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LEOPOLDO BRIZUELA

Leopoldo Brizuela
(1963), escritor, periodista Y traductor argentino, nació
en La Plata en 1963. Hijo de padre marino y madre maestra
y periodista, publicó sus primeros cuentos en la revista
Oeste
(1977) y al año siguiente se inicia como periodista.
Recibido de
Bachiller (1980), estudió Derecho y Letras en la Universidad de La
Plata y luego de interrumpir (1983), estudió canto con Leda
Valladares (1984).
Obra de
ficción: Tejiendo agua (1985), Primer Premio Fortabat de
Novela;
Inglaterra. Una fábula,
(1999), Primer Premio Clarín y publicada en España, Alemania,
Brasil, Francia y Portugal; El placer de la cautiva (nouvelle,
2001), publicada en Portugal y Francia; Los que llegamos más
lejos (relatos, 2002).
Otras obras:
Cantoras
(entrevistas, 1987); Cantar la vida (entrevistas, 1992);
Cómo se escribe una novela (antología, con Edgardo Russo,
1993); Cómo se escribe un cuento (antología, 1998);
Instrucciones secretas (antología, 1998); Historia de un
deseo (antología, 2000).
También
publicó Fado (poemas, 1995). Enseña escritura creativa y
coordinó durante diez años el taller de escritura de la Asociación
Madres de Plaza de Mayo. Colabora en
Clarín y
La Nación.
Trabajó como docente de la cátedra
de Guión Cinematográfico en la Universidad Nacional de La Plata
(1995/2001).
Traducido al portugués, da un curso sobre Jorge Luis Borges en la
universidad Fernando Pessoa de Oporto. Recibe el Premio Municipal
Ciudad de Buenos Aires (1999/2000) por Inglatera. Es
subsidiado por la Fundación Gulbenkian, de Lisboa, para realizar
investigaciones como parte de la preparación para una novela.
Becario de la Fundación Antorchas de Buenos Aires, viaja a Canadá
y es escritor residente (2003) en el International Writing Program
de la Universidad de IOWA, Estados Unidos. Recibe el premio Konex
por el quinquenio 1999-2004. Es traducido al alemán e
Inglaterra es nominada como mejor novela traducida al francés. |
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El cuento
“La Historia” se encuentra publicado en el libro Nuevos
cuentos argentinos, de Editorial Alfaguara.
A
Hernán Sorgentini
Uno
scandalo que dura da diecimila anni
Elsa Morante, La storia
1
Cuando en
1902 se anunció que el famoso asesino Ranquilef, indio
pupilo de la Misión Salesiana del Neuquén, sería
trasladado al asilo Don Bosco de Tierra del Fuego, los
ancianos allí alojados se amotinaron contra su director,
el padre Don Bartolomeo Anchietta.
Un recio
decoro de pioneros —acostumbrados, en sus tiempos, a
diezmar tribus enteras— les impedía demostrar cualquier
tipo de temor; pero convocados una noche a la rectoría,
los viejos denostaron largamente las costumbres de los
nómades, que aborrecen celdas y jardines y que no sólo
descuidan a sus viejos sino que, cuando éstos ya no pueden
acompañarlos en sus largas migraciones, los estrangulan.
El reverendo padre Anchietta, con su política sonrisa,
replicó que el traslado de Ranquilef era “una decisión
tomada”: la congregación salesiana no podía permitirse que
uno de sus tutelados inaugurara el flamante Penal de
Ushuaia ni, mucho menos, que la mujer y los dos pequeños
hijos del asesino quedaran solos en el mundo. Alelados,
los viejos amenazaron entonces con abandonar el asilo, y
al Padre Anchietta le bastó con volver a sonreír: aunque
los hijos, nietos y bisnietos de los viejos pagaran
puntualmente las cuotas del establecimiento, éstas eran
menos el testimonio de un recuerdo que un tributo a la
historia, y no había lugar para los fundadores en la
próspera ciudad de Ushuaia.
