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EDUARDO HOLMBERG

Eduardo Ladislao Holmberg (Buenos Aires 1852 –
Buenos Aires 1937) fue principalmente un gran científico
que brilló como naturalista, además de escritor, artista y
hombre público.
En 1812 llegó desde
Europa Eduardo Kannitz —Barón de Holmberg— (abuelo de Eduardo), en
la misma fragata que transportaba a San Martín y a otros oficiales
que venían, como él, a ofrecer sus servicios al país. Trajo
numerosas colecciones de bulbos de plantas florales que eran
desconocidas en la Argentina. Su hijo también fue botánico y logró
implantar en Buenos Aires colecciones de camelias que fueron la
curiosidad de toda la ciudad.
En el seno de esta
familia de hombres dados a las plantas y las flores nació, en
1852, Eduardo Ladislao, heredero de la pasión botánica de su padre
y abuelo, pero que extendería a todas las ciencias naturales.
Se recibió de médico
en 1880, profesión que nunca practicó por un particular motivo: le
repugnaba, según decía, ganar dinero sobre el dolor ajeno. Se
dedicó a la botánica, la zoología, la mineralogía y la geología,
en tiempos en los que, como él mismo recordaba, "era voz
corriente, no sólo entre los estudiantes, sino también en todo el
país, que la zoología era propia de carniceros, la botánica de
verduleros y la mineralogía de picapedreros, cuando más de los
marmoleros."
En 1872 inició sus
investigaciones científicas con un viaje por el sur argentino,
cuyos resultados publicó en la obra Viajes por la Patagonia. Tenía
entonces sólo 20 años.
Curiosamente en la
misma época también inició una intensa y exitosa actividad
literaria. Incluido en la llamada generación del ’80; positivista,
como la mayor parte de sus contemporáneos, inicia en la Argentina
un género cuyo desarrollo es incesante: el del cuento
fantástico-científico, ciencia-ficción o fanta-ciencia. El
romanticismo tuvo su propensión a la fantasía y a los seres de
otras naturalezas pero con el añadido científico positivista el
género cobró una nueva potencia, un giro diferente que lo acerca
más a lo actual. Horacio Kalibang es un primer paso en la
consolidación del lenguaje literario nacional.
Sus novelas (a veces
aparecidas en forma de folletín), ensayos, estudios sobre arte y
poemas llenaron incontables páginas. Títulos como El ruiseñor y
el artista, Insomnio, Boceto de un alma en pena,
Olga, La pipa de Hoffmann, El tipo más original,
Viaje maravilloso del señor Nic-Nac al planeta Marte, La
bolsa de huesos, Umbra y La casa endiablada forman
parte de la extensa lista de sus creaciones. Su dominio de varios
idiomas le permitió además darse el gusto de traducir los
Documentos del Club Pick-Wick, de Dickens, uno de sus autores
preferidos.
Siendo aún un joven
estudiante de medicina empezaron a aparecer trabajos suyos sobre
los arácnidos en los Anales de la Agricultura Argentina, y en el
Periódico Zoológico, que estaban entre las publicaciones
científicas de mayor importancia en aquella época. Las
investigaciones sobre las arañas —que ocuparon a Holmberg entre
1876 y 1879— dieron lugar a numerosos artículos en los que
describe y clasifica varias especies nuevas y estudia también los
perjuicios causados por algunas de ellas a la agricultura.
En 1877 hizo un
viaje a las provincias del norte cuya reseña publicó en el Boletín
del Consejo de Educación y en Mamíferos y Aves de Salta. Sus
excursiones de estudio al sur argentino y a lugares como las
sierras de Tandil, Chaco, Mendoza, Misiones, le permitieron un
conocimiento personal de vastas regiones de la Argentina que volcó
en descripciones geológicas, botánicas y zoológicas. Algunos de
estos trabajos fueron impresos por la Academia de Ciencias de
Córdoba, los Anales de la Sociedad Científica Argentina y en la
revista de la Sociedad Geográfica Argentina. Publicó en total más
de 200 obras; su libro Botánica Elemental, con 500 ilustraciones
originales, fue un texto de consulta habitual en los colegios
nacionales.
En 1881, inició
expediciones de investigación a todas las zonas geográficas
argentinas, publicando los resultados de los estudios en libros de
gran valor científico, en particular sus Resultados científicos,
especialmente zoológicos y botánicos de los tres viajes llevados a
cabo en 1881, 1882 y 1883 a la sierra de Tandil. Inmediatamente
tuvo oportunidad de trabajar con Ameghino, durante una importante
expedición al Chaco.
La fauna y la flora
de Holmberg, compendio de botánica y zoología de la Argentina, que
vio la luz en 1895, se convirtió en una obra única en el país por
más de 60 años.
Entusiasta impulsor
de las ciencias naturales, Holmberg fue el primer profesor de
Historia Natural —como se denominaba entonces a la biología— que
hubo en la Argentina y desarrolló esta tarea por 40 años. Comenzó
con la docencia en la Escuela Normal de Profesores y la continuó
en la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de Buenos
Aires, donde fue el primer argentino que ocupó la cátedra de
Ciencias Naturales. También fue profesor de Física y Química y el
creador del Gabinete y Laboratorio de Historia Natural.
Eduardo Holmberg
murió en 1937. Había llegado a formar parte de la Sociedad
Científica Argentina y fue presidente honorario de la Academia
Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Su obra no es
fácil de encuadrar y es comprensible que sea así, ya que en su
época no existía una tradición científica asentada. Los tiempos en
los que actuó no le permitieron otras disciplinas ni otra escuela
que su propia vocación
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HORACIO KALIBANG O
LOS AUTÓMATAS |
A José
María Ramos Mejía
—…Es
completamente falso —dijo el burgomaestre, llevando a sus
labios la copa verde, en la que su sobrino acababa de
servirle el delicado vino del Rhin.
