Todo comenzó con un
informe de rutina acerca de una falla en un
transmisor personal. No son habituales, pero estas
piezas a veces se desgastan. Cuando aparece una
falla así en el circuito miniaturizado del
transmisor subcutáneo de algún ciudadano, el monitor
de la computadora informa acerca de la pérdida de
contacto y se pone en marcha un procedimiento de
seguridad. Yo me comuniqué con el sargento 1418; un
momento después su imagen aparecía en mi pantalla.
—Haciendo contacto por
el informe número 31 acerca de falla en un
transmisor. ¿Tiene ya la cinta personal del
sospechoso?
—Estaba a punto de
transmitírsela a usted, señor controlador.
El segmento estadístico
de una cinta personal apareció en la pantalla. El
sospechoso era repulsivamente fornido, de cabello y
ojos oscuros, cara cuadrada y cuello ancho y
feo. Peso, 85 kilos; altura, 1, 87 metros;
nombre 36/204/GS/8219. Un ciudadano del estado 36,
de la ciudad 204, empleado en el Centro de
Comunicaciones.
—¿Cuál es el puesto
del individuo en el Centro de Comunicaciones,
sargento?
El sargento tenía
una expresión preocupada.
—Ah... señor
controlador; él... ah... está en el área Artefactos,
señor.
—¿Artefactos?
¿Trabajaba en Audiovisual, 1418, o estaba...?
—Negativo, señor
controlador. Estaba en... índices de Material de
Lectura, señor.
—¿Tenía acceso a las
cintas de almacenamiento de libros?
—Afirmativo, señor
controlador.
—¿El individuo 8219
había sido advertido de que tenía una hora para
presentarse en un centro médico para el reemplazo de
su transmisor?
—Nosotros... negativo,
señor. El individuo 8219 no se presentó a su lugar
de trabajo hoy, señor controlador.
El asunto se tornaba
rápidamente muy serio.
—¿Avisó si estaba
enfermo, 1418?
—Negativo, señor
controlador. Enviamos un helitransportador a su
unidad habitacional, pero el informe de ellos
también fue negativo.
Las palmas de mi mano de
repente estaban mojadas. ¡Estamos fuera de
contacto con el ciudadano 8219! Una falla en un
transmisor personal era una cosa, sólo un descuido o
un error; pero una interrupción deliberada
en el contacto era una felonía porque podría
implicar muy probablemente Desviación de la Norma.
—Órdenes en dos minutos
—exclamé con voz crispada.
Puse la pantalla en
blanco y, bañado en sudor, apreté la combinación de
teclas de la computadora para consultar los manuales
sobre qué medidas había que tomar. Mientras
esperaba, traté de calcular mi nivel de ansiedad y
tomé la dosis de tranquilizante psicotrópico
recomendada por el manual en caso de tal grado de
agitación nerviosa. Las microcintas fueron cargadas
en mi audioescáner; mientras las instrucciones
crujían en mis auriculares, reactivé la pantalla de
telecomunicación y las envié al sargento 1418.
—Acordonen la unidad de
vivienda del sospechoso inmediatamente, pero
retrasen la requisa de sus instalaciones
individuales hasta que yo llegue. Detengan e
incomuniquen a todos los residentes que estén allí,
detengan a todos los otros en los lugares de trabajo
e inicien un Plan de Acción Amarillo: intensiva
búsqueda coordinada del sospechoso 8219 en todas las
áreas.
—Entendido, señor
controlador.
—A todos los individuos
de su terminal de trabajo se les debe aplicar la
sección 18.9 del Código Penal: Incumplimiento del
deber de informar una ausencia.
—Afirmativo, señor
controlador.
Los tranquilizantes
estaban equilibrando mi voz.
—Informaré a Control de
Desviación de la Norma para más instrucciones. Tenga
un helitransportador listo para mi uso en el Puerto
Siete.
