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SAKI

Hector Hugh Munro
quien usaba el pseudónimo literario de Saki (1870 /
1916), fue un notable cuentista, novelista y dramaturgo
británico. Sus agudos y en ocasiones macabros cuentos
recrearon irónicamente la sociedad y la cultura
victorianas en que vivió.
El
nombre "Saki" se ha relacionado a menudo con el del copero que
aparece en el "Rubáiyat" de Omar Khayyam. Pero puede también
referirse a un primate sudamericano de larga cola con el mismo
nombre, personaje central de su relato The Remoulding of Groby
Lington, que oculta un trasfondo equívoco bajo una apariencia
decente. Este relato es el único de Saki que se abre con una cita:
"Se conoce a un hombre por las compañías que frecuenta", y juega
con la idea que el hombre llega a parecerse a sus propias
mascotas.
H.
H. Munro nació en Akyab, Birmania. Era hijo de Charles Augustus
Munro, inspector general de la policía birmana, cuando este país
pertenecía aún al Imperio Británico. Su madre, de soltera Mary
Frances Mercer, murió en 1872, corneada por una vaca. Este
incidente pudo tener influencia en sus relatos. Su niñez se
trastocaría al ser después trasladado a Inglaterra con unos
parientes puritanos de personalidad severa e intransigente, la
convivencia con los cuales amargaría para siempre su carácter.
Algún indicio de esto se observa en su famoso relato Sredni
Vashtar. En 1893, siguiendo el ejemplo de su padre, ingresó en
la policía birmana; pero tres años más tarde su mala salud le
obligó a regresar a Inglaterra. Después de su muerte, su hermana
Ethel destruyó la mayor parte de sus papeles, redactando
seguidamente su versión particular de la historia familiar. H. H.
Munro nunca contrajo matrimonio.
Saki es considerado un maestro del relato corto, sus personajes
están finamente dibujados en elegantes tramas. Quizá sea La
ventana abierta (The Open Door) su cuento más famoso;
su última frase: "Las fabulaciones improvisadas eran su
especialidad" se ha hecho célebre. Saki escribió también algunos
dramas, una novela corta, El insoportable Bassington (The
Unbearable Bassington) (1912); y dos novelas satíricas: The
Westminster Alice (1902, parodia de "Alicia en el país de las
maravillas"), y Al llegar Guillermo" (When William Came)
(1914).
Saki describió incomparablemente a sus contemporáneos de la clase
media victoriana, tan estrictos en sus maneras y amantes de
absurdas fórmulas y rutinas. Su sentido del humor, cáustico e
irónico, era muy apreciado por Jorge Luis Borges, quien lo situaba
al lado de Kipling y Thackeray, como uno de los ingleses ilustres
nacidos en Oriente. En el prólogo a la edición de los relatos de
Saki perteneciente a la colección borgiana “La Biblioteca de
Babel”, escribió sobre él: “Con una suerte de pudor, Saki da un
tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel.
Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede
recordar las deliciosas comedias de Wilde.”
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—Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel —dijo con
mucho aplomo una señorita de quince años—; mientras
tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que
halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar
debidamente en cuenta a la tía que estaba por
llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas
formales a personas totalmente desconocidas fuera de
alguna utilidad para la cura de reposo que se había
propuesto.
—Sé lo que ocurrirá —le había dicho su hermana
cuando se disponía a emigrar a este retiro rural—:
te encerrarás ni bien llegues y no hablarás con
nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a
la depresión. Por eso te daré cartas de presentación
para todas las personas que conocí allá. Algunas,
por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama
a quien había entregado una de las cartas de
presentación, podía ser clasificada entre las
simpáticas.
—¿Conoce a muchas personas aquí? —preguntó la
sobrina, cuando consideró que ya había habido entre
ellos suficiente comunicación silenciosa.
—Casi nadie —dijo Framton—. Mi hermana estuvo aquí,
en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio
cartas de presentación para algunas personas del
lugar.
