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EL LIBRO DE LOS
AMORES RIDÍCULOS |
Martin
Martin
sabe hacer lo que yo no sé. Detener a cualquier mujer en
cualquier calle. Tengo que decir que desde que conozco a
Martin, y hace ya mucho tiempo que le conozco, he sacado
de esta habilidad suya considerable provecho, porque no me
gustan las mujeres en menor medida que a él, pero carezco
de su descabellada osadía. En cambio, el error de Martin
consistía en que la denominada detención de la mujer se
convertía a veces para él en un virtuosismo, en un fin en
sí mismo, con el que frecuentemente todo terminaba. Por
eso solía decir, no sin cierta amargura, que parecía un
delantero que le pasa generosamente balones seguros a su
compañero de juego, para que éste meta luego goles fáciles
y recoja una gloria fácil.
El lunes
de aquella semana, por la tarde, después de trabajar, le
estaba esperando en un café de la Plaza de Wenceslao
mientras examinaba un grueso libro sobre la antigua
cultura etrusca. La Biblioteca Universitaria había tardado
varios meses en tramitar el préstamo del libro desde
Alemania y aquel día, cuando por fin me lo entregaron, me
lo llevé como si fuera una reliquia, y en realidad me
alegró bastante que Martin me hiciese esperar y me diese
la oportunidad de hojear el ansiado libro en la mesa del
café.
Cada vez
que pienso en las viejas culturas de la Antigüedad, siento
nostalgia. Quizá se trate, entre otras cosas, de una
nostálgica envidia por la desmayada y dulce lentitud de la
historia de entonces: la época de la antigua cultura
egipcia duró varios miles de años; la época de la
antigüedad griega, casi un milenio. En este sentido, la
vida individual de los seres humanos imita la historia de
los seres humanos; al comienzo está sumergida en una
inmóvil lentitud y luego, poco a poco, se va acelerando
cada vez más. Martin cumplió hace precisamente dos meses
los cuarenta.
Empieza
la historia
Fue él
quien interrumpió mi meditación. Apareció de pronto junto
a la puerta de cristal del café y se dirigió hacia mí,
haciendo gestos y movimientos expresivos en dirección a
una de las mesas, en la cual, junto a una taza de café,
destacaba una mujer. Sin dejar de mirarla se sentó junto a
mí y dijo:
—¿Qué te
parece?
Me sentí
avergonzado; estaba realmente tan concentrado en mi grueso
volumen que hasta entonces no me había fijado en la chica;
tuve que reconocer que era guapa. Y en ese momento la
chica irguió el pecho y llamó al señor de la pajarita
negra para decirle que quería la cuenta.
—¡Paga tú
también! —me ordenó Martin.
Pensábamos
que íbamos a tener que correr tras la chica, pero por
suerte se detuvo en el guardarropa. Había dejado allí la
bolsa de la compra, y la encargada tuvo que sacarla de
quién sabe dónde antes de ponerla delante de la chica en
el mostrador. La chica le dio a la encargada un par de
monedas de diez céntimos y en ese momento Martin me
arrancó de la mano mi libro alemán.
—Mejor lo
ponemos aquí —dijo con audaz naturalidad y metió
cuidadosamente el libro en la bolsa de la chica.
La chica
puso cara de sorpresa pero no supo qué decir.
—En la
mano se lleva muy mal —añadió Martin y, al ver que la
chica se disponía a cargar con la bolsa, me echó en cara
que no sabía comportarme.
La joven
era enfermera en el hospital de un pueblo, al parecer
estaba en Praga sólo de paso y tenía prisa por llegar a la
estación de autobuses de Florenc. Bastó un breve paseo
hasta la parada del tranvía para que nos dijéramos todo lo
esencial y nos pusiéramos de acuerdo en que el sábado
iríamos a B. a visitar a aquella simpática joven quien,
como Martin apuntó significativamente, seguro que tendría
alguna guapa compañera de trabajo.
El tranvía
se aproximaba, le di la bolsa a la joven y ella se dispuso
a sacar el libro; pero Martin lo impidió con un gesto
galante; ya iremos el sábado a buscarlo, así la señorita
mientras tanto... La joven sonreía confusa, el tranvía se
la llevaba y nosotros movíamos los brazos en señal de
despedida.
No hay
nada que hacer, el libro que yo había ansiado durante
tanto tiempo estaba de pronto lejos de mí, en manos
desconocidas; realmente era un fastidio; pero una especie
de rapto se ocupó de proporcionarme rápidamente alas con
las que me elevé felizmente por encima de todo aquello.
