| |
GROUCHO MARX

Julius
Henry Marx (1891/1977), el polifacético Groucho Marx,
es hijo de Minnie Choemberg, alemana de origen (hija a su
vez de una familia de cómicos ambulantes), y Sam Marx, un
sastre francés procedente de Estrasburgo, ambos de origen
judío. Según confirmó Groucho los clientes de su padre
eran “fácilmente reconocibles: una de sus perneras del
pantalón era más corta que la otra”. “Ninguno de los dos
entendía una palabra de lo que decía el otro, así que se
casaron”, en 1884. Instalados en Nueva York, tuvieron seis
hijos. Manfred, el mayor, murió a los tres años, Leonard
(Chico), Adolph (Harpo), Julius Henry (Groucho), Milton (Gummo)
y Herbert (Zeppo).
De pequeño, Groucho actúa en un
conjunto infantil a expensas de su madre, pero es en su
juventud cuando se transforma en el emergente del grupo
que forma junto a sus hermanos. Abordan la comedia musical
y ya con su primera revista cómica, I’ll Say She
is (1923/5), alcanzan el éxito. Más tarde triunfan en
Brodway con The Cocoanuts (1925/8) de George
S. Kaufman y música de Irving Berlín.
El grupo ya había desarrollado sus
típicas caracterizaciones que les daría fama mundial, no
obstante el rodaje de Humorisk en Nueva York y
Nueva Jersey, producida en forma independiente tiene
escasa respuesta de público.
Sobre la base de una obra ya
estrenada en Broadway, Animal Crackers (1928/9), se
vinculan a la Paramount que estaba en busca de nuevas
estrellas para el rodaje de cinco películas. Las dos
primeras son: The Cocoanuts (1929), y la mencionada
Animal Crackers (1930).
El estilo del grupo, basado en la
alocada confusión (a veces caótica) sobre el escenario,
muchas veces provocado por las limitaciones técnicas de la
época, es reconocido por el público y la prensa marcando
para siempre una modalidad cuyo rostro es el de Groucho,
habano y gran bigote adornando su desparpajo y crudo
ingenio. Sobre el escenario improvisaba con una habilidad
mayor; cantaba, lanzaba ocurrencias, ironizaba, empleaba
el sarcasmo, insultaba y exhibía una simpática insolencia
ignorando a las mujeres. Chico tocaba el piano, encarnando
a un italiano de media lengua con un sombrero cómico y los
bolsillos siempre llenos. Harpo, preferido de los niños,
llevaba una peluca roja, tocaba el arpa y jamás hablaba
(era sospechado de mudo). Dicen haberlo escuchado en el
entierro de Chico cuando le preguntó a Groucho cómo se
encontraba de salud y éste le contestó: “Mejor que Chico”.
Zeppo representaba a un hombre correcto que lograba
vincularse a muchachas bonitas. Al tiempo abandonaría el
grupo reduciéndolo a un trío.
El contrato con la Paramount se
completa con otros tres filmes: Monkey Business
(1931) en el que cuatro polizontes causan estragos en un
crucero de placer, Horse Feather (1932) donde
Groucho encarna a un profesor obstinado en transformar una
canción en himno y dispuesto a estropearlo todo, y Sopa
de Ganso (1933) una sátira de la política bélica donde
Groucho encarna a un presidente secundado por sus
hermanos. Estas últimas producciones tienen escasa
repercusión y marcan una declinación en el grupo. El
correr del tiempo será vindicatorio con ellas.
El escaso éxito y las dificultades
financieras de la Paramount impiden la renovación del
contrato. Sin embargo la Metro Goldwing Mayer, a través de
su principal productor, Irving Thalberg, rescata al trío
agregando en los guiones algunas historias románticas para
atenuar el humor corrosivo, y sumando figuras secundarias
más calificadas (Kaufman, Ryskind y Margaret Dumond), para
dar soporte a las escenas en las que los Marx no
participaban. Una noche en la Ópera (1935) y Un
día en las Carreras (1937) constituyen trabajos
de gran valor y reviven la popularidad y el prestigio de
los Marx.