Montado a la cinta
transportadora personal recorrí los amplios,
tranquilos y pálidos pasillos; mis manos temblaban
un poco. No habíamos tenido un caso de Desviación de
la Norma en la ciudad 204 desde que yo había ocupado
el puesto de controlador de seguridad cinco años
atrás. ¿Y qué pasaría si la Suprema Autoridad
averiguaba que había habido negligencia en la
seguridad al permitir al sospechoso el acceso a las
cintas de almacenamiento de libros? No era nada
agradable pensar en eso. Yo disfrutaba de los
beneficios de mi puesto: de mi telepantalla, de mis
actividades sexuales supervisadas, de mis
complementos químicos para entretenimiento;
inclusive había estado considerando la posibilidad
de enviar mi esperma al Banco de Genes de manera que
me pudieran elegir una esposa adecuada.
En Control de Desviación
de la Norma, informé el nombre y rango a la
telepantalla; cuando apareció una imagen como
respuesta, apreté los puños y un sudor ácido surgió
bajo mis brazos: era el Médico Uno en persona, jefe
de la Sección de Investigación de Desviación de la
Norma y miembro de la Suprema Autoridad.
—Entre, controlador
—sonrió cordialmente desde la pantalla—. Seguridad
ha estado siguiendo por telepantalla lo concerniente
a su misión.
Su oficina interior
tenía ventanas que daban a las brillantes torres
blancas de la ciudad. Más lejos, hacia el océano y
las amplias granjas de plancton, se veía la franja
verde del Parque Tres. El Médico Uno era un
hombre activo, rápido, pequeño, calvo y con gruesos
anteojos. Estos rasgos y el hecho de que fuera
levemente rengo señalaban por sí mismos que se
trataba de alguien perteneciente a la Suprema
Autoridad; únicamente alguien nacido de padres
genéticamente no controlados podía tener esas
irregularidades físicas, y sólo a alguien de la
Suprema Autoridad se le habría permitido llegar a la
madurez con ellas.
Me indicó una silla
junto a su pesado escritorio de plástico, me clavó
los ojos escrutándome desde detrás de sus gruesos
anteojos y me mostró sus dientes amarillentos al
sonreír.
—Ha demostrado
considerable celeridad al reaccionar ante esta falla
de seguridad, controlador. Si el criminal 8219 es
apresado rápidamente, usted no recibirá nada más
serio que una reprimenda.
Me recorrió una inmensa
sensación de alivio mientras él se volvía de nuevo
de la ventana. Al girar, discos de la luz reflejada
destellaron en sus anteojos.
—Algunos puntos son muy
sugestivos. Los registros del Banco de genes indican
que su padre era un tipo decente y que trabajaba
empeñosamente en telemetría de naves espaciales;
pero su madre murió a causa de una sobredosis masiva
de complementos químicos después de haber dañado
deliberadamente la telepantalla de su hogar.
—Pu... puedo darme
cuenta de lo que eso significa, señor. Ella...
—¿De veras se da cuenta,
controlador? —de pronto su actitud había cambiado—.
Lo dudo mucho, la sobredosis, la destrucción de la
pantalla...
—El descuido es delito
leve; la felonía es grave —dije automáticamente. Me
temblaban mucho las manos después de su reacción.
Pero la súbita ira del Médico Uno pareció
desvanecerse.
—Bastante acertado, ya
que es obligatorio vigilar al menos cuatro horas. A
pesar de la inestabilidad de la madre, 8219 fue un
chico brillante, realmente brillante. Y como no
mostró ninguna tendencia a desviarse de la norma,
eventualmente fue autorizado por Seguridad y le fue
otorgado el puesto en el Índice de Material de
Lectura que solicitó. Solicitó, controlador:
un puesto que rara vez alguien reclama, ¿ no?
Debimos haber sospechado.
Aprovechando su actitud
aparentemente más calma ahora, yo comencé a decir:
—Sí, señor, puedo darme
cuenta, señor. Yo...
