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LAS MIL Y UNA NOCHES

Las
mil y una
noches
es una recopilación de historias del medio oriente
medieval recogidas de la tradición oral, de modo
que la autoría corresponde atribuirla a la
civilización árabe.
El compilador y traductor al
arábigo parece haber sido Abu abd-Allah Muhammed
el Gahshigar y se habría originado en 850. El núcleo de estas
historias está formado por un antiguo libro persa
llamado Hazâr Afsâna (Los
mil mitos).
Es una de las grandes obras de la
literatura de todos los tiempos y la más
importante de las letras árabes. Sin embargo,
muchas de las historias, en rigor, no son árabes
sino indias o persas, y hasta puede adivinarse la
influencia de la Odisea en la historia de Simbad.
“Mil y una” parece ser una
representación de “infinitas”, al punto de que
circulaba el mito de que quien las leyera todas
caería en la locura.
La primera compilación moderna en
árabe, a partir de escritos egipcios, fue
publicada en El Cairo recién en 1835. Es posterior
en más de un siglo a la primera versión
occidental.
En resumen, el hilo conductor del
relato consiste en las sucesivas historias (1001),
relatadas por Shahrazad (hija del visir y doncella
entregada al rey Shariar), para evitar ser
ejecutada por decisión del mismo monarca.
Shariar ha tomado la medida de
sacrificar a todas las vírgenes que posee. Se
trata de una venganza urdida a causa del engaño
perpetrado por su propia esposa durante una
ausencia de él. Esto despierta en el rey la
convicción de que la infidelidad está en la
naturaleza de la mujer.
Shahrazad se convierte así en la
redentora de la mujer musulmana salvándola de su
triste destino en base a ese pequeño gran ardid
que burla la decisión del rey.
En el transcurso de los seductores
relatos, Sharahzad y Shariar terminan siendo
padres de tres hijos y la muchacha obtiene la
gracia de la superviviencia por parte del rey para
vivir dedicada a sus hijos. Finalmente viven muy
felices todos juntos.
El imaginario árabe, instintivo y
exquisito, transita crudamente y sin eufemismo los
relatos, llamando a las cosas por su nombre y no
haciendo licenciosa la expresión natural. Esa
crudeza recorre mil y una historias maravillosas
plagadas de erotismo, genios, magos, animales
fantásticos, sueños y encantamientos.
A veces un personaje comienza a
contar otra historia, y esa historia puede tener
otra en su interior, lo que subraya aún más la
textura fantástica de las Noches. En la
noche 602, el rey Shahriar oye de boca de la reina
la narración de su propia historia: prodigio de
astucia narrativa que es tal vez la culminación de
la obra.
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HISTORIA DE ALÍ BABÁ Y
LOS CUARENTA LADRONES
Recuerdo, ¡oh rey
afortunado!, que en tiempos muy lejanos, en los días
del pasado, ya ido, y en una ciudad entre las ciudades
de Persia, vivían dos hermanos; uno se llamaba Kasín y
el otro Alí Babá. ¡Exaltado sea aquel ante quien se
borran todos los nombres, sobrenombres y renombres; el
que ve las almas al desnudo y las conciencias en toda
su profundidad, el Altísimo, el dueño de todos los
destinos! Cuando el padre de Kasín y de Alí Babá, que
era un hombre del común, murió en la misericordia de
su señor, los dos hermanos se repartieron
equitativamente lo poco que les dejó en herencia,
tardando poco en consumir tan mezquino caudal y
encontrándose, de la noche a la mañana, con las caras
largas y sin pan ni queso. He aquí lo que suele
ocurrirles a los que viven descuidados en la edad
temprana, olvidando los consejos de los sabios. El
mayor, que era Kasín, viéndose en trance de secarse
dentro de su pellejo y morir de inanición, se puso a
la búsqueda de una situación lucrativa, y como era
avisado y astuto, no tardó en dar con una casamentera
o entremetida, ¡alejado sea el maligno! quien, le casó
con una adolescente que tenía buena mesa y muy buena
plata; en todo y por todo, un excelente partido.
¡Alabado sea el Retribuidor! De esta manera, además de
una apetecible esposa, el joven tuvo una tienda bien
abastecida en el centro del mercado. Tal era su
destino, marcado en su frente desde su nacimiento, y
así se cumplió.
En cuanto al segundo, que
era Alí Babá, como no era ambicioso sino más bien
modesto, capaz de contentarse con muy poco, se hizo
leñador y llevó una vida de laboriosidad y pobreza,
pero, a pesar de todo, supo vivir con tanta economía,
gracias a las lecciones de la dura experiencia, que
ahorró algún dinero, y lo empleó en comprar un asno,
después otro y más tarde un tercero. Todos los días
los llevaba al bosque y los cargaba con los troncos y
la leña que antes traía él sobre sus espaldas.
Habiendo llegado a ser propietario de tres asnos, Alí
Babá inspiraba tal confianza a las gentes de su
oficio, todos pobres leñadores, que uno de ellos se
consideró honrado ofreciéndole su hija en matrimonio.
Los asnos de Alí Babá fueros inscritos en el contrato,
ante el kadí y los testigos, como dote y ajuar de la
joven, que, por otra parte, no aportaba a la casa de
su esposo absolutamente nada, puesto que era muy
pobre. Mas la pobreza y la riqueza no son eternas;
pues sólo Alá es, el eterno viviente. Alí Babá tuvo de
su esposa dos hijas; bellas como lunas, que
glorificaban a su Creador. Él vivía modesta y
honestamente, junto con toda su familia, del producto
de la venta de la leña, y no pedía a su creador más
que aquella sencilla y feliz tranquilidad.
Un día en que Alí Babá
estaba en el bosque ocupado en abatir a hachazos un
árbol, el destino decidió modificar el sino del
leñador. Primero se oyó un ruido sordo que, aunque
lejano, se aproximaba rápidamente como un galope
acelerado y estruendoso. Alí Babá, hombre pacifico y
que detestaba las aventuras y complicaciones, se
asustó al encontrarse solo con sus tres asnos en medio
de aquella soledad. Su prudencia le aconsejó trepar
sin tardanza a la copa de un grueso árbol que se
elevaba en la cima de un pequeño montículo que
dominaba todo el bosque y así, oculto entre sus ramas,
pudo observar qué era lo que producía aquel estruendo.
¡Y bien que lo hizo! Pues divisó una tropa de
caballeros, armados hasta los dientes y que, al
galope, avanzaba hacia donde él se encontraba. Al ver
sus semblantes sombríos y sus barbas negras, que los
hacían semejantes a cuervos de presa, no dudó en
pensar que eran bandoleros, salteadores de caminos de
la peor especie. Girando estuvieron al pie del
montículo rocoso donde Alí Babá estaba escondido, a
una señal de su gigantesco jefe echaron pie en tierra,
desembridaron sus caballos y, colgando del cuello de
cada uno de los animales un saco de forraje que
llevaban sobre la grupa, los ataron a los árboles.
Después cogieron las alforjas y las cargaron sobre sus
propias espaldas y tan pesadas eran aquéllas, que los
bandidos caminaban encorvados bajo su peso. En buen
orden pasaron bajo Alí Babá, que así pudo fácilmente
contarlos y ver que eran cuarenta, ni uno más ni uno
menos.
En este momento de su
narración, Scherezade vio aparecer la mañana y se
calló discretamente.