La muerte de Thalberg los posterga nuevamente, y luego de
Room Service (1938) con RKO, realizan tres comedias
nuevamente con MGM. Pasada la guerra realizan la
inolvidable Una Noche en Casablanca (1946) y
Amor en conserva (1949).
Durante la década siguiente cada uno de los tres realiza
trabajos independientes en radio, cine y TV, pero es
Groucho quien logra mayor éxito. El público aprueba su
participación en TV con You Bet Your Life
(1947/51). En The Story of Monkind
(1957), de Irwin Allen, aparecen por separado. En
el telefilme The Incredible Jewel Robbery (1959)
vuelven a reunirse brevemente.
Luego de la muerte de Chico y Harpo, Groucho continúa
escribiendo y apareciendo en TV. Ha sido sin duda el más
prolífico de los hermanos, ya que alcanzó el éxito también
como escritor (su íntima vocación), en las tres
autobiografías que publicó bajo los títulos Groucho and
me, Memoirs of a Mangy lover y The Groucho
Letters. Son de su autoría también otros escritos y
una buena cantidad de guiones.
En 1969
llega su tercer divorcio después de 15 años de matrimonio
con Helen Hartford, 44 años más joven que él. En 1971
sufre un grave infarto. Sus últimos años están marcados
por diferencias con su agente Erin Fleming y aún con su
propio hijo Arthur por el control de su herencia. En 1974
aceptó un Oscar honorario otorgado a los Hermanos Marx.
También recibió un Grammy y el Peabody Award for
Broadcasting.
|
|
|
MEMORIAS DE UN AMANTE
SARNOSO |
Escribí
este libro durante las interminables horas que empleé
esperando a que mi mujer acabara de vestirse para salir.
Si hubiera andado siempre desnuda, nunca habría tenido la
oportunidad de escribirlo.
PRÓLOGO ADVERTENCIA
De sobra
sé que el título de este libro es capcioso, pero lo cierto
es que hay mil modos de vender un libro, como los hay de
deshollar un gato.
Claro que
no existe ninguna relación entre ambas cosas... sin
embargo, tenía yo una tía que siempre decía que existen
mil modos de deshollar un gato. Un buen día, bajo una ola
de calor que se abatía sobre el East Side de Nueva York,
cedió a sus impulsos y no tardaron en llegar unos hombres
vestidos con batas blancas que se la llevaron, mientras
aún sostenía el pellejo del gato. Fue un espectáculo poco
ameno. Por otra parte, parece que mi tía no andaba muy
equilibrada.
Quienquiera que compre este libro habrá de considerarse
expoliado si se ha dejado engatusar por el título.
Yo bien
quisiera haber escrito un buen libro erótico que motivara
un escándalo mayúsculo. Es indudable que lo que más excita
las apetencias literarias del lector, es saber que el
autor ha sido encarcelado por sobreexcitar la libinosidad
de millones de compatriotas.
Descartada, pues, la cuestión sexual, vamos a ver de qué
otras cuestiones podemos ocuparnos.
PRIMERA PARTE
L’AMOUR COMO DIVERSIÓN
1. ¡Bendita
diferencia!
Hasta
cumplir los cuatro años no establecí diferencia alguna
entre los sexos.
Iba a
escribir “entre los dos sexos”, pero ahora se dan tantos
matices, que si alguien dice “los dos sexos” se expone a
que los amigos le consideren un caduco anacrónico y se
pregunten en qué caverna habrá vivido uno en las últimas
décadas.
Mi primera
visión de un ignoto mundo de ensueños tuvo lugar en
ocasión de la visita que hizo a mi madre mi única tía,
mujer adinerada y de sugestivos encantos.
Estaba
casada con un famoso actor de vodevil, y, aunque todavía
era joven, había viajado mucho, perdiéndose en más de una
ocasión.
Tenía el
cabello rojo y los tacones altos, y unas formas ondulantes
que se acentuaban donde deben acentuarse las formas.
