En mi último año de
escuela veía yo siempre una gran cabeza negra
apoyada sobre una pared verde pintada al óleo. El
pelo crespo de ese niño no era muy largo; pero le
había invadido la cabeza como si fuera una
enredadera; le tapaba la frente, muy blanca, le
cubría las sienes, se había echado encima de las
orejas y le bajaba por la nuca hasta metérsele entre
el saco de pana azul. Siempre estaba quieto y casi
nunca hacía los deberes ni estudiaba las lecciones.
Una vez la maestra lo mandó a la casa y preguntó
quién de nosotros quería acompañarlo y decirle al
padre que viniera a hablar con ella. La maestra se
quedó extrañada cuando yo me paré y me ofrecí, pues
la misión era antipática. A mí me parecía posible
hacer algo y salvar a aquel compañero; pero ella
empezó a desconfiar, a prever nuestros pensamientos
y a imponernos condiciones. Sin embargo, al salir de
allí, fuimos al parque y los dos nos juramos no ir
nunca más a la escuela.
Una mañana del año pasado
mi hija me pidió que la esperara en una esquina
mientras ella entraba y salía de un bazar. Como
tardaba, fui a buscarla y me encontré con que el
dueño era el amigo mío de la infancia. Entonces nos
pusimos a conversar y mi hija se tuvo que ir sin mí.
Por un camino que se
perdía en el fondo del bazar venía una muchacha
trayendo algo en las manos. Mi amigo me decía que él
había pasado la mayor parte de su vida en Francia. Y
allá, él también había recordado los procedimientos
que nosotros habíamos inventado para hacer creer a
nuestros padres que íbamos a la escuela. Ahora él
vivía solo; pero en el bazar lo rodeaban cuatro
muchachas que se acercaban a él como a un padre. La
que venía del fondo traía un vaso de agua y una
píldora para mi amigo. Después él agregó:
—Ellas son muy buenas
conmigo; y me disculpan mis...
Aquí hizo un silencio y
su mano empezó a revolotear sin saber dónde posarse;
pero su cara había hecho una sonrisa. Yo le dije un
poco en broma:
—Si tienes alguna...
rareza que te incomode, yo tengo un médico amigo...
Él no me dejó terminar.
Su mano se había posado en el borde de un jarrón;
levantó el índice y parecía que aquel dedo fuera a
cantar. Entonces mi amigo me dijo:
—Yo quiero a mi...
enfermedad más que a mi vida. A veces pienso que me
voy a curar y me viene una desesperación mortal.
—¿Pero qué... cosa es
ésa?
—Tal vez un día te lo
pueda decir. Si yo descubriera que tú eres de las
personas que pueden agravar mi... mal, te regalaría
esa silla nacarada que tanto le gustó a tu hija.
Yo miré la silla y no sé
por qué pensé que la enfermedad de mi amigo estaba
sentada en ella.
El día que él se decidió
a decirme su mal era sábado y recién había cerrado
el bazar. Fuimos a tomar un ómnibus que salía para
afuera y detrás de nosotros venían las cuatro
muchachas y un tipo de patillas que yo había visto
en el fondo del bazar entre libros de escritorio.
—Ahora todos iremos a mi
quinta —me dijo—, y si quieres saber aquello tendrás
que acompañarnos hasta la noche.
Entonces se detuvo hasta
que los demás estuvieron cerca y me presentó a sus
empleados. El hombre de las patillas se llamaba
Alejandro y bajaba la vista como un lacayo.
Cuando el ómnibus hubo
salido de la ciudad y el viaje se volvió monótono,
yo le pedí a mi amigo que me adelantara algo... Él
se rió y por fin dijo:
—Todo ocurrirá en un
túnel.
—¿Me avisarás antes de
que el ómnibus pase por él?
—No; ese túnel está en mi
quinta y nosotros entraremos en él a pie. Será para
cuando llegue la noche. Las muchachas estarán
esperándonos dentro, hincadas en reclinatorios a lo
largo de la pared de la izquierda y tendrán puesto
en la cabeza un paño oscuro. A la derecha habrá
objetos sobre un largo y viejo mostrador. Yo tocaré
los objetos y trataré de adivinarlos. También tocaré
los objetos de las muchachas y pensaré que no las
conozco.