—¿Y lo
creéis fuera de los límites de lo concebible? —preguntó
Hermann, con malicia.
—¡Lo
concebible!, ¡lo concebible!, todo es concebible, sobrino,
pero no todo es posible.
—Así he
oído decir más de una vez; pero desde que conocí el hecho,
con su aterradora realidad, he llegado a comprender que
existen fenómenos extraños que la ciencia humana no
explica y que tal vez no podrá nunca explicar.
—Tu
opinión no es más que la de un niño de escuela.
—¡Mi tío!
—¿Y qué?
¿Te imaginas, por ventura, que pueda ser otra cosa?
—¿Qué, si
no un mequetrefe, es el que niega las verdades reveladas
al hombre por su contracción y aplicación incesantes al
estudio de la Naturaleza, aceptando una necedad, como la
que acabas de manifestar? ¿Crees acaso, que mis canas son
de ayer? ¿Has pretendido sospechar que hablas con un
religioso, fanático, que va a admitir tus preocupaciones a
título de creencias o de fe? No, Hermann, no; estás muy
equivocado. Pero, ¿por qué no sirves al mariscal? Y tú,
Luisa, ¿has perdido el paladar, después de lo que has
oído? Kasper, pásame aquel jamón. ¡Capitán! ¿Rhin?
—Gracias;
estoy servido ya.
—Mariscal,
¿una tajada de jamón? Excelente, mi mariscal; es del mejor
que se fabrica en Pomerania, con pechuga de ganso.
El
burgomaestre tenía razón. Era aquél un bocado exquisito,
que todos juzgaron con rigor, sin poder llegar a otro
resultado que el de declarar que era exquisito, con lo
cual puede afectarse igualmente a una linda mujer y a un
rico jamón de Pomerania.
Razón
tendrá el lector, y mucha, para quejarse por la extraña
introducción que me he permitido regalarle, antes de
haberle presentado a Horacio Kalibang, con toda la
solemnidad que el personaje y el lector merecen; pero no
era posible comenzar de otra manera, porque al penetrar en
el recinto en que aquella conversación se desarrollaba, en
ese mismo momento, desmentía el burgomaestre Hipknock a su
sobrino el teniente Hermann Blagerdorff, y, fiel
retratista, no he podido hacer otra cosa que tomar, sin
antecedentes, las palabras consignadas.
Aunque hay
personas de mala voluntad que sostienen que mi pariente y
amigo, el burgomaestre Hipknock, lleva este nombre debido
a la circunstancia de haberse atragantado con un hueso uno
de sus antepasados, en tiempo de Carlos V, sostengo que es
falso, aunque no tengo interés en demostrar lo contrario.
Luisa, la
hija de mi pariente, cumple hoy quince años. Es una
preciosa criatura, muy parecida a las lindísimas muñecas
que fabrican en Nüremberg, mi ciudad natal. Con esto he
dicho todo. Sus ojos de cielo tienen ese candor de la
inocencia sin límites; su cabellera de oro cae en rizos a
los lados de sus mejillas, rosadas como una aurora y
frescas como la hoja de una lechuga, y sus labios, cual
esas guindas de la Selva Negra, no sé qué reminiscencia
despiertan en el paladar, a tal punto que algo húmedo se
estremece y se desliza por el ángulo derecho de la boca.
¡Quince
años! La edad más deliciosa para una mujer, porque no
obstante tener ya en punto ese inconsciente que llamamos
corazón humano, su cabeza goza del más etéreo y divino de
los vacíos.
¡Quince
años! La edad en que no se piensa en nada, so pena de
pensar en algo menos… y sin embargo, no hay caso que más
preocupe, después de los veinte. ¿Por qué? Misterios
insondables del endurecimiento de aquel inconsciente y de
los huesos.
A pesar de
todo, la hija de mi pariente no es un hongo. Sus manos de
algodón saben fabricar unos pastelitos con almíbar por
fuera, y manzana por dentro, tan ricos y tan incitantes,
que hacen honor al hueso que no se tragó el antepasado de
su padre.
Para
festejar su natalicio, el burgomaestre ha reunido una
concurrencia de buen apetito. Opina, como yo, que la mesa
moderna tiene muchas piruetas y poco jugo; que no hay vino
como el del Rhin, y que el jamón es excelente cuando no es
de mala calidad. Así es que, al entrar en el comedor, me
he detenido un momento en el umbral, para observar el
cuadro que la familia y los amigos presentan.
En la
cabecera de la mesa está sentado mi pariente; a su
derecha, Luisa, vestida de blanco, con lazos azules;
frente a ella, su primo Hermann, que la mira con toda la
ferocidad de un teniente enamorado con consentimiento del
mariscal Vogelplatz, sentado junto a Luisa, y deseando
comulgar con el teniente.
El
mariscal es un personaje tremendo: tiene todo el color y
temperatura de un sol poniente, en la nariz, y en el
vientre, todas las dimensiones de un elefante bien
educado. Engulle como un palmípedo y bebe como una tromba.
El capitán Hartz, el párroco de la aldea, Kasper,
secretario del burgomaestre, y su esposa, el maestro de
escuela, y el director de la parada más próxima, con su
señora, y, frente al dueño de casa, su compañera... he ahí
el conjunto brillante, reunido en casa del burgomaestre.