Martin se
puso inmediatamente a pensar en el modo de justificar su
ausencia durante la tarde y la noche del sábado ante su
jovencísima esposa (porque, en efecto, tiene una mujer muy
joven; y lo que es peor: está enamorado de ella; y lo que
es aún peor: le tiene miedo; y lo que es aún muchísimo
peor: tiene miedo de perderla).
Un
registro con éxito
Pedí
prestado para nuestra excursión un bonito Fiat, y el
sábado a las dos de la tarde me detuve delante de la casa
de Martin; Martin ya me estaba esperando y partimos. Era
julio y hacía un calor horrible.
Queríamos
llegar a B. cuanto antes, pero al pasar por un pueblo
vimos a dos chicos en bañador, con el pelo mojado, y
detuve el coche. El lago estaba realmente cerca, a pocos
metros, al final del pueblo. Ya no duermo tan bien como
antes, la noche anterior había estado dando vueltas en la
cama hasta las tres de la mañana por quién sabe qué
preocupaciones; necesitaba refrescarme; Martin estaba de
acuerdo.
Nos
pusimos los bañadores y nos lanzamos al agua. Yo me
sumergí y nadé rápidamente hasta la orilla opuesta. En
cambio, Martin no hizo más que remojarse, se echó un poco
de agua encima y volvió a salir. Cuando regresé nadando
desde la otra orilla, me lo encontré en un estado de
intensa concentración. Junto a la orilla alborotaba un
grupo de niños, un poco más allá jugaban al balón los
jóvenes del pueblo, pero Martin estaba concentrado en la
airosa figura de una chica que estaba a unos quince
metros, de espaldas a nosotros, mirando el agua casi sin
moverse.
—Mira
—dijo Martin.
—Miro.
—Y ¿qué
dices?
—¿Qué
debería decir?
—¿No sabes
lo que deberías decir?
—Tenemos
que esperar a que se dé la vuelta —opiné.
—No nos
hace ninguna falta esperar a que se dé la vuelta. Lo que
me enseña de este lado es más que suficiente.
—Como
quieras —protesté—, pero por desgracia no tenemos tiempo
de hacer nada.
—¡Por lo
menos registrar, registrar! —dijo Martin y se dirigió a un
chiquillo que se estaba poniendo unos pantalones cortos un
poco más allá—: Niño, haz el favor, ¿sabes cómo se llama
aquella chica? —y señaló a la muchacha que, con extraña
apatía, seguía en la misma posición.
—¿Aquélla?
—Sí,
aquélla.
—Esa no es
de por aquí —dijo el chiquillo.
Martin se
dirigió a una niña de unos doce años que estaba tomando el
sol justo al lado:
—Niña, ¿no
sabes quién es aquella chica que está junto a la orilla?
La niñita
se puso de pie obediente:
—¿Aquélla?
—Sí,
aquélla.
—Esa es
Manka...
—¿Manka?
¿Y qué más?
—Manka
Panku... de Traplice...
Y la chica
seguía junto al agua, de espaldas a nosotros. Ahora se
había agachado a buscar el gorro de baño y, cuando volvió
a enderezarse, poniéndoselo en la cabeza, Martin ya estaba
a mi lado y me decía:
—Es una
tal Manka Panku, de Traplice. Podemos seguir viaje.
Ya estaba
completamente tranquilo, contento y evidentemente no
pensaba más que en lo que nos quedaba de viaje.
Un poco
de teoría
A esto le
llama Martin registro. Parte de sus ricas experiencias,
que le hicieron llegar a la conclusión de que no es tan
difícil seducir a una chica como, si tenemos unas elevadas
exigencias cuantitativas en este sentido, conocer siempre
a una cantidad suficiente de chicas a las que hasta ahora
no hemos seducido.
Por eso
afirma que es necesario siempre, en cualquier sitio y en
cualquier situación, llevar a cabo un amplio registro, es
decir apuntar, en un libro de notas o en la memoria, los
nombres de las mujeres que han llamado nuestra atención y
con las que alguna vez podríamos contactar.
El
contacto ya es un nivel más elevado de actividad e implica
que establecemos con determinada mujer una relación, que
la conocemos, que logramos tener acceso a ella.
Si uno
disfruta mirando hacia atrás para vanagloriarse, pone el
acento en los nombres de las mujeres amadas; pero si mira
hacia delante, hacia el futuro, debe preocuparse, sobre
todo, de tener a suficientes mujeres registradas y
contactadas.