Pero cuando llegó la 852
noche
Ella dijo:
Cargados de esta manera
llegaron, ante una gran roca que había al pie del
montículo y se pararon. El jefe, que era el que iba a
la cabeza, dejando un instante en el suelo su pesada
alforja se encaró con la roca y con voz retumbante,
dirigiéndose a alguien o algo que permanecía invisible
a todas las miradas, exclamó: "¡Sésamo, ábrete!". Al
momento la roca se entreabrió, y entonces el jefe se
apartó un poco para dejar pasar a sus hombres, y
cuando hubieron entrado todos, volvió a cargar su
alforja sobre sus espaldas, entrando él último, y
exclamando con voz autoritaria que no admitía réplica:
"¡Sésamo, ciérrate!" La roca se empotró en su sitio
como si el sortilegio del bandido nunca la hubiese
movido por medio de la fórmula mágica. Al ver todas
estas cosas, Alí Babá, maravillado, se dijo: "¡Con tal
que no me descubran usando su ciencia de la brujería,
me doy por contento!"; y se guardó mucho de hacer el
menor movimiento, a pesar de la gran inquietud que
sentía por el paradero de sus asnos, que continuaban
abandonados en medio del bosque. Los cuarenta
ladrones, después de una prolongada estancia en la
cueva en la que Alí Babá los había visto entrar,
dieron señal de su reaparición al oírse un ruido
subterráneo, parecido a un terremoto lejano. La roca
se abrió, dejando salir a los cuarenta hombres, con su
jefe a la cabeza, y llevando las alforjas vacías en la
mano. Cada uno de ellos se dirigió a su caballo, lo
embridó, y, después de colocar las alforjas en la
grupa, montaron sobre las sillas; pero antes de
partir, el jefe se volvió hacia la entrada de la
caverna, y, en voz alta, pronunció la fórmula:
"¡Sésamo, ciérrate!"; y las dos mitades de la roca se
juntaron sin dejar señal alguna de separación; y con
sus semblantes sombríos y sus barbas negras marcharon
por el mismo camino por el que habían venido.
En cuanto a Alí Babá, la
prudencia de que le había dotado Alá hizo que
permaneciese algún tiempo en su escondite, a pesar del
deseo que sentía de ir a recuperar sus asnos,
diciéndose: "Estos terribles bandoleros pueden haber
olvidado alguna cosa en su cueva, volver de improviso
sobre sus pasos y sorprenderme aquí. En tal supuesto,
Alí Babá vería lo que le cuesta a un pobre diablo como
él interponerse en el camino de Poderosos señores".
Habiendo reflexionado así, el leñador se contentó con
seguir con la mirada a los terribles caballeros hasta
que se perdieron de vista, dejando transcurrir un buen
rato después que hubieron desaparecido, hasta que
decidió bajar de su árbol con mil precauciones,
mirando a derecha e izquierda a medida que bajaba de
una rama a otra más baja, en tanto que el bosque se
encontraba en completo silencio.
Una vez en el suelo, avanzó
hacia la roca en cuestión, reteniendo la respiración y
de puntillas. Bien hubiese deseado entonces ir por sus
asnos y tranquilizarse respecto de su paradero, pues
eran toda su fortuna y el pan de sus hijos; pero una
enorme curiosidad acerca de todo lo que había visto y
oído desde lo alto del árbol le empujaba a acercarse a
aquella roca, y, por otra parte, estaba escrito que
había de ir irremediablemente al encuentro de aquella
aventura. Llegado ante la roca, el leñador la
inspeccionó de arriba abajo, y encontrándola lisa y
sin ranura alguna por la que pudiese meter una aguja,
se dijo: "¡Sin embargo, es por aquí por donde han
entrado los cuarenta ladrones, y con mis propios ojos
los he visto desaparecer en su interior! ¡Quién sabe
por qué motivo protegen esta caverna con talismanes de
esa clase!" Después pensó: "¡Por Alá! ¡He hecho bien
reteniendo la fórmula de apertura y cierre! Si ensayo
un poco las palabras mágicas, podré ver si hacen el
mismo efecto saliendo de mi boca!" Olvidando sus
antiguos temores, empujado por la fuerza del destino,
Alí Babá, el leñador, se dirigió a la roca, y dijo:
"¡Sésamo, ábrete!" Y aun cuando pudo ser que las
palabras mágicas fuesen pronunciadas con voz insegura,
la roca se separó y se abrió. Alí Babá, muy asustado,
hubiese querido volver la espalda y poner pies en
polvorosa, mas la fuerza de su destino le inmovilizó
ante la abertura y le empujó a mirar. En lugar de ver
el interior de una caverna tenebrosa, su asombro
creció aún más al ver que ante él se abría una gran
galería que conducía a una sala espaciosa y abovedada,
excavada en la misma roca y que recibía abundante luz
por medio de aberturas practicadas en lo más alto. No
habiendo visto nada que fuese aterrador, se decidió
avanzar y penetrar en aquel sitio, pronunciando al
mismo tiempo la fórmula propiciatoria: "¡En el nombre
de Alá, el Clemente, el Misericordioso!", lo que le
acabó de reanimar, por lo que, sin demasiados temores,
se encaminó hacia la sala abovedada, y al llegar a
ella notó que las dos mitades de la roca se unían sin
ruido, cerrando la salida por completo, lo cual no
dejó de inquietarle, pues, a pesar de todo, la
valentía y el coraje no eran su fuerte; mas pensó que
en cualquier caso podría hacer que, gracias a la
fórmula mágica todas las puertas se abriesen ante él;
y con toda tranquilidad se dedicó a observar cuanto se
ofrecía a su mirada. A lo largo de los muros vio pilas
de ricas mercaderías, que llegaban hasta la bóveda,
formadas por fardos de seda y brocado, sacos repletos
de provisiones de boca, grandes cofres llenos hasta
los bordes de monedas y lingotes de plata y otros
llenos de dinares de oro. Como si todos aquellos
cofres no fuesen suficientes para contener todas las
riquezas allí acumuladas, el suelo estaba hasta tal
punto cubierto de vasijas llenas de oro y joyas, que
el pie no sabía dónde posarse; temeroso de estropear
algún valioso objeto. El leñador, que en su vida había
visto el brillo del oro, se maravilló de todo lo que
veía. Al contemplar aquellos tesoros y riquezas. . .,
el menos valioso de ellos resultaría digno de adornar
el palacio de un rey..., pensó que debían de haber
pasado siglos desde que esa gruta empezara a servir de
depósito, al mismo tiempo que de refugio, a
generaciones de bandidos, hijos de bandidos,
descendientes de los bandoleros de Babilonia. Cuando
Alí Babá se recuperó en parte de su asombro, se dijo:
"¡Por Alá! Alí, he aquí que tu destino toma un aspecto
rosado y te lleva, junto con tus asnos y haces de
leña, en medio de un baño de oro que no se ha visto
desde los tiempos del rey Solimán y de Iskandar, el de
los cuernos. De repente aprendes fórmulas mágicas, te
sirves de sus virtudes y te haces abrir puertas de
piedra que dan acceso a cavernas fabulosas. ¡Oh
leñador insigne! Es una gran merced del Generoso que
de esta manera te conviertas en dueño de riquezas
acumuladas por generaciones de bandidos. Todo cuanto
ha sucedido ha sido para que de ahora en adelante te
pongas a cubierto, junto con tu familia, de
necesidades y privaciones, haciendo que el oro del
pillaje se use para un buen fin". Habiendo
tranquilizado su conciencia con este razonamiento, Alí
Babá, el pobre, cogió varios sacos de provisiones, los
vació de su contenido y los llenó de dinares y otras
monedas de oro, sin hacer caso alguno de la plata y
otros objetos de menor precio y, cargándolos uno a uno
sobre sus espaldas, los llevó hasta la entrada de la
caverna y dejándolos en el suelo, se dirigió a la
salida, y dijo: "¡Sésamo, ábrete!"; y al instante se
abrieron los dos batientes de la puerta de roca y Alí
Babá corrió a buscar sus asnos y los llevó hasta la
entrada de la cueva. Una vez que estuvieron ante ella,
los cargó con los sacos, que tuvo buen cuidado de
ocultar con haces de leña encima, y cuando acabó su
trabajo pronunció la fórmula de cierre, y al momento
las dos mitades de la roca se unieron. El leñador se
colocó ante sus asnos cargados de oro y los animó a
echar a andar con voz mesurada, sin atreverse a
abrumarlos con las maldíciones e injurias que
acostumbraba dirigirles de ordinario cuando retardaban
el paso. Sin embargo, esta vez no les aplicó tales
calificativos, y sólo porque llevaban sobre sus lomos
más oro del que había en las arcas del sultán.
