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JORGE ACCAME

Jorge
Accame nació en Buenos Aires en 1956 y vive en San
Salvador de Jujuy desde 1982. Es profesor en la Facultad
de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad
Nacional de Jujuy.
Ha
publicado, entre otras obras,
Golja y
cuatro poetas
(poesía); Diario de un explorador,
El
jaguar y El dueño de los animales (cuentos);
El mejor tema de los 70 (novela breve);
Chingoil Compani, Suriman ataca y
Venecia
(teatro); su última novela. Tiene escritas varias obras de
teatro: en 1986 estrenó en Jujuy
Pajaritos en el
balero; en 1988,
Casa de piedra y en 1990,
Chingoil Compani, todas ellas con el Grupo
Jujeño de Teatro que dirigió Damián Guerra. En 1998
estrenó Venecia en el Teatro del Pueblo, en
Buenos Aires, con la dirección de Helena Tritek, obra que
continúa representándose en su tercera temporada en el
teatro Payró.
En 1997
obtuvo una beca de la Fundación Antorchas y participó del
Programa Internacional de Escritores en la Universidad de
Iowa, USA. |
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De
Ángeles y diablos
Ángel Gambari desapareció poco después del golpe militar del setenta y seis.
Lo conocí en la secundaria. De la casa traía un sobrenombre: Lito. Era de estatura y facciones regulares; buen jugador de fútbol, agresivo. Tengo claro como en fotografías los goles que metía gambeteando a dos o tres rivales con sus piernas chuecas, mientras miraba el arco desde el piso con los ojos muy abiertos, mordiéndose la lengua.
Estuvo vinculado a la J. P. desde chico a través de sus hermanos mayores.
Frecuentaba mi grupo y lo traté bastante. En cierta forma, lo admirábamos y supongo que él nos desdeñaba.
Hizo hasta cuarto año en nuestro colegio y luego se pasó a otro que le facilitaba una militancia política más activa. Tiempo después supimos que integraba Montoneros.
Lo vi por última vez en Constitución; llegaba de no sé dónde y yo iba a visitar a unos amigos en Adrogué. Estaba cambiado, peinado para atrás, con unos anteojos negros y más gordo. Le hablé en cuanto pude de una chica que me gustaba y él me dijo con un gesto burlón que ésas eran preocupaciones típicas de los pequeño-burgueses.
Durante el setenta y seis, después del golpe, todos aguardábamos la muerte como un fenómeno obvio a nuestros diecinueve años. La ciudad estaba en ruinas. Cualquiera podía pedirnos documentos, revisarnos, golpearnos o humillarnos. Éramos como muñecos de cuerda; cuando terminaban con nosotros, nos volvíamos a poner en marcha entre las sirenas y los fogonazos de los disparos, hasta la próxima detención.
Ese año murió un muchacho de una promoción anterior a la nuestra; fue deshecho a balazos mientras dormía con su compañera en el cuarto de una pensión.
Supimos de otros conocidos asesinados. Cuando nos reuníamos, pensábamos inevitablemente en Lito. Alguien dijo que andaba por Tucumán.
Más adelante, vimos su nombre levemente alterado en una lista interminable de guerrilleros muertos en el Operativo Independencia; figuraba como Ángel Gámbaro. No había duda. Todas las circunstancias coincidían.
Aceptamos su muerte casi sin comentarios, imaginándolo retorcido como un alambre, en alguna fosa común.
Muchas veces lo soñé vivo y los días siguientes al sueño su recuerdo me perseguía constantemente.
Pensaba que Lito había cubierto un papel vacante en el mundo y que yo habría podido estar ahora en su lugar. Solo, cada noche, recitaba un poema de Fernández Retamar, a oscuras en el sofá de mi casa:
¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,
sus huesos quedando en los míos...
escribiendo palabras rotas
donde él no está, en la sobrevida?
Intuía que era absurdo, pero necesitaba confiar en su regreso. Evitábamos todos pasar por su casa, ya cuando, sin pensar, los pasos nos llevaban cerca, jamás levantábamos la vista hasta el primer piso donde había vivido.
Con mucho sigilo, yo procuraba informarme de las últimas noticias: se decía que también habían muerto sus dos hermanos mayores.
Por esa época, otra imagen empezó a atormentarme: la de su madre, empequeñecida y solitaria, nítida en algún punto de un gran salón vacío.
Cuando cumplí veintitrés años, me fui de Buenos Aires. Vagabundeé por diversos sitios y terminé en uno de los bordes del país. Sólo regresaba para ver a mi familia en las fiestas. En el ochenta y siete, mi madre se operó y por excepción viajé en septiembre.
Tenía dos días libres antes de la operación. La primera tarde, me cité con un amigo de la secundaria y entre otras cosas recordamos a Lito y nos preguntamos por su destino, como si el hecho de no haber hablado sobre él durante tanto tiempo pudiera abolir lo acontecido y rescatarlo de su muerte.
Al otro día decidí aprovechar para ir al cine. Elegí una reposición (Brazil ) y bajé a la calle. Al llegar a la esquina vi un colectivo que se iba. Un poco contrariado apuré el paso hacia la parada. Antes de que pudiera alcanzarla, otro más partió dejándome. Sin embargo, no demoró un tercero y lo tomé. Viajaba poca gente y aunque no conseguí asiento, estaba cómodo e inclinándome apenas, podía curiosear por la ventanilla. Iba distraído y me sobresalté cuando pasamos frente a la casa de los Gambari. El coche se detuvo y me animé a mirar hacia el primer piso, suponiendo encontrar las persianas cerradas. Por el contrario, el departamento no parecía abandonado. La habitación que había sido de los chicos (la reconocí por las viejas calcomanías pegadas al vidrio) tenía entreabiertos los ventanales que daban al balcón. Pensé en la madre, más recuperada de su desgracia a medida que transcurría el tiempo, revisando los escritorios de los hijos, ventilando el cuarto habitado por recuerdos.
Siempre atento para descubrir cualquier indicio de vida, me corrí hacia el fondo del colectivo porque habían subido algunos pasajeros. El coche partió y mis ojos quedaron prendidos de la casa hasta que la perdimos doblando la esquina. Se desocupó un lugar a mi lado y un muchacho me preguntó si me sentaba. Turbado aún, le dije que no; tomó asiento enseguida, casi con violencia. Me sorprendió su decisión y lo miré. Tenía los muslos largos y curvos que ya había notado en algunos futbolistas. Usaba pantalones vaqueros, gastados y sucios por gotas de pintura blanca. El cabello, también manchado, era rebelde y grueso, como un nido de pájaros. Antes de verle la cara, sabía que era Lito.
Lo observé el tiempo que duró el viaje. El no me reconoció y yo no le hablé. Tuve el impulso de permanecer a su lado hasta que se bajara y de seguirlo para saber adonde se dirigía, pero abandoné el colectivo en la parada del cine.
He tratado de adivinar las razones que me llevaron a no descubrirme, a no abrazarlo. Después de tantos años de aguardar que alguien me dijera que estaba vivo, habría sido sencillo en ese momento obtener la prueba irrefutable que creía necesitar.
Algo es seguro: jamás nos encontramos y aquel día de septiembre estuvo a punto de romperse la fantasía trabajosamente construida con la posibilidad de su muerte. Si hubiéramos hablado, un pozo habría surgido bajo mis pies.
Llamé a dos antiguos compañeros de colegio para no soportar la historia solo. Uno se sorprendió, aunque no tanto como yo esperaba. El otro me escuchó con paciencia, después me dijo que no era posible porque el gobierno había devuelto finalmente su cadáver y él mismo había estado en el entierro.
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