Por encima
del contacto sólo existe ya un único nivel de actividad,
el último, y quisiera señalar, para hacerle justicia a
Martin, que aquellos que sólo persiguen este último nivel
son hombres míseros y primitivos que me recuerdan a los
jugadores de fútbol de pueblo, que se precipitan
irreflexivamente hacia la portería del adversario,
olvidando que lo que conduce al gol (y a muchos goles más)
no es la simple voluntad alocada de disparar, sino, ante
todo, un juego preciso y honesto en el medio campo.
—¿Crees
que irás alguna vez a Traplice? —le pregunté a Martin
cuando volvimos a ponernos en marcha.
—Eso nunca
se sabe... —dijo Martin.
—En todo
caso —dije esta vez yo—, el día empieza bien.
El
juego y la necesidad
Llegamos
al hospital de B. de muy buen humor. Eran casi las tres y
media. Llamamos a nuestra enfermera desde el teléfono de
recepción. Bajó al cabo de un rato con la gorra puesta y
la bata blanca; noté que se ruborizaba y lo consideré un
buen síntoma.
Martin
tomó rápidamente la palabra y la chica nos comunicó que a
las siete terminaba su turno y que debíamos esperarla a
esa hora frente al hospital.
—¿Ya habló
con la señorita compañera suya? —le preguntó Martin y la
chica hizo un gesto afirmativo.
—Vendremos
las dos.
—Bien
—dijo Martin—, pero no podemos colocar aquí al amigo ante
un hecho consumado que él desconoce.
—Bueno
—dijo la chica—, podemos ir a verla. Bozena está en
Medicina Interna.
Atravesamos lentamente el patio del hospital y yo dije
tímidamente:
—¿Aún
tiene aquel libro grueso?
La
enfermera asintió con un gesto y añadió que además estaba
allí mismo, en el hospital. Se me quitó un peso de encima
e insistí en que lo primero que debíamos hacer era ir a
buscarlo.
Naturalmente a Martin le pareció incorrecto que diese tan
descaradamente prioridad al libro en lugar de a la mujer
que me iba a ser enseñada, pero yo no podía evitarlo.
Reconozco
que lo pasé muy mal durante los días en los que el libro
sobre la cultura de los etruscos estuvo lejos de mi vista.
Sólo gracias a una gran disciplina interior pude
soportarlo sin rechistar, porque no quería, por ningún
motivo, estropear el Juego, que representa para mí un
valor que desde pequeño he aprendido a respetar,
supeditándole todos mis intereses personales.
Mientras
yo me reencontraba emocionado con mi libro, Martin
continuaba la conversación con la enfermera y había
logrado ya que la chica le prometiera pedirle prestada
para la noche a un compañero suyo una casa de recreo junto
al cercano lago Hoter. Todos estábamos encantados, así que
por fin nos encaminamos, cruzando el patio del hospital,
hacia un pequeño edificio verde en el que estaba la
sección de Medicina Interna.
En ese
preciso momento se dirigían hacia nosotros una enfermera y
un médico. El médico era un sujeto ridículo, altísimo y
con las orejas muy separadas, que me llamó la atención,
sobre todo porque en ese momento nuestra enfermera me dio
un codazo: me reí. Después de cruzarnos con ellos, Martin
se volvió hacia mí:
—Vaya
suerte que tienes. No te mereces una chica tan preciosa.
Me dio
vergüenza reconocer que sólo había mirado al médico alto,
de modo que elogié la belleza de la chica. Por otra parte,
no se trataba de una actitud hipócrita. Y es que confío
más en el buen gusto de Martin que en el mío, porque sé
que su buen gusto se basa en un interés mucho mayor que el
mío. Aprecio la objetividad y el orden en todo, también en
las cuestiones amorosas, y por lo tanto me fío más de un
conocedor que de un aficionado.
Alguien
podría considerar una hipocresía el que me denomine
aficionado, yo, un hombre divorciado que está relatando
precisamente una de sus (al parecer nada infrecuentes)
aventuras. Y sin embargo: soy un aficionado. Podría
decirse que yo juego a algo que Martin vive. A veces tengo
la sensación de que mi vida poligámica no procede más que
de la imitación de otros hombres; no niego que en esta
imitación he hallado placer. Pero no puedo evitar la
sensación de que en ese placer sigue habiendo algo
completamente libre, lúdico y revocable, algo como lo que
caracteriza por ejemplo las visitas a las galerías de arte
o a los paisajes desconocidos y que no está en modo alguno
sometido al imperativo incondicional que intuía en la vida
erótica de Martin. Era precisamente la presencia de ese
imperativo incondicional lo que hacía crecer ante mis ojos
la estatura de Martin. Me daba la impresión de que los
juicios que él emitía sobre una mujer, los pronunciaba la
Naturaleza misma, la mismísima Necesidad.
