| |
HARVEY JACOBS

Hervey Jacobs, escritor
estadounidense nacido el
7 de enero de 1930 en la ciudad de Nueva York.
Entre sus novelas se
encuentran: Verano en una montaña de Spices (1975),
El miembro del jurado, Sopa hermosa, Goliath
americano.
Intervino en numerosas antologías, entre
elllas:
Mundos nuevos VII, Lo
mejor de la ciencia ficción, Las mejores historias, ¡Invasores!,
Sueños extraños. |
|
Cuando
Roger Ploom perdió el primer diente su madre armó un
revuelo enorme. Y le dijo al pequeño que pusiera el diente
bajo la almohada. Ahí fue a parar, pues, el diente caído,
y Roger se durmió. Cuando se despertó, encontró un dólar
en el lugar donde había estado el diente.
—El hada
de los dientes ha venido durante la noche —le dijo su
madre.
Cuando
empezó a bailarle otro diente, Roger reventaba de gozo.
Naturalmente, cuando Roger Ploom mordió un caramelo, el
diente se cayó. Bajo la almohada fue también éste, y por
la mañana halló en su puesto un dólar.
La tercera
vez que a Roger Ploom le cayó un diente probó de
mantenerse despierto para ver al hada de los dientes. ¿Qué
aspecto tendría aquella criatura que cambiaba dólares por
dientes viejos? ¿Vestiría como los dentistas? ¿Qué hacía
de los dientes? ¿Tenían algún valor en alguna otra parte?
El padre de Roger Ploom era dueño de una tienda. Compraba
cosas a un precio y las vendía a otro superior. ¿Se
dedicaba el hada de los dientes a una actividad parecida,
sacando un beneficio? Tenía que haber algo que explicase
el motivo de lo que sucedía bajo su almohada en el corazón
de la noche. Roger Ploom se quedó dormido antes de que
viniera el hada de los dientes. Se despertó al amanecer y
allí estaba su tercer dólar, terso y verde como la
lechuga, esperando su regordeta mano.
—El hada
de los dientes, ¿siempre deja un dólar a cambio de un
diente? —le pregunto Roger Ploom a su madre.
—Para los
chicos buenos, sí —respondió la madre—. Para los malos,
no.
De modo
que los niños malos, y es de presumir que sucediera igual
con las niñas malas, no obtenían nada a cambio de los
dientes que se les caían. ¿Por qué? ¿Tendrían algo
aquellos dientes que no permitiera aprovecharlos? ¿O,
simplemente, sería el hada una criatura que sólo quería
tratar con unos cuantos individuos que le merecieran
confianza? El tema en conjunto interesaba profundamente a
Roger Ploom. También le interesaba el dinero. El problema
lo constituía el transcurso de tiempo que necesitaban sus
dientes para empezar a movérsele, bailar y caer. En el
cuarto diente, Roger se esforzó en colaborar en este
proceso, y acelerarlo. Con la lengua, movía el diente
adelante y atrás. Lo cual le producía una sensación
deliciosa de placer y dolor. Le daba pena ver cómo el
diente cedía y caía lo mismo que una hoja. Pero disfrutaba
al conseguir otro dólar.
—Eres un
chico afortunado —dijo su padre cuando Roger Ploom le
enseñó la última recompensa—. Sin duda ganas más que
trabajando.
El padre
acababa de corroborar lo que Roger Ploom sospechaba. Había
encontrado una veta riquísima. Eso de los dientes caídos
era un negocio que andaba parejo con la lámpara de Aladino
y el vellocino de oro.
Roger
Ploom consideró que este asunto era un non sequitur, pero
aceptó un diente de Bettey, que iba a su misma clase.
Roger le dio una moneda de cinco centavos. Y Bettey la
aceptó. Bettey era una chica mala en todos los conceptos,
una arma-camorras. No cabía duda, a ella nunca le daban ni
un centavo por sus dientes. Roger Ploom la eligió para la
primera transacción por dos motivos. Quería ver si se
podía engañar al hada de los dientes. Y quería saber si
los dientes de niña se pagaban al mismo precio que los
suyos.
—Me ha
caído otro diente —le dijo a su madre. Le enseñó el
incisivo de Bettey y luego lo puso bajo la almohada.
—¡Rayos,
cómo creces! —exclamó la madre.
Aquella
mañana tentó cuidadosamente bajo la almohada. Era una
prueba vital. Si el hada de los dientes andaba distraída y
aceptaba el de Bettey, él habría hallado una mina de oro.
En cambio, si el hada era una de esas criaturas que lo
saben todo, Roger quizá ya no cosechara ni un penique más,
ni siquiera por sus propias gemas blancas, perlinas.
Bajo la
almohada había un dólar, lo mismo que las otras veces. De
modo que, o el hada era una tonta, o necesitaba dientes, y
los necesitaba con urgencia. Roger Ploom, muchacho
práctico, se inclinó por la segunda probabilidad. Sus
padres le habían dicho muchísimas veces que nadie da un
dólar a cambio de nada. Y el dicho tenía lógica. Aquel
hada necesitaba dientes y los pagaría a buen precio. La
procedencia no importaba. Lo que importaba era quien
llevara el negocio y el ritual de la almohada. Roger Ploom,
niño bueno, podía actuar de agente con impunidad total.
