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COPI

Copi, diminutivo familiar de
Raúl Damonte, nació en Buenos Aires en 1940. Vivió
muchos años en París, donde falleció en 1988. Se destacó
en todas las áreas culturales en las que participó, ya
fuera como actor, dramaturgo, cuentista, novelista o
historietista. Entre sus obras se encuentran las novelas
El baile de las locas, La vida es un
tango y La Internacional argentina;
los libros de cuentos Une langouste pour deux
y Virginia Woolf ataca de nuevo; las
obras de teatro Eva Perón, La journée
d'une réveuse y Loretta Strong, y
el libro de historietas Las viejas putas.
En
1998 se estrenó en Buenos Aires una versión teatral de su célebre
historieta La mujer sentada, a cargo de Marilú
Marini y Alfredo Arias. El cuento seleccionado pertenece al libro
Las viejas travestís (y otras infamias), publicado
por Anagrama en 1978. |
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“Mimí, atiende, hay un
negro que nos mira” dijo Gigí. Eran dos viejas
travestís con pelucas rubias que hacían la calle por
la acera de Rue des Abbesses. El hecho de vestirse
como si fueran gemelas les conservaba una cierta
clientela, a pesar de sus sesenta años bien
cumplidos. Mimí, que era muy miope, gritó:
“¿Vienes, querido?”, dirigiéndose a una farola.
Gigí lanzó una carcajada. “Eres la maricona más
bruta que he visto nunca” dijo desternillándose de
risa. El Príncipe Koulotô sacó una petaca de oro del
bolsillo interior de su gabardina blanca, extrajo un
Kool y lo encendió con su mechero de laca china.
“¿Te vienes, pues, querido?” se pusieron a chillar
las dos travestís desde el otro lado de la calle,
haciendo restallar sus látigos sobre la acera. El
Príncipe Koulotô, tras haber encendido su
cigarrillo, atravesó la calle y fue a inclinarse
ante ellas. “iYo querer ofreceros mi reino!” Y sacó
de su billetera de cocodrilo verde una tarjeta
dorada en la que se hallaba escrito su nombre con
gruesos caracteres, sobrevolado por una corona.
“¡Vosotras, mujeres más bellas universo!” añadió,
inclinándose hasta casi tocar el suelo con la
frente. Gigí le dio un codazo a su amiga. “¿Has oído
eso?” dijo. “¿Cuánto pagas por hacerte azotar por
las gemelas rubias?” le gritó Mimí, haciendo
chasquear su fusta. “Yo amor sincero” dijo el
Príncipe, cruzando las manos sobre el pecho y
poniéndose de rodillas. Gigí le largó un fustazo a
su panamá blanco, que cayó a la calzada. “Entonces
¿te gustan mis tetas, querido?” dijo Mimí,
desabrochándose su corsé de cuero y dejando ver sus
grandes prótesis de parafina. Gigí le sacó la
billetera del bolsillo interior; un taco de
billetes de quinientos francos rodó por la acera.
Las dos viejas travestís se precipitaron a
recogerlos, los metieron en uno de sus bolsos y
corrieron hasta la esquina de la Rue des Martyrs.
Una vez allí, miraron hacia atrás. El Príncipe
Koulotô permanecía inmóvil en el mismo sitio, bajo
la luz de la farola. “Está lelo” dijo Gigí; y se
pusieron a contar los billetes de quinientos
francos. Había un centenar. “¡Es una millonaria!”
gritó Mimí. Y se volvieron corriendo hacia Koulotô.
“Estamos enamoradísimas, ¿sabes?” dijo Mimí. Lo
tomaron cada una por un brazo y lo ayudaron a
levantarse; lo arrastraron hasta Rue des Martyrs,
haciéndolo subir uno a uno los escalones de su
edificio, hasta un quinto piso, donde tenían
alquilado un destartalado apartamento de dos piezas.
Todo el suelo estaba recubierto de pieles de cabra.