Entre los
internos más notables se hallaba Miss Emily Fairchild,
aquella célebre naturalista que, de niña, había revelado a
Charles Darwin los senderos más secretos de la isla y
hasta lo libró de una de esas trampas que los indios onas
tendían bajo la nieve. Según cuentan las crónicas, fue
ella quien ahora ideó un plan de resistencia civil, que
aunque adecuado a las limitaciones físicas de los
sublevados habría resultado muy efectivo, porque
prescribía que cada anciano se encerrara en su celda,
dispuesto a rechazar comida y atención médica, desde la
llegada del indio y hasta que el Padre Anchietta decidiera
su expulsión. Pero sucedió que tan pronto se vio en la
celda Ranquilef enloqueció, rompió una botella de jarabe y
empuñando un pequeño vidrio roto conminó al padre celador
a dejarlos escapar; el cura estaba armado pero pudo más la
fama del asesino y los cuatro indios saltaron por la
ventana y se perdieron en los bosques en el preciso
instante en que el barco del Presidente de la Nación, de
paso para la inauguración del penal de Ushuaia, entraba
majestuosamente en la Bahía.
Se dice
que el General Roca era de natural afable, y que la edad
lo había vuelto benevolente con aquellas veleidades
humanistas de los curas a las que había debido las peores
úlceras de su juventud; pero que tan pronto supo de la
reincidencia del criminal nómada fingió perder la
paciencia, y a pesar de lo innecesario de toda represión
(porque se acercaba el invierno y, es verdad, los indios
pronto habrían muerto de hambre y frío o comidos por los
lobos) ordenó que una cuadrilla de fusileros lo acompañara
en la persecución de los fugitivos y que fuera el mismo padre Anchietta quien los guiase por el laberinto del bosque. Y
así, desde su encierro en la celda, y en lugar del
escándalo que hubieran querido provocar, los viejos oyeron
espantados los vaivenes de una cacería que, merced a la
inexperiencia de los indios pampas en aquel paisaje, se
desarrolló con una celeridad de pesadilla.
Cuentan
las crónicas periodísticas que Ranquilef, ya al saberse
perseguido, intentó que el niño mayor, Nipau, regresara a
la Misión con los brazos en alto, pero éste, tan pronto
sintió los tiros que sobrevolaban su cabeza, volvió sobre
sus pasos y se internó nuevamente en la fronda donde ya no
le esperaban sus padres sino una manada hambrienta de
lobos. Atardecía cuando el propio General Roca divisó a
Ranquilef y a su mujer a la entrada de una cueva, tan
cerca que bastó el primer tiro para que el indio rodase
por la ladera entorpecida de colihues. La mujer, atontada
por el dolor o el miedo, sólo atinó a buscar refugio en la
caverna y hubo que internarse en las sombras con antorchas
y, cuando por fin intentó abalanzarse sobre el general,
ensartarla por la espalda de un bayonetazo. En el asilo,
los curas disponían de ataúdes en abundancia; y sobre la
blanca cubierta del barco presidencial, flanqueados por el
presidente Roca y la severa fila de soldados, los cajones
con los cuerpos de los indios parecían guardar un secreto
sobre el que los ancianos habían construido la Nación y
que los tiempos actuales habían olvidado ignominiosamente.
Y sin
embargo, no todas las palabras de esta historia habían
sido articuladas: porque tan pronto se retiró el último de
los visitantes y el silencio –ese silencio sobrehumano que
precede a las nevadas— volvió a reinar sobre la isla, un
berrido débil y lejano empezó a taladrar la paz del
bosque, y fue obligando a los ancianos a salir uno a uno
de sus celdas y a internarse entre los árboles, tan
seguros de su rumbo y tan ignorantes de su destino como
las últimas bandadas que cruzaban el cielo hacia el norte.