Mi asiento
no ha sido ocupado, y sólo consigo que nadie se mueva del
suyo, tomando rápidamente aquél.
—Vamos,
Fritz —me dice mi pariente, sonriendo con aire burlón—, al
fin, ¿eh? Ya creía que te quedabas rascando miserablemente
ese violonchelo infame, que te da todo el aspecto de un
sapo sentimental, cuando te sientas a mi lado.
—Está
visto, pariente, que usted se empeña en detestar la
música.
—Déjate de
músicas, Fritz; la música no significa nada. Mira, esto es
lo positivo, lo sólido, lo que puede digerirse bien, ¡y
esto!, pásame tu copa, esto es Liebfrauenmilch, la mejor
marca del Rhin, la gloria de Alemania y de los paladares
como los de los dioses.
—Muy bueno
está; pero veo que he interrumpido una conversación
interesante, tal vez, y no quisiera…
—Nada de
eso; es una de tantas preocupaciones de mi sobrino.
—¿Cómo
así?
—Figúrate
que pretende convencerme de que un hombre puede perder su
centro de gravedad; ¡ja! ¡ja! ¡ja!…
—¿Y por
qué no? Si se lo colocara, por ejemplo, en el punto en que
se neutralizan las atracciones de la tierra y de la luna.
—Ni he
pensado en tal cosa —interrumpió el teniente Blagerdorff—.
¿No conoce usted a Horacio Kalibang?
—Un
personaje de nombre muy parecido figura en La Tempestad,
de Shakespeare.
—Eso es
escaparse por la tangente —observó el mariscal, tragando
con facilidad un enorme bocado—. ¿Conoce usted a Horacio
Kalibang, el hombre que ha perdido su centro de gravedad?
¿Sí o no?
—No, señor
mariscal, ni espero conocerle.
—Es un
prodigio de la fantasía de Hermann. ¡Vamos! coliflor y
asado; eres un mentecato, sobrino; sirve vino al mariscal.
Luisa, atiende, hija mía, al señor mariscal. ¡Capitán!,
¿quiere usted pasarme ese pollo que, no obstante la acción
del fuego, salta en la fuente, como si también hubiera
perdido la gravedad? Fritz, bebe, hijo, bebe.
—Gracias,
pariente; no quisiera parecerme a Horacio…
—¡El señor
Kalibang! —interrumpió uno de los criados entrando,
espantado, en el aposento.
—¡Adelante, adelante! —exclamó el burgomaestre, poniéndose
de pie, como ya lo estábamos todos, y dejándose caer en un
sillón, cual si una bala le hubiera herido los pulmones.
Pero no
había nada de eso.
El
personaje que se presentaba en escena podría tener cinco
pies de altura, es decir, 1 metro, 443 milímetros, y
formas proporcionadas. Su rostro carecía completamente de
expresión y, al verle, se diría que acababa de salir del
molde de una fábrica de caretas. Ni un solo movimiento de
los párpados revelaba las sensaciones que determina el
cambio de luz o la variación de las imágenes. Sus pupilas
no se alteraban con el punto de mira; eran como las de
esos retratos que fijan al frente y que tanto pavor causan
a los niños que por primera vez los observan. Era la
expresión del plano en el relieve.
—Muy
buenos noches, señoras y caballeros —dijo mirando
simultáneamente a todos.
—Excelentísimas las pase usted, señor Kalibang —balbuceó
mi pariente, el burgomaestre, al ver que los labios del
recién llegado se movían de idéntico modo al pronunciar
cada una de las sílabas de aquellas palabras—. Tome usted
asiento.
—Gracias;
como carezco de peso, cualquier posición me es igual.
En aquel
momento, sólo había dos rostros que no manifestaron el más
profundo terror: el del teniente Blagerdorff y el de
Horacio Kalibang. El primero brillaba con el relámpago de
la victoria; el segundo tenía estampada la eterna sombra
de la indiferencia. Yo no me cuento. Kalibang hizo un
movimiento con el brazo derecho, y al instante su cuerpo
se inclinó de tal manera que la línea de gravedad cayó a
medio metro de sus pies.
—¡Imposible! —exclamó el burgomaestre—. Esto está fuera de
todas las leyes físicas.
—A no ser
que… —insinuó Kasper.
—Que…,
que… a no ser que seas tan mentecato como mi sobrino.
—¡Mi tío!
—Calla,
Hermann —dijo Luisa, haciéndole un gesto que dominó al
teniente.
—A no ser
—repitió Kasper— que el señor Kalibang sea hueco o lleve
pies de platino.
—¿Qué?
—Opino
así, porque teniendo el platino un peso específico de 21,
puede servir de resistencia a la gravedad del cuerpo, en
una inclinación de este grado, teniendo las piernas
bastante energía para no ceder.
—No digas
tal cosa, Kasper… El señor Kalibang nos ha declarado, al
ofrecerle asiento, que careciendo de peso, cualquier
posición es igual.
—Señores y
caballeros, muy buenos noches; ya ven ustedes que no soy
un mito.
Y girando
sobre uno de sus talones, el señor Kalibang se retiró,
inclinado de la misma imposible manera.
El
mariscal había perdido el apetito, no obstante tocar a los
postres, y los demás concurrentes, excepto Hermann y yo,
guardaban el más extraño silencio y revelaban el más
estúpido pavor.
—¿Sabes lo
que es eso, Hermann? —pregunté al teniente.
—¿Si lo
sé? ¡Vaya si lo sé! Es lo más estupendo que puede verse;
la maravilla mayor entre todos los fenómenos: ¡perder la
gravedad!
Sonreí.