Koulotô se dijo que nunca en su vida había
encontrado unas mujeres tan encantadoras. Había
desembarcado en Orly a las cuatro de la mañana y
había alquilado un Cadillac blanco para precipitarse
hacia Pigalle, que él consideraba el centro del
mundo. Y había tropezado con las dos viejas
travestís, que eran las últimas que estaban haciendo
aún la calle por no haber encontrado clientela.
Quedó inmediatamente prendado de sus vestidos de
cuero y sus gafas de brillantes; paró el Cadillac
en la esquina de Rue des Martyrs y se acercó a ellas
tímidamente. El modo como lo habían tratado no le
chocó lo más mínimo; encontraba a las dos travestís
adorables y se puso caliente de inmediato. Mimí lo
acostó sobre las pieles de cabra del suelo, le abrió
la bragueta y le mordió el sexo, mientras Gigí se
quitaba las bragas y le frotaba el suyo contra la
cara. El olor de pachulí de Gigí le hizo dar
vueltas la cabeza. Eyaculó hundiendo la cara entre
las piernas de Gigí, que le orinó en la boca; Mimí
le mordía al mismo tiempo los testículos hasta
hacerlo llorar; el Príncipe eyaculó por segunda vez,
sollozando, mientras Gigí le arrancaba su reloj de
pulsera de oro y Mimí le registraba los bolsillos,
donde encontró una postal de Koulataï: un lago en el
que se reflejaban las trescientas sesenta y tres
torres del palacio del Príncipe Koulotô, en pleno
centro de África. Las viejas travestís se miraron
entre sí. Después de sesenta años de humillaciones
(o casi), habían encontrado al fin el hombre de sus
vidas. Se besaron diez veces en las dos mejillas y
se pusieron a bailar una java al son de un viejo
disco de Yvette Horner. Koulotô, que nunca había
visto bailar a mujeres blancas de carne y hueso,
creyó morir de asombro. Se abrochó la bragueta y
preguntó: “¿Cuarto baño?” “iHala a bañarte!” rió
Gigí, mientras Mimí lo empujaba hacia el interior de
su minúscula cocina, donde Koulotô pudo lavarse la
cara y el sexo con la ayuda de un paño de cocina que
apestaba a moho, pero que él tomó por el colmo del
refinamiento en materia de cosmética parisién. Entre
tanto, las travestís bajaban sus maletas de cartón
de encima del armario y metían dentro todos sus
cachivaches gemelos: dos pares de botas de tacón de
aguja en plástico dorado, dos pares de pantuflas
totalmente gastadas, unos cuantos pares de medias de
malla desparejados, dos petos de cuero con agujeros
para dejar ver los senos, dos minifaldas de esponja
color naranja y dos pantis de piel de cebra
sintética. Mimí metió en su maleta los cosméticos y
las hormonas y Gigí las cosas de aseo en la suya: un
cepillo de dientes común, una piedra pómez, una
vieja pera de lavajes y pegamento dental para las
dentaduras postizas, que al mismo tiempo les servía
como lubrificante para el ano. El Príncipe Koulotô
se inclinó para recoger las dos maletas y salió al
pasillo, mientras las dos viejas travestís se
dedicaban a romper todo lo que quedaba en el
apartamento. Destriparon los colchones, hicieron
trizas el espejo del armario, arrojaron la mesita
de noche por la ventana, y dejaron abierto el gas y
los grifos de agua. Luego se colocaron sus
impermeables de piel de pantera sintética y bajaron
las escaleras del inmueble, ante los vecinos que,
despertados por el escándalo, se agolpaban en los
rellanos. A menudo les habían causado molestias,
debido a lo especial de su clientela, pero esta vez
no se atrevieron a insultarlas como habían hecho
otras veces, a la vista del negro que las seguía: un
gigante de casi dos metros, bello como un dios. Mme.
Pignou, en camisón, susurró a su vecina de
escalera: “¡Si es el Príncipe Koulotô!” Había visto
su foto en un vespertino. Descendiente de la Reina
de Saba, por parte de madre, tenía fama de poseer
el rostro más perfecto de toda la raza negra. La
gracia de su sonrisa y su mirada de gacela volvían
locas a las lectoras de revistas del corazón del
mundo entero, desde que había entrado en posesión de
la más fabulosa fortuna de la Tierra. Era el jefe
espiritual de doscientos millones de almas
extremadamente piadosas que, cada viernes, le
regalaban su peso en diamantes, y un pájaro de
papel, emblema de su dinastía.