Hizo esta última declaración en un tono que denotaba
claramente un sentimiento de pesar.
—Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi
tía —prosiguió la aplomada señorita.
—Sólo su nombre y su dirección —admitió el
visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton
estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el
ambiente sugería la presencia masculina.
—Su gran tragedia ocurrió hace tres años —dijo la
niña—; es decir, después de que se fue su hermana.
—¿Su tragedia? —preguntó Framton; en esta apacible
campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.
—Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana
abierta de par en par en una tarde de octubre —dijo
la sobrina señalando una gran ventana que daba al
jardín.
—Hace bastante calor para esta época del año —dijo
Framton— pero ¿qué relación tiene esa ventana con la
tragedia?
—Por esa ventana, hace exactamente tres años, su
marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar
por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo
para llegar al terreno donde solían cazar quedaron
atrapados en un ciénaga traicionera. Ocurrió durante
ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los
terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin
que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron
sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del relato la voz de la niña perdió
ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.
—Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día,
ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que
entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal
razón la ventana queda abierta hasta que ya es de
noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me
habrá contado cómo salieron, su marido con el
impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano
menor, cantando como de costumbre "¿Bertie, por qué
saltas?", porque sabía que esa canción la irritaba
especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes
tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de
que todos ellos volverán a entrar por la ventana...
La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton
cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil
disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
—Espero que Vera haya sabido entretenerlo —dijo.
—Me ha contado cosas muy interesantes —respondió
Framton.
—Espero que no le moleste la ventana abierta —dijo
la señora Sappleton con animación—; mi marido y mis
hermanos están cazando y volverán aquí directamente,
y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero
pensar en el estado en que dejarán mis pobres
alfombras después de haber andado cazando por la
ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres, ¿no es
verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y
de que ya no abundan las aves, y acerca de las
perspectivas que había de cazar patos en invierno.
Para Framton, todo eso resultaba sencillamente
horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a
medias exitoso, de desviar la conversación a un tema
menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona
no le otorgaba su entera atención, y su mirada se
extraviaba constantemente en dirección a la ventana
abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada
coincidencia venir de visita el día del trágico
aniversario.
—Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme
completo reposo. Me han prohibido toda clase de
agitación mental y de ejercicios físicos violentos
—anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante
difundida de suponer que personas totalmente
desconocidas y relaciones casuales están ávidas de
conocer los más íntimos detalles de nuestras
dolencias y enfermedades, su causa y su remedio—.
Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
—¿No? —dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo
a último momento. Súbitamente su expresión revelaba
la atención más viva... pero no estaba dirigida a lo
que Framton estaba diciendo.
—¡Por fin llegan! —exclamó—. Justo a tiempo para el
té, y parece que se hubieran embarrado hasta los
ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la
sobrina con una mirada que intentaba comunicar su
compasiva comprensión. La niña tenía puesta la
mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de
horror. Presa de un terror desconocido que helaba
sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en
la misma dirección.
En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el
jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una
llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas
soportaba la carga adicional de un abrigo blanco
puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado
spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron
a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que
cantaba: "¿Dime Bertie, por qué saltas?"
Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la
puerta de entrada, el sendero de grava y el portón,
fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva
retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que
hacerse a un lado para evitar un choque inminente.
—Aquí estamos, querida —dijo el portador del
impermeable blanco entrando por la ventana—:
bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese
hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
—Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel —dijo la
señora Sappleton—; no hablaba de otra cosa que de
sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse
ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera
diría que había visto un fantasma.
—Supongo que ha sido a causa del spaniel —dijo
tranquilamente la sobrina—; me contó que los perros
le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría
de perros parias hasta un cementerio cerca del
Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba
recién cavada, con esas bestias que gruñían y
mostraban los colmillos y echaban espuma encima de
él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
Las fabulaciones improvisadas eran su especialidad.
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