—Y qué
indiferencia a toda opinión —dijo entre dientes el
burgomaestre.
—¡Y qué
mirada!… —agregó Luisa.
—¡Parece
un búho! —dijo uno.
—¡Dos
búhos! —insinuó otro.
Aquel
preludio no me desagradaba, porque semejantes a los
pajarillos que se despiertan entre sí, cuchicheando
ocultos por las hojas, al despuntar el alba, los dueños de
casa y sus invitados parecían animarse, mutuamente,
después de un instante de terror, que había durado un
minuto tan largo como un siglo.
—Yo sabré
quién es Horacio Kalibang; entre tanto, mariscal,
terminemos lo casi terminado. ¡Vino! ¡Vino! ¡Café!… ¡Ea,
muchachos, no dormirse!
Brille en
la copa el vino transparente
Y a raudales difunda la alegría…
—¿Ve
usted, pariente, cómo no hay contento posible sin música?
Usted mismo nos da el ejemplo.
—Son
emociones, Fritz, emociones de otro género, que se
traducen en notas destempladas. No sé si me comprendes,
pero ya sabes que el exceso de impresión tiene que
transformarse de algún modo. Yo canto, aquél ríe, otro
llora…
—Yo
tiemblo…
—Yo como…
—Yo bebo
vino del Rhin y amo la música porque sí…; el bien por
bien…, la música por ella… ¿Qué significa la música? No
sé, ni me importa saberlo… ¡Vino aquí!… Se canta y se
goza…
—Yo miro a
Luisa…
—Pero el
teniente no se escapa a mi mirada —agregó el mariscal,
destellando un crepúsculo encendido.
Las penas
mayores,
los hondos
quejidos,
los pechos
dolientes,
se curan,
se acallan, se borran con vino.
—¡Bravo!
—¡Otra!
—¡Bis!
—¡Horacio
Kalibang! ¡Otra! ¡Bis!… El hombre que ha perdido la
gravedad… ¡Ea! sois todos unos mentecatos.
Y tomando
el sombrero y el bastón, el burgomaestre salió
precipitadamente del comedor.
Un momento
después, me retiré también, pensando que no es necesario
llamarse Horacio Kalibang para perder la gravedad…
Para que
el lector pueda apreciar la conducta de mi primo, el
burgomaestre Hipknock, es necesario que me permita hacerle
su retrato moral en dos plumadas.
El
burgomaestre es uno de aquellos hombres que siguen con
toda su alma los progresos del materialismo en Alemania.
No cree en Dios ni en el diablo; está excomulgado hasta la
quinta generación y asegura que nada pierde ni gana su
raza con semejante regalo. Es un hereje, un condenado, un
miserable, un canalla, un estúpido, un ignorante y todo lo
que la indignación irracional puede sugerir a sus
enemigos, que tales blasfemias le envían desde las sombras
del incógnito.
Pero todos
los que hemos tratado al burgomaestre sabemos que tiene un
carácter incomparable… insisto —tiene un carácter— es el
mismo en presencia del Emperador y en presencia de sus
amigos.
Incapaz de
cualquier indignidad, practica el bien en todas sus formas
y asegura, no sé por qué razón, que su mayor gloria es la
de tener tantos enemigos a los que, por cierto, no conoce
ni de vista. Pero, en cambio, sus amigos son numerosos, y
tanto más sinceros, cuanto que no necesitan de él, ni él
de ellos. Si ataca, lo hace a cara descubierta, porque no
es un cobarde, y si alaba, jamás lo hace con intención de
lucrar. Lo que ha dicho una vez, lo ha dicho porque tal
era su opinión, y si ésta se modifica, es por la fuerza de
las razones, jamás por un capricho.
No aspira
a los altos puestos, porque no sabe qué haría en ellos;
comprende que en la lucha por la vida, todo sacrificio
voluntario reclama recompensa doble, y como vive contento
y feliz con lo que tiene, su límite está en ello. Jamás
diría al pueblo congregado lo que no fuera su opinión, y
tendría un verdadero disgusto en tener que decir del
pueblo lo que no había dicho al pueblo. En ninguna de las
ceremonias, en que ha tomado la palabra, se ha apartado
nunca del centro en que gira todo su anhelo para la
humanidad.
El trabajo
sin descanso —dice— es el azote de los tiranos. Trabajad,
pues, y seréis libres y felices. Y cuando algún amigo le
ha pedido su opinión respecto de gobierno, no ha vacilado
en contestar: “Los pueblos se forjan su gobierno. No hay
más derecho divino que el del pueblo; los pueblos tienen,
pues, el gobierno que quieren o el que merecen. Como la
providencia es un mito, no se preocupa de ningún pueblo.
Todas las formas de gobierno son buenas, cuando los
gobernantes no son unos tontos, pero hay congregaciones
que prefieren a tales gobernantes, para pantallas de sus
maquinaciones.”
No ama la
demolición cuando no sabe qué construir sobre las ruinas
formadas, ni cuando no va a mejorar una situación.
Por eso no
ha querido tomar parte, jamás, en propaganda alguna de
cuestión religiosa. Es materialista por la fatalidad de
las razones, pero no cree que exista pueblo alguno ateo,
ni que deba o pueda existir. “Las sociedades científicas
—dice— tienen derecho de ser la razón; el pueblo no tiene
más derecho que ser el sentimiento; para el sentimiento,
hay Dios; para el sentimiento, hay un alma inmortal.”