Con una obstinación de sabuesos, los viejos pasaron largo
rato siguiendo las huellas de los indios en el piso del
bosque; y dos horas después, mientras la propia Miss Emily
recogía una vinchita ensangrentada que flotaba en un
charco, un llanto debilísimo la hizo volver la vista hacia
la rama más alta de una araucaria de donde, colgada de una
pierna, pendulaba la pequeña Likán, la hija menor del
asesino.
El
reverendo padre Anchietta, corroído por la culpa, ordenó
descolgar a la niña moribunda con la unción con que, el
Viernes Santo, las mujeres de Jerusalén arriaron el cuerpo
de Jesús; y aunque dudó en ponerla en brazos de los
viejos, fueron éstos quienes le rogaron que la entregara,
y la llevaron cuidadosamente a la enfermería. Mirándolos
volver en fila, oscuros y contritos bajo los primeros
copos del invierno, el padre agradeció a Dios que al fin
la caridad hubiera reemplazado al odio en aquellos
corazones curtidos. Pero en el fondo lo dudaba: según la
antigua costumbre protestante de leer, en cada vericueto
del destino, una palabra del oculto lenguaje de Dios, los
viejos no creían que fuera una trampa ona la que había
salvado a Likán del exterminio. Para ellos, Likán era un
mensaje, ese mensaje por el que tanto habían rogado para
entender el sinsentido de su propia historia.
2
“En
realidad”, escribe el Padre Anchietta en sus memorias, “a
nosotros que no éramos, confesémoslo, ni indios ni
pioneros ni ancianos, nos costará siempre entender la
razón última por la que ese atisbo de humanidad llamado
Likán concentró tan exclusivamente la atención de los
viejos, y los congregó en torno de su camilla de enferma
como una hoguera en lo peor del invierno.” Sin haberlo
planeado siquiera, los viejos ya no volvieron a
parapetarse horas y horas en el embarcadero, ni a
deambular largamente bordeando la alambrada, ni a
proclamar antiguos méritos que ya nadie quería
reconocerles, ni a hostigar a los enfermeros con
exigencias absurdas, como si quisieran vengar en ellos el
olvido en que el mundo los tenía. Durante horas y horas,
los viejos clavaban los ojos en ese magro cuerpo desnudo
como se mira al río o al fuego, sin esperanza alguna pero
sin mengua de interés, con la secreta confianza en que la
duración nos revelará por sí sola el misterio de la vida.
“Y fue así que los curas comenzamos a fomentar esa vigilia
llevándoles sillas y mantas y comida, porque a la vez que
suprimía la agresividad del motín mantenía intacta su
mancomunión; y porque, en verdad, a fuerza de mirar y
remirar a la niña, los viejos aprendían y cambiaban.”
Durante
aquellas primeras horas de agonía, cuando la fiebre
montaba en torno de la cama de Likán los escenarios de su
pasado y ella gesticulaba y aullaba en su idioma
incomprensible, los ancianos fueron conociendo la tragedia
de los nómades y la angustia de la persecución y el
exterminio, y esa secreta indefensión que les había
ocultado siempre el rostro duro de sus enemigos. Y luego,
cuando cuatro enfermeros vinieron a llevársela para
amputarle la pierna gangrenada, en la violencia con que
ella se resistía los ancianos comprendieron los crímenes
de Ranquilef, los cuatro soldados de frontera a los que
había degollado para poder escapar del encierro en la
Misión Salesiana. Durante la semana siguiente Likán
permaneció abatida por la morfina y el cloroformo, pero
los viejos continuaron inmóviles a su lado, olvidados
incluso de dormir y de comer, como si aquel cuerpo inmóvil
les hablara mucho más claramente que cualquier movimiento
y el muñón fuera la palabra que mejor articulaba su propia
invalidez.