En este momento de su
narración, Scherezade tuvo que detener su relato
porque vio aparecer la luz del día.
Pero cuando llegó la 853
noche
Ella dijo:
Y sin aguijonearlos tomó
con ellos el camino de la ciudad y, al llegar ante su
casa, como encontrase que las puertas estaban
cerradas, se dijo: "¿Y si ensayase sobre ellas el
poder de la fórmula mágica?"; y en voz alta exclamó:
"Sésamo, ábrete!"; al instante las puertas se abrieron
y Alí Babá, sin anunciar su llegada, penetró con sus
asnos en el pequeño corral de su casa, y volviéndose
hacia la puerta; dijo: "¡Sésamo, ciérrate!"; y la
puerta, girando sin ruido sobre sí misma, se cerró.
Así se convenció Alí Babá de que era poseedor de un
secreto incompa rable y de que estaba dotado de un
misterioso poder, cuya adquisición le había costado
tan sólo un pequeño susto, debido más que nada a los
semblantes amenazadores de los cuarenta ladrones y al
aspecto feroz de su jefe. Cuando la esposa de Alí Babá
vio los asnos en el corral y a su esposo
descargándolos, corrió hacia él batiendo palmas y
exclamando: "¡Oh marido! ¿Cómo abres las puertas que
yo misma he atrancado? ¡La protección de Alá para
todos nosotros! ¿Qué es lo que traes en este bendito
día en esos sacos tan pesados que jamás he visto en
nuestra casa?" Alí Babá, sin contestar a la primera
pregunta, respondió: "¡Oh mujer! Estos sacos nos
vienen de Alá, y debes ayudarme a llevarlos a casa en
lugar de atormentarme con preguntas sobre puertas". La
esposa del leñador, dominando su curiosidad, le ayudó
a cargar los sacos sobre sus espaldas y a llevarlos,
uno tras otro, al interior de la casa. Como ella los
palpase y notase que contenían monedas; pensó que
debían ser de cobre. Este descubrimiento, aunque
incompleto e inferior a la realidad, sumió su ánimo en
una gran inquietud, y terminó por creer que su esposo
se debía haber asociado con ladrones o gentes
parecidas, pues, si no, ¿cómo explicar la presencia de
aquellos sacos llenos de monedas? Cuando todos los
sacos estuvieron en el interior de la casa, la mujer
no pudo contenerse más y abrió uno de éstos, y al
hundir sus manos en él y comprobar el contenido,
exclamó: "¡Oh, que desgracia! ¡Estamos perdidos sin
remedio, nosotros y nuestros hijos!"
Al oír los gritos y
lamentaciones de su esposa, Alí Babá, indignado,
exclamó: "¡Maldita! ¿Por qué aúllas así? ¿Es que
quieres atraer sobre nuestras cabezas el castigo de
los ladrones?" Y ella dijo: "¡Oh hijo de mi tío! La
desgracia ha entrado en esta casa junto con esos sacos
de monedas, ¡Por mi vida, apresúrate a colocarlos
sobre los lomos de los asnos y a llevártelos lejos de
aquí, pues mi corazón no estará tranquilo mientras se
hallen en nuestra casa!" El marido respondió: "¡Alá
confunda a las mujeres desprovistas de juicio! Bien
veo, hija de mi tío, que piensas que estos sacos son
robados. Tranquilízate, pues nos vienen del Generoso,
quien ha hecho que los encontrase en el bosque. Por
otro lado, voy a contarte cómo ha sido el hallazgo;
pero antes vaciaré los sacos y te enseñaré el
contenido". Alí Babá cogió un saco y lo vació sobre la
estera, y sonoras carcajadas de oro iluminaron con
millones de reflejos la pobre habitación del leñador;
éste, satisfecho al ver a su mujer espantada ante tal
espectáculo, hundiendo sus manos en un montón de oro,
le dijo: "¡Oh mujer! íEscúchame ahora!"; y le contó su
aventurá desde el comienzo, hasta el fin sin omitir
detalle; mas no es de utilidad el repetirla aquí.
Cuando la esposa hubo oído el relato del hallazgo,
sintió que en su corazón el espanto dejaba sitio a una
gran alegría, por lo que henchida de satisfacción
exclamó: "¡Oh día claro y luminoso! ¡Alabemos a Alá,
que ha hecho entrar en nuestra casa los bienes mal
adquiridos por esos cuarenta ladrones, salteadores de
caminos, y que de este modo vuelve lícito lo que era
ilícito! ¡Él es el Generoso donador!"; y al instante
se levantó y comenzó a contar los dinares; mas Alí
Babá, riéndose, le dijo: "¿Qué haces? ¿Cómo puedes
pensar en contar todo eso? ¡Levántate en seguida y ven
a ayudarme a cavar una fosa en nuestra cocina, a fin
de que este tesoro quede oculto sin dejar rastro y
pase inadvertido aun para el más avisado. Si así no lo
hacemos, atraeremos sobre nosotros la curiosidad de
nuestros vecinos y de los oficiales de policía".
La mujer, que amaba el
orden y que quería hacerse una idea exacta de la
riqueza que había adquirido en aquel día bendito,
respondió: "Ciertamente, no quiero retrasar el momento
de contar este oro, ya que no puedo permitir que lo
entierres sin antes haberlo pesado o medido. Te
suplico, ¡oh hijo de mi tío!, que me des tiempo para
ir a buscar una medida y lo mediré en tanto que tú
cavas la fosa. Así podremos saber a conciencia lo que
debemos considerar superfluo o necesario para nuestros
hijos". Aun cuando al leñador aquella precaución le
pareciese poco menos que inútil, no queriendo
contrariar a su mujer en unos momentos tan dichosos,
le dijo: "¡Sea!, pero ve y vuelve rápidamente, y,
sobre todo, ¡guárdate mucho de divulgar nuestro
secreto o decir la menor palabra!" La esposa de Alí
Babá salió en busca de la medida en cuestión y pensó
que lo más rápido sería ir a pedir una a la esposa de
Kasín, el hermano de su marido, cuya casa no estaba
muy lejos. Entró, pues, en la casa de la esposa de
Kasín, la rica y fatua, aquella que nunca se dignaba
invitar a comer a su casa al pobre Alí Babá ni a su
mujer, porque no tenía fortuna ni amistades, aquella
misma que nunca había enviado la más pequeña golosina
durante las fiestas o aniversarios a los hijos de Alí
Babá, ni comprado para ellos un puñado de guisantes,
como hacen las gentes muy ricas para regalar a los
hijos de la gente muy pobre. Después de ceremoniosos
saludos, le pidió una medida de madera por unos
momentos. Cuando la esposa de Kasín oyó la palabra
medida se sorprendió mucho, ya que sabía que Alí Babá
y su mujer eran muy pobres y ella no podía comprender
a qué uso destinarían aquel utensilio, del que de
ordinario no se sirven más que los propietarios de
grandes provisiones de grano, en tanto que las demás
se .contentan con comprar su grano para el día o la
semana en casa del abacero. En otra circunstancia, sin
duda alguna se lo hubiese negado sin importarle el
pretexto, mas esta vez sentía demasiado picada su
curiosidad para dejar escapar la ocasión de
satisfacerla; y por esto le dijo: "¡Que Alá aumente
sus favores sobre vosotros, oh madre de Ahmad! ¿La
medida la quieres grande o pequeña?". La esposa del
leñador respondió: "La más grande que tengas, ¡oh mi
dueña!" La esposa de Kasín fue a buscar ella misma la
medida en cuestión: No hay duda de que aquella mujer
era descendiente de veinte truhanes, ¡que Alah niegue
sus favores a los de esta especie y confunda a todos
sus descendientes!, porque, queriendo saber a toda
costa qué clase de grano era el que su parienta quería
medir, se valió de una superchería.