Se quedó un instante en
silencio. Había levantado las manos y ellas parecían
esperar que se les acercaran objetos o tal vez
caras. Cuando se dio cuenta de que se había quedado
en silencio, recogió las manos; pero lo hizo con el
movimiento de cabeza que se escondieran detrás de
una ventana. Quiso volver a su explicación, pero
sólo dijo:
—¿Comprendes?
Yo apenas pude
contestarle:
—Trataré de comprender.
Él miró el paisaje. Yo me
di vuelta con disimulo y me fijé en las caras de las
muchachas: ellas ignoraban lo que nosotros
hablábamos, y parecía fácil descubrir su inocencia.
A los pocos instantes yo toqué a mi amigo en el codo
para decirle:
—Si ellas están en la
oscuridad; ¿por qué se ponen paños en la cabeza?
Él contestó distraído:
—No sé... pero prefiero
que sea así.
Y volvió a mirar el
paisaje. Yo también puse los ojos en la ventanilla;
pero atendía a la cabeza negra de mi amigo; ella se
había quedado como una nube quieta a un lado del
cielo y yo pensaba en los lugares de otros cielos
por donde ella habría cruzado. Ahora, al saber que
aquella cabeza tenía la idea del túnel, yo la
comprendía de otra manera. Tal vez en aquellas
mañanas de la escuela, cuando él dejaba la cabeza
quieta apoyada en la pared verde, ya se estuviera
formando en ella algún túnel. No me extrañaba que yo
no hubiera comprendido eso cuando paseábamos por el
parque; pero así como en aquel tiempo yo lo seguía
sin comprender, ahora debía hacer lo mismo. De
cualquier manera todavía conservábamos la misma
simpatía y yo no había aprendido a conocer las
personas.
Los ruidos del ómnibus y
las cosas que veía, me distraían; pero de cuando en
cuando no tenía más remedio que pensar en el túnel.
Cuando mi amigo y yo
llegamos a la quinta, Alejandro y las muchachas
estaban empujando un portón de hierro. Las hojas de
los grandes árboles habían caído encima de los
arbustos y los habían dejado como papeleras
repletas. Y sobre el portón y las hojas, parecía
haber descendido una cerrazón de herrumbre. Mientras
buscábamos los senderos entre plantas chicas, yo
veía a lo lejos una casa antigua. Al llegar a ellas
las muchachas hicieron exclamaciones de pesar: al
costado de la escalinata había un león hecho
pedazos: se había caído de la terraza. Yo sentía
placer en descubrir los rincones de aquella casa;
pero hubiera deseado estar solo y hacer largas
estadías en cada lugar.
Desde el mirador vi
correr un arroyo. Mi amigo me dijo:
—¿Ves aquella cochera con
una puerta grande cerrada? Bueno; dentro de ella
está la boca del túnel; corre en la misma dirección
del arroyo. ¿Y ves aquella glorieta cerca de la
escalinata del fondo? Allí está escondida la cola
del túnel.
—¿Y cuánto tardas en
recorrerlo? Me refiero a cuando tocas los objetos y
las caras...
—¡Ah! Poco. En una hora
ya el túnel nos ha digerido a todos. Pero después yo
me tiro en un diván y empiezo a evocar lo que he
recordado o lo que ha ocurrido allí. Ahora me cuesta
hablar de eso. Esta luz fuerte me daña la idea del
túnel. Es como la luz que entra en las cámaras de
los fotógrafos cuando las imágenes no están fijadas.
Y en el momento del túnel me hace mal hasta el
recuerdo de la luz fuerte. Todas las cosas quedan
tan desilusionadas como algunos decorados de teatro
al otro día de mañana.
Él me decía esto y
nosotros estábamos parados en un recodo oscuro de la
escalera. Y cuando seguimos descendiendo, vimos
desde lo alto la penumbra del comedor; en medio de
ella flotaba un inmenso mantel blanco que parecía un
fantasma muerto y acribillado de objetos.
Las cuatro muchachas se
sentaron en una cabecera y los tres hombres en la
otra. Entre los dos bandos había unos metros de
mantel en blanco, pues el viejo sirviente
acostumbraba a servir toda la mesa desde la época en
que habitaba allí la gran familia de mi amigo.