—Sinceramente, espero
que pueda, controlador.
—¿Señor? —sentí otra vez
un vuelco en el estómago.
—Su departamento
le dio acceso a los libros. Su departamento
ha manejado muy mal la investigación hasta este
momento —su mirada malevolente hizo que mi cara se
quedara pálida como si hubiera perdido toda la
sangre—. No hay nada, por ejemplo, en su informe
preliminar relativo al médico que realizó la
operación ilegal.
—¿La operación ilegal,
señor? Yo no...
—¡La remoción del
transmisor de 8219! —exclamó. Una mancha de espuma
apareció en una de las comisuras de su boca. Pero
entonces él sonrió otra vez abruptamente y
entrechocó sus dientes amarillos. Con voz
autoritaria, agregó—: Hay tres posibilidades
relativas al criminal, controlador. Enumérelas, por
favor.
Titubeé.
—Primero, señor, creo...
creo que una sobredosis de un complemento químico
que contenga una alta proporción de metamfetamina
—la benigna inclinación de cabeza del Médico Uno
hizo que las palabras me salieran con más
facilidad—. Segundo: desequilibrio mental o
emocional, señor. Ambas cosas bastante comunes,
tercero...
Me detuve. No había una
tercera posibilidad.
Pero la cara del Médico
Uno empalideció visiblemente: su cuerpo medio
contrahecho pareció hincharse. Por detrás de las
gruesas lentes, sus ojos se hacían más grandes y
redondos.
—¡Idiota! —gritó. De
nuevo la espuma salpicó las comisuras de su boca y
su cuerpo se volvió momentáneamente rígido, como si
estuviera a punto de tener un ataque de catatonía—.
¡Una anomalía genética, tonto! ¡Debe tener una
anomalía genética! ¡Encuéntrelo! ¡Atrápelo!
Salí corriendo y
atravesé los pasillos con eco hacia el helipuerto;
sus insultos resonaban en mis oídos. La tensión me
había provocado ganas de vomitar. ¿Qué podía hacer?
¿Cómo iba a afrontar la situación? De algún modo, en
camino del helitransportador, me las arreglé para
tragarme algunos tranquilizantes y así llegué a la
unidad habitacional de 8219 con cierta calma. Los
habitantes del lugar presentes, la mayoría esposas e
hijos, ya habían sido tranquilizados y estaban
charlando alegremente con los policías de seguridad
que los habían detenido e investigaban sus
antecedentes particulares. Podía oírlos mientras
subía en el ascensor individual hasta el tercer
nivel de habitáculos.
El silencio de la
vivienda del criminal era interrumpido sólo por el
ruido de la unidad de control ambiental. Por
regulación, la larga pared de la unidad central
estaba ocupada por la telepantalla y el resto de las
paredes estaban desnudas. No había ventanas, desde
luego; sólo estaban permitidas para la Suprema
Autoridad. Fue patéticamente fácil descubrir el
material de la Desviación de la Norma: estaba en el
dormitorio del criminal, en el cajón donde se
guardaba la túnica. Un anotador sacado de las
provisiones del Centro de Comunicaciones —en sí
mismo eso era una contravención— y prolijamente
abarrotado de citas y aforismos copiados ilegalmente
de las cintas donde estaban registrados los libros.
Creo que hay más
posibilidades de reducir la libertad de la gente
mediante graduales y silenciosas intervenciones de
aquellos que están en el poder que mediante la
usurpación súbita y violenta.
La gente nunca
abandona sus libertades sino bajo algún engaño.
Nosotros, y todos los que creen tan profundamente
como nosotros, preferiríamos morir de pie antes que
vivir de rodillas.
¿Qué hombre en sus
cabales en nuestra sociedad iluminada y totalmente
libre se arriesgaría a enfrentar la Privación de la
Existencia simplemente por ocuparse de esas
incoherencias? Bien, pronto iba a averiguarlo. Pero
no iba a ser tan fácil. El criminal resultó ser muy
difícil de aprehender.