Un rayo
de hogar
Cuando
salimos del hospital, Martin subrayó lo bien que nos
estaba yendo todo, y luego añadió:
—Claro que
por la noche tendremos que darnos prisa. Quiero estar a
las nueve en casa.
Me quedé
de piedra:
—¿A las
nueve? ¡Eso quiere decir salir de aquí a las ocho!
¡Entonces hemos hecho el viaje para nada! ¡Creí que
teníamos toda la noche libre!
—¿Para qué
quieres perder el tiempo?
—¿Pero qué
sentido tiene hacer este viaje para una hora? ¿Qué
pretendes conseguir de las siete a las ocho?
—Todo. Ya
viste que conseguí una casa, así que todo puede ir rodado.
Sólo dependerá de ti, de que actúes con suficiente
decisión.
—¿Y me
puedes decir por qué tienes que estar a las nueve en casa?
—Se lo he
prometido a Jirina. Ha cogido la costumbre de jugar a las
cartas todos los sábados antes de acostarse.
—¡Dios
mío! —suspiré.
—Jirina ha
vuelto a tener ayer problemas en la oficina, ¿cómo voy a
privarla de esta pequeña satisfacción de los sábados? Ya
lo sabes: es la mejor mujer que jamás he tenido. Además
—añadió—, tú también estarás contento de llegar a Praga
con toda la noche por delante.
Comprendí
que era inútil protestar. Los temores de Martin con
respecto a la tranquilidad de su mujer no podían ser
acallados en modo alguno, y su fe en las infinitas
posibilidades eróticas de cada hora y cada minuto era
inconmovible.
—Vamos
—dijo Martin—, ¡nos quedan tres horas hasta las siete! ¡No
perdamos el tiempo!
El
engaño
Tomamos
por el amplio camino del parque local, que servía de paseo
a los habitantes de la ciudad. Observamos a las parejas de
chicas que pasaban a nuestro lado o estaban sentadas en
los bancos, pero no nos satisficieron sus cualidades.
Martin
saludó a dos de ellas, les dio conversación y hasta
concertó una cita, pero yo sabía que no lo hacía en serio.
Era el denominado contacto de entrenamiento, que Martin
ejercitaba de vez en cuando para no perder la forma.
Abandonamos el parque y nos internamos por las calles, que
irradiaban el vacío y el aburrimiento propios de una
ciudad pequeña.
—Vamos a
beber algo, tengo sed —le dije a Martin.
Encontramos un edificio encima del cual había un cartel:
CAFETERÍA. Entramos, pero no era más que un autoservicio;
una sala con las paredes de azulejos que rezumaban
frialdad; nos acercamos al mostrador, le pedimos a una
señora desagradable dos vasos de agua coloreada y nos los
llevamos a una mesa que estaba manchada de salsa y nos
invitaba a marcharnos de allí cuanto antes.
—No lo
tengas en cuenta —dijo Martin—, la fealdad tiene en
nuestro mundo su función positiva. Nadie quiere pasar
mucho tiempo en ningún sitio, la gente se da prisa por
irse de todas partes y así se logra el ritmo de vida
deseado. Pero nosotros no nos dejaremos provocar. Aquí, en
la tranquilidad de este horrendo local, podemos hablar de
muchas cosas —le dio un sorbo a su limonada y me
preguntó—: ¿Ya contactaste con la médica?
—Por
supuesto —le dije.
—¿Y qué
tal está? ¡Descríbemela con todo detalle!
Le
describí a la médica. No me dio mucho trabajo a pesar de
que la médica en cuestión no existía. Sí. Puede que eso me
haga quedar mal, pero es así: me la inventé.
Juro que
no lo hice por motivos espúreos, para quedar bien ante
Martin, o para tomarle el pelo. Me inventé a la médica
simplemente porque no fui capaz de hacer frente a la
insistencia de Martin.
Las
exigencias que tenía Martin con respecto a mi actividad
eran inmensas. Martin estaba convencido de que yo conocía
todos los días a mujeres nuevas. Me veía de un modo
distinto a como yo era en realidad y, si le hubiese dicho
la verdad, que en toda la semana no sólo no había
conquistado a ninguna mujer nueva, sino que ni siquiera me
había topado con ninguna, me habría considerado un
hipócrita.
Por eso me
había visto obligado, hace cosa de una semana, a fingir el
registro de una médica. Martin se alegró y me incitó a
contactarla. Y ahora controlaba mis progresos.
—¿Y a qué
nivel está? ¿Está al nivel de... —cerró los ojos y se puso
a cazar entre las tinieblas algún modelo comparable;
entonces se acordó de una amiga común—: ...está al nivel
de Marketa?
—Es muy
superior —dije.