Únicamente hablábamos él y yo. Alejandro permanecía
con su cara flaca apretada entre las patillas y no
sé si pensaría: "No me tomo la confianza que no me
dan" o "No seré yo quien le dé a éstos". En la otra
cabecera las muchachas hablaban y se reían sin hacer
mucho barullo. Y de este lado mi amigo me decía:
—¿Tú no necesitas, a
veces, estar en una gran soledad?
Yo empecé a tragar aire
para un gran suspiro y después dije:
—Frente a mi pieza hay
dos vecinos con radio; y apenas se despiertan se
meten con las radios en mi cuarto.
—¿Y por qué los dejas
entrar?
—No, quiero decir que las
encienden con tal volumen que es como si entraran en
mi pieza.
Yo iba a contar otras
cosas; pero mi amigo me interrumpió:
—Tú sabrás que cuando yo
caminaba por mi quinta y oía chillar una radio,
perdía el concepto de los árboles y de mi vida. Esa
vejación me cambiaba la idea de todo: mi propia
quinta no me parecía mía y muchas veces pensé que yo
había nacido en un siglo equivocado.
A mí me costaba aguantar
la risa porque en ese instante Alejandro, siempre
con sus párpados bajos, tuvo una especie de hipo y
se le inflaron las mejillas como a un clarinetista.
Pero enseguida le dije a mi amigo:
—¿Y ahora no te molesta
más esa radio?
La conversación era tonta
y me prometí dedicarme a comer. Mi amigo siguió
diciendo:
—El tipo que antes me
llenaba la quinta de ruido vino a pedirme que le
saliera de garantía para un crédito...
Alejandro pidió permiso
para levantarse un momento, le hizo señas a una
muchacha y mientras se iban le volvió el hipo que le
hacía mover las patillas: parecían las velas negras
de un barco pirata. Mi amigo seguía:
Entonces yo le dije: "No
sólo le salgo de garantía, sino que le pago las
cuotas. Pero usted me apaga esa radio sábados y
domingos". Después, mirando la silla vacía de
Alejandro, me dijo: "Éste es mi hombre; compone el
túnel como una sinfonía. Ahora se levantó para no
olvidarse de algo. Antes yo derrochaba mucho su
trabajo, porque cuando no adivinaba una cosa se la
preguntaba; y él se deshacía todo para conseguir
otras nuevas. Ahora, cuando yo no adivino un objeto
lo dejo para otra sesión y cuando estoy aburrido de
tocarlo sin saber qué es, le pego una etiqueta que
llevo en el bolsillo y él lo saca de la circulación
por algún tiempo."
Cuando Alejandro volvió,
nosotros ya habíamos adelantado bastante en la
comida y los vinos. Entonces mi amigo palmeó el
hombro de Alejandro y me dijo:
—Éste es una gran
romántico; es el Schubert del túnel. Y además tiene
más timidez y más patillas que Schubert. Fíjate que
anda en amores con una muchacha a quien nunca vio ni
sabe cómo se llama. Él lleva los libros en una
barraca después de las diez de la noche. Le encanta
la soledad y el silencio entre olores de maderas.
Una noche dio un salto sobre los libros porque sonó
el teléfono; la que se equivocó de llamado, siguió
equivocándose todas las noches; y él, apenas la toca
con los oídos y las intenciones.
Las patillas negras de
Alejandro estaban rodeadas de la vergüenza que le
había subido a la cara, y yo le empecé a tomar
simpatía.
Terminada la comida,
Alejandro y las muchachas salieron a pasear; pero mi
amigo y yo nos recostamos en los divanes que había
en su cuarto. Después de la siesta, nosotros también
salimos y caminamos todo el resto de la tarde. A
medida que iba oscureciendo mi amigo hablaba menos y
hacía movimientos más lentos. Ahora la luz era débil
y los objetos luchaban con ella. La noche iba a ser
muy oscura; mi amigo ya tanteaba los árboles y las
plantas y pronto entraríamos al túnel con el
recuerdo de todo lo que la luz había confundido
antes de irse. Él me detuvo en la puerta de la
cochera y antes que me hablara yo oí el arroyo.
Después mi amigo me dijo:
—Por ahora tú no tocarás
las caras de las muchachas: ellas te conocen poco.