El
reverendo padre Anchietta, que había planeado ya hacer de
la niña, en caso de que sobreviviera, un segundo Ceferino
Namuncurá, empezó a visitar a menudo la salita; y viendo
la pasión con que los viejos se comentaban en voz baja las
miles de conjeturas que les inspiraba Likán, se preguntaba
si un tal interés no ocultaría el gozo de verla sufrir
tanto, “pues en verdad sólo alguien muy inocente podría
confundir esa pasión de los viejos con la simple ternura o
con la piedad cristianas”. Pero era a todas luces una
calumnia, porque los muchos ancianos que iban muriendo en
esos días no tenían ya la habitual expresión de alivio,
sino el desasosiego de haber partido de este mundo antes
de presenciar una inminente revelación. Y porque luego,
tan pronto ella despertó y, con la expresión atónita de
quien preferiría el horror de la fiebre al de la realidad,
quedó librada a su destino, los ancianos comenzaron a
disputarse el privilegio de ayudarla a sobrevivir.
La señora
Cora Wilkins, ex madama del principal burdel de Punta
Arenas, recordó sus viejos tiempos de modista en Liverpool
y confeccionó para la niña un vestidito que, por
victoriano, resultó exactamente igual a los que las viejas
llevaban hoy. Del señor Oliver Matthew Bowles, ex
carpintero de a bordo, se dice que pasó el último día de
su vida fabricando una muleta diminuta con que luego la
solterona Mrs. O´Connor, ex jefa de enfermeras del
Hospital Británico de Ushuaia, enseñó a Likán a dar sus
primeros pasos por los jardines de la Misión y por las
playas de guijarros y a retomar, así, su atávica afición
por el merodeo. Catherine Dobson, una poeta a quien el
parkinson había obligado a abandonar el ejercicio de su
lira, lo retomó brevemente para pintar en una oda la
mirada de la niña que oteaba a través del alambrado de la
Misión, hacia las colinas boscosas o el horizonte del mar,
como si esperara un mensaje, y dice que esa espera llenaba
a los viejos de esperanza. No la amaban, no, agrega el
poema de Mrs. Dobson, pero seguían sintiendo que nadie
estaba más capacitado que Likán para entenderlos, exiliada
de un mundo que sólo existía en su memoria. Ella tampoco
los amaba, pero buscaba instintivamente su compañía,
porque en aquel mundo de celdas y jardines sólo los
ancianos –que apenas si permanecían unas horas junto a
ella y luego partían al más allá— sólo ellos eran
idénticos a los nómades. Y porque, si en verdad podía
verlos, también Likán reconocería en ellos a sus pares,
exiliados no de una tierra, sino de la comprensión, y
acaso esperara de ellos un mensaje. Un mensaje que llegó,
por fin, dos años después de la catástrofe, y desde la
otra punta de la isla, desde la Misión anglicana de
Harberton.
En efecto,
una carta urgente del reverendo Clifford N. Bridges les
narró cómo una noche, mientras diezmaba junto a su hija
una inmensa jauría de lobos que había llegado a saciar en
sus ovejas la hambruna de un invierno demasiado extenso,
de pronto había descubierto que uno de los animales más
aguerridos y feroces, el que se arrojó sobre la recia
Edith para morderle la yugular, no era otro que Nipau, el
hijo perdido de Ranquilef, que había sido adoptado por la
manada y que por lo tanto había conservado sus costumbres
de salvaje y nómade. Por unos meses, según los infalibles
métodos de la Sociedad Misional, la señorita Bridges había
tratado de civilizar al niño lobo, para llegar a la
conclusión de que sólo podría reconciliarse al niño con su
historia si se lo obligaba al único reencuentro que podía
apreciar: el reencuentro con su propia hermana. Se dice
que el Padre Anchietta, aleccionado contra los
experimentos religiosos y contra los altísimos riesgos de
su publicidad, trató de impedir la llegada del niño pero
al fin debió admitirla, porque la ilusión de un
reencuentro habitaba en lo más profundo de los corazones
de Ushuaia: los hijos, los nietos y los bisnietos de los
viejos habían heredado la ilusión de volver a esa tierra
que nunca habían conocido y que cada uno llamaba por un
nombre distinto: London, Rye, Cornwal... Mientras que los
viejos, ahora que Inglaterra ya no existía, sólo ansiaban
reencontrarse con la historia.