—No me
digas —se asombró Martin.
—Está al
nivel de tu Jirina.
Su propia
mujer era para Martin el más elevado de los modelos.
Martin se quedó muy feliz con mis noticias y se puso a
soñar.
Un
contacto con éxito
En ese
momento entró en la sala una chica con pantalones de pana
y anorak. Fue hasta el mostrador, esperó a que le
sirvieran una limonada y fue a bebérsela. Se detuvo junto
a la mesa que estaba al lado de la nuestra, se llevó el
vaso a los labios y se puso a beberla sin sentarse.
Martin se
volvió hacia ella:
—Señorita
—dijo—, somos de afuera y tenemos una pregunta que
hacerle...
La chica
sonrió. Era bastante guapa.
—Tenemos
mucho calor y no sabemos qué hacer.
—Vayan a
bañarse.
—Ese es
precisamente el problema. No sabemos dónde puede uno
bañarse en este sitio.
—En este
sitio no hay donde bañarse.
—¿Cómo es
posible?
—Hay una
piscina, pero está vacía desde hace un mes.
—¿Y el
río?
—Lo están
dragando.
—Entonces,
¿adónde van a bañarse?
—Únicamente al lago de Hoter, pero está por lo menos a
siete kilómetros.
—Eso no es
nada, tenemos coche, basta con que nos guíe.
—Con que
sea nuestra guía —dije.
—Y nuestro
norte —añadió Martin.
—Nuestra
estrella polar —dije yo.
—Con este
calor será más bien una estrella tropical —me corrigió
Martin.
—Pues yo
diría que la señorita es por lo menos de cinco
estrellas.
—En todo
caso es usted nuestra constelación y debería acompañarnos
—dijo Martin.
La chica
se había quedado confundida por nuestra charlatanería y al
final dijo que estaría dispuesta a ir, pero que le quedaba
algo por hacer y después tendría que pasar a buscar el
bañador; que la esperásemos justo dentro de una hora en
aquel mismo sitio.
Estábamos
contentos. La veíamos alejarse, moviendo estupendamente el
trasero y haciendo ondear sus rizos negros.
—Ves —dijo
Martin—, la vida es breve. Tenemos que aprovechar cada
minuto.
Elogio
de la amistad
Volvimos
al parque. Una vez más observamos las parejas de chicas
sentadas en los bancos; incluso había casos en los que
alguna de las muchachas era guapa; pero nunca era guapa
también su vecina.
—Esto
responde a una especie de curioso principio —le dije a
Martin—, la mujer fea espera lograr algo del esplendor de
su amiga más guapa; la amiga guapa, a su vez, espera
reflejarse con mayor esplendor si la fea le sirve de telón
de fondo; de ahí se desprende que nuestra amistad se vea
sometida a continuas pruebas. Y yo aprecio precisamente
que nunca dejemos la elección al desarrollo de los
acontecimientos o, incluso, a la competición mutua; entre
nosotros la elección siempre es cosa de amabilidad; nos
ofrecemos la chica más bonita como dos señores pasados de
moda que nunca pueden entrar a un sitio por la misma
puerta, porque no están dispuestos a admitir que uno de
ellos entre primero.
—Sí —dijo
Martin emocionado—. Eres un amigo estupendo. Ven, vamos a
sentarnos un rato, me duelen los pies.
Así que
nos sentamos agradablemente reclinados, con la cara
expuesta a los rayos del sol, dejando que el mundo diese
vueltas alrededor de nosotros sin prestarle atención.
La
chica vestida de blanco
De pronto
Martin se incorporó (movido evidentemente por algún sensor
secreto) y miró fijamente hacia el solitario camino del
parque. Avanzaba hacia nosotros una chiquilla vestida de
blanco. Ya a distancia, cuando aún no podían identificarse
con seguridad ni las proporciones del cuerpo ni los rasgos
de la cara, se notaba en ella un especial encanto,
difícilmente discernible; una especie de pureza o de
ternura.
Cuando la
chiquilla estuvo ya bastante cerca de nosotros vimos que
era muy joven, algo entre una niña y una jovencita, y
aquello nos produjo de pronto un estado de absoluta
excitación, de modo que Martin se levantó de un salto del
banco:
—Señorita,
soy Milos Forman, director de cine; tiene que ayudarnos.
Extendió
su mano y la chiquilla se la estrechó con una mirada
infinitamente asombrada.
Martin
hizo un movimiento con la cabeza señalándome a mí y dijo:
—Este es
mi cameraman.
—Ondricek
—dije dándole la mano a la muchacha.
La
chiquilla hizo una reverencia.
