y
eso que el viento le había hecho bien. Hasta esa
habitación estaba más fresca que cuando había salido.
Pero su mujer insistía en apantallarse con unos
movimientos demasiado rápidos, desproporcionados.
—¿Te
molesta tanto el calor? —preguntó Ortega: en ese momento
necesitaba un poco de reposo y que las cosas se hicieran
lentamente.
—Sí... Es
intolerable —murmuró ella sin dejar de sacudir ese diario
que le servía de pantalla—. Todo es intolerable aquí.
—Es la
región, EIsa —dijo Ortega esforzándose por resultar
irónico.
—Sí, claro
que es la región; pero el país es muy grande.
—Ya vamos
a ir a otra parte —aseguró Ortega mientras se quitaba el
correaje—. Ya vas a ver.
—¿Cuándo?
¿Cuando llegues a mariscal?
—No existe
el grado de mariscal en la Argentina —recordó Ortega
bonachonamente.
—Ya sé...
por lo mismo.
—¿Acaso te
molesta que no haya mariscales en la Argentina?
Elsa
contestó perezosamente:
—Lo único
que me molesta es que no podamos salir de este agujero.
Ortega se
había sentado a los pies de su mujer:
—Siempre
vamos a estar metidos en agujeros.
—¿Sí?
—Siempre,
EIsa —él trataba de imponer su tono mesurado.
—¿Y en
Buenos Aires?
—También
es un agujero.
—Sí: un
agujero... un agujero... —ella parecía despechada—. ¡Qué
más quisieras!
—Ahora no
quiero nada... Quiero estar tranquilo.
EIsa
volvió a suspirar ruidosamente: sus palabras parecían
haber resbalado por encima de la piel de su marido y a lo
largo de esas paredes relucientes, constantemente
cubiertas de humedad. Como si fueran copas llenas de agua
helada, había pensado vagamente Ortega cuando las
descubrió por primera vez. Él había nacido en una región
seca donde eso jamás se veía; y la noche de su llegada
había toqueteado las paredes como si hubiese querido
reconocerlas, pasando varias veces los dedos. Esa humedad
le había parecido pintura, pero no. Entonces había escrito
algo como sobre un vidrio, “Persia”, sin saber por qué. Y
en ese lugar, en ese agujero, hasta la piel terminaba por
parecerse a las paredes de los cuartos.
—Tengo una
noticia —le comunicó de pronto a su mujer. Ahora se
esforzaba por distraerla y le palmeó ligeramente los
muslos, casi con humildad; después apoyó la mano. Tenía
los dedos secos así que no podía molestar; ella lo dejaba
hacer y él se sintió agradecido—. Algo que te va a
interesar —agregó con fervor.
Su mujer
soltó una bocanada de aire:
—¿Vos
creés que me va a interesar?
—Te
aseguro que sí —y entonces le contó lo que pensaba de
Malter. Pero desde el principio, apasionadamente: que
Malter era un fanfarrón, que provocaba a todos los
oficiales, que se burlaba de su grado, que los
despreciaba, que Malter decía esto y lo de más allá, que
andaba en conversaciones para salir a la calle, que
sostenía que no se la aguantaba a nadie y que lo único que
había hecho era provocar anarquía en la guarnición y eso
en el ejército no podía ser, mandara quien mandara, total
ni antes ni nunca habían sido mejores—. El ejército no
aguanta una cosa así —repitió varias veces—. Y de nadie.
Ni del mayor Malter ni de ninguno.
—¿Y qué
hiciste? —su mujer se había incorporado en el sillón;
seguramente pensaba que la estaba metiendo en un asunto
desagradable que no les iba ni les venía.
—Lo pensé
mucho... —aseguró Ortega como si se justificara.
—¿En
serio? —ella se burlaba.
—Hace
mucho que lo vengo pensando.
—Bueno,
sí... pero ¿qué hiciste?
—Lo
denuncié —la mano del capitán Ortega ya no se apoyaba en
la pierna de su mujer, había buscado algo que asir y sólo
había encontrado su fusta.
—¿Y a
Malter?
—¿Qué?
—¿Qué le
van a hacer?
—Lo
echarán del ejército...
—¿Nada
más?
—Eso, si
la saca bien —Ortega oprimía con fuerza el mango de su
fusta, era de cerda y le raspaba la piel, pero era algo
fresco y flexible; su mujer se había arrinconado en la
otra punta del sillón y parecía reflexionar:
—¿Y cuándo
se va a saber? —preguntó con cautela.
—Mañana
mismo, cuando el coronel abra la carta... —dijo Ortega.
Calculó que había causado el efecto que esperaba: su mujer
parecía interesada y había dejado de protestar por el
calor, por ese agujero donde estaban metidos y por la
falta de mariscales en el país.
—Pero eso
es una delación —ella hablaba suavemente.
—¿Porque
tiene más grado que yo, lo decís?
—No.
—¿Y por
qué, entonces?
—Porque
era tu amigo.
Ortega se
sintió bruscamente enfurecido, como si se hubiera tomado
los dedos con una puerta; era algo insignificante que le
causaba un dolor inaguantable:
—¡Qué
amigo ni amigo!... —gritó—. Si se reía de todo lo que le
aconsejaba. Veinte veces le avisé que no podía ser lo que
estaba haciendo. Veinte —repitió marcando dos veces con
las manos abiertas en el aire.
—¿Por la
disciplina?
—¡Claro
que por la disciplina!
Ella se
echó el pelo hacia atrás mientras sostenía unas
horquillas entre los dientes:
—SI, si.
La disciplina y patatín y patatán —gangoseó—. Buena
idiotez.
Ortega
también quiso ser irónico:
—¿Eso fue
lo que aprendiste en el Normal?
Su mujer
lo miró extrañada:
—No... no
—dijo, después se sonrió—. Allí aprendí que San Martín
nació en 1776 y murió en 1850.
—En 1778
—corrigió Ortega maquinalmente.
—1776 o
78, lo mismo da —ella había recuperado su aire pensativo y
se quitaba las horquillas de la boca—. Pero vos sos un
delator... Y yo también voy a ser una delatora...
—¿Qué
decís?
—Que yo
también te voy a delatar... A mí manera, claro... —dijo
ella con sencillez.
—¿Qué te
pasa? —el capitán Ortega apretaba la fusta entre las
manos—. ¿Estás loca?
—No, te
aseguro que no... pero si vos lo delatás a Malter, yo le
digo a todo el mundo... a todos los del regimiento...
—¿Qué?
¿Qué?
—...que
hace años que me acuesto con él.
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