Hipknock
figura en las listas de socios de numerosas corporaciones
ilustradas de Europa y de América, lo que prueba que sus
enemigos se equivocan. Los sabios que de cuando en cuando
pasan por el pueblo, le visitan con placer, porque es
ilustrado, y lo que es más, incansable para resolver una
duda. La ataca de mil maneras, la comprime, la estudia, la
estruja, y en este combate, que en muchas ocasiones ha
dado a otros, como resultado, una triste pérdida de
tiempo, el burgomaestre sale siempre victorioso. No
cuadrará jamás el círculo, no porque sea o no cuadrable,
sino porque está persuadido de que perdería su tiempo, que
puede dedicar a sus obligaciones oficiales, a su familia
que ama, o a sus tareas científicas.
En su
lenguaje, en el seno de la intimidad, suele morder, pero
jamás hiere, porque estima, y cuando estima, es franco “La
franqueza —dijo un día a su antiguo amigo el viejo
mariscal— es el cañón del alma. Se puede ser charlatán sin
ser franco, como se puede ser callado e indiscreto, o
charlatán y discreto. Hablar mucho, o no decir algo; a
veces se habla para no decir.”
Éste es,
en pocas palabras, mi primo el burgomaestre. El lector
puede seguir, de un modo lógico, todo el desenvolvimiento
de aquellas ideas fundamentales, ligadas íntimamente para
formar su carácter.
Ahora
comprenderá también por qué razón se retiró mi primo del
comedor de una manera tan brusca. Iba a resolver una duda.
Iba.
La noche
estaba oscura y una llovizna tenuísima acariciaba el
rostro de los transeúntes.
Por la
calle de X… dos individuos caminaban en dirección a la
Plaza de Federico el Grande.
Detrás de
ellos, y a distancia suficiente para no perderlos de
vista, un hombre de cierta edad se dirigía hacia la misma
plaza que ellos. Cualquiera, al verle, hubiera dicho que
era indiferente a los dos que le precedían; pero un
fisonomista habría reconocido en su semblante todos los
signos que revelan el observador en observación. Sus ojos
fijos en parte velados por las cejas, los labios
apretados, cual si creyera que sus investigaciones podían
escapársele en palabras indiscretas, la cabeza algo
inclinada y de cuando en cuando un movimiento convulsivo
de los dedos, entre la barba, no podían expresar otra cosa
que lo que en realidad había.
De pronto
se detuvo, apartándose un tanto para no ser visto, al
observar que los que le precedían se acababan de detener.
Uno de ellos sacó con cautela el sombrero de la cabeza del
otro, lo colocó en uno de sus bolsillos, y, llevando ambas
manos a la cara del segundo, pareció sacar algo pequeño de
ella, y examinándolo con cuidado, prorrumpió en una
maldición formidable, que hizo estremecer al observador.
—Donnerweter!
—exclamó—. Ich habe ihn jetz gefunden…(¡Rayos y centellas,
ya lo encontré!)
Sacó
entonces del bolsillo otro objeto pequeño y, colocándolo
en el cuello de su dócil acompañante, hizo los movimientos
que hubiera hecho al dar cuerda a un reloj. Terminaba la
operación, guardó la presunta llave.
Llamamos
Oscar Baum al de la maldición y guardemos en silencio, por
un momento, el nombre del otro.
A los
pocos pasos volvieron a detenerse.
Oscar Baum
dijo algo al oído de su compañero, y éste repuso:
—Muy
buenas noches, señoras y caballeros.
El
observador oculto dio un salto en la oscuridad.
Pero lo
que éste no había observado era que el que acababa de
hablar llevaba el cuerpo inclinado hacia delante, de tal
modo que cualquiera, al pasar a su lado, le habría
adelantado la mano o el brazo para que no cayese, si no
hubiera sabido de quién se trataba.
Un nuevo
movimiento de Baum arrancó al otro estas palabras:
“Gracias; como carezco de peso, cualquier posición me es
igual”.
—¡Horacio
Kalibang! —murmuró el observador—. Horacio Kalibang, ¡ya
sé que no eres más que un autómata!…
Y
satisfecho de aquella observación, cambió de rumbo y se
encaminó a su casa.
El
burgomaestre Hipknock volvía vencedor. Ya sabía quién era
Horacio Kalibang.
El
burgomaestre acababa de levantarse.
El velo de
la incertidumbre había desaparecido de su semblante, ya
risueño.
—¡Hum! Es
hábil el artista. Veamos ahora qué se propone.
Y en aquel
momento, cual si las circunstancias se reunieran para
satisfacer su curiosidad, un criado entró en el aposento
trayendo una carta.
Hipknock
abrió el sobre y leyó:
“Señor
burgomaestre Hipknock.
Establecido en este pueblo, desde hace dos días, con el
objeto de trabajar más tranquilamente que en Berlín, me
tomo la libertad de invitar a usted, para las 2 de la
tarde, a ésta su casa, calle X…, donde tendré el honor de
hacerle ver mis obras.
Fabricante
de autómatas, desde hace algunos años, los últimos
descubrimientos de Edison han herido mi amor propio
nacional, estimulándome a dirigir mis investigaciones en
un sentido definitivo: estoy en vísperas de fabricar un
cerebro con funciones propias.
Conociendo, como conozco, las ideas filosóficas y la
ilustración del señor burgomaestre, he creído que a nadie
mejor que a él podría pedir un juicio sobre algunos de mis
trabajos.
Saluda al
señor burgomaestre con su más alta consideración,
OSCAR BAUM
Fabricante de autómatas
—¡Hola!