3
Lo que
resta de esta historia corresponde a la leyenda, y si
hemos de confiar en la versión que de ella dan los curas,
diremos que los Bridges trajeron a Nipau dentro de una
jaula de maderos, ubicada en el mismo lugar de la cubierta
del barco donde dos años atrás habían yacido los cuerpos
de sus padres. Rodeado por una multitud de periodistas y
autoridades, de hijos y nietos y bisnietos, Nipau se batía
frenéticamente contra los barrotes, lanzando tarascones a
toda persona que presa de una turbia fascinación se le
acercaba demasiado, y aullando como si quisiera convocar a
la manada de lobos a que se lo llevasen de nuevo al
corazón de la isla; mientras Likán, allá en su celda de la
Misión, vestida como para un domingo de cien años atrás,
abrazada a su muleta, lloraba ante una soledad tan
absoluta y repentina que no podía ser sino la antesala de
la muerte.
Un
estampido de aplausos y de marchas militares acalló los
alaridos del niño cuando al fin cuatro soldados bajaron la
jaula al embarcadero y lo condujeron en andas, como a un
santo de procesión, por entre la muchedumbre de ancianos
que, los ojos grandes como dos lunas, apenas si podían
concebir la importancia de aquel reencuentro. (“Ah la
terrible soledad de aquella bestia, idéntica a la que
habían visto día en la niña, idéntica a la que ellos
mismos llevaban en su recio corazón...”) Prudentes, tal
como mudaban sus canarios de uno a otro jaulón, los curas
colocaron la puerta cerrada de la jaula de Nipau contra la
ventanita abierta de la celda en donde la niña, al oir
esos gruñidos de lobo, empezó a correr con su único pie
tratando de encontrar vanamente una salida, mientras los
ancianos se apresuraban a subir a la terraza desde donde,
como una rueda de comensales en torno de una mesa vacía,
habían decidido mirar el reencuentro por una pequeña
claraboya. A una orden del padre Anchietta, los dos padres
enfermeros abrieron la puerta de la jaula. El niño, menos
por reencontrarse con su hermana, a la que aún sólo había
olido, que por huir de la masa de fotógrafos y potentados,
entró de un salto en la celda... Y el Padre Anchietta,
temeroso de un nuevo escándalo, ordenó cerrar las celosías
“para respetar la intimidad de ese reencuentro”, invitó a
la concurrencia a tomar un chocolate y volver dos horas
más tardes a comprobar “el hermoso milagro”.
Entonces.
“Ah
vosotros ancianos del mundo que padecéis el misterio de la
duración”, continúa el padre Anchietta en sus memorias,
“tratad de imaginar la mirada con que los niños por fin se
descubrieron, ellos que hasta entonces no habían parecido
ver más que las fabulaciones del peligro”. Como los
duelistas al comienzo de la lucha (y al ver tal similitud
los ancianos ya intuyeron que algo andaba mal, y se
tomaron de las manos — mientras arriba el cielo,
estremecido, se turbaba en súbita tormenta), los dos niños
sólo se miden, como si tampoco su comprensión pudiera
abarcar lo que sucede. Sus antepasados nunca apreciaron
los reencuentros: nómades en el paisaje nómade del
desierto, donde todo fluye y se disuelve y recomienza y
nunca un sitio es el que será apenas un momento después,
cualquier permanencia llegó a parecerles tan aberrante
como a los habitantes de las ciudades nos parece atroz la
fugacidad de las cosas, la incesante mutabilidad que, al
fin y al cabo, es nuestra única compañera de por vida. Y
ahora, por vez primera, los niños nómades comparan lo que
fue con lo que es, lo que es con lo que podría haber sido.