En efecto, corrió a coger
la medida, y diestramente dio una capa de sebo al
fondo y las paredes de ésta; después, volviendo al
lado de su parienta, se excusó por haberla hecho
esperar y se la entregó. La mujer de Alí Babá le dio
las gracias y se apresuró a regresar a su casa. Una
vez en ella, puso la medida sobre el montón de oro, y
después de llenarla la vació un poco más lejos,
repitiendo esta operación muchas veces y marcando cada
una de ella sobre el muro con un trozo de carbón, así
tantas rayas como veces la llenaba y vaciaba. Alí Babá,
por su parte, terminó su trabajo de cavar la fosa en
la cocina y regresó junto a su esposa, quien le mostró
jubilosamente las numerosas rayas de carbón, y le
encomendó el trabajo de enterrar todo el oro mientras
ella iba con toda diligencia a devolver la medida a la
impaciente esposa de Kasín; mas la infeliz no sabía
que un dinar de oro estaba pegado en el fondo de la
medida, gracias a la artimaña de aquella pérfida.
Devolvió, pues, la medida a su parienta, y, dándole
las gracias, le dijo: "Deseo devolvértela rápidamente,
¡oh mi dueña!, para no abusar de tu bondad".
En cuanto la esposa de
Kasín vio que su parienta se marchó, se apresuró a
mirar el fondo de la medida; su sorpresa fue muy
grande al ver una pieza de oro pegada al sebo en lugar
de algún grano de haba o avena. Su rostro se puso
amarillo y sus ojos sombríos como la noche, y, comida
de celos y devorada por la envidia, exclamó: "¡Así sea
destruida su casa! ¿Desde cuándo esos miserables
pueden medir el oro por celemines?" Se sentía tan
furiosa que, no pudiendo dominar su impaciencia por
ver a su esposo, envió rápidamente a una esclava a
buscarlo a la tienda. Cuando el sorprendido Kasín
entró en la casa, la mujer le recibió con
exclamaciones furibundas. Sin dejarle tiempo a que se
recobrase de la sorpresa, le puso el dinar ante las
narices, y le gritó: "¿Lo ves? ¡Pues no es más que lo
que les sobre a esos miserables! ¡Tú te crees rico y
todos los días te felicitas por tener una tienda y
clientes, mientras que tu hermano no tiene más que
tres asnos por toda fortuna! ¡Desengáñate, oh jeique!
Alí Babá, ese leñador, ese don nadie, no se contenta
con contar su oro, como tú, pues él lo mide! ¡Por Alá
que lo mide como si fuese grano!" Y en medio de un
torrente de palabras, gritos y vociferaciones, le puso
al corriente del asunto, y le explicó la estratagema
de la que se había valido para hacer el asombroso
descubrimiento de la riqueza de Alí Babá, y añadió:
"¡Pero esto no es todo, oh jeique! ¡Ahora tú debes
averiguar cuál es el origen de la fortuna de tu
miserable hermano, ese maldito hipócrita que simula
ser pobre y mide el oro por celemines!" Al oír estas
palabras de su esposa, Kasín no dudó de la realidad de
la fortuna de su hermano, y, lejos de alegrarse al
saber que el hijo de sus padres estaría desde entonces
al abrigo de toda necesidad, sintió que la envidia se
enseñoreaba de su ánimo.
En este momento de su
narración, Scherezade vio aparecer la mañana y
discreta, se calló.
Pero cuando llegó la 854
noche
Ella dijo:
"...y levantándose, al
momento corrió a casa de su hermano para ver por sus
propios ojos lo que había, y encontró a Alí Babá
todavía con el pico en la mano terminando de enterrar
su tesoro y, abordándole, sin siquiera llamarle por su
nombre y sin tratarle de hermano, pues había olvidado
el parentesco mucho antes de conocer la noticia de su
fortuna, le dijo: "¡Es así, oh padre de los asnos,
como recelas y te ocultas de nosotros! ¡Sí! ¡Continúas
aparentando pobreza y miseria ante las gentes, para
después en tu vivienda piojosa medir el oro como el
mercader de granos sus mercancías!" Alí Babá se turbó
mucho al oír estas palabras, pero no porque fuese
avaro o interesado, sino porque le constaba la malicia
de su hermano y de la esposa de éste, y respondió:
"¡Por Alá! No sé a qué te refieres. Apresúrate a
explicarte y seré franco contigo, a pesar de que hace
muchos años que has olvidado el lazo de sangre que nos
une y desvías la mirada cada vez que te encuentras
conmigo o con mis hijos". Entonces, el autoritario
Kasín dijo: "No se trata de eso, Alí Babá, sino de que
me saques de la ignorancia, pues no sé por qué has de
tener interés en ocultármelo"; y le mostró el dinar de
oro todavía manchado de sebo, y mirando a su hermano
de reojo le dijo: "¿Cuántas medidas de dinares
semejantes a éste tienes en tu granero, bribón? ¿Y
cómo has reunido tanto oro, vergüenza de nuestra
casa?". Después en pocas palabras, le contó cómo su
esposa había embadurnado de sebo el fondo de la medida
que le había prestado y cómo aquella pieza de oro se
había pegado. Cuando Alí Babá hubo escuchado las
explicaciones de su hermano comprendió que lo sucedido
ya no se podía remediar, por lo que sin hacer el menor
gesto de asombro dijo: "¡Alá es generoso, hermano mío,
ya que Él nos envía sus dones! ¡Que Él sea exaltado!";
y le contó con toda clase de detalles su historia del
bosque, excepto lo referente a la fórmula mágica, y
añadió ¡Hermano mío! Nosotros somos hijos del mismo
padre y de la misma madre, y por eso todo lo mío es
tuyo; yo deseo, si tú te dignas aceptarlo, ofrecerte
la mitad del oro que he cogido de la caverna. El
pícaro Kasín, que era tan avaro como malvado,
respondió: "Ciertamente es así como tú lo entiendes;
pero yo quiero saber cómo podría entrar en la caverna,
y, sobre todo, no me engañes, pues en tal caso iría a
denunciarte a la justicia como cómplice de los
ladrones". El buen Alí Babá, pensando en el destino de
su mujer e hijos en el caso de que fuese denunciado le
reveló las tres palabras de la fórmula mágica,
impulsado más por su naturaleza amable que por las
amenazas de un hermano tan bárbaro.