Evidentemente, su dormitorio resultaba un terreno
perfecto, un lugar adecuado para que el hada lo visitase.
En la ciudad abundaban los niños malos. En su propio
jardín de la infancia había cuatro y cada uno representaba
un criadero potencial de dientes.
Pero,
también ahora, el problema lo constituía el tiempo. Los
dientes llegaban a manos de Roger Ploom de tarde en tarde
y en poca cantidad. Durante los dos meses siguientes sólo
pudo comprar dos.
El primero
le valió un dólar, como esperaba. El segundo lo tuvo que
comprar a cincuenta centavos. El niño que se lo vendió,
Billy Latik, era un regateador duro. Dado que el diente le
costaba tan caro, Roger Ploom decidió que también había de
venderlo a un precio mayor. ¿Cómo podría comunicárselo al
hada de los dientes?
Roger
Ploom sospechaba que su madre sabía la manera de ponerse
en contacto con la desconocida criatura. Cada vez que
tenía un diente se lo decía a su madre, y la información
iba a parar a su destino. ¿Cómo podría comunicar él
directamente, dejando a su madre fuera del negocio? En fin
de cuentas, ella no tenía nada que ver.
De modo
que habló con miss Bromph, la maestra, y le dijo que
necesitaba su ayuda. Le explicó que quería redactar un
cuento y le pidió que le escribiese unas palabras en un
papel. Miss Bromph sonrió satisfechísima. De buena gana
escribió lo que en realidad era una petición dirigida al
hada, exigiéndole más dinero, y dijo que se trataba de un
cuento muy lindo. Roger Ploom no veía nada lindo en
aquellas líneas, pero las tenía.
Y el
papelito pasó a ocupar el puesto indicado bajo la
almohada; pero el diente caro no. Primero quería saber la
respuesta. Aquella noche sonó el teléfono, y Roger oyó que
su madre hablaba con alguien. Por la manera de hablar de
su madre, a Roger Ploom se le antojó que en el otro
extremo del hilo estaba miss Bromph. Mas, ¿para qué
llamaría una maestra a su casa? No tenía sentido. Lo
importante del caso es que al día siguiente encontró un
dólar y medio bajo la almohada, y por la noche dejó el
diente en su puesto.
Aquel día,
en el colegio, Roger Ploom estaba demasiado inquieto
incluso para jugar. Si el hada de los dientes los pagaba a
un dólar cincuenta cada uno era que tenía muchas ganas de
comprar. ¿Podía darse el caso de que hubiera gran escasez
de dientes, una verdadera crisis de dientes, allá donde
viviera el hada? ¿Y cuánto duraría? Roger Ploom sabía que
él no era el único proveedor. Una niña buena, Leslie Vine,
también obtuvo un dólar por un diente la semana pasada. ¿Y
si millares de niños buenos se extraían de pronto millones
de dientes y la bolsa del hada se cerraba por completo?
Era el momento de dar el golpe.
Aquella
noche, en la cama, Roger Ploom deseaba tener un hermano, o
una hermana, o mejor todavía, muchos hermanos y hermanas,
como las familias que veía en la televisión. Pero la pura
realidad era que sólo contaba consigo mismo y con sus
padres. Tendría que arreglárselas con estos elementos.
Su padre y
su madre vieron el Último Programa y se pasaron horas —le
pareció a Roger— hablando. Por fin, se fueron a la cama.
Roger permaneció inmóvil hasta que oyó la respiración
aquélla, indicadora de que se habían dormido. Luego se
levantó en silencio y fue a buscar la caja de los
instrumentos. El contacto de las tenazas en la boca era
frío, y cuando apretaba los brazos de las mismas sentía un
vivo dolor. No, el plan que se había trazado no servía. No
podía arrancarse sus propios dientes.
Roger
Ploom oía los ronquidos de su padre. Era un hombre que
dormía como un tronco; su madre lo decía siempre. Nada
lograba despertarle ni siquiera el despertador. Además,
tenía dientes que no utilizaría nunca, dos hileras. Se
vanagloriaba de que tendría una dentadura perfecta hasta
el día de su muerte. Le venía de familia. Unos dientes
como aquéllos podían valer muy bien dos dólares cada uno,
y hasta diez. Acaso cien.
Roger
Ploom entró de puntillas en el dormitorio de sus padres.
Su madre dormía acurrucada de cara a la pared. Su padre
estaba cerca de la puerta, fácilmente accesible. Y, cosa
todavía mejor, tenía la boca abierta de par en par. Era
una persona excelente su padre, así con la boca bien
abierta y una sonrisa en la cara. Sin duda estaba soñando
algo agradable.
Roger
Ploom cogió las tenazas y probó que tal apretaban. Se le
escapó una risita en la oscuridad. Mañana, sin duda
alguna, tendría lo suficiente para comprarse un triciclo.
O quizá dos.
ir arriba
|