—Nos
encontramos en una situación embarazosa. Estoy buscando
exteriores para mi película; tenía que esperarnos aquí
nuestro asistente, que conoce bien el sitio, pero el
asistente no ha llegado, así que estamos ahora pensando
cómo hacer para orientarnos en esta ciudad y en sus
alrededores. Aquí el camarada cameraman no para de
estudiarlo en este grueso libro alemán, pero ahí,
desgraciadamente, no va a encontrar nada.
La alusión
al libro que no había podido leer en toda la semana de
pronto me irritó:
—Es una
lástima que usted mismo no tenga mayor interés por este
libro —ataqué a mi director—. Si durante la preparación de
sus películas estudiase como corresponde y no dejase el
estudio en manos de los cámaras, es posible que sus
películas no fuesen tan superficiales y no hubiese en
ellas tantas cosas absurdas... Perdone —me dirigí a la
chiquilla pidiéndole disculpas—, no es nuestra intención
darle a usted la lata con los problemas de nuestro
trabajo; es que se trata de una película histórica que se
va a referir a la cultura etrusca en Bohemia...
—Sí —dijo
la chica.
—Es un
libro muy interesante, fíjese —le entregué el libro a la
chiquilla, que lo cogió con una especie de temor religioso
y, al ver que ése era mi deseo, lo hojeó brevemente.
—Por aquí
cerca tiene que estar el castillo de Pchacek —continué—,
que era el centro de los etruscos checos... pero ¿cómo
podríamos llegar hasta allí?
—Está muy
cerca —dijo la chiquilla y se le iluminó la cara porque su
perfecto conocimiento del camino de Pchacek le había
brindado un poco de tierra firme en medio de la oscura
conversación que manteníamos con ella.
—¿Sí?
¿Conoce el sitio? —preguntó Martin fingiendo un gran
alivio.
—¡Por
supuesto! —dijo la chiquilla—: ¡No está a más de una hora
de camino!
—¿A pie?
—preguntó Martin.
—Sí, a pie
—dijo la chiquilla.
—Pero
tenemos coche —dije yo.
—¿No le
gustaría ser nuestro guía? —dijo Martin, pero yo no
continué con el habitual ritual de chistes, porque tengo
mayor instinto sicológico que Martin y me di cuenta de que
ponernos a bromear nos habría perjudicado y que nuestra
única arma en este caso era la más absoluta seriedad.
—Señorita,
no quisiéramos abusar de su tiempo —dije—, pero si fuera
tan amable de enseñarnos algunos sitios que estamos
buscando, nos haría un gran favor, y le quedaríamos muy
agradecidos.
—Claro que
sí —dijo la chiquilla volviendo a hacer una inclinación
con la cabeza—, yo encantada... Pero es que... —y hasta
ese momento no nos habíamos dado cuenta de que llevaba en
la mano una bolsa de malla y dentro de ella dos lechugas—
tengo que llevarle la lechuga a mamá; pero está muy cerca
de aquí y en seguida estaría de vuelta...
—Por
supuesto que hay que llevarle a mamá la lechuga a tiempo y
en perfecto estado —dije—, aquí estaremos esperándole.
—Sí. No
tardaré más de diez minutos —dijo la chiquilla, volvió a
hacernos otra inclinación de cabeza y se alejó con
esforzada prisa.
—¡Vaya por
dios! —dijo Martin y se sentó.
—Estupendo, ¿no?
—Desde
luego. Por esto sí que soy capaz de sacrificar a nuestras
dos enfermeras.
Los
peligros del exceso de fe
Pero
pasaron diez minutos, un cuarto de hora, y la chiquilla no
regresaba.
—No temas
—me consolaba Martin—. Si hay algo seguro es que volverá.
Nuestra actuación fue totalmente convincente y la
chiquilla estaba entusiasmada.
Yo también
era de la misma opinión, de modo que seguimos esperando y
nuestro deseo de volver a ver a aquella chiquilla de
aspecto infantil aumentaba a cada minuto que pasaba.
Mientras tanto se nos pasó la hora acordada para nuestro
encuentro con la chica del pantalón de pana, pero
estábamos tan concentrados en nuestra blanca jovencita que
ni siquiera se nos ocurrió levantarnos.
Y el
tiempo transcurría.
—Oye
Martin, creo que ya no vendrá —dije por fin.
—¿Cómo te
lo puedes explicar? Si esa chiquilla creía en nosotros
como en Dios.
—Sí
—dije—, y esa fue nuestra desgracia. Nos creyó demasiado.
—¿Y qué?
¿Acaso querías que no nos creyese?