Kasín, sin dirigirle una
palabra de agradecimiento, le dejó bruscamente,
resuelto a ir él solo a apoderarse de todo el tesoro
de la cueva. A la mañana siguiente, antes que
amaneciese, partió hacia el bosque llevando con él
diez mulas cargadas con grandes cofres que se proponía
llenar con el producto de su primera expedición; por
otro lado se decía que una vez que hubiese dado buena
cuenta de las provisiones y riquezas sacadas de la
gruta en el primer viaje, se reservaría el derecho de
hacer una segunda expedición con mayor número de
mulas, e incluso, si así lo decidía, con una caravana
de camellos. Siguió al pie de la letra las
indicaciones de Alí Babá, quien en su bondad había
llegado incluso a ofrecérsele como guía; pero había
desistido de su ofrecimiento al ver la sospecha
reflejada en la sombría mirada de Kasín. Pronto llegó
ante la roca, que reconoció por su aspecto enteramente
liso y por un árbol que le daba sombra, y alargando
los brazos hacia ella dijo: "¡Sésamo, ábrete!"
Súbitamente la roca se hendió por la mitad y Kasín,
que había dejado sus mulas atadas a los árboles,
penetró en la caverna, cuya entrada se cerró tras él
gracias a la fórmula mágica. Su asombro no tuvo
límites a la vista de tantas riquezas acumuladas, y al
contemplar aquel oro amontonado y aquellas joyas
guardadas en vasijas, un gran deseo, cada vez más
intenso, de ser el dueño de aquel tesoro, se apoderó
de él, si bien se dio cuenta de que para transportar
todo aquello no sería suficiente, no ya sólo una
caravana de camellos, sino aún todos los camellos que
viajan desde los confines de la China hasta las
fronteras del Irán. Se dijo que para la próxima vez
tomaría todas las medidas necesarias para organizar
una verdadera expedición, contentándose esta vez con
llenar de oro amonedado tantos sacos como pudiese
llevar sobre las diez mulas. Una vez que acabó aquel
trabajo, regresó a la galería, y dijo: "¡Cebada,
ábrete!" Kasín, cuyo ánimo estaba embargado por
completo por el descubrimiento de aquel tesoro, había
olvidado las palabras que debía decir, lo que originó
su pérdida sin remedio. Volvió a repetir varias veces:
"Cebada ábrete!"; mas la puerta permanecía cerrada.
Entonces dijo: "¡Haba, ábrete!", pero la puerta no se
abrió, por lo que dijo: "¡Avena, ábrete!"; mas esta
vez_tampoco se abrió hendidura alguna. Kasín comenzó a
perder la paciencia; y gritó: "¡Centeno, abrete!"
"¡Mijo, ábrete!" "¡Alforfón, ábrete!", "¡Trigo,
ábrete!" "¡Arroz, ábrete!" Mas la puerta de granito
permaneció cerrada. Kasín se asustó mucho al verse
encerrado a causa de haber olvidado las palabras
mágicas; pero a pesar de ello continuó pronunciando
ante la roca inamovible todos los nombres de cereales
y los de las diferentes variedades de granos que la
mano del Sembrador lanzó sobre la superficie de los
campos en el principio del mundo; pero la roca
continuó inmóvil, ya que el indigno hermano de Alí
Babá olvidó un grano, el misterioso sésamo, que
precisamente era el único que estaba dotado de poderes
mágicos. Así es como más pronto o más tarde el destino
nubla por orden del Todopoderoso la memoria de los
truhanes, les quita lucidez y ciega su vista, y
hablando de pícaros: "¡Que Alá les retire el don de la
lucidez y deje que tanteen en las tinieblas, y que
estonces, ciegos, sordos y mudos, no puedan volver
sobre sus pasos!" Por otro lado, el profeta, que Alah
le tenga en su gracia, ha dicho: "¡Sean cerrados sus
oídos con el sello de Alá y sus ojos tapados con un
velo, pues les está reservado un suplicio espantoso!".
Cuando el pícaro Kasín, que
no esperaba este desastroso desenlace, se convenció de
que no recordaba la fórmula mágica, para tratar de
rememorarla comenzó a estrujar su cerebro inútilmente,
pues el nombre mágica se había borrado para siempre de
su memoria. Víctima del pánico, dejó los sacos llenos
de oro y recorrió la caverna en todas direcciones en
busca de alguna hendidura, pero sólo encontró paredes
graníticas, desesperadamente lisas. Igual que una
bestia feroz, se mordía los puños con rabia y escupía
baba sanguinolenta; mas no fue éste todo su castigo;
todavía le quedaba la agonía de la muerte que no se
hizo esperar.
En este momento de su
narración, Scherezade vio que aparecía el alba y
discretamente como siempre, calló:
Pero cuando llegó la 855
noche
Ella dijo:
En efecto, los cuarenta
ladrones regresaron al mediodía a su cueva, según su
diaria costumbre, y vieron que diez mulas cargadas con
grandes cofres estaban atadas a los árboles; a una
señal de su jefe lanzaron sus caballos al galope hacia
la entrada de la cavema, y, echando pie en tierra,
comenzaron a buscar en las inmediaciones de la roca al
hombre al que pudiesen pertenecer las diez mulas; mas
como sus pesquisas no diesen resultado, el jefe se
decidió a entrar en la cueva, y, levantando su sable
ante la puerta invisible, pronunció la fórmula mágica,
y al momento la roca se dividió en dos mitades, que
giraron en sentido inverso. El encerrado Kasín no dudó
de su irremediable pérdida al oír los caballos y las
exclamaciones sorprendidas y coléricas de los
bandidos; pero como amaba su vida, quiso salvarla, y
se escondió en un rincón, pronto a lanzarse hacia
afuera a la primera oportunidad. Cuando oyó pronunciar
la palabra. "sésamo", maldijo su corta memoria, y,
apenas vio que la puerta se entreabría, se lanzó hacia
fuera como un carnero, con la cabeza baja tan
violentamente y con tan poca prudencia, que chocó
contra el jefe de los cuarenta ladrones, derribándolo
cuan largo era; pero los demás bandidos se abalanzaron
contra Kasín, y, con sus sables le atravesaron de
parte a parte, y en un abrir y cerrar de ojos fue
descuartizado y separados de su tronco la cabeza y los
brazos y las piernas; éste fue su destino.
Los bandidos, después de
limpiar sus sables, entraron en la caverna, y viendo
alineados ante la salida los sacos que había llenado
Kasín se apresuraron a vaciar su contenido allí donde
había estado antes, pero no se dieron cuenta de lo que
faltaba, del oro que se había llevado Alí Babá. A
continuación se reunieron en círculo para celebrar
consejo, y deliberaron largamente; pero en la
ignorancia de haber sido despojados por Alí Babá, no
pudieron comprender cómo había podido introducirse
nadie en su refugio, por lo que decidieron no seguir
ocupándose de ello por más tiempo, y después de haber
descargado sus nuevas adquisiciones y descansado un
rato prefirieron salir de la cueva y montar a caballo
para ir a asaltar las rutas de las caravanas, pues
eran hombres activos que despreciaban las largas
reflexiones y las palabras; pero ya volveremos a
encontrarlos cuando llegue el momento.
La esposa de Kasín, aquella
maldita mujer, fue la causa de la muerte de su marido,
quien, por otra parte, merecía su fin. La perfidia de
esta mujer fue la que inventó el ardid del sebo, que
fue el punto de partida de todos los acontecimientos.
