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FREDRIC BROWN

Fredric Brown
(1906 / 1972)
nació en
Cincinnati, Ohio, Estados Unidos, el 29 de octubre de
1906. Se emplea en diversos trabajos que nada tienen que
ver con su vocación. Un año después de casarse (1929), fue
corrector de pruebas, trabajo que conservó por prudencia
pese a ser un escritor notable. Toda su obra trasunta sus
rasgos personales. Sus personajes son escritores,
periodistas, bebedores y jugadores como él mismo.
En 1936
escribe historias menores para revistas baratas (“pulps”). Su
primer relato policial fue The Moon for a Nickel (1938) y
de ciencia ficción Not yet the End (1941).
Toda su
obra está impregnada de una búsqueda metafísica a través de la
superposición de fantasía y realidad tal como se advierte en
Universo de locos (1949), tal vez su mejor novela y algunos
cuentos (No sucedió, Armagedón,
Arena, etcétera).
The Fabulois Clipjoint
(1947) es su novela preferida. Con ella obtiene el Premio Edgar
Allan Poe (1948). Divorciado, se vuelve a casar y se
traslada a Nueva York, pero un asma (1949) lo obliga a residir en
New México.
Hacía
largos viajes en autobús buscando inspiración en la monotonía de
los viajes. De ese modo llegó a publicar tres novelas en 1955 (The
Wench is Dead, Martians, Go Home
y la adaptción para TV de Cry Silence, escrito siete años
antes).
Night of the Jabberwock
(1950), inspirada en “Alicia...”, de Lewis Carroll, es su
obra maestra del género criminal. The Lights in the Sky Are
Stars (1953), es bien recibido a pesar de su pesimismo, en
cambio La oficina (1958), de corte realista no interesó.
También ha
realizado adaptaciones para televisión: The Last Martian
(1959), Arena (1964), readaptado en 1967 para un
capítulo de Star Trek.
En
1963 su asma deriva a un enfisema y debe regresar a Tucson,
Arizona, su última residencia. Siete años más tarde concluiría su
última novela, The Mind Thing (1970). Su muerte, ocurre en
el hospital de Tucson, el 12 de marzo de 1972. |
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Se trataba de esa tonta
discusión acerca del sonido. Si un árbol cae en
medio del bosque donde no lo oye nadie, ¿su caída es
silenciosa? ¿Hay sonido donde no hay oídos para
percibirlo? He oído discutir esto tanto a los
profesores universitarios como a los barrenderos de
las calles.
Esta vez lo estaban
discutiendo un empleado en la estación de tren y un
hombre gordo en mameluco. Era un cálido crepúsculo
de verano, casi al anochecer, y la ventana del
empleado de la estación daba al andén de atrás y
estaba abierta; él tenía los codos apoyados en el
alféizar. El hombre corpulento estaba apoyado contra
los ladrillos rojos del edificio. La discusión
entre ambos daba vueltas en círculo como una abeja.
Me senté en un banco de
madera de la plataforma a unos tres metros de
distancia. Era un extraño en esa ciudad, esperando
un tren que se demoraba. Había otro hombre más:
estaba sentado en el banco al lado mío, entre mi
cuerpo y la ventana. Era un hombre alto y pesado con
una expresión distante y manos grandes y ásperas.
Parecía un granjero con ropa nueva.
Yo no estaba interesado
ni en la discusión ni en el hombre junto a mí.
Solamente me preguntaba cuánto tiempo más tardaría
el maldito tren.
No tenía reloj: estaba
siendo reparado en la ciudad. Y desde donde yo
estaba sentado no podía ver el reloj de adentro de
la estación. El hombre alto a mi lado tenía un reloj
de pulsera y le pregunté qué hora era.
No me respondió.
Se imaginan la escena,
¿no es cierto? Cuatro personas, tres en el andén y
el empleado apoyado en la ventana. La discusión
entre el empleado y el hombre gordo. En el banco, el
hombre silencioso y yo.
Me levanté del banco y
miré por la puerta abierta de la estación. Eran las
siete cuarenta; el tren tenía doce minutos de
retraso. Suspiré y encendí un cigarrillo. Decidí
meterme en la discusión. No era asunto mío, pero
sabía la respuesta y ellos no.
—Perdonen que me
entrometa —dije—. Pero ustedes no están discutiendo
acerca del sonido, están discutiendo una cuestión
semántica.
Esperaba que alguno de
ellos me preguntara lo que era la semántica, pero
el empleado de la estación me hizo quedar como un
tonto.
—La semántica es el
estudio de las palabras, ¿no es cierto? En cierto
sentido, usted tiene razón, supongo.
—En todo sentido
—insistí—. Si usted busca “sonido” en el
diccionario, usted se va a encontrar con dos
definiciones. Una es la “vibración de un medio,
habitualmente el aire, con cierta frecuencia” y la
otra es “el efecto de tales vibraciones en el oído”.