Tocarás nada más que lo que esté a tu derecha y
sobre el mostrador.
Yo había oído los pasos
de Alejandro. Mi amigo hablaba en voz baja y me
volvió a encargar:
—No debes perder en
ningún momento tu colocación, que será entre
Alejandro y yo.
Encendió una pequeña
linterna y me mostró los primeros escalones, que
eran de tierra y tenían pastitos desteñidos.
Llegamos a otra puerta y él apagó la linterna.
Todavía me dijo otra vez:
—Ya sabes, el mostrador
está a la derecha y lo encontrarás apenas camines
dos pasos. Aquí está el borde, y, aquí encima, la
primera pieza: yo nunca la adiviné y la dejo a tu
disposición.
Yo me inicié poniendo la
manos sobre una pequeña caja cuadrada de la que
sobresalía una superficie curva. No sabía si aquella
materia era muy dura; pero no me atreví a hincarle
la uña. Tenía una canaleta suave, una parte un poco
áspera y cerca de uno de los bordes de la caja había
lunares... o granitos. Yo tuve una mala impresión y
saqué las manos. Él me preguntó:
—¿Pensaste en algo?
—Esto no me interesa.
—Por tu reacción veo que
has pensado alguna cosa.
—Pensé en los granitos
que cuando era niño veía en el lomo de unos sapos
muy grandes.
—¡Ah!, sigue.
Después me encontré con
un montón de algo como harina. Metí las manos con
gusto. Y él me dijo:
—Al borde del mostrador
hay un paño sujeto con una chinche para que después
te limpies las manos.
Y yo le contesté,
insidiosamente:
—Me gustaría que hubiera
playas de harina...
—Bueno, sigue.
Después encontré una
jaula que tenía forma de pagoda. La sacudí para ver
si tenía algún pájaro. Y en ese instante se produjo
un ligero resplandor; yo no sabía de dónde venía ni
de qué se trataba. Oí un paso de mi amigo y le
pregunté:
—¿Qué ocurre?
Y él a su vez me
preguntó:
—¿Qué te pasa?
—¿No viste un resplandor?
—Ah, no te preocupes.
Como las muchachas son poco para un túnel tan largo,
tienen que estar repartidas a mucha distancia;
entonces, con esta linterna cada una me avisa donde
está.
Me di vuelta y vi
encenderse varias veces el resplandor como si fuera
un bichito de luz. En ese instante mi amigo dijo:
—Espérame aquí.
Y al ir hacia la luz la
cubrió con su cuerpo. Entonces yo pensé que él iba
sembrando sus dedos en la oscuridad; después los
recogería de nuevo y todos se reunirían en la cara
de la muchacha.
De pronto le oí decir:
—Ya va la tercera vez que
te pones la primera, Julia.
Pero una voz tenue le
contestó:
—Yo no soy Julia.
En ese momento oí
acercarse los pasos de Alejandro y le pregunté:
—¿Qué tenía aquella
primera caja?
Tardó en decirme:
—Una cáscara de zapallo.
Me asusté al oír la voz
enojada de mi amigo:
—Sería conveniente que no
le preguntaras nada a Alejandro.
Yo pasé aquellas palabras
con un trago de saliva y puse las manos en el
mostrador. El resto de la sesión lo hicimos en
silencio. Los objetos que yo había reconocido,
estaban en este orden: una cáscara de zapallo, un
montón de harina, una jaula sin pájaro, unos
zapatitos de niño, un tomate, unos impertinentes,
una media de mujer, una máquina de escribir, un
huevo de gallina, una horquilla de primus, una
vejiga inflada, un libro abierto, un par de esposas
y una caja de botines conteniendo un pollo pelado.
Lamenté que Alejandro hubiera colocado el pollo como
último número, pues fue muy desagradable la
sensación al tantear su cuero frío y granulado.
Apenas salimos del túnel Alejandro me alumbró los
escalones que daban a la glorieta. Al llegar a la
luz de un corredor mi amigo me puso cariñosamente la
mano en el cuello como para decirme: "perdona mi
brusquedad de hoy", pero al mismo tiempo dio vuelta
la cabeza para otro lado como diciendo: "sin embargo
ahora estoy en otra cosa y tendré que seguir con
ella".