Y no dudando del éxito de la expedición de su marido,
había preparado una comida especial para celebrarlo;
mas cuando vio que la noche llegaba y no se veía a
Kasín ni sombra de él, se alarmó mucho, no porque le
amase con exceso, sino porque le era necesario;
entonces ella se decidió a ir a buscar a Alí Babá a su
casa; y aquella maldita, que nunca se había rebajado a
franquear el umbral de su puerta, con rostro
preocupado, dijo al leñador: "¡Oh, hermano de mi
esposo! Los hermanos se deben a los hermanos y los
amigos a los amigos. Vengó a pedirte que me
tranquilices respecto del paradero de tu hermano, que,
como tú sabes, ha ido al bosque y todavía no ha
vuelto, a pesar de lo avanzado de la noche. ¡Por Alá,
oh rostro bendito! ¡Ve a ver qué es lo que ha sucedido
en el bosque!" Alí Babá, que, a las claras se veía,
estaba dotado de un espíritu compasivo, compartió la
alarma de la esposa de Kasín, y dijo: "¡Que Alá aleje
a los malhechores de la cabeza de tu esposo, hermana
mía! ¡Ah! ¡Si Kasín hubiese querido escuchar mi
consejo me hubiese llevado con él como guía! Mas no te
inquietes por su retraso, porque, sin duda, lo habrá
hecho a propósito, para no llamar la atención de los
viandantes al entrar en la ciudad a altas horas de la
noche". Aunque esto fuese verosímil, la realidad era
que Kasín se había convertido en seis trozos de Kasín:
dos brazos, dos piernas, un tronco y una cabeza, que
los ladrones habían colocado en el interior de la
galería, tras la puerta de roca a fin de que su sola
presencia espantase a cualquiera que tuviese la
audacia de franquear aquel umbral. Alí Babá
tranquilizó como pudo a la mujer de su hermano y le
hizo notar que cualquier pesquisa sería inútil en
aquella noche sombría, por lo que la invitó
cordialmente a pasar la noche en su compañía. La
esposa de Alí Babá la hizo acostar en su propio lecho;
no sin antes haberle asegurado Alí Babá que con la
aurora saldría para el bosque.
En efecto, con las primeras
luces de la mañana, el bondadoso leñador abandonó su
casa seguido de sus tres asnos después de recomendar a
su esposa que cuidase de la esposa de su hermano Kasín.
Al aproximarse a la roca y no ver a los mulos, Alí
Babá pensó que algo grave debía haber pasado; su
inquietud aumentó al ver el suelo manchado de sangre,
y, con voz temblorosa por la emoción, pronunció las
palabras mágicas y entró en la caverna. El espectáculo
de los miembros descuartizados de Kasín le hizo caer,
tembloroso, de rodillas, mas sobreponiéndose a su
emoción se aprestó a cumplir sus últimos deberes para
con su hermano que, después de todo, era musulmán e
hijo de sus mismos padres. Así, pues, cogió de la
caverna dos grandes sacos, metió en ellos el cuerpo
descuartizado de su hermano y, poniéndolos sobre uno
de sus asnos, los recubrió cuidadosamente con ramaje.
Luego, ya que estaba allí, pensó que debería
aprovechar la ocasión para coger algunos sacos de oro,
evitando así que dos de sus asnos regresaran sin
carga. Una vez realizado este trabajo, cubiertos todos
los sacos con ramaje como la primera vez, y después de
ordenar a la puerta que se cerrase, tomó el camino de
la ciudad, deplorando en su interior el triste fin de
su hermano.
Después que llegó al patio
de su casa, llamó a su esclava Morgana para que le
ayudase a descargar los sacos. Aquella esclava era una
joven a la que Alí Babá y su esposa habían recogido de
pequeña y criado con los mismos cuidados y solicitud
que hubieran podido tener para con ella sus mismos
padres. La joven había crecido ayudando a su madre
adoptiva en el cuidado de la casa y haciendo el
trabajo de diez personas. Era agradable, dócil,
educada, y fecunda en invenciones para resolver las
cuestiones más arduas y llevar a buen término las
cosas más difíciles. Al presentarse ante su padre
adoptivo, la joven le besó la mano, dándole la
bienvenida como tenía por costumbre cada vez que él
regresaba a casa; entonces, Alí Babá, le dijo: "¡Oh
Morgana, hija mía! Hoy es el día en el que tu
discreción y valía se van a poner a prueba"; y le
contó el fin desgraciado de su hermano, añadiendo: "Su
cuerpo está ahí, sobre el tercer asno. Mientras que
voy a anunciar la noticia a su pobre viuda, es preciso
que encuentres algún medio para hacerle enterrar como
si hubiese fallecido de muerte natural, sin que nadie
pueda sospechar la verdad". La joven, respondió: "Te
escucho y obedezco".
El leñador, entonces, fue a
dar a noticia de la muerte de Kasín a la esposa de
éste, quien comenzó a dar alaridos, a mesarse los
cabellos y a desgarrarse los vestidos, pero Alí Babá,
con tacto, supo calmarla, consiguiendo evitar que los
gritos y lamentaciones llegaran a llamar la atención
de los vecinos, provocando la alarma en todo el
barrio; y, después, añadió: "Alá es generoso y me ha
dado grandes riquezas. Si en medio de esta desgracia
sin remedio que se abate sobre ti, hay alguna cosa
capaz de consolarte, yo te ofrezco los bienes que Alá
me ha dado y que son tuyos, pues de ahora en adelante
vivirás en mi casa en calidad de segunda esposa,
encontrarás en la madre de mis hijos una hermana
atenta y cariñosa, y todos viviremos tranquilos y
felices recordando las virtudes del difunto".
El leñador se calló
esperando una respuesta, y, en un momento, Alí Babá
hizo mella en el corazón de aquella mujer,
despojándola de sus malquerencias. ¡Loado sea Alá
Todopoderoso! Ella comprendió la bondad de Alí Babá y
la generosidad de su ofrecimiento y consintió en ser
su segunda esposa, y por su matrimonio con aquel
hombre bueno, llegó a ser realmente una mujer de bien.
De este modo consiguió Alí Babá evitar los gritos y la
divulgación del secreto de la muerte de su hermano, y
dejando a su nueva esposa bajo los cuidados de su
antigua, fue en busca de la joven Morgana, quien no
había perdido el tiempo, pues había combinado todo un
plan para salvar aquella difícil situación.
En efecto, había ido a la
tienda del mercader de drogas, y le había comprado una
especie de trinca que curaba las heridas mortales. El
mercader le había servido la medicina no sin antes
preguntarle quién estaba enfermo en la casa de su amo.
Morgana, suspirando, le había respondido: "¡Oh
calamidad! El mal tiñe de rojo la cara del hermano de
mi amo, que ha sido llevado a nuestra casa para así
estar mejor atendido, pero nadie conoce su enfermedad.
Está inmóvil, ciego y sordo, con rostro de color de
azafrán. ¡Oh, jeique, que esta trinca le saque de su
mal estado!".
En este momento de su
narración, Scherezade vio que aparecía el alba, y
discretamente como siempre, se calló.
Pero cuando llegó la 856
noche
Scherezade dijo:
Y había llevado a la casa
la trinca en cuestión, de la que Kasín no podría
servirse, y allí había esperado el regreso de su amo.
En pocas palabras, ella le puso al corriente de lo que
pensaba hacer, plan que el leñador aprobó manifestando
al mismo tiempo la admiración que sentía por su
ingenio.