(Lamento que mi extremada juventud me impidiera concertar
con ella una cita). Su presencia llenó la casa de una
exótica fragancia evocadora de insólitas tentaciones, que
más adelante identificaría con el aroma característico que
se percibe en todos los burdeles.
Naturalmente, en aquellos momentos desconocía enteramente
lo que excitaba mis pituitarias, por lo que, en mi candor,
lo califiqué de mágico efluvio.
Sin
embargo, fuera lo que fuera, resultaba inquietante, y,
desde luego, se apartaba mucho de cuanto había olfateado
hasta entonces.
En nuestro
destartalado piso yo estaba acostumbrado a los olores de
cuatro hermanos reñidos con la higiene, combinados con los
de las cotidianas coles hervidas y los procedentes de las
emanaciones de la estufa de petróleo.
Pero, en
aquel instante, allí estaba yo aspirando el penetrante
perfume de todas las eras: una fragancia que hacía temblar
a los más robustos con frenética apetencia, y que hacía
que los débiles lloraran de desesperación.
Mi tía era
una mujer muy guapa y al mirarme esbozó una sonrisa de
admiración.
Luego, se
volvió hacia mi madre y le dijo:
—¿Sabes,
Minnie, que Julius tiene los ojos pardos más hermosos que
he visto en mi vida?
Hasta
entonces, jamás había concedido yo la menor atención a mis
ojos.
Bueno,
sabía que era miope, pero nunca se me había ocurrido
pensar que mis ojos tuvieran algo de extraordinario.
Conciente,
pues, de mis recién descubiertos encantos, alcé
desmesuradamente las cejas y miré fijamente a mi tía. Ella
no volvió a mirarme, pero yo continué con los ojos
clavados en ella, con la esperanza de conseguir un nuevo
elogio.
Todo fue
en vano; estaba muy ocupada chismorreando con mi madre y,
al parecer, se había olvidado por completo de mí. Seguí
moviéndome, de aquí para allá, por delante de ella, con la
esperanza de que hiciera algún nuevo comentario sobre mis
hermosos ojos pardos. Al cabo de un rato empezaron a
dolerme los ojos a causa del continuado esfuerzo, y aquel
perfume tan penetrante empezó a marearme.
Me veía
incapaz de atraer sobre mí su atención, y, en cambio,
ansiaba otra frase elogiosa sobre mis bonitos ojos, así
que me puse a toser. pero no con una tos ligera y
discreta, sino con una tos profunda y cavernosa que
hubiera hecho palidecer de envidia a la propia dama de las
camelias. Tanto tosí que se me levantó un espantoso dolor
de cabeza, sin que, por otra parte, lograra despertar en
ella la menor muestra de interés.
Al fin
hube de darme por vencido y bajo la aflicción de mis
muchas dolencias, salí de la habitación, aturdido y
febril, aunque enteramente feliz ante el primer piropo que
recibí de labios de una mujer... A pesar de que éste fuera
sólo un comentario casual de mi tía.
Hubo de
pasar mucho tiempo antes de que un día, mirándome al
espejo, descubriera que tengo los ojos grises.
2. Bandada de
pichones; desbandada de amantes...
Hace ya
muchos años, cuando era joven y célibe, me volvía loco por
las chicas. Esto no constituye una rareza, especialmente
en un muchacho señalado por el destino como maníaco sexual
en potencia.
La verdad
es que, cuando a un hombre joven no le gustan las chicas,
lo más probable es que algún psicoanalista acabe por
decirle (después de cuatro años, a treinta y cinco dólares
la sesión) que está enamorado de su padre o de su madre...
O del
vecino de enfrente.
Nunca he
comprendido la sugestión que puede entrañar algún aspecto
de este triángulo para un hombre joven (ni aun para un
viejo), y, por otra parte, todos sabemos que la sociedad
desaprueba cualquier tipo de anormalidad sexual.
Así es que
aconsejo a los adolescentes que empiecen a perseguir a las
chicas el mismo día en que comienzan a vestirse por sí
mismos, y que desdeñen cualquier veleidad que no haría más
que llevarles a la ruina física y moral, perjudicándoles
incluso en su carrera política, ocasionalmente.