—Probablemente hubiera sido mejor. El exceso de fe es el
peor aliado —aquella idea me entusiasmó; empecé a
divagar—: Cuando crees en algo al pie de la letra,
terminas por exagerar las cosas ad absurdum. El verdadero
partidario de determinada política nunca se toma en serio
sus sofismas, sino tan sólo los objetivos prácticos que se
ocultan tras estos sofismas. Las frases políticas y los
sofismas no están, naturalmente, para que la gente se los
crea; su función es más bien la de servir de disculpa
compartida, establecida de común acuerdo; los ingenuos que
se los toman en serio terminan antes o después por
descubrir las contradicciones que encierran, se rebelan y
al final acaban vergonzosamente como herejes y traidores.
No, el exceso de fe nunca trae nada bueno y no sólo a los
sistemas políticos o religiosos; ni siquiera a un sistema
como el que nosotros queríamos emplear para conquistar a
la chiquilla.
—Me parece
que ya no te entiendo —dijo Martin.
—Es
bastante comprensible: para esta chiquilla éramos sólo dos
señores serios e importantes.
—¿Y
entonces por qué no nos hizo caso?
—Porque
creía demasiado en nosotros. Le dio a su mamá la lechuga y
en seguida se puso a hablarle de nosotros entusiasmada: de
la película histórica, de los etruscos en Bohemia y la
mamá...
—Ya, lo
demás ya me lo imagino... —me interrumpió Martin
levantándose del banco.
La
traición
Por lo
demás, el sol ya se estaba poniendo lentamente sobre los
tejados de la ciudad; había refrescado levemente y
estábamos tristes. Fuimos por si acaso a mirar al
autoservicio para ver si por algún error nos esperaba la
chica del pantalón de pana. Naturalmente no estaba. Eran
las seis y media. Nos dirigimos hacia el coche, con la
repentina sensación de dos personas que han sido
desterradas de una ciudad extraña y de sus placeres;
decidimos que no nos quedaba otro remedio que recluirnos
en el espacio extraterritorial de nuestro propio coche.
—¡Pero
bueno! —me gritó Martin en el coche—. ¡No pongas esa cara
de entierro! ¡No hay ningún motivo para eso! ¡Lo principal
aún nos espera!
Tenía
ganas de objetar que para lo principal apenas nos había
quedado una hora, por culpa de Jirina y su partida de
cartas, pero preferí callar.
—Además
—prosiguió Martin—, el día ha sido provechoso: el registro
de aquella chica de Traplice, el contacto de la señorita
del pantalón de pana; ¡no ves que ya tenemos el terreno
preparado, no ves que ya no hace falta más que pasar otra
vez por aquí!
No
protesté. En efecto, el registro y el contacto habían sido
realizados estupendamente. Hasta ahí todo era perfecto.
Pero en ese momento me puse a pensar que, durante el
último año, Martin, aparte de incontables registros y
contactos, no había llegado absolutamente a nada que
valiese la pena.
Lo miré.
Sus ojos relucían como siempre con el brillo del deseo; en
aquel momento sentí que le tenía aprecio a Martin y que
también le tenía aprecio a la enseña bajo la cual se
pasaba la vida marchando: la enseña del eterno acoso a las
mujeres.
Pasó el
tiempo y Martin dijo:
—Son las
siete.
Nos
detuvimos a unos diez metros de la puerta del hospital, de
modo que yo pudiese vigilar con toda seguridad por el
retrovisor a las personas que salían.
Seguía
pensando en aquella enseña. Y también en que, con cada año
que pasaba, lo que cada vez importaba menos de aquel acoso
a las mujeres eran las mujeres, y lo que cada vez
importaba más era el acoso en sí. Siempre que se trate de
antemano de una persecución vana, es posible perseguir
diariamente a cualquier cantidad de mujeres y convertir
así este acoso en un acoso absoluto.
Llevábamos
cinco minutos esperando. Las chicas no aparecían.
Aquello no
me intranquilizaba en lo más mínimo. Al fin y al cabo,
daba absolutamente lo mismo que viniesen o no. Aunque
viniesen, ¿íbamos a poder en una sola hora ir con ellas
hasta una casa de recreo alejada, entrar en confianza,
hacerles el amor y a las ocho despedirnos amablemente y
marcharnos? No, en el momento en que Martin limitó
nuestras disponibilidades de tiempo a las ocho de la
tarde, desplazó (como tantas otras veces) toda esta
aventura al terreno del juego; jugábamos a engañarnos a
nosotros mismos.
Pasaron
diez minutos. Por la puerta no salía nadie.
Martin
estaba indignado y casi gritaba:
—Les doy
otros cinco minutos. ¡No esperaré más!