Señor Baum, y usted había sido el desconocido de anoche,
¿eh? Muy bien; veremos sus autómatas. ¿Y Kasper habrá
salido con la suya? ¿Y qué dirá mi sobrino el teniente
cuando lo sepa? —Dirigiéndose entonces al criado, le
dijo:— Corre a casa de Fritz y dile que le espero a
almorzar; agrégale, también, que es necesario que venga,
aunque se esté muriendo.
El criado
salió y el burgomaestre quedó solo, entregado a sus
reflexiones, las que, por cierto, no eran muy favorables
ni a los espiritualistas ni a los clericales.
—Donnerweter!
—dijo, repitiendo las palabras que había oído a Baum en la
noche anterior—. Ich habe ihn jetz gefunden. He ahí lo que
vamos a grabar en una lámina de oro, si el fabricante de
autómatas dice la verdad.
—Muy
buenos días, pariente —dije al ver a Hipknock en el
comedor de su casa, momentos después—. ¿Qué
acontecimientos motiva esta llamada?
—¿Qué
acontecimiento? Lee esta carta.
Y
entregándome la de Baum, la leí agradablemente
sorprendido, según juzgó mi pariente: primero, por el
anuncio de una obra tan grande como era la fabricación de
un cerebro, y segundo, porque yo bien sabía que Horacio
Kalibang no era sino un autómata; no pudiendo explicarme,
por cierto, cómo había pasado ello inadvertido para mi
primo.
Después
del almuerzo, conversamos largamente sobre los últimos
descubrimientos de los fisiologistas y llegamos al
resultado siguiente: si Oscar Baum, para muchos, ha
emprendido un desatino, para pocos no puede negarse que
las probabilidades de éxito se encuentran a su favor.
A las dos
de la tarde, el burgomaestre, a quien acompañaba yo,
entraba en casa de Oscar Baum.
—¿Está el
señor Baum? —preguntó a un individuo alto que salió a
recibirnos.
—Pase
usted adelante, señor burgomaestre.
—Ésa no
debía ser la respuesta —dijo Hipknock—; somos dos.
—Pariente, ¿no ve usted que es un autómata? Esa respuesta
prueba, por lo menos, que usted era esperado solo.
—Entonces
estoy ciego, porque no he podido reconocerlo.
Al entrar
en el salón, un individuo rubio, con anteojos azules, se
levantó de una silla, en la que estaba sentado, y
dirigiéndose al burgomaestre, le extendió la mano.
—¿El señor
burgomaestre Hipknock? —preguntó.
—Para
servir a usted ¿Es con el señor Baum con quien tengo el
honor de hablar?
—El honor
es para mí, caballero. Me he tomado la libertad de invitar
a usted, porque antes de lanzar al mundo mis obras, deseo
conocer la impresión que le causan.
—¡Terrible, señor Baum, terrible! Horacio Kalibang me ha
producido toda la ilusión de un hombre vivo, y, a no ser
por una circunstancia especial, aún guardaría su misterio.
—Horacio
Kalibang es el más imperfecto de todos, pero llama mucho
la atención porque camina fuera del centro de gravedad.
—¿Nada más
que por eso?
El señor
Baum guardó silencio.
Sus ojos
hicieron una revolución en las órbitas, sus labios se
apretaron, sus brazos cayeron inertes, mientras que una de
sus piernas, por no sé qué movimiento del resorte, se
desprendió de su cuerpo y cayó al suelo.
El
burgomaestre dio un salto sobre su asiento.
Por mi
parte, prorrumpí en una carcajada tremenda. Mi pariente no
había reconocido que conversaba con un autómata. Verdad
que está ya algo corto de vista.
—Donnerweter!
—dijo una voz en la pieza inmediata, cual si la ira le
hubiera arrancado aquella expresión poco amable, y
abriéndose la puerta, el burgomaestre vio aparecer otro
individuo, idéntico al que acababa de deformarse, que
acercándose a mi pariente, le dijo:
—Disculpe
usted, señor burgomaestre, esta segunda libertad que me he
tomado, de hacerme representar por un autómata; pero no
dudo que ya lo estaré, porque la excelencia de la obra,
rápidamente construida, es una garantía de mi respeto por
usted.
—Está
usted disculpado.
—La
mecánica, señor burgomaestre, es una ciencia sin límites,
cuyos principios pueden aplicarse no sólo a las
construcciones ordinarias y a la interpretación de los
cielos, sino también a todos los fenómenos de la materia
cerebral.
—Es mi
opinión.
—¿Qué es
el cerebro, sino una máquina, cuyos exquisitos resortes se
mueven en virtud de impulsos mil y mil veces
transformados? ¿Qué es el alma, sino el conjunto de esas
funciones mecánicas? La acción fisicoquímica del estímulo
sanguíneo, la transmisión nerviosa, la idea, en su
carácter imponderable e intangible, no son sino estados
diversos de una misma materia, una y simple sustancia,
inmortal y eternamente indiferente, al obedecer a la
fatalidad de sus permutaciones, que producen un infusorio,
un hongo, un reptil, un árbol, un hombre, un pensamiento,
en fin.
—Todo está
muy bueno, señor Baum; pero yo deseo ver sus autómatas,
porque se hace tarde. Soy materialista y sus palabras no
me causan espanto ni novedad.
El señor
Baum se puso de pie y dirigiéndose a la puerta llamó a un
criado.
—Avise
usted a los maquinistas que el señor burgomaestre desea
que comiencen las manifestaciones.
Al
instante una de las paredes del aposento se elevó como un
telón, y vimos frente a nosotros una gran sala, en las que
no faltaba nada: caballetes, pianos, flautas, fusiles,
espadas, libros, etc.
El señor
Baum volvió a tomar asiento.