Afortunadamente, yo sólo me interesaba por las chicas y
por mí mismo, y, por si esto fuera poco, andaba de bolos
con una compañía de vodevil en la que figuraban ocho
muchachas excepcionalmente atractivas.
Dado que
sólo éramos cuatro hermanos, teóricamente tocábamos a dos
chicas por hermano (no hace falta ser un lince para sacar
las cuentas).
A mí no me
interesaba más que una, de modo que quedaban siete chicas
para tres hermanos.
Al decir
que sólo me interesaba una chica, no significo que me
interesase de un modo permanente. Todo mi interés se
limitaba a llevármela a mi habitación. Era un auténtico
bombón: pelirroja, sinuosa, y encantadora, cuando, como de
costumbre, me dedicaba su adorable sonrisa.
Cierta
noche, después de la representación, estábamos sentados en
la cafetería del hotel. Casualmente, como si fuera una
ocurrencia, cuando en realidad la acción estaba planeada
desde hacía varias semanas, me volví hacia ella y le dije:
—Gloria,
¿te apetece subir a mi habitación a beber unas copas de
champán? Es nacional, pero apenas se nota la diferencia.
—Champán
nacional —murmuró—. ¡Con lo que a mí me gusta! Aunque no
lo creas, precisamente ayer leí un artículo en el
Tribune de Minneapolis, en el que un experto afirmaba
que, en la mayoría de los casos, el champán nacional es
superior al de importación.
Aún no
había dicho que subiría a mi cuarto, pero su súbito
entusiasmo por el champán nacional me inclinaba a la
convicción de que no tardaría en cubrir de caricias a
aquel encanto de criatura.
Me relamía
ante la perspectiva.
Desde
luego, cualquiera hubiera dicho que tenía ya ganada la
partida. Pero, desgraciadamente, esto estaba muy lejos de
ser cierto. La principal dificultad consistía en lograr
que llegara a mi habitación. Hacer que pasara ante el
conserje, era sencillo. Lo más difícil era sortear a los
detectives del hotel. Aquellas sabandijas rondaban por
todas partes, desde el ocaso hasta el alba, fisgoneando
por las cerraduras y escuchando a través de las puertas,
al acecho de ruidos sospechosos.
Los de la
farándula éramos siempre sospechosos y si un polizonte del
hotel oía una voz femenina en la habitación de un hombre,
no tardaba en aporrear la puerta gritando:
—¡Haga
salir de ahí a esa mujer, antes de que sea peor!
Yo tenía
una bonita habitación, con un balcón sobre la bahía. Para
evitar sospechas, dije a Gloria que tomara el ascensor
hasta el piso nueve, donde dormía con otra chica, y que
subiera luego a pie hasta el piso siguiente, donde yo
estaba.
Por mi
parte, para despistar, tomé la escalera de servicio,
cubriendo materialmente al galope los diez pisos.
El
pensamiento puesto en Gloria y sus gloriosas formas, fue
el motor que me prestó el aliento para tamaña proeza
libido-deportiva.
Había dado
a la chica mi llave duplicada, de modo que, por fin, nos
reunimos en mi alcoba palpitante de emoción (por lo menos
yo).
¡Qué
triunfo! ¡Qué panorama se ofrecía ante mí! ¡Me sentía cual
Napoleón cruzando los Alpes o como Mac Arthur caminando
sobre las aguas!
Hacía un
calor horroroso y, después de cerrar bien la puerta y
pasar el pestillo, corrí a abrir el balcón, haciendo gala
de un estilo digno de Rodolfo Valentino, aunque parece ser
que éste vivía siempre en tiendas de campaña sobre las
arenas del desierto (que nunca estaba tan desierto).
La cosa
marchaba como sobre ruedas. El champán era increíblemente
bueno, sobre todo si se tiene en cuenta que su vejez no
alcanzaba las dos semanas. Mientras nos acomodábamos en el
sofá entre lúbricas miradas, acertó a penetrar por el
balcón una pareja de pichones. Me pareció entonces un
toque de efecto muy oportuno. Ellos se arrullaban y
nosotros también. Aparte de mis zapatos y el puro que me
estaba fumando, apenas había diferencia entre las dos
parejas.