Antes de ir a su
habitación me hizo señas con el índice para que lo
siguiera; y después se llevó el mismo dedo a la boca
para pedirme silencio. En su pieza empezó a acomodar
los divanes de manera que cada uno mirara en sentido
contrario y nosotros no nos viéramos las caras. Él
fue descargando su cuerpo en un diván y yo en el
otro. Me entregué a mis pensamientos y me juré
internarme, todo lo posible, en aquel asunto.
Al rato me sorprendió la
voz más baja de mi amigo, diciéndome:
—Me gustaría que pasaras
todo el día de mañana aquí; pero siento tener que
ofrecértelo con una condición...
Yo esperé unos segundos y
le contesté:
—Si yo aceptara, tendría
que ser, también, con una condición...
Al principio él se rió, y
después dijo:
—Mira, cada uno apuntará
en un papel la condición. ¿Aceptas?
—Muy bien.
Yo saqué una tarjeta.
Después, como nuestras cabeceras estaban cerca, nos
alargamos los papeles sin mirarnos. El de mi amigo
decía: "Necesito andar solo, por la quinta, durante
todo el día." Y el mío: "Quisiera pasarlo encerrado
en una habitación." Él se volvió a reír. Después se
levantó y salió unos minutos. Al volver, dijo:
—Tu habitación estará
encima de ésta. Y ahora vamos a la mesa.
Allí encontré un
conocido: el pollo del túnel.
Al terminar la cena me
dijo:
—Te invito a oír el
cuarteto de don Claudio.
Me hizo gracia la
familiaridad con Debussy. Nos recostamos en los
divanes; y en una de las veces que fue a dar vuelta
un disco, se detuvo con él en la mano para decirme:
—Cuando estoy allí,
siento que me rozan ideas que van a otra parte.
El disco terminó y él
siguió diciendo:
—Yo he vivido cerca de
otras personas y me he guardado en la memoria
recuerdos que no me pertenecen.
Esa noche él no me dijo
nada más y cuando yo estuve solo en mi pieza, empecé
a pasearme por ella; me sentía en una excitación
dichosa y pensaba que el gran objeto del túnel era
mi amigo. Precisamente, en ese momento él subía
apresuradamente la escalera. Abrió la puerta, asomó
la cabeza con una sonrisa y me pidió:
—Tus pasos no me dejan
tranquilo; se oyen demasiado allá bajo...
—¡Oh, discúlpame!
Apenas se fue yo me saqué
los zapatos y me empecé a pasear en medias. Y él no
tardó en volver a subir:
—Ahora peor, querido. Tus
pasos parecen palpitaciones. Y he sentido otras
veces el corazón como si me anduviera un rengo en el
cuerpo.
—¡Ah! Cuánto te habrás
arrepentido de ofrecerme tu casa.
—Al contrario. Estaba
pensando que en adelante me disgustaría saber que
está vacía la habitación donde estuviste tú.
Yo le contesté con una
sonrisa artificial y él se fue enseguida.
Me dormí pronto pero me
desperté al rato. Había relámpagos y truenos
lejanos. Me levanté pisando despacio y fui a abrir
la ventana y a mirar la luz blancuzca de un cielo
que quería echarse encima de la casa con sus nubes
carnosas. Y de pronto vi sobre un camino un hombre
agachado buscando algo entre plantas rastreras.
Pasados unos instantes dio unos pasos de costado,
sin levantarse y yo decidí ir a avisarle a mi amigo.
La escalera crujía y yo tenía miedo de que él se
despertara y creyera que era yo el ladrón. La puerta
de su cuarto estaba abierta y su cama vacía. Cuando
volví arriba no vi al hombre. Me acosté y volví a
dormir. Al otro día, mientras bajé a lavarme, el
sirviente me subió el servicio del mate; y mientras
lo tomaba, recordé lo que había soñado: Mi amigo y
yo estábamos parados frente a una tumba; y él me
dijo: "¿Sabes quién yace aquí? El pollo en su caja."
Nosotros no teníamos ningún sentimiento de muerte.
Aquella tumba era como una heladera que imitara
graciosamente a un sepulcro y nosotros sabíamos que
allí se alojaban todos los muertos que después
comeríamos.