—¡Música!... ¡Baile!
—¡Fritz!,
vas a salir tú de autómata —me dijo el burgomaestre.
Sonreí,
porque aunque fuera cierto, mi pariente no sabía lo que le
estaba pasando.
Y así fue. Uno de los autómatas, con un violonchelo en la
mano izquierda y una silla en la derecha, se sentó en
medio del salón; pero lo que más agradó a mi primo fue que
su cara y su cuerpo eran mi propio retrato.
El músico
ejecutó con maestría una preciosa introducción, después de
la cual un pianista le acompañó de tal modo que no pudimos
menos de aplaudir.
Un tercer
autómata se acercó al piano, y dando vuelta una de las
hojas del libro, la música continuó, agregando el canto, y
tan hermosa fue la pieza que ejecutaron, que mi tío no
sabía cómo expresar su admiración al señor Baum, que se
mantenía callado.
Los
músicos se retiraron.
En su
lugar aparecieron dos hermosas niñas que, con traje de
ilusión y guirnaldas de flores, bailaron con tal gracia y
soltura El despertar de las hadas que los músicos
invisibles producían, que yo mismo tuve tentaciones de
lanzarme en medio de ellas para acompañarlas. Se
retiraron.
—¡Duelo!
—dijo el señor Baum.
Dos
gallardos jóvenes entraron al salón, por puertas opuestas,
y después de saludarse, cruzaron sus armas y luego se
detuvieron un momento.
—Era tu
destino morir en mis manos.
—No tal,
que la herida no es cierta en tus armas.
—¿Cobarde
me has dicho?
—¿Cobarde?
No debes cambiar mis palabras.
—He dicho
y repito: las iras te ahogan, te ciega la rabia.
—Defiende
tu pecho.
—¡Jo! ¡jo!,
que en el tuyo te hundo tu espada.
Y
desarmando a su adversario, al decir estas palabras, tomó
el arma que acababa de caer y le cortó una oreja.
—¡Basta!
¡Basta! —exclamó el burgomaestre— no puedo permitir que
continúe; ¡primera sangre!
—¡Pintura!
—dijo Baum.
Dos
maniquíes desnudos penetraron al taller.
Uno de
ellos llevaba en la mano, paleta con colores, pinceles y
tiento, y sentándose frente al caballete, ya pronto,
comenzó a copiar a su compañero, con toda la precisión de
un artista consumado. Terminado el cuadro salieron del
taller.
—Si estos
son autómatas, es necesario confesar que no se diferencian
mucho de nosotros —dijo Hipknock.
—Si el
señor burgomaestre me permite —observó Baum—, yo
invertiría la proposición.
No cansaré
a mis lectores con la enumeración de los diversos cuadros
que allí presenciamos; batallas, parlamentos, academias,
paseos, bailes, escenas amorosas, cuadros místicos, etc.,
etc., todo se presentó a nuestra admiración, con ese tinte
especialísimo de verdad, que sólo revisten las grandes
obras de los grandes maestros.
Próximos a
retirarnos, el burgomaestre, sonriendo de placer, más por
hallar una especie de confirmación a la Teoría del
inconsciente de su amigo Hartmann, que por lo que había
presenciado, dijo a Baum:
—Pero
observo que ha faltado un cuadro de familia.
—Si el
señor burgomaestre lo permitiera, la propia suya
aparecería al punto.
—Como
usted guste.
Y haciendo
una seña, el salón se empezó a llenar de autómatas que,
sentados luego alrededor de una mesa, desarrollaron, ante
los ojos estáticos del burgomaestre, la mismísima escena
de la noche anterior, con los mismos movimientos y las
mismas palabras de la discusión sobre Horacio Kalibang,
que entró un momento después, y pronunció las palabras que
todos le habían oído.
Mi
pariente no pudo menos que soltar una carcajada cuando vio
a su propio autómata hacer un gesto de espanto, al entrar
Kalibang, y llevando la mirada al autómata de Luisa, dijo:
—Pero
observo, señor Baum, que mi hija mira demasiado al
teniente Blagerdorff, mi sobrino.
—El señor
burgomaestre notará también que su sobrino no paga con
moneda falsa.
—Pero
eso...
—Dejarían
de ser autómatas, señor burgomaestre, si alteraran un solo
pasaje.
El señor
burgomaestre se puso de pie, tal vez para manifestar al
señor Baum su indignación, de una manera positiva, cuando
éste echó a correr hacia la mesa, y trepándose sobre ella,
se desarticuló uno de los brazos y lo lanzó sobre la
cabeza del burgomaestre autómata, que, irritado ante aquel
atrevimiento, pronunció estas palabras:
—Donnerweter!
Ich habe ihn jetz gefunden. He ahí lo que vamos a grabar
en una lámina de oro, si el fabricante de autómatas dice
la verdad; las mismas que había dicho, en esa misma
mañana, cuando recibió la carta de Oscar Baum.
Una escena
terrible tuvo lugar entonces y comprendiendo mi pariente
que era inútil luchar con aquellos muñecos feroces, me
dijo:
—Fritz, es
necesario retirarnos, pues no sabemos hasta dónde puede
llegar la habilidad de estos energúmenos. Ahí quedamos,
batiéndonos en descomunal batalla. Si son ellos los
autómatas o si los somos nosotros, no lo sé; pero te
aseguro que cantan, bailan, gritan, saben y se baten con
una habilidad tal, que más parece natural que de resortes.