Por una parte,
intervinieron otros factores que hicieron más
dificultoso el trabajo de seguridad. Un desaforado
granjero de plancton mató a una docena de sus
compañeros de trabajo y hubo una serie de
violaciones en los Sectores del Mapa 11.4 y 11.5. El
asesinato y la violación, desde luego, no son
crímenes tan graves como la Desviación de la Norma.
Pero investigarlos y recomendar las acciones
adecuadas mantuvo ocupados a los agentes de la
zona. Además, como para demostrarle al Médico Uno
dónde había existido negligencia en el departamento,
yo había recomendado que el sargento 1418 fuera
castrado y reasignado a las granjas de plancton por
su descuido en el deber relacionado con la fuga del
criminal 8219. Y entrenar a su reemplazante había
tomado tiempo.
Pero el día número
quince después de la fuga de 8219, el rostro sereno
y eficiente del sargento 1419 apareció en mi
pantalla.
—Señor controlador, el
criminal 8219 está rodeado. En el sector del mapa
11.6, coordenadas Ac, Bf.
Mi escáner visual
iluminó el sector en la pantalla. El Parque Tres,
esa densa área boscosa semejante al “medio ambiente
natural” de nuestros ancestros primitivos, que yo
había visto desde la ventana del Médico Uno. ¡No era
raro después de todo que no lo hubiéramos
encontrado hasta ahora! ¿Pero cómo había hecho para
sobrevivir ahí? ¡El Parque Tres ni siquiera tiene
conexiones de energía para montar una unidad de
control ambiental portátil!
—Iremos de inmediato,
sargento.
El manual establece que
los criminales acusados de Desviación de la Norma
deben ser apresados sin hacerles daño, para ser
utilizados para los experimentos diagnósticos de
los médicos de Desviación de la Norma, de modo que
tuvimos que soportar instantes de mucha tensión. En
cierto momento, el criminal, físicamente un
poderoso bruto con músculos duros y repulsivos,
atravesó el cordón de seguridad, sorteó a la unidad
de guardia del helitransportador y ya estaba a mitad
de camino de la escalera de a bordo cuando un rifle
de red fue disparado y él quedó atrapado.
Comencé el examen
preliminar al día siguiente bajo el control, a
través de la telepantalla, de los funcionarios de
Desviación de la Norma, incluyendo, tal vez, al
Médico Uno.
—Criminal 8219, una vez
que este examen preliminar haya establecido su
culpabilidad en cuanto a la Desviación de la Norma,
los oficiales de Desviación de la Norma lo
examinarán para determinar si usted puede ser
recuperado de nuevo para la sociedad, mediante una
leucotomía, o si en cambio será sometido a la
disección experimental.
—¿Sin anestesia, desde
luego? —no parecía perturbado ante la idea; hasta
sonrió con encanto cuando lo dijo.
—Desafortunadamente, ése
es el requerimiento científico. Por el momento, la
desranquilización forzosa comenzará hoy...
—De cualquier
manera no estoy usando psicotrópicos.
Eché una mirada a la
hoja con los datos de su examen físico; confirmaba
el casi increíble hecho de que no tomaba ninguno de
los complementos químicos. ¿Cómo era capaz de
soportarlo? Pero este mismo hecho lo convertía en un
oponente mucho más fuerte. Comencé a presionarlo.
—Criminal 8219, debemos
saber el nombre de su cómplice, el médico corrupto
que le quitó quirúrgicamente el transmisor personal
de su espalda.
Me devolvió otra vez esa
desagradable sonrisa burlona.
—Lo hice yo solo,
controlador, con un cuchillo de cocina y dos
espejos.
Rápidamente revisé los
informes del laboratorio acerca de sus pertenencias.