Recordaba esto, miraba la
quinta a través de cortinas amarillentas y tomaba
mate. De pronto vi a mi amigo cruzar un sendero y
sin querer hice un gesto de espía. Después me decidí
a no mirarlo; y al pensar que él no me oía empecé a
caminar por la habitación. En una de las veces que
llegué hasta la ventana vi que mi amigo iba hacia la
cochera; creí que fuera al túnel y me llené de
sospechas; pero después él dobló para un lugar donde
había ropa tendida y puso una mano abierta en medio
de una sábana que yo supuse húmeda.
Nos vimos únicamente a la
hora de la cena. Él me decía:
—Cuando estoy en el bazar
deseo este día; y aquí sufro aburrimientos y
tristezas horribles. Pero necesito de la soledad y
de no ver ningún ser humano. ¡Oh, perdóname!...
Entonces yo le dije:
—Anoche deben haber
andado perros por la quinta... esta mañana vi
violetas tiradas en un camino.
Él sonrió:
—Fui yo; me gusta
buscarlas entre las hojas un poco antes del amanecer
—entonces me miró con una nueva sonrisa y me dijo:
—Había dejado la puerta
abierta, y al volver la encontré cerrada.
Yo también me sonreí:
—Temí que fuera un ladrón
y bajé a avisarte.
Esa noche regresamos al
centro y él se sentía bien.
El sábado siguiente
estábamos en el mirador y de pronto vi venir hacia
mí a una de las muchachas. Creí que me quería decir
un secreto y puse la cabeza de costado; entonces la
muchacha me dio un beso en la cara. Aquello parecía
algo previsto y mi amigo dijo:
—¿Qué es eso?
Y la muchacha le
contestó:
—Ahora no estamos en el
túnel.
—Pero estamos en mi casa
—dijo él.
Ya habían llegado las
otras muchachas; nos dijeron que estaban jugando a
las prendas y aquel beso era un castigo. Yo, para
disimular, dije:
—¡Otra vez no den
castigos tan graves!
Y una muchacha pequeña me
contestó:
—¡Ese castigo lo hubiera
deseado para mí!
Todo terminó bien; pero
mi amigo quedó contrariado.
A la hora de costumbre
entramos en el túnel. Yo volví a encontrar la
cáscara de zapallo; pero ya mi amigo le había pegado
una etiqueta para que la sacaran del mostrador.
Después empecé a tocar una gran masa de material
arenoso. Aquello no me interesó; me distraje
pensando que pronto se encendería la luz de la
primera mujer; pero mis manos seguían distraídas en
la masa. Después toqué unos géneros con flecos y de
pronto me di cuenta de que eran guantes. Me quedé
pensando en el significado que eso tenía para las
manos y en que se trataba de una sorpresa para ellas
y no para mí. Mientras tocaba un vidrio se me
ocurrió que las manos querían probarse los guantes.
Me dispuse a hacerlo; pero me detuve de nuevo; yo
parecía un padre que no quisiera consentirle a sus
hijas todos los caprichos. Y enseguida me empezó a
crecer otra sospecha. Mi amigo estaba demasiado
adelantado en aquel mundo de las manos. Tal vez él
les habría hecho desarrollar inclinaciones que les
permitieron vivir una vida demasiado independiente.
Pensé en la harina que con tanto gusto mis manos
habían tocado en la sesión anterior y me dije: "a
las manos les gusta la harina cruda". Entonces hice
lo posible por dejar esa idea y volví al vidrio que
había tocado antes; detrás tenía un soporte.
¿Aquello sería un retrato? ¿Y cómo podía saberse?
También podría ser un espejo... Peor todavía. Me
encontraba con la imaginación engañada y con cierta
burla de la oscuridad. Casi enseguida vi el
resplandor de la primera muchacha. Y no sé por qué,
en ese instante, pensé en la masa de material que
toqué al principio y comprendí que era la cabeza del
león. Mi amigo le estaba diciendo a una muchacha:
—¿Qué es esto? ¿Una
cabeza de muñeca?... ¿un perro?... ¿una gallina?
—No —le contestaron—; es
una de aquellas flores amarillas que...
Él la interrumpió:
—¿Ya no les he dicho que
no traigan nada?...
La muchacha dijo:
—¡Estúpido!
—¿Cómo? ¿Quién eres tú?
—Yo soy Julia —dijo una
voz decidida.