Mientras
Gloria y yo iniciábamos un movimiento de aproximación,
entró otra pareja de palomas.
Y luego,
otra.
Al
principio, se posaron sobre la balaustrada del balcón,
arrullándose y dándose el pico. Como experto aficionado a
los pájaros, comprendía muy bien que sus murmullos
apuntaban a objetivos idénticos a los míos.
Al cabo de
un rato, la balaustrada estaba cubierta de palomas, y,
poco después, las más audaces recorrían con sus vuelos el
ámbito de mi habitación, en busca de un rincón tranquilo
donde anidar.
Todo el
mundo sabe que la práctica del amor constituye una
experiencia aleccionadora, pero la afluencia de palomas
era ya tal, que hacía imposible la realización de práctica
alguna. El dormitorio entero se había convertido en un
palomar y nuestra supervivencia clamaba imperiosamente.
Dejé de
hablarle a Gloria y empecé a dirigirme a los pichones, con
voz suave y persuasiva, en su propio idioma.
No sirvió
de nada, en vista de lo cual solté unos cuantos alaridos.
Debieron de tomarme por un pajarraco antipático, pero, sin
prestarme mayor atención, prosiguieron en sus naturales
actividades.
Comprendí
entonces que si no expulsaba a aquellos avechuchos de mi
dormitorio, iban a resultar estériles mis esfuerzos y mi
botella de champán. Así, pues, volviéndome hacia gloria,
le dije:
—Palomita
mía, ¿por qué no pasas un momento al cuarto de baño?
Mi
sugerencia sorprendió a la chica, que se mostró ofendida,
hasta cierto punto, con razón.
Nuestras
relaciones no habían llegado aún a esa intimidad que nos
permite indicar a nuestra amante que vaya al cuarto de
baño.
—¡Oye,
Monín! —me contestó—, ¡soy bastante crecidita para saber
cuando tengo que ir al lavabo... y ahora no es el momento!
—En bien
de los dos —repliqué— te ruego que pases un momento al
lavabo.
—Pero ¿qué
diablos te propones al pretender que me meta en el cuarto
de baño?
En aquel
momento, una paloma en vuelo rasante me rozó una oreja. Le
eché un manotazo, pero marré el golpe.
—Oye, amor
mío, te quiero mucho —alegué desesperadamente—, pero ya
puedes ver que así no vamos a ninguna parte. Las palomas
nos han invadido la habitación y tengo que recurrir a los
detectives del hotel. Estoy seguro de que no es la primera
vez que sucede esto y de que ellos tendrán prevista la
solución del problema.
Gloria
gruñó suspicaz, pero, empuñando la botella de champán con
gesto altivo, hizo mutis por la puerta del lavabo con toda
majestad.
A los
cinco minutos, acudieron los pies-planos, que, sin decir
palabra, cerraron el balcón, se quitaron las chaquetas y
empezaron a ahuyentar a los plumíferos y sus consortes.
Los seguí
con la mirada mientras corrían y saltaban pasillo
adelante. Parecían dos pajarracos de mal agüero
persiguiendo a sus presas. No llegué a saber cómo se las
compondrían para expulsar a los pichones del hotel. Tal
vez no llegaron a hacerlo. Acaso pasaron a la cocina, para
incorporarse al menú del día siguiente.
En
cualquier caso, lo que yo quería entonces era ver
desaparecer a los detectives y ver aparecer a Gloria. Di
unos golpecitos en la puerta y murmuré:
—¡Abre
cariñito! ¡Ya puedes salir!
Apareció
demudada y dijo, en un suspiro:
—Estoy
malísima... me voy a mi cuarto. Será la última vez que
huela siquiera el champán nacional.
Y aquélla
fue la última vez que tuve junto a mí a Gloria, salvo en
el escenario, entre otras siete chicas y tres hermanos.
“¡sic
transit gloria!”
|