No son las palabras exactas, pero es la idea
general. Ahora, según una de esas definiciones, el
sonido, la vibración, existe tanto si hay un oído
cerca para percibirlo como si no. Según la otra,
las vibraciones no son sonoras a menos que haya un
oído para oídas. Así que los dos tienen razón, la
diferencia está en el sentido en que se use la
palabra “sonido”.
—Tal vez usted tenga
razón —admitió el hombre gordo. Miró de nuevo al
empleado—. Digamos que hemos empatado, Joe. Tengo
que irme a casa. Hasta luego.
Salió del andén y empezó
a caminar por la estación.
Le pregunté al empleado:
—¿Hay alguna noticia del
tren?
—No —respondió él. Se
inclinó un poco más en la ventana y miró a la
derecha, hacia un reloj que había en una columna y
que yo no había visto antes—. Aunque ya tendría que
haber llegado.
Me sonrió.
—¿Es experto en sonido,
eh?
—Bueno —dije—. No diría
eso. Pero sucede que sí busqué la palabra en el
diccionario y sé lo que significa.
—Oh, oh, bien. Tomemos
la segunda definición y digamos que el sonido es
sonido si hay un oído para oído. Un árbol se cae en
el bosque y sólo hay un hombre sordo ahí. ¿Hay
sonido?
Miré a propósito a
la derecha, al hombre alto que no había contestado
mi pregunta acerca de la hora. Seguía sentado
mirando para adelante, derecho. Bajando un poco la
voz, le pregunté al empleado de la estación:
—¿Es sordo?
—¿Él? ¿Bill Meyers? —se
río; había algo raro en el sonido de esa risa—.
Señor, nadie lo sabe. Era eso lo que le iba a
preguntar a continuación. Si el árbol se cae y hay
un hombre cerca, pero nadie sabe si es sordo o no,
¿hay algún sonido?
Su voz había aumentado
de volumen. Me quedé mirándolo, perplejo,
preguntándome si estaba medio loco o si sólo trataba
de seguir con la discusión complicando la
argumentación.
—Entonces si nadie sabe
si es sordo, nadie sabe si hubo algún sonido —le
respondí.
—Está equivocado, señor.
Ese hombre podría saber si lo oyó o no. Podría
saberlo el árbol, tal vez, ¿no es cierto? Y tal vez
otra gente lo sabría también.
—No le entiendo —le
dije—. ¿Qué quiere probar?
—Un asesinato, señor.
Usted acaba de levantarse de al lado de un hombre
que es un asesino.
Lo miré de nuevo, pero
no parecía estar loco. A lo lejos silbó un tren.
—No le entiendo.
—El tipo que está
sentado en el banco. Bill Meyers. Él asesinó a su
esposa. A ella y al empleado que tenía.
Ahora hablaba bastante
alto. Me sentí incómodo. Deseaba que ese lejano tren
estuviera más cerca. No sabía qué iba a pasar a
continuación aquí, pero sí sabía que prefería estar
a bordo del tren. Por el rabillo del ojo, miré al
hombre alto con la cara de granito y las manos
grandes. Seguía mirando las vías. No se le movía un
solo músculo de las manos o la cara.
—Le voy a contar, señor.
Me gusta contarle a la gente esta historia. La
esposa era mi prima, una mujer encantadora. Mandy
Eppert era su nombre antes de casarse con ese tipo.
Él fue rudo con ella, asquerosamente rudo. ¿Sabe lo
que significa que un hombre sea rudo con una mujer
indefensa? Ella tenía diecisiete años cuando fue tan
tonta como para casarse con él, hace siete años.
Tenía veinticuatro cuando murió la primavera pasada.
Trabajó más en ese tiempo que muchas mujeres en toda
su vida, allá en la granja de él. La hizo trabajar
como un caballo y la trataba como a una esclava. Y
la religión de ella no le permitía divorciarse de
él, ni siquiera abandonarlo. ¿Se da cuenta de lo que
quiero decir, señor?
Me aclaré la voz para
hablar, pero él no necesitaba que lo alentaran a
seguir, ni que le hicieran comentarios. Prosiguió:
—Entonces, ¿cómo podría
culpársela, señor, por amar a un muchacho decente,
un muchacho honrado y joven como ella? Dije amar,
nada más. Apuesto mi vida a que no fue más que eso
porque conocía muy bien a Mandy. Oh, claro, ellos
habrán conversado, se habrán mirado; tal vez, no me
atrevería a apostar lo contrario, alguna vez hubo un
beso robado. Pero nada más, nada como para merecer
que los mataran, señor.
Me sentía incómodo.
Deseaba que llegara el tren y me sacara de esta
situación engorrosa. Aunque tenía que decir algo
ahora, el empleado estaba esperando.
—Aunque hubiera habido
algo más, la justicia por mano propia ya no está
permitida.
—Claro, señor —me dio la
razón el empleado—. ¿ Pero usted sabe lo que hizo
ese bastardo que está sentado ahí? Se quedó sordo.