A la mañana siguiente, la
diligente Morgana fue a ver al mismo vendedor de
drogas y, con rostro lleno de lágrimas y con muchos
suspiros, le pidió una droga que de ordinario sólo se
da a los enfermos moribundos, añadiendo: "Si este
remedio no le cura, se ha perdido toda esperanza"; y
al mismo tiempo tuvo cuidado de informar a todos las
vecinos del barrio de la supuesta gravedad de Kasín,
el hermano de Alí Babá. Al día siguiente, por la
mañana, cuando las gentes del barrio se despertaron,
al oír gritos y lamentaciones, no dudaron de que eran
proferidos por la esposa de Kasín, por la esposa del
hermano de Kasín; por la joven Morgana y por todos los
parientes, para así anunciar la muerte de Kasín.
Durante este tiempo,
Morgana continuó realizando su plan diciéndose: "Hija
mía, no todo consiste en hacer pasar una muerte
violenta por una muerte natural, ya que además hay un
gran peligro: dejar que las gentes se den cuenta de
que el difunto está cortado en seis trozos" Sin
tardanza, corrió a casa de un viejo zapatero remendón
del barrio, que no lo conocía y, saludándole, le puso
en la mano un dinar de oro y le dijo: "¡Oh jeique
Mustafá, tu trabajo me es necesario!" El viejo
remendón que era hombre de naturaleza alegre,
respondió: "¡Oh día luminoso, bendito por tu venida,
oh rostro de luna! ¡Habla oh mi dueña, y te responderé
con la obediencia!" Morgana le dijo: "¡Oh, mi tío
Mustafá! ¡Levántate y ven conmigo, pero antes coge lo
necesario para coser cuero!" Cuando él hizo lo que
ella le pedía, tomó un pañuelo y vendándole los ojos,
le dijo: "¡Es condición imprescindible! ¡Sin esto no
hacemos nada!"; pero el zapatero gritó: "¡Oh joven
¿quieres que por un dinar reniegue de la fe de mis
padres o cometa algún robo o crimen extraordinario?"
La joven le contestó: "¡Alejado sea el maligno, oh
jeique! ¡Tranquiliza tu conciencia! No es nada de lo
que imaginas, pues sólo se trata de hacer una
costura". Mientras hablaba le puso en la mano una
segunda pieza de oro que convenció al remendón.
Morgana le cogió de la
mano, con los ojos ya vendados, y le llevó a la casa
de Alí Babá y allí le quitó el pañuelo y mostrándole
el cuerpo del difunto, cuyos miembros ella misma había
reunido, le dijo: "Te he traído aquí de la mano a fin
de que cosas los seis trozos que ves"; y como el
jeique retrocediese espantado, la animosa Morgana le
puso una nueva moneda de oro en la mano y le prometió
otra más si hacía el trabajo rápidamente, lo que
decidió al zapatero a ponerse a trabajar. Cuando
concluyó la costura, Margana le volvió a vendar los
ojos y después de darle la recompensa prometida, le
dejó, apresurándose a regresar a su casa, volviendo la
vista de vez en cuando para ver si era observada por
el zapatero.
Una vez que llegó, tomó el
cuerpo reconstruido de Kasín, lo perfumó con incienso
y lo amortajó ayudada por Alí Babá. Y para evitar que
los hombres que trajeran las parihuelas sospechasen
nada, ella misma fue por ellas pagando generosamente.
Después, siempre ayudada por Alí Babá, puso el cuerpo
en la caja mortuoria y la recubrió con telas
adecuadas. Mientras tanto, llegaran el imán y demás
dignatarios de la mezquita, y cuatro vecinos cargaron
las parihuelas sobre sus hombros; el imán se puso a la
cabeza del cortejo seguido por los lectores del Corán.
Morgana, iba tras los
portadores llorosa y gimiente, golpeándose el pecho y
mesándose los cabellos, en tanto que Alí Babá cerraba
la marcha, acompañado de algunos vecinos. Así llegaron
al cementerio mientras que en la casa de Alí Babá las
mujeres dejaban oír sus lamentaciones y gritos de
dolor.
La verdad de aquella muerte
quedó al abrigo de toda indiscreción, sin que persona
alguna sospechase lo más leve de la funesta aventura.
Por lo que respecta a los
cuarenta ladrones, durante un mes se abstuvieron de
volver a su refugio por temor a la putrefacción de los
abandonados restos de Kasín, pero una vez que
regresaron, su asombro no tuvo límites al no encontrar
los despojos de Kasín, ni señal alguna de
putrefacción. Esta vez reflexionaron seriamente acerca
de la situación y, finalmente, el jefe de los
cuarenta, dijo: "Sin duda hemos sido descubiertos y se
conoce nuestro secreto, si no lo remediamos
prontamente, todas las riquezas que nosotros y
nuestros antecesores hemos acumulado con tantos
trabajos y peligros, nos serán arrebatadas por el
cómplice del ladrón que hemos castigado. Es preciso
que sin pérdida de tiempo matemos al otro, para lo que
hay un solo medio, y es, que alguien que sea a la vez
el más astuto y audaz, vaya a la ciudad disfrazado de
derviche extranjero y, usando de toda su habilidad,
descubra quién es aquel al que nosotros hemos
descuartizado y en qué casa habitaba. Todas estas
pesquisas deben ser hechas con gran prudencia, ya que
una palabra de más podría comprometer el asunto y
perdemos a todos sin remedio, Estimo que aquel que
asuma este trabajo debe comprometerse a sufrir la pena
de muerte si da pruebas de ineptitud en el
cumplimiento de su misión". Al momento, uno de los
ladrones, exclamó: "Me ofrezco para la empresa y
acepto las condiciones". El jefe y sus camaradas le
felicitaron colmándole de elogios, disfrazado de
derviche extranjero partió rápidamente.
El bandido entró en la
ciudad y vio que todas las casas y tiendas estaban
todavía cerradas a causa de lo temprano de la hora;
únicamente la tienda del jeique Mustafá, el remendón,
estaba abierta, y el zapatero, con la lezna en la
mano, se disponía a arreglar una babucha de cuero de
color de azafrán; al levantar la mirada y ver al
derviche, se apresuró a saludarle. Éste le devolvió el
saludo y se admiró de que a su edad tuviese tan buena
vista y manos tan expertas. El anciano, muy halagado y
satisfecho, respondió: "¡Oh derviche! ¡Por Alá, que
todavía puedo enhebrar la aguja al primer intento y
puedo coser los seis trozos de un muerto en el fondo
de un sótano poco iluminado!" El ladrón-derviche, al
oír estas palabras, se alegró mucho y bendijo su
destino que le conducía por el camino más corto hacia
el logro de su misión, y aprovechando la ocasión,
simuló asombro y exclamó: "¡Oh faz de bendición! ¿Seis
trozos de un hombre? ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Es
que en este país tenéis la costumbre de cortar a los
muertos en seis pedazos y coserlos después?"
El jeique Mustafá se echó a
reír y respondió: "¡No, por Alá! Aquí no se acostumbra
hacer eso, pero yo sé lo que me digo y tengo muchas
razones para decirlo, mas por otra parte, mi lengua es
corta y esta mañana no me obedece". El derviche-ladrón
comenzó a reír, no tanto por el aire con que el
remendón pronunciaba sus frases, como por atraerse su
favor, y haciendo ademán de estrechar su mano, le dio
una pieza de oro, diciendo: "¡Oh padre de la
elocuencia! ¡Oh tío! ¡Que Alá me guarde de meterme
donde no debo, pero si en mi calidad de extranjero
puedo dirigirte una súplica, ésta será que me hagas la
gracia de decirme donde se levanta la casa en cuyo
sótano cosiste los restos del muerto!".
