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DINO BUZZATI

Dino Buzzati
(1906/1972) nació en Belluno, Italia.
Graduado en leyes en Milán, se vincula al quehacer
periodístico como redactor del Corriere della Sera.
Entre sus obras se encuentran Bárnabo de las montañas
(1933), El secreto del Bosque Viejo (1935), El
desierto de los tártaros (1940), su obra más
destacada, Los siete mensajeros (1942), y El
derrumbre de la Baliverna.
Integrante de un siglo de grandes cambios, el eje de su
pensamiento es la búsqueda de lo permanente. La amenaza del
fascismo lo empujó a la angustia existencial que impregna toda su
obra; en ella lo cotidiano adquiere brillo y significados ocultos. |
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Al cabo de una interminable espera, cuando la
esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni regresó a
casa. Todavía no habían dado las dos, su madre
estaba quitando la mesa, era un día gris de marzo y
volaban las cornejas.
Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó:
“¡Ah, bendito seas!”, corriendo a abrazarlo. También
Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más
pequeños, se pusieron a gritar de alegría. Había
llegado el momento esperado durante meses y meses,
tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del
alba, que debía traer la felicidad.
Él apenas dijo nada, teniendo ya suficiente trabajo
con reprimir el llanto. Había dejado en seguida el
pesado sable encima de una silla, en la cabeza
llevaba aún el gorro de pelo. “Deja que te vea”,
decía entre lágrimas la madre retirándose un poco
hacia atrás, “déjame ver lo guapo que estás. Pero
qué pálido estás...”.
Estaba realmente algo pálido, y como consumido. Se
quitó el gorro, avanzó hasta la mitad de la
habitación, se sentó. Qué cansado, qué cansado,
incluso sonreír parecía que le costase.
—Pero quítate la capa, criatura —dijo la madre, y lo
miraba como un prodigio, hasta el punto de sentirse
amedrentada; qué alto, qué guapo, qué apuesto se
había vuelto (si bien un poco en exceso pálido)—.
Quítate la capa, tráela acá, ¿no notas el calor?
Él hizo un brusco movimiento de defensa, instintivo,
apretando contra sí la capa, quizá por temor a que
se la arrebataran.
—No, no, deja —respondió, evasivo—, mejor no, es
igual, dentro de poco me tengo que ir...
—¿Irte? ¿Vuelves después de dos años y te quieres ir
tan pronto? —dijo ella desolada al ver de pronto que
volvía a empezar, después de tanta alegría, la
eterna pena de las madres—. ¿Tanta prisa tienes? ¿Y
no vas a comer nada?
—Ya he comido, madre —respondió el muchacho con una
sonrisa amable, y miraba en torno, saboreando las
amadas sombras—. Hemos parado en una hostería a unos
kilómetros de aquí...
—Ah, ¿no has venido solo. ¿Y quién iba contigo? ¿Un
compañero de regimiento? ¿El hijo de Mena, quizá?
—No, no, uno que me encontré por el camino.
Está ahí fuera esperando.
—¿Está esperando fuera? ¿Y por qué no lo has
invitado a entrar? ¿Lo has dejado en medio del
camino?
Se llegó a la ventana y más allá del huerto, más
allá del cancel de madera, alcanzó a ver en el
camino a una persona que caminaba arriba y abajo con
lentitud; estaba embozada por entero y daba
sensación de negro. Nació entonces en su ánimo,
incomprensible, en medio de los torbellinos de la
inmensa alegría, una pena misteriosa y aguda.
—Mejor no —respondió él, resuelto—. Para él sería
una molestia, es un tipo raro.
—¿Y un vaso de vino? Un vaso de vino se lo podemos
llevar, ¿no?
—Mejor no, madre. Es un tipo extravagante y es capaz
de ponerse furioso.
—¿Pues quién es? ¿Por qué se te ha juntado? ¿Qué
quiere de ti?
—Bien no lo conozco —dijo él lentamente y muy
serio—. Lo encontré por el camino. Ha venido
conmigo, eso es todo.
Parecía preferir hablar de otra cosa, parecía
avergonzarse. Y la madre, para no contrariarle,
cambió inmediatamente de tema, pero ya se extinguía
de su rostro amable la luz del principio.
—Escucha —dijo—, ¿te imaginas a Marietta cuando sepa
que has vuelto? ¿Te imaginas qué saltos de alegría?