Se habían encontrado dos espejos de mano y en un
cuchillo se habían detectado restos de la sangre del
individuo en el filo. Un fragmento de los
componentes del circuito del transmisor personal
habían sido hallados a un costado de la base de su
unidad de deposición de excrementos. ¿Pero cómo pudo
soportar el dolor?
—¿Cuánto puede
doler quitar algo del tamaño de la uña de un dedo de
bebé, colocado debajo de la capa de epidermis?
Apuntó con el dedo
pulgar el monitor de la unidad de televisión.
—¿Tiene miedo de tener
problemas con los muchachos de Desviación de la
Norma? —sacudió la cabeza—. Ellos saben que usted es
incorruptible, controlador. Varias generaciones de
control genético se han asegurado de que así sea.
Desde luego la pequeña banda de psicópatas innatos
que se hace llamar la Suprema Autoridad me tiene
miedo a mí justamente por esa razón: temen que yo
pueda estar genéticamente descontrolado...
—¡Los controles
genéticos fueron iniciados en virtud del mejor de
los objetivos! —repliqué como respuesta a la
provocación de este sucio denigrador de la Suprema
Autoridad.
—¿Debido a que los
niveles de población hace una decena de generaciones
atrás eran tan altos, crecían con tanta intensidad,
que una humanidad con su agresividad intacta
probablemente habría estallado en un estado de
continua violencia? Claro. Pero, ¿hasta qué punto se
puede efectuar el control sin que la gente deje de
ser gente y se convierta... en otra cosa?
Finalicé el
interrogatorio de golpe; ese hombre me enfermaba. Y
yo estaba un tanto nervioso, con todos esos
médicos de Desviación de la Norma observándonos.
Pero al día siguiente él continuó hablando del
tema.
—Sabe, controlador, los
controles han convertido al conjunto de la humanidad
en una masa de ganado inteligente pero sin voluntad
propia, no más importante para la Suprema Autoridad
que los dinoflagelados y los celenterados en
aquellas granjas de plancton que están allá afuera.
Desde luego nadie dice nada de la estructura
genética de quienes componen la Suprema Autoridad.
—Hay motivos sólidos y
más que suficientes...
—Claro. Sin su
agresividad natural, sin su espíritu competitivo, el
hombre no puede tomar decisiones; para poder
gobernar, la Suprema Autoridad no debe estar
controlada. Pero más aun, los hombres de la Suprema
Autoridad necesitan esa agresividad para la lucha
por el poder que tienen que librar todo el tiempo
entre ellos mismos.
Aunque me enfermaba,
continué tratando de refutarlo.
—No hemos oído ningún
informe de tal lucha...
—Claro que no —sonrió
irónicamente—. Pero le apuesto a que los que pierden
son despojados de todo poder, de la capacidad de
procrear, de la habilidad de hacer cualquier otra
cosa. Así que... eso me hace único: la única persona
con genes no controlados fuera de la estructura del
poder. De manera que puede darse cuenta muy bien
acerca del porqué era necesario apresarme.
—¿Ah, sí? ¿ Y cómo llegó
usted a tener esos “genes no controlados”, como los
denomina?
—Por mutación. Tiene que
haber sido así. Soy una mutación natural, una
regresión. Mis padres, como los padres de todos,
fueron productos del Banco de genes, de manera que
no hay otra explicación para las diferencias que
observé entre mi persona y el resto de la gente.
—Y tan pronto como
observó estas diferencias, en forma traicionera, se
apropió de material clasificado del registro de los
libros y deliberadamente interrumpió el contacto con
el Control Computarizado y destruyó...
Él abrió los brazos y se
echó a reír.
—¿Se da cuenta,
controlador? Un ejemplo típico de Desviación de la
Norma. En cuanto al motivo por el cual lo hice,
¿quién sabe?
En verdad, ¿quién sabía?
Yo había completado mi interrogatorio. Lo escolté
hasta Control de Desviación de la Norma en la cinta
transportadora individual. Como en el corredor no
había control de audio, le hice una pregunta
personal.