Martin ya
no es joven, seguí reflexionando. Ama con total fidelidad
a su mujer. Vive de hecho en el más ordenado de los
matrimonios. Esa es la realidad. Y por encima de esa
realidad (y al mismo tiempo que ella) continúa la juventud
de Martin, inquieta, alegre y extraviada, una juventud
convertida sólo en un juego, incapaz de traspasar ya los
límites de su campo de juego, de llegar hasta la vida
misma y convertirse en realidad. Y como Martin es un ciego
caballero de la Necesidad, transformó sin darse cuenta sus
aventuras en un inofensivo Juego: sigue poniendo en ellas
todo el entusiasmo de su alma.
Bien, me
dije. Martin es prisionero de su propio engaño, pero ¿y
yo? ¿Y yo? ¿Por qué le ayudo yo en este ridículo juego?
¿Por qué yo, sabiendo que todo esto es un engaño, finjo
igual que él? ¿No resulto así aún más ridículo que Martin?
¿Por qué tengo que poner en este momento cara de estar
ante una aventura amorosa, sabiendo que lo más que me
espera es una hora absolutamente inútil con unas chicas
extrañas e indiferentes?
En ese
momento vi por el espejo a dos mujeres jóvenes que
aparecieron por la puerta del hospital. Desde lejos se
notaba ya el brillo del maquillaje y el carmín; iban
vestidas con llamativa elegancia y su retraso estaba
evidentemente relacionado con su cuidado aspecto. Miraron
a su alrededor y se dirigieron hacia nuestro coche.
—Martin,
no hay nada que hacer —dije ocultando la presencia de las
chicas—. Ya pasó el cuarto de hora. Vamos —y apreté el
acelerador.
La
contricción
Salimos de
B., dejamos atrás las últimas casas y entramos en un
paisaje de prados y bosquecillos, sobre cuyas cumbres caía
un sol enorme.
Íbamos en
silencio.
Yo pensaba
en Judas Iscariote, de quien un ingenioso autor dice que
traicionó a Jesús precisamente porque creía ilimitadamente
en él: estaba impaciente por ver el milagro con el que
Jesús pondría en evidencia ante todos los judíos su poder
divino; por eso lo entregó, para provocarlo y hacerlo
actuar de una vez: lo traicionó porque deseaba acelerar su
triunfo.
Vaya, me
dije, yo en cambio he traicionado a Martin precisamente
porque había dejado de creer en él (y en su poder divino
como mujeriego); soy una vergonzosa mezcla de Judas
Iscariote y Tomás, a quien llamaban «el incrédulo». Sentí
cómo mi culpabilidad hacía crecer dentro de mí mis
sentimientos hacia Martin y cómo su enseña del eterno
acoso (a la que se oía flamear sobre nosotros) me ponía
nostálgico hasta hacerme llorar. Empecé a echarme en cara
mi precipitada actuación. ¿Acaso yo mismo seré capaz de
despedirme con mayor facilidad de esos ademanes que para
mí significan la juventud? ¿Y podré entonces hacer al
menos otra cosa que imitarlos y tratar de encontrar para
esta nada razonable actividad un sitio seguro en mi
razonable vida? ¿Qué importa si todo es un juego vano?
¿Qué importa si lo sé? ¿Acaso dejaré de jugar sólo porque
sea vano?
La
dorada manzana del eterno deseo
Estaba
sentado a mi lado y lentamente se iba disipando su
malhumor.
—Oye —me
dijo—, esa médica ¿es verdaderamente de tanta categoría?
—Ya te lo
dije. Está al nivel de tu Jirina.
Martin me
hizo más preguntas. Tuve que volver a describírsela.
Después dijo:
—A lo
mejor después me la podrías pasar, ¿no?
Intenté
que resultara creíble:
—Puede que
sea difícil. Le molestaría que seas amigo mío. Es de
principios firmes...
—Es de
principios firmes... —dijo Martin con tristeza y se veía
que le daba pena.
No
quería hacerlo sufrir
—A no ser
que ocultase que te conozco —dije—. Podrías hacerte pasar
por otra persona.
—¡Magnífico! Por ejemplo por Forman, como hoy.
—Los
directores de cine no le gustan. Prefiere más bien a los
deportistas.
—¿Por qué
no? —dijo Martin—. Todo es posible —y al cabo de un
momento ya estábamos en pleno debate.
El plan
estaba cada vez más claro y al cabo de un rato ya se
balanceaba ante nosotros, en medio de la niebla que
comenzaba a caer, como una manzana hermosa, madura,
esplendorosa.
Permítanme
que con cierto énfasis la denomine la manzana dorada del
eterno deseo.
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