—Nunca más traigas nada
en las manos —contestó débilmente mi amigo.
Cuando él volvió al
mostrador, me dijo:
—Me gusta saber que entre
esta oscuridad hay una flor amarilla.
En ese momento sentí que
me rozaban el saco y mi primer pensamiento fue para
los guantes y como si ellos pudieran andar solos.
Pero casi simultáneamente pensé en alguna persona.
Entonces le dije a mi amigo:
—Alguien me ha rozado el
saco.
—Absolutamente imposible.
Es una alucinación tuya. ¡Suele ocurrir eso en el
túnel!
Y cuando menos lo
esperábamos oímos un viento tremendo. Mi amigo
gritó:
—¿Qué es eso?
Lo curioso era que oíamos
el viento pero no lo sentíamos en las manos ni en la
cara. Entonces Alejandro dijo:
—Es una máquina para
imitar el viento que me prestó el utilero de un
teatro.
—Muy bien —dijo mi
amigo—, pero eso no es para las manos...
Se quedó callado unos
instantes y de pronto preguntó:
—¿Quién hizo andar la
máquina?
—La primera muchacha: fue
para allá después que usted la tocó.
—¡Ah! —dije yo—, ¿viste?
Fue ella quien me rozó.
Esa misma noche, mientras
cambiaba los discos, me dijo:
—Hoy tuve mucho placer.
Confundía los objetos, pensaba en otros distintos y
tenía recuerdos inesperados. Apenas empecé a mover
el cuerpo en la oscuridad me pareció que iba a
tropezar con algo raro, que mi cuerpo empezaría a
vivir de otra manera y que mi cabeza estaba a punto
de comprender algo importante. Y de pronto, cuando
había dejado un objeto y mi cuerpo se dio vuelta
para ir a tocar una cara, descubrí quién me había
estafado en un negocio.
Yo fui a mi cuarto y
antes de dormir pensé en unos guantes de gamuza
apenas abultados por unas manos de mujer. Después yo
sacaría los guantes como si desnudara las manos.
Pero mientras pasaba al sueño los guantes iban
siendo cáscaras de bananas. Y ya haría mucho rato
que estaba dormido cuando sentí que unas manos me
tocaban la cara. Me desperté gritando, estuve unos
instantes flotando en la oscuridad y por fin me di
cuenta que había tenido una pesadilla. Mi amigo
subió corriendo la escalera y me preguntó:
—¿Qué te pasa?
Yo le empecé a decir:
—Tuve un sueño...
Pero me detuve; no quise
contarle el sueño porque temí que pudiera
ocurrírsele tocarme la cara. Él se fue enseguida y
yo me quedé despierto; pero al poco rato oí abrir
despacito la puerta y grité con voz descompuesta:
—¿Quién es?
Y en ese mismo instante
oí pezuñas que bajaban la escalera. Cuando mi amigo
subió de nuevo le dije que él había dejado la puerta
abierta y que había entrado un perro. Él empezó a
bajar la escalera.
El sábado siguiente,
apenas habíamos entrado al túnel, se sintieron unos
quejidos mimosos y yo pensé en un perrito. Alguna de
las muchachas se empezó a reír y enseguida nos
reímos todos. Mi amigo se enojó mucho y dijo
palabras desagradables; todos nos callamos
inmediatamente; pero en un intervalo que se produjo
entre las palabras de mi amigo, se oyeron con más
fuerza los quejidos del perrito y todos nos volvimos
a reír. Entonces mi amigo gritó:
—¡Váyanse todos! ¡Afuera!
¡Que salgan todos!
Los que estábamos cerca
le oímos jadear; y enseguida, con voz más débil, y
como escondiendo la cara en la oscuridad, le oímos
decir:
—Menos Julia.
A mí se me ocurrió algo
que no pude dejar de hacer: quedarme en el túnel. Mi
amigo esperó que salieran todos. Después, desde
lejos, Julia empezó a hacer señales con su linterna.
La luz aparecía a intervalos regulares, como la de
un faro, mi amigo caminaba pisando fuerte y yo
trataba de hacer coincidir el ruido de mis pasos con
los de él. Cuando estuve cerca de Julia, ella decía:
—¿Usted recuerda otras
caras cuando toca la mía?