El Príncipe Koulotô abrió el portamaletas del
Cadillac blanco donde metió las dos maletas de
cartón; abrió luego la puerta trasera a las dos
viejas travestís y se sentó en el lugar del
conductor. De inmediato, corrieron rumbo a Orly,
atravesando el París desierto de las cinco de la
madrugada. Las dos viejas travestís, que hacía
siglos que no salían de Pigalle, lanzaban gritos de
alegría cada vez que veían un monumento. Koulotô
estaba radiante de alegría. Una vieja leyenda
africana decía que el dios del Universo Futuro
nacería de la coyunda de un rey negro y dos mujeres
idénticas de cabellos rubios, que tendrían pene y
que llegarían a su reino en un pájaro metálico. En
Orly, un avión construido en forma de ave del
paraíso, sutilmente pintado por los más grandes
artistas del reino Koulô, resplandecía bajo el
primer sol de la mañana, con los motores ya en
marcha. Las dos viejas travestís aplaudieron y se
pusieron a bailar de alegría en la misma pista de
aterrizaje, ante la mirada de asombro de la
tripulación, compuesta por eunucos vestidos con
túnicas de pluma blancas. Una joven impúber, negra
como el ébano, descendió completamente desnuda la
escalera del avión, con un brillante grande como un
puño en cada mano; dio unos pasos de danza
extremadamente graciosos y tendió un brillante a
cada una de las travestís; ellas los metieron en sus
viejos bolsos de lona encerada. A continuación, toda
la corte entró en el avión, los dos travestís a la
cabeza, cantando: “Il est cocu, le chef de gare!”
Los indígenas acompañaban el estribillo con su
acento melodioso. La puerta del ave del paraíso se
cerró y el “Concorde” despegó. La corte del Príncipe
Koulotô respiró al fin, viendo, por primera vez
desde su ascensión al trono, brillar el sol de la
felicidad en la imberbe cara de su jefe espiritual,
mientras las viejas travestís se ponían moradas de
champán y se metían una a la otra los cuellos de las
botellas en el culo, saltando sobre los respaldos de
los asientos. Y cuando, completamente mareadas, se
pusieron a vomitar, los eunucos las acostaron en
dos divanes recubiertos de piel de nutria negra.
Mimí, con el vientre sobresaltado por tantas
emociones, se cagó. Los eunucos la perfumaron con
incienso; el Príncipe Koulotó la cubrió de besos
mientras ella roncaba como un loro. Gigí, en cambio,
reía en sus sueños como una loca. Una hora antes de
llegar al aeropuerto del reino, los eunucos
despertaron a las dos viejas travestís, para
colocarles dos hermosos vestidos recamados de perlas
negras que llegaban hasta el suelo, con rubíes en la
parte de los senos. Ellas se echaron a reír al verse
en el espejo del lavabo. El Príncipe Koulotó abrió
la puerta y pisó él primero la inmensa escalerilla
del avión, toda ella tapizada de piel de visón
blanco. Afuera, una muchedumbre imposible de
abarcar con la vista aguardaba desde la noche
anterior, esperando la llegada de las dos travestís
anunciada a todo el país por las radios de
transistores. Trescientos sesenta y tres elefantes,
pintados de mil colores, arrodillados al principio
de la pista, esperaban. Cada uno de ellos llevaba
encima una palmera rosa, con un joven negro colgado
de ella en posición artística, mostrando una banana
rosa en la mano. El Príncipe Koulotó, que se había
puesto una chilaba de lino blanco y un turbante del
mismo color, se inclinó ante las dos travestís que,
locas de alegría, se pusieron a cantar la
Marsellesa. Koulotó tomó a cada una de un brazo
y bajó la escalerilla del “Concorde”, aclamado por
la multitud indígena. Gigí y Mimí ingresaron así,
con gran naturalidad, en el destino de su sueño
común, que habían presagiado desde siempre.
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