—Usted hizo todo eso
deliberadamente, criminal 8219; sin embargo, usted
no está loco. ¿Por qué no se quedó trabajando como
encargado del Índice del Material de Lectura, aunque
tuviera impulsos de Desviación de la Norma en su
cerebro?
Él hizo destellar esa
risa peculiar y repentina y me palmeó el hombro.
—Lea la última frase que
hay en mi anotador, controlador. Piense acerca de
delitos menores y sectores del mapa. Y luego lea
acerca de las propiedades físicas de los mutantes. Y
entonces, si logra deducirlo: felices pesadillas.
Porque usted no hará nada para detenerlo.
Como funcionario a cargo
del arresto, yo tenía que estar vigilando desde
detrás de la ventana de observación en el
Laboratorio Experimental de Desviación de la Norma
cuando ellos lo llevaron para colocarlo en la mesa
de disección. ¿Cómo podía un hombre, sin calmante o
tranquilizante alguno, enfrentar tan fríamente las
sistemáticas extracciones, sin anestesia, de todos
los órganos de su cuerpo, de a uno por vez?
Y sin embargo el
criminal seguía extrañamente alegre y hasta se
encaramaba en el borde de la mesa de operaciones
para mirar, balanceando los pies como un chico. Y
en ese momento crítico, atrajo las miradas, las
mentes, de todos los que estaban en ese cuarto con
su actitud desafiante. Era suficiente.
—Les apuesto a que no me
van a sacar ni un solo “ay” —dijo, sonriendo.
Y luego levantó con una
de sus manos un brillante escalpelo de la bandeja de
instrumentos de cirugía y se lo pasó por el cuello
con un ligero y certero movimiento. La sangre
escarlata de la arteria saltó, salpicó a los
guardias, a los médicos y a la Suprema Autoridad.
Ese autoasesinato detonó
una serie de eventos trágicos. Los agentes de
Desviación de la Norma responsables fueron
sentenciados a la Privación de la Existencia en el
crematorio geriátrico; claro que eso fue simplemente
un acto de justicia. Ellos habían sido negligentes.
Pero apenas dos días después de la muerte del
criminal 8219, un accidente en la unidad de
helitransporte entre la ciudad y la finca de campo
del Médico Uno lo dejó sin esposa y sin hijos. Y
antes de que él se pudiera recuperar de tan terrible
pérdida —al mismísimo día siguiente, de hecho—,
inadvertidamente quedó encerrado en la sala de
radiación de Desviación de la Norma y
accidentalmente fue esterilizado. La Suprema
Autoridad, con gran pena, anunció su prematuro pero
permanente retiro.
Así que no fue hasta
varios días más tarde que pude estar listo para
cerrar el archivo del criminal 36/204/GS/8219. Pasé
vagamente las páginas del infame anotador hasta
llegar a la frase final. No era nada: una de
aquellas tontas frases sentimentales que había leído
el día en que encontré el anotador. Nosotros, y
todos los que creen tan profundamente como nosotros,
preferiríamos morir de pie antes que vivir de
rodillas.
Supuse que era la
explicación mísera de una mente perturbada. ¿Pero
qué más me había dicho? Delitos menores. Y sectores
de mapas. Y... ¿las propiedades físicas de los
mutantes?
Con curiosidad ahora,
cargué las coordenadas del sector de mapas en el
escáner visual, y al mismo tiempo le ordené a la
computadora que pasara una cinta acerca de la
formación de los mutantes por mi audioescáner.
Él había sido apresado
en el sector del mapa... ¿cuál? ¿11.4? ¿11.5? No.
Había habido una serie de violaciones en esos
sectores. El Parque Tres estaba en el sector
adyacente 11.6. Pero, un momento. La violación era
un delito menor. Y los sectores del mapa eran
adyacentes. Y las violaciones habían ocurrido
durante los mismos quince días en que el
criminal 8219 había estado escondido en el Parque
Tres y...