Él hizo zumbar un rato la
"s" antes de decir "sí". Y enseguida agregó:
—...es decir... Ahora
pienso en una vienesa que estaba en París.
—¿Era amiga suya?
—Yo era amigo del esposo.
Pero una vez a él lo tiró un caballo de madera...
—¿Usted habla en serio?
—Te explicaré. Resulta
que él era débil y una tía rica que vivía en
provincias le pedía que hiciera gimnasia. Ella lo
había criado. Él le enviaba fotografías vestido en
traje de deportes; pero nunca hacía otra cosa que
leer. Al poco tiempo de casado quiso sacarse una
fotografía montado a caballo. Él estaba muy
orgulloso con su sombrero de alas anchas; pero el
caballo era de madera carcomida por la polilla; de
pronto se le rompió una pata, y enseguida se cayó el
jinete y se rompió un brazo.
Julia se rió un poco y él
siguió:
—Entonces, con ese
motivo, fui a la casa y conocí a la señora... Al
principio ella me hablaba con una sonrisa burlona.
El marido estaba con el brazo colgado y rodeado de
visitas. Ella le trajo caldo y él dijo que estando
así no tenía ningún apetito. Todas las visitas
dijeron que realmente ocurría eso cuando se estaba
así. Yo pensé que todos los concurrentes habían
tenido fracturas y me los imaginé en la penumbra que
había en aquella pieza con piernas y brazos de
blanco y abultados por la vendas.
(Cuando menos lo
esperábamos volvimos a oír los gemidos del perrito y
Julia se rió. Yo temí que mi amigo lo fuera a buscar
y tropezara conmigo. Pero a los pocos instantes
siguió el relato.)
—Cuando él pudo
levantarse caminaba despacio y con el brazo en
cabestrillo. Visto de atrás, con una manga del saco
puesta y la otra no, parecía que llevara un
organillo y adivinara la suerte. Él me invitó a ir
al sótano para traer una botella del mejor vino. La
señora no quiso que fuera solo. Adelante iba él,
llevaba una vela; la llama quemaba las telas y las
arañas huían; detrás iba ella, y después iba yo...
Mi amigo se detuvo y
Julia le preguntó:
—Usted dijo hace unos
instantes que esa señora, al principio, tenía para
usted una risa burlona. ¿Y después?
Mi amigo empezó a
incomodarse:
—No era burlona solamente
conmigo; ¡yo no dije eso!
—Usted dijo que era así
al principio.
—Bueno... y después
siguió como al principio.
El perrito gimió y Julia
dijo:
—No crea que eso me
preocupa; pero... me ha dejado la cara ardiendo.
Oí arrastrar el
reclinatorio y los pasos de ellos al salir y cerrar
la puerta. Entonces yo corrí y me apresuré a golpear
la puerta con los puños y con un pie. Mi amigo abrió
y preguntó:
—¿Quién es?
Yo le contesté y él
tartamudeó para decirme:
—No quiero que vengas
nunca más al túnel...
Iba a agregar algo, pero
prefirió irse.
Esa noche yo tomé el
ómnibus con las muchachas y Alejandro; ellos iban
adelante y yo detrás. Ninguno de ellos me miraba y
yo viajaba como un traicionero.
A los pocos días mi amigo
vino a mi casa; era de noche y yo ya me había
acostado. Él me pidió disculpas por hacerme levantar
y por lo que me había dicho a la salida del túnel. A
pesar de mi alegría, él estaba preocupado. Y de
pronto me dijo:
—Hoy fue al bazar el
padre de Julia: no quiere que le toque más la cara a
la hija; pero me insinuó que él no me diría nada si
hubiera compromiso. Yo miré a Julia y en ese momento
ella tenía los ojos bajos y se estaba raspando el
barniz de una uña. Entonces me di cuenta que la
quería.
—Mejor —le contesté yo—.
¿Y no te puedes casar con ella?
—No. Ella no quiere que
toque más caras en el túnel.
Mi amigo estaba sentado con los codos apoyados en
las rodillas y de pronto escondió la cara; en ese
instante me pareció tan pequeña como la de un
cordero. Yo le fui a poner mi mano en un hombro y
sin querer toqué su cabeza crespa. Entonces pensé
que había rozado un objeto del túnel.
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