¿Es por ella por lo que tienes prisa por irte?
Él se limitó a sonreír, siempre con la expresión de
aquel que querría estar contento pero no puede por
algún secreto pesar.
La madre no alcanzaba a comprender: ¿por qué se
estaba ahí sentado, como triste, igual que el lejano
día de la partida? Ahora estaba de vuelta, con una
vida nueva por delante, una infinidad de días
disponibles sin cuidados, con innumerables noches
hermosas, un rosario inagotable que se perdía más
allá de las montañas, en la inmensidad de los años
futuros. Se acabaron las noches de angustia, cuando
en el horizonte brotaban resplandores de fuego y se
podía pensar que también él estaba allí en medio,
tendido inmóvil en tierra, con el pecho atravesado,
entre los restos sangrientos. Por fin había vuelto,
mayor, más guapo, y qué alegría para Marietta.
Dentro de poco llegaría la primavera, se casarían en
la iglesia un domingo por la mañana entre flores y
repicar de campanas. ¿Por qué, entonces, estaba
apagado y distraído, por qué no reía, por qué no
contaba sus batallas? ¿Y la capa? ¿Por qué se la
ceñía, tanto, con el calor que hacía en casa? ¿Acaso
porque el uniforme, debajo, estaba roto y embarrado?
Pero con su madre, ¿cómo podía avergonzarse delante
de su madre? He aquí que, cuando las penas parecían
haber acabado, nacía de pronto una nueva inquietud.
Con el dulce rostro ligeramente ceñudo, lo miraba
con fijeza y preocupación, atenta a no contrariarle,
a captar con rapidez todos sus deseos. ¿O acaso
estaba enfermo? ¿O simplemente agotado a causa de
los muchos trabajos? ¿Por qué no hablaba, por qué ni
siquiera la miraba? Realmente el hijo no la miraba,
parecía más bien evitar que sus miradas se
encontraran, como si temiera algo. Y, mientras
tanto, los dos hermanos pequeños lo contemplaban
mudos, con una extraña vergüenza.
—Giovanni —murmuró ella sin poder contenerse más—.
¡Por fin estás aquí! ¡Por fin estás aquí! Espera un
momento que te haga el café.
Corrió a la cocina. Y Giovanni se quedó con sus
hermanos mucho más pequeños que él. Si se hubieran
encontrado por la calle, ni siquiera se habrían
reconocido, tal había sido el cambio en el espacio
de dos años. Ahora se miraban recíprocamente en
silencio, sin saber qué decirse, pero sonriéndose
los tres de cuando en cuando, obedeciendo casi a un
viejo pacto no olvidado.
Ya estaba de vuelta la madre y con ella el café
humeante con un buen pedazo de pastel. Vació la taza
de un trago, masticó el pastel con esfuerzo. “¿Qué
pasa? ¿Ya no te gusta? ¡Antes te volvía loco!”,
habría querido decirle la madre, pero calló para no
importunarlo.
—Giovanni —le propuso en cambio—, ¿y tu cuarto? ¿no
quieres verlo? La cama es nueva, ¿sabes? he hecho
encalar las paredes, hay una lámpara nueva, ven a
verlo... pero ¿y la capa? ¿No te la quitas? ¿No
tienes calor?
El soldado no le respondió, sino que se levantó de
la silla y se encaminó a la estancia vecina. Sus
gestos tenían una especie de pesada lentitud, como
si no tuviera veinte años. La madre se adelantó
corriendo para abrir los postigos (pero entró
solamente una luz gris, carente de cualquier
alegría).
—Está precioso —dijo él con débil entusiasmo cuando
estuvo en el umbral, a la vista de los muebles
nuevos, de los visillos inmaculados, de las paredes
blancas, todos ellos nuevos y limpios. Pero, al
inclinarse la madre para arreglar la colcha de la
cama, también flamante, posó él la mirada en sus
frágiles hombros, una mirada de inefable tristeza
que nadie, además, podía ver. Anna y Pietro, de
hecho, estaban detrás de él, las caritas
radiantes, esperando una gran escena de regocijo y
sorpresa.
Sin embargo, nada. “Muy bonito. Gracias, sabes,
madre”, repitió, y eso fue todo. Movía los ojos con
inquietud, como quien desea concluir un coloquio
penoso. Pero sobre todo miraba de cuando en cuando
con evidente preocupación, a través de la ventana,
el cancel de madera verde detrás del cual una figura
andaba arriba y abajo lentamente.
—¿Te gusta, Giovanni? ¿Te gusta? —preguntó ella,
impaciente por verlo feliz. “¡Oh, sí, está
precioso!” respondió el hijo (pero ¿por qué se
empeñaba en no quitarse la capa?) y continuaba
sonriendo con esfuerzo.
—Giovanni —le suplicó—. ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa,
Giovanni? Tú me ocultas algo, ¿por qué no me lo
quieres decir?
Él se mordió los labios, parecía que tuviese algo
atravesado en la garganta.
—Madre —respondió, pasado un instante, con voz
opaca—, madre, ahora me tengo que ir.
—¿Que te tienes que ir? Pero vuelves en seguida,
¿no? Vas donde Marietta, ¿a que sí?, dime la verdad,
¿vas donde Marietta? —y trataba de bromear, aun
sintiendo pena.
—No lo sé, madre —respondió él, siempre con aquel
tono contenido y amargo; entre tanto, se encaminaba
a la puerta, había recogido ya el gorro de pelo—, no
lo sé, pero ahora me tengo que ir, ése está ahí
esperándome.
—¿Pero vuelves luego?, ¿vuelves? Dentro de dos horas
aquí, ¿verdad? Haré que vengan también el tío
Giulio y la tía, figúrate que alegría para ellos
también, intenta llegar un poco antes de que
comamos...
—Madre —repitió el hijo como si la conjurase a no
decir nada más, a callar por caridad, a no aumentar
la pena—. Ahora me tengo que ir, ahí está ése
esperándome, ya ha tenido demasiada paciencia —Y la
miró fijamente...
Se acercó a la puerta, sus hermanos pequeños,
todavía divertidos, se apretaron contra él y Pietro
levantó una punta de la capa para saber cómo estaba
vestido su hermano por debajo.
¡Pietro! ¡Pietro! Estate quieto, ¿qué haces?,
¡déjale en paz, Pietro! —gritó la madre temiendo que
Giovanni se enfadase.
—¡No, no! —exclamó el soldado, advirtiendo el gesto
del muchacho. Pero ya era tarde. Los dos faldones de
paño azul se habían abierto un instante.
—¡Oh, Giovanni, vida mía!, ¿qué te han hecho?
—tartamudeó la madre hundiendo el rostro entre las
manos—. Giovanni, ¡esto es sangre!
—Tengo que irme, madre —repitió él por segunda vez
con desesperada firmeza—. Ya le he hecho esperar
bastante. Hasta luego Anna, hasta luego Pietro,
adiós madre.
Estaba ya en la puerta. Salió como llevado por el
viento. Atravesó el huerto casi a la carrera, abrió
el cancel, dos caballos partieron al galope bajo el
cielo gris, no hacia el pueblo, no, sino a través de
los prados, hacia el norte, en dirección a las
montañas, Galopaban, galopaban.
Entonces la madre por fin comprendió; un vacío
inmenso que nunca los siglos habrían bastado a
colmar se abrió en su corazón. Comprendió la
historia de la capa, la tristeza del hijo y sobre
todo quién era el misterioso individuo que paseaba
arriba y abajo por el camino esperando, quién era
aquel siniestro personaje incluso paciente. Tan
misericordioso y paciente como para acompañar a
Giovanni a su vieja casa (antes de llevárselo para
siempre), a fin de que pudiera saludar a su madre;
esperar tantos minutos detrás del cancel, de pie, en
medio del polvo, él, señor del mundo, como un
pordiosero hambriento.
Traducción Javier Setó
corneja. (Del lat. cornicŭla,
de cornix, -ĭcis).
1. f. Especie de cuervo que alcanza de 45 a 50
cm de longitud y 1 m o algo más de envergadura,
con plumaje completamente negro y de brillo
metálico en el cuello y dorso.
El pico está un poco encorvado en
la mandíbula superior, y las alas plegadas no
alcanzan el extremo de la cola. Vive en el oeste
y sur de Europa y en algunas regiones de Asia.
2. f. Ave rapaz
nocturna semejante al búho, pero mucho más
pequeña que este, con plumaje en que domina el
color castaño ceniciento y en la cabeza dos
plumas en forma de cuernos pequeños.
Diccionario de la
Real Academia Española
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