Ei viejo remendón
respondió: "¡Oh jefe de los derviches! No podré
indicártela, ya que yo mismo no la conozco. Sólo sé
que, con los ojos vendados, fui conducido a ella por
una joven embrujadora que hace las cosas con una
celeridad pasmosa. Sin embargo, si me vendasen los
ojos de nuevo, podría encontrar la casa guiándome por
las cosa que palpé con mis manos durante el camino;
porque debes saber, sabio derviche, que el hombre ve
con sus dedos como con sus ojos, sobre todo si su piel
no es tan dura como la de los cocodrilos. Por mi
parte, tengo entre los clientes, cuyos honorables pies
calzo, muchos ciegos clarividentes, gracias al ojo que
tienen en cada dedo, pues no todos han de ser como el
malvado barbero que todos los viernes me rapa la
cabeza despellejándome atrozmente, ¡que Alá le
maldiga!".
En este momento de su
narración, Scherezade vio que amanecía y, discreta, se
calló.
Pero cuando llegó la 857
noche
Dijo ella:
El derviche-ladrón,
exclamó: "¡Benditos sean los pechos que te han
alimentado y ojalá puedas enhebrar la aguja durante
mucho tiempo y calzar, pies honorables, oh jeique de
buen augurio! ¡No deseo nada, más que seguir tus
indicaciones, a fin de que me ayudes a encontrar la
casa en la que suceden cosas tan prodigiosas!".
El jeique Mustafá se
levantó y el derviche le vendó los ojos, le llevó a la
calle de la mano y marchó a su lado hasta la misma
casa de Alí Babá, ante la cual, Mustafá, le dijo:
"Ciertamente es ésta; reconozco la casa por el olor
que exhala a estiércol de asno y por este pedrusco que
ya he pisado en otra ocasión". El ladrón, muy
contento, se apresuró a hacer una señal en la puerta
de la casa con un trozo de tiza, antes de quitarle la
venda al remendón. Después; mirando con agradecimiento
a su compañero, le gratificó con otra pieza de oro y
le prometió que le compraría las babuchas que
necesitase hasta el fin de sus días; acto seguido, se
apresuró a tomar el camino del bosque para ir a
anunciar a su jefe el descubrimiento que había hecho,
pero como ya se verá, el ladrón no sabía que corría
derecho a ver saltar su cabeza sobre sus hombros.
En efecto, la diligente
Morgana salió para ir a comprar provisiones y a su
regreso del mercado notó que sobre la puerta había una
marca blanca; y examinándola con atención, pensó:
"Esta marca no se ha hecho ella sola y la mano que la
ha hecho no puede ser sino una mano enemiga, por lo
que es preciso, conjurar el maleficio"; y, corriendo a
buscar un trozo de yeso, hizo una señal exactamente
igual en las puertas de todas las casas de la calle; a
derecha e izquierda. Cada vez que hacía una marca,
dirigiéndose al autor de la primera señal,
mentalmente, decía; "¡Los cinco dedos de mi mano
derecha en tu ojo izquierdo, y los de mi mano
izquierda en tu ojo derecho!"; porque sabía que no hay
fórmula más poderosa para conjurar las fuerzas
invisibles, evitar los maleficios, y hacer caer sobre
la cabeza del maldiciente las calamidades, ya sufridas
o inminentes.
Cuando los malhechores,
aleccionados por su compañero, entraron de dos en dos
en la ciudad y se dirigieron a la casa señalada, se
asombraron mucho al ver que todas las puertas de las
casas de aquella calle tenían la misma señal. A una
orden de su jefe regresaron a su cueva del bosque y
una vez que estuvieron todos reunidos de nuevo,
arrastraron hasta el centro del círculo que formaban
al ladrón que tan mal había tomado sus precauciones y
le condenaron a muerte; a continuación y a una señal
del jefe, le cortaron la cabeza. Pero como la
necesidad de encontrar al autor de todo aquel asunto
era más urgente que nunca, un segundo ladrón se
ofreció a ir a investigar; el jefe escuchó la oferta
con agrado y el ladrón partió de inmediato para la
ciudad, donde se puso en contacto con el jeique
Mustafá y se hizo conducir hasta la casa en la que se
presumía fueron cosidos los seis trozos, e hizo en uno
de los ángulos de la puerta una señal roja y regresó
al bosque.
Cuando los ladrones,
guiados por su compañero; llegaron a la calle de Ali
Babá, encontraron que todas las puertas estaban
marcadas con una señal roja, exactamente en el mismo
sitio, ya que la sutil Morgana, al igual que la
primera vez, había tomado sus precauciones.
A su retorno a la caverna,
la cabeza del segundo ladrón-guía, siguió la misma
suerte que la de su predecesor, pero aquello no
contribuyó a arreglar el asunto y sólo sirvió para
disminuir la tropa en dos hombres, los más valerosos.
El jefe reflexionó un buen rato acerca de la situación
y dijo: "No encargaré este asunto a nadie más que a mí
mismo"; y partió solo para la ciudad. Una vez en ella,
no hizo como los demás, pues cuando Mustafá le hubo
indicado la casa de Alí Babá no perdió el tiempo
marcando la puerta con yeso, sino que observó
atentamente su exterior para fijarlo en su memoria, ya
que desde fuera aquella casa ofrecía el mismo aspecto
que todas las demás; cuando terminó su examen, regresó
al bosque y reuniendo, a los treinta y siete ladrones
supervivientes les dijo: "El autor del daño que hemos
sufrido está descubierto, puesto que conozco su casa.
¡Por Alá, que su castigo será terrible! Por vuestra
parte, daos prisa en traerme aquí treinta y ocho
grandes tinajas de barro, de cuello largo y vientre
ancho, todas vacías, excepto una que llenaréis de
aceite de oliva; además, cuidad de que ninguna esté
rajada".
Los ladrones que estaban
habituados a ejecutar sin rechistar las órdenes de su
jefe, marcharon al mercado para comprar las treinta y
ocho tinajas que, una vez compradas, cargaron de dos
en dos en los caballos y regresaron al bosque.
Reunidos de nuevo, el jefe dijo: "¡Despojaos de
vuestras ropas y que cada uno se meta en una tinaja
llevando únicamente sus armas, su turbante y sus
babuchas". Sin decir palabra, los treinta y siete
ladrones saltaron de dos en dos sobre los caballos
portadores de tinajas y como cada caballo llevaba un
par de aquéllas, una a la derecha y otra a la
izquierda, cada bandido se dejó caer en una. De esta
manera, se encontraron replegados sobre ellos mismos,
con las rodillas tocando las barbillas, igual que
están los pollos en el huevo a los veinte días. Se
colocaron llevando en una mano la cimitarra y en otra
un hatillo y las babuchas en el fondo de la tinaja. La
única que iba llena de aceite iba de pareja con el
ladrón que hacía el número treinta y siete.
Cuando los ladrones
terminaron de colocarse en las tinajas lo más
cómodamente posible, el jefe se acercó y examinándolas
una por una, cerró las bocas de los recipientes con
fibra de palmera, a fin de ocultar el contenido y, al
mismo tiempo, permitir a sus hombres respirar
libremente. Para que los viandantes no pudiesen
abrigar duda alguna, tomó aceite de la tinaja que
estaba llena y frotó con él las paredes externas de
las demás. Entonces, el jefe se disfrazó, de mercader
de aceite y conduