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RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

Raúl González Tuñón
(1905 / 1974) nació y murió en Buenos Aires. Fue uno de
los más importantes poetas argentinos del siglo XX. “Amigo
de las gentes, de las mujeres amantes y del vino, una
suerte de François Villon criollo, cantor de las tabernas,
las grandes fiestas y duelos e insurrecciones populares”,
según lo definió Pedro Orgambide.
En 1922
publica sus primeros poemas en las revistas Caras y Caretas
e Inicial. En 1923 participa en la redacción de Proa,
la revista que dirige Ricardo Güiraldes, y colabora en el
periódico Martín Fierro. Viaja por el interior del país y
en 1929 por primera vez a Europa. Dos años después a Brasil, y en
1932 al Chaco paraguayo, en el avión del diario Crítica,
como corresponsal de guerra. Vuela a la Patagonia y se instala en
Río Gallegos. En 1933 funda la revista Contra. Lo detienen
y procesan por incitación a la rebelión. En 1934 viaja a España y
se radica en Madrid, donde traba amistad con García Lorca, Neruda
y Miguel Hernández. En 1935 vuela a Buenos Aires y dos años más
tarde está otra vez en España, durante la defensa de Madrid. Vive
en Chile. Viaja por Europa, va a la Unión Soviética y a China.
Con El
violín del diablo (1926) y Miércoles de ceniza (1928)
trae Tuñón a la poesía argentina el desenfado y la picardía de los
muchachos de los puertos, de los vagos y mal entretenidos que
deambulaban por el viejo Paseo de Julio. Es un reconocimiento
apasionado no sólo de la gente sino de los escenarios poco
prestigiosos de la ciudad durante los años '20. Es en el puerto,
en los suburbios, en el conventillo que encuentra los motivos de
sus poemas. Todo es motivo de canto para el poeta que, por encargo
de su novia, escribe Poema para la Virgencita del Teatro
Cervantes. En este primer período, la poesía de Tuñón une a lo
descriptivo la imagen insólita, la pirueta, un pase de
prestidigitador. En otros poemas, El séptimo cielo, por
ejemplo, utiliza la palabra en función de onomatopeya, de dibujo
verbal. Es lo que se advierte también en Poema de la Cenicienta
Ciudadana, donde los nombres ingleses de los artistas de cine
o de su máquina de escribir, sirven de rima y música interna al
poema.
En La
Calle del Agujero en la Media (1930) el verso libre, de amplio
período, suplanta la cadenciosa, rítmica primera manera del poeta.
Ahora, el discurso poético se distiende, se abre para incorporar
lo sensorial en infinitos detalles, para registrar pequeñas
anécdotas que tienen la brevedad de una instantánea. Este cambio
de lenguaje corresponde al cambio de escenario: ya no es Buenos
Aires sino París. Como constante, queda su observación de lo
cotidiano, su mirar en las vidrieras y en los ojos fraternales:
los de un saxofonista, los de un vendedor de globos, los de las
chicas del music hall, los de Blanca Luz que está lejos, los del
organista de la iglesia de San Suplicio.
En El
otro lado de la estrella y Todos bailan, poemas de
Juancito Caminador, ambos publicados en 1934, Raúl González Tuñón
continúa esta segunda manera de su poesía: el verso amplio que
llega a fundirse con la prosa. De ese tiempo es la serie de Blues
y su memorable poema Lluvia, dedicado a Amparo Mom. Seguro
de su oficio, canta ahora no sólo al amor y la vida vagabunda,
sino a los hombres dispuestos a una actitud de solidaridad y al
combate. Su registro de los años '30: el clima de preguerra
europeo, el apogeo del jazz, los gangsters de EE.UU. (Los seis
hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo) preparan ya el
advenimiento de la poesía política de González Tuñón.
"Fue el
primero que blindó la rosa", dijo Pablo Neruda. En 1936 aparece
La rosa blindada. Puede señalarse este momento como el del
tercer período poético de González Tuñón. En él se integran y se
complementan sus dos maneras anteriores. Fiel al recuerdo de su
abuelo Manuel Tuñón (obrero nacido en Mieres que lleva a su nieto
a una manifestación socialista), fiel también a la poesía
española, a los romances y coplas populares, González Tuñón
enriquece la suya tanto en su tema como en su lenguaje. La
Libertaria, El tren blindado de Mieres, La copla al
servicio de la revolución, Cuidado, que viene el Tercio,
La muerte derramada, El pequeño cementerio fusilado
son algunos poemas de aquel tiempo, en los que, a partir de un
tema heroico, la poesía se expresa tanto en verso rimado como en
largos períodos de verso libre y prosa. En Las puertas de fuego
(1923) y La Muerte en Madrid (1939) el mismo tema y
procedimiento se reiteran con acierto.
No ocurrió
lo mismo en parte de su producción posterior, donde a veces lo
contingente, lo aleatorio, el compromiso de circunstancia, restó
fuerza a su poesía. No obstante, se advierte en sus últimos poemas
un feliz regreso a sus orígenes, al poeta vagabundo, a su
admirable Juancito Caminador, aquel que dijo: "Traigo la palabra y
el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente, lo cual
quiere decir que yo trabajo con toda la realidad."
Además de
su labor poética, Raúl González Tuñón escribió varias obras de
teatro: El descosido, La cueva caliente y, en
colaboración con el poeta Nicolás Olivari, Dan tres vueltas y
se van.
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ECHE VEINTE CENTAVOS
EN LA RANURA
(de El violín del diablo)
A pesar de la sala sucia
y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
II
Lamparillas de la
Kermesse,
títeres y titiriteros,
volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool o de Suez.
III
Teatrillos de utilería.
Detrás de esos turbios cristales
hay una sala sombría.
Paraísos artificiales.
IV
Cien lucecitas.
Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refrescos.
Pero sobre todo mujeres
para hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.
No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani,
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-trálala
ritma en tu viejo corazón.
Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
De vida miliunanochesca…
V
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire…
Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo…
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!
VI
Y no se inmute, amigo,
la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
ALMACÉN
Las viejas cuerdas
de la guitarra honda o gemidora del
arrabal
sonaban.
Y junto al murallón en la calle más larga
y cargada de crónicas antiguas
—con olor a la hoja del último atentado—
cantaban los deseos de una moza
en la tristeza alegre y estirada de un tango.
Desde mi banco de
almacén,
destrozaron pedazos de crepúsculos
las manos de mi alma.
El mozo aquel de la
florcita roja
—con la oreja manchada de sangre—
requintado el sombrero y el espíritu
Era un reclamo de cortes y quebradas.
Me intimó a que bebiera.
Para no contrariarlo
me endulcé de una caña
amarga
como un cimarrón sin bombilla.
Y como no quería que se
entrara
hasta mis pensamientos el camarada aquel
yo lo hice orilla
y estuve bordeando su silencio.
Bebimos más. De golpe
yo me salí a la noche
llevándome un pedazo de arrabal
inofensivo y trágico en los ojos.
EL CABALLO MUERTO
(de El violín del diablo)
Medianoche. Sobre las
piedras
de la calzada, hay un caballo muerto.
Aún faltan cinco horas
para que venga el carro de "La Única"
y se lo lleve. Ese caballo viejo,
hedoroso de sangre coagulada,
ese pobre vencido, fue un obrero.
Un hermano del pájaro.
Un hermano del perro.
Fue el hermano caballo, que anduvo bajo el sol,
que anduvo bajo el agua,
que anduvo entre los vientos,
tirando de los carros,
con los ojos cubiertos.
Fue el hermano caballo. Ninguno irá a su entierro.
LA CALLE DEL AGUJERO
EN LA MEDIA
(de La calle del agujero en la media)
Yo conozco una calle que
hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada
sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era el hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes
pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verdura con colores alegres?
Yo conozco una calle de
una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas con una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de sol.
Yo conozco una calle que
hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Sólo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un
puerto.
Decir: Yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.
LA LIBERTARIA
(de La rosa blindada)
A la memoria de Aída
Lafuente,
muerta en la cuenca minera de
Asturias, Madrid, 1935
Estaba toda manchada de
sangre,
estaba toda matando a los guardias,
estaba toda manchada de barro,
estaba toda manchada de cielo,
Estaba toda manchada de España.
Ven, catalán jornalero,
a su entierro,
ven, campesino andaluz, a su entierro,
ven a su entierro, yuntero extremeño,
ven a su entierro, pescador gallego,
ven, leñador vizcaíno, a su entierro,
ven, labrador castellano a su entierro,
no dejéis solo al minero asturiano.
Ven, porque estaba
manchada de España,
ven, porque era la novia de Octubre,
ven, porque era la rosa de Octubre,
ven, porque era la novia de España.
No dejéis sola su tumba
del campo
donde se mezclan el carbón y la sangre,
florezca siempre la flor de su sangre
sobre su cuerpo vestido de rojo,
no dejéis sola su tumba del aire.
Cuando desfilan los
guardias de asalto,
cuando el obispo revista las tropas,
cuando el verdugo tortura al minero,
Ella, agitando su túnica roja,
quiere salir de la tumba del viento,
quiere salir y llamaros hermanos
y renovaros valor y esperanza
y recordaros la fecha de Octubre
cuando caían las frutas de acero
y estaba toda manchada de España
y estaba toda la novia de Octubre
y estaba toda la rosa de Octubre
y estaba toda la madre de España.
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