Ella, con
su vestido victoriano de ancianita y su memoria cargada de
tantas muertes de ingleses, parece mucho, mucho más vieja
que la vieja Inglaterra; él, con sus rasgos idénticos pero
embrutecidos por la lucha, parece un familiar llegado, no
de esos puertos británicos que añoran los inmigrantes de
Ushuaia, sino de aquella época remota en que también los
ingleses eran nómades y las Islas Británicas un racimo de
riscos tan hostil como la Tierra del Fuego. Él, el más
fuerte de los hombres, el que ha aprendido a sobrevivir el
invierno más antiguo y duro de la tierra, tiembla de frío
porque carece por primera vez de la peluda promiscuidad de
la manada; ella, que no deja de mirarlo, también tiembla,
porque de golpe comprende que ha sobrevivido contra su
propia voluntad y que es la más indefensa de las mujeres.
Entonces, piensa ella, ¿era esto la muerte? Entonces,
piensa él, ¿era esto el amor?
De pronto,
los niños intuyen –como los ancianos, escandalizados, en
la terraza ventosa— que no son sino los personajes de una
historia que otros han tramado para entenderse a sí
mismos. Ella mira hacia arriba, como buscando en lo alto
una explicación de los viejos, mientras él, indignado,
recula y se pone en cuatro patas como dispuesto a atacar,
pero de pronto se vuelve también a mirar a los ancianos,
que incapaces de soportar esas miradas alzan sus ojos al
cielo, que está más que nunca mudo e incomprensible, y
vuelven a mirar a los niños. Que él sea el atacante
parecerá a todos lo más obvio, pero no podemos ocultar que
ella se entrega cuando él se le abalanza para clavarle los
colmillos en el cuello, como si al fin y al cabo fuera un
consuelo tener un papel en esta larga obra inentendible.
Entonces los ancianos se pusieron a aullar y a correr con
los brazos en alto; y según cuenta el Padre Anchietta se
necesitaron siete enfermeros para que Nipau, cegado como
si quisiera buscar en el crimen su propia anulación, se
desanudara por fin del cuerpo de la niña. Pero ya era muy
tarde.
Likán, los
ojos fijos en el recuerdo de su hermano, ya no volvió a
salir de la enfermería. Nipau, ovillado en la misma celda,
tampoco pareció tener ojos más que para su propia memoria
hasta que un sutilísimo olor a carroña pasó por debajo de
la puerta y le hinchó el hocico y por primera vez no
sintió hambre sino una inconcebible desesperación:
entonces repitió la hazaña de su padre y echó a correr por
los pasillos y pasando de largo por el velorio atestado de
ancianitos se perdió para siempre en los bosques como si
quisiera recomenzar su vieja historia: pero esta vez los
lobos habían muerto. Algunos afirmaron que, durante muchos
años, el aullido de Nipau siguió retumbando en los canales
fueguinos, derrumbando las inmensas paredes del glaciar
sobre todo buque parecido al barco de Roca; otros juran
haber cortado con la quilla un iceberg diminuto y que en
su centro, como un carozo, se veía el cuerpo del niño
congelado, y que aquellos que miraron sus ojos abiertos ya
no pudieron pensar en otra cosa. Pero sólo se trata de
consuelos de personas que no son, en ningún caso, ni
indios ni pioneros ni ancianos, y que no pueden
comprender. “Oh vosotros ancianos de un mundo huérfano de
nómades”, concluye el Padre Anchietta, “tratad de imaginar
lo que comprendieron los ancianos en aquel velorio, porque
somos nosotros, y no los viejos, los exiliados de la
sabiduría. Imaginad”, continúa, “porque no todo ha de
decirse en ningún tiempo...” Y porque los curas ya no se
atrevieron a turbar con preguntas la tristísima paz en que
los viejos murieron, y luego murieron los curas, y luego
los hijos, los nietos y los bisnietos, y luego cesaron los
imperios y las misiones, y así pasó la historia.
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