Mutante,
entonaron mis audífonos. Una repentina desviación
del tipo parental de una o más
características hereditarias, causada por un cambio
en un gen o cromosoma, que da como resultado
un nuevo individuo o especie.
Me abatió un súbito
terror; con un quejido, pasé la mano por encima del
escritorio buscando un tranquilizante.
Características hereditarias: ¡Los mutantes
podían reproducir sus propias mutaciones mediante
la fecundación de mujeres de esas especies
parentales! ¿“Pesadillas” había dicho el
criminal? ¡Puro y absoluto terror!
¿Cuántas mujeres
violadas y fecundadas no habrían denunciado
el hecho? ¿Mujeres casadas, tal vez, para quienes
incluso el control genético nunca había logrado
erradicar completamente el celo protector de la
maternidad? ¿O chicas adolescentes a quienes no les
importaba que les hicieran un aborto, pero que no
querían ser esterilizadas automáticamente, tal como
se hace con las víctimas de violación? ¿Chicas que
podían dar el nombre de su novio como padre de la
criatura para asegurarse de ese modo que el chico
naciera y luego fuera educado por el Estado?
¿Cuántas mujeres?
El tranquilizante me
estaba dejando respirar normalmente otra vez, me
permitía pensar, analizar el asunto. Aunque sólo
uno de esos descendientes lograra nacer y vivir,
la estructura del Estado estaría amenazada. El
resultado podía ser toda una cepa de los antiguos
hombres descontrolados. Mi deber era claro. Informar
a Desviación de la Norma. Luego, habría que barrer
toda la zona afectada inmediatamente y habría que
hacer abortar a todas las embarazadas y esterilizar
a todas las mujeres.
Me comuniqué por la
telepantalla con Desviación de la Norma.
—Médico Uno, urgente.
Control de Seguridad.
—Está en una
conferencia, controlador. Le avisaremos.
Esperé. Pero entonces
apareció otro repentino terror. ¡El criminal 8219
estaba bajo mi responsabilidad! Su suicidio me había
convertido en cómplice no intencional de su
monstruoso crimen de Desviación de la Norma. ¡Al
estar relacionado con el delito del criminal 8219
me correspondía la pena de Privación de la
Existencia!
—¿Sí, controlador? —el
nuevo Médico Uno me contemplaba desde la pantalla;
tenía los ojos algo hinchados y el escaso cabello
cruzado sobre el cráneo como tiras de algas marinas.
—Yo... señor... —¡pero
no era justo!— Señor... yo... ¿se ha contemplado
ejecutar alguna otra acción relativa al archivo del
criminal 36/204/GS/8219?
—Archivo cerrado
—gritó—. Se agregará una reprimenda en su
carpeta personal, controlador, por requerir
información acerca de un archivo cerrado.
La pantalla quedó en
blanco y yo dejé escapar el aliento contenido.
Solamente una reprimenda en lugar de la muerte. ¿Qué
problema había en realidad? La Suprema Autoridad
había decretado que todo estaba bien: el
archivo había sido cerrado. Y la Suprema Autoridad
siempre tiene razón. Y sin embargo... sin
embargo...
La Suprema Autoridad,
inclusive ahora, no conocía la diabólica conjura del
criminal: que él, aun sabiendo que eso podía
significar su propia muerte, había planeado
reproducirse con sus aberraciones genéticas
de la única manera en que podía lograrlo sin que se
hiciera un escrutinio genético de los descendientes.
Tampoco había previsto la Suprema Autoridad, como
sí lo había hecho el criminal, que mi propio
código genético con sus inherentes coerciones me
haría incapaz de denunciar su horrible plan
contra el Estado. ¿Siempre tenía razón la
Suprema Autoridad?
Me temblaban tanto las
manos que apenas pude abrir el cajón de mi
escritorio para sacar de ahí lo que necesitaba: hice
lo único que me era posible.
Me tomé otro tranquilizante.
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