Y ya nos
retirábamos, cuando un autómata, más alto y fornido que
los otros, se acercó a la mesa y gritó:
—¡Basta,
señores!, soy el más fuerte y tengo la razón; si alguno de
vosotros me la nega, le partiré el cráneo, aunque la
tenga. No soy solamente un autómata, soy la humanidad
entera y cuando la humanidad habla con la fuerza, la razón
el más despreciable de los juguetes de los niños.
¡Aquel
autómata era un bestia!... ¡pero si era un autómata!
La calma
reinó en el salón.
—Ahora,
señor burgomaestre Hipknock, ¿tiene usted alguna duda
respecto de la habilidad de nuestro constructor?
—preguntó.
—Ninguna,
señor, ninguna.
—¿Tiene
Usted alguna pregunta que hacer?
—¡Oh!,
¡sí!... ¿hace mucho tiempo que se han fabricado estos
autómatas?
—¡Mucho!
—¿Y están
todos aquí?
—No; hay
algunos miles de ellos que andan rodando por el mundo.
Cuando se les acaba lo que Uds. llaman la cuerda, y que
nuestro constructor llama su habilidad, volverán a recibir
nueva fuerza y entonces, señor burgomaestre, entonces...,
buenas noches.
Mi tío y
yo nos miramos. Era lógico.
Entonces... entonces... nos retiramos, complacidos de las
maravillas de que habíamos sido testigos, y terriblemente
desagradados con estos pensamientos:
—¿Será
Fritz un autómata? —el burgomaestre.
—¿Será el
burgomaestre un autómata? —yo.
Al llegar
a casa del primero, me despedí de él.
—¿No nos
acompañas a comer, Fritz?
Pero yo ya
estaba lejos.
Poco
tiempo después, la casa del burgomaestre Hipknock se
llenaba de gente, para festejar un gran día de familia.
El capitán
Herman Blagerdorff unía, a sus destinos, los de la
señorita Luisa Hipknock.
Era muy
natural.
Habían
leído Werther y se amaban.
Cuando dos
jóvenes alemanes o de cualquier nacionalidad se aman,
aunque hayan leído o no el Werther se casan o no se casan;
sólo sí, que hay que notar esto: cuando se van a casar,
nunca se preguntan si son autómatas o no.
—Todos
vienen, menos Fritz, ¿dónde estará Fritz? —se preguntaba
el burgomaestre, haciendo un gesto de desagrado.
Cuando se
sentaron a la mesa, Hipknock, de pie aún, dijo en tono
solemne:
—¡Amigos
míos! permitidme una pregunta: ¿hay entre vosotros algún
autómata? ¡Decídmelo, por favor!
Todos se
miraron entre sí: los unos porque no sabían lo que era un
autómata; los otros porque lo sabían demasiado.
—¿Y Fritz?
¿Por qué no ha venido Fritz?
Nadie lo
sabía.
Horacio
Kalibang entró a los postres y entregó al burgomaestre una
carta de Fritz. Decía así:
“Mi
querido primo, burgomaestre Hipknock.
Hermann se
me ha anticipado en el corazón de Luisa —no importa— tengo
su autómata, que me amará perpetuamente, sin cambio, ni
mudanza, porque será mi amor grabado de un modo indeleble
en las respuestas sinceras de sus resortes. Que sean
felices, serán mis votos. Te he acompañado como autómata
durante la noche en que, reunidos en tu casa, celebramos
el natalicio de Luisa; como autómata he ido contigo, al
día siguiente, a la fiesta de Oscar Baum. Oscar Baum, soy
yo: no te espantes, pariente. Ya que Horacio Kalibang es
un autómata, también. Cuando Luisa tenga hijos, esa
máquina humana les enseñará, con métodos especiales, todo
lo que deban aprender. Para ello lo envío, es un regalo de
boda. Aunque con forma de hombre, es un libro. Es el único
ser a quien se le debe confianza. Soy bastante grande,
noble y rico para que me creas poderoso. Tú has sido
testigo. Tengo el mundo en mis manos, porque lo manejo con
mis autómatas.
Cuando,
sumergido en el torbellino de la política, encuentres
algún personaje que se aparte de lo que la razón y la
conciencia dictan a todo hombre honrado... puedes
exclamar: es un autómata.
Cuando,
sumergido en las grandes batallas del pensamiento, tu
adversario científico llame en su apoyo los misterios de
la fe, puedes exclamar... ¡es un autómata!
Cuando
veas un poeta que te pinta lo que no siente, un orador que
adula al pueblo; un médico que mata, un abogado que
miente, un guerrero que huye, un patriota que engaña, un
ilustrado fanático y un sabio que rebuzna... puedes decir
de cada uno de ellos ¡es un autómata! Sí, Hipknock, sí: he
llenado el mundo con los productos de mi fábrica.
Recuerda
con frecuencia a Oscar Baum, o si quieres, a tu primo
Fritz. Persiste en tus ideas: ¡son la luz del porvenir!
Un abrazo
a todos.”
Al leer
esta carta, las lágrimas corrían por las mejillas del
burgomaestre.
Cuando su
hija Luisa, ya esposa de Blagerdorff, se despedía, le dijo
estas palabras al oído:
—Serás
feliz, hija mía, porque hay algo grande y noble que vela
por ti. Tendrás hijos, si obedeces, como todo el mundo, al
automatismo orgánico; yo seré el más feliz de los abuelos,
ya que soy el más desgraciado de los primos; y cuando
tenga un nieto, que será mi gloria y encanto, yo sabré
decirle, y si muero, díceselo tú: “Hijo mío, antes de
esparcir los aromas que broten de tu corazón, examina con
cuidado si no es un autómata la copa que los recibe”.
El lector
tocará los demás resortes.
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