—¿Cómo?
—Se quedó sordo.
Vino a la ciudad para ver al doctor y dijo que había
tenido dolores de oído y que no podía oír bien. Que
temía haberse quedado sordo. El doctor le dio algo
para tomar, ¿y sabe adónde fue después de que salió
del consultorio?
No intenté adivinar.
—A la oficina del
alguacil—prosiguió—. Le dijo al alguacil que quería
informar que su esposa y su empleado habían
desaparecido. ¿Se da cuenta? Muy inteligente de su
parte. ¿No le parece? Fue a hacer la denuncia y dijo
que les iba a hacer juicio si los encontraban. Pero
tuvo mucha dificultad para comprender las preguntas
que le hacía el alguacil. El alguacil se cansó de
gritar y escribió las preguntas en un papel.
Inteligente. ¿Se da cuenta de lo que quiero decir?
—No del todo —dije—. ¿No
había huido la esposa?
—Él la había asesinado.
Y al joven también. O, mejor dicho, los estaba
asesinando. Tal vez tardó un par de semanas. Los
encontraron un mes más tarde.
Se le ensombreció la
mirada, negra de rabia.
—En el ahumadero —dijo—.
Un ahumadero nuevo hecho de concreto y todavía no
usado. Con un candado en la puerta. Estaba caminando
por la granja un mes atrás más o menos, eso es lo
que dijo después de que se encontraron los cuerpos,
y notó que el candado estaba abierto, colgando de
uno de los ganchos, y que no sostenía la puerta
cerrada. ¿Se da cuenta? Entonces enganchó la puerta
y cerró el candado para que no se cayera y se
perdiera.
—Mi Dios —dije—. ¿Y
ellos estaban ahí adentro? ¿Se murieron de
inanición?
—La sed lo mata a uno
primero si no tiene ni comida ni bebida. Oh, claro
que intentaron salir. Rasparon casi la mitad del
ancho de la puerta con un pedazo de concreto que
había quedado suelto. Era una puerta muy gruesa. Me
imagino que martillaron muchísimo esa puerta. ¿Había
sonido, señor, si solamente un hombre sordo vivía
cerca de esa puerta y pasaba por ahí veinte veces
por día?
De nuevo sonrió
oscuramente. Y agregó:
—Su tren va a llegar
pronto. Es el que oyó silbar. Para en la torre de
agua. No va a tardar más de diez minutos —y sin
cambiar el tono de voz, excepto que otra vez volvió
a hablar alto, agregó—: fue una muerte horrible.
Aunque hubiera tenido razones para matarlos, sólo un
hijo de puta de alma podrida podría haberlo hecho de
ese modo. ¿No le parece?
—¿Pero usted está seguro
de que él es...?
—¿Sordo? Claro, es
sordo. ¿Se lo puede imaginar parado ahí frente a una
puerta con candado escuchando con sus oídos sordos
los golpes de adentro? ¿Y los gritos? Claro que es
sordo. Por eso es que le puedo decir todo esto,
gritárselo al oído. Si estoy equivocado, no me puede
oír. Pero él puede oírme. Viene aquí para oírme.
No pude evitar
preguntarle:
—¿Por qué? ¿Por qué
vendría... si es que usted tiene razón?
—Lo estoy ayudando, por
eso. Lo estoy ayudando a que su negra mente decida
de una vez colgar una soga de la viga más alta de
ese ahumadero y ahorcarse. No tiene coraje, todavía.
Así que cada vez que viene a la ciudad, se sienta en
la plataforma un rato para descansar. Y yo le digo
qué clase de asesino hijo de puta es.
Escupió en dirección a
las vías. Y agregó:
—Somos pocos los que
sabemos la verdad. El alguacil no, no nos creería.
Diría que es muy difícil de probar.
Un ruido de pies que se
arrastraban detrás de mí hizo que me diera vuelta.
El hombre alto de las manos grandes y la cara de
granito se estaba poniendo de pie. No nos miró. Fue
hacia los escalones.
—Se va a colgar muy
pronto —dijo el empleado—. No vendría aquí y se
sentaría así por ningún otro motivo, ¿no le parece,
señor?
—A menos —dije— que sea
sordo.
—Claro. Podría ser.
¿Entiende lo que quiero decir? Si se cae un árbol y
el único hombre que está cerca para oír puede ser
que sea sordo o puede que no, ¿cae en silencio o no?
Bueno, tengo que preparar la bolsa con el correo.
Me volví y miré la
figura alta alejándose de la estación. Caminaba
lentamente y los hombros, grandes como eran,
parecían un poco caídos.
El reloj de la torre que
estaba a una cuadra comenzó a dar las once en punto.
El hombre alto levantó
la muñeca para mirar la hora en su reloj.
Temblé apenas. Pudo
haber sido mera coincidencia, claro; sin embargo, un
escalofrío me recorrió la columna vertebral.
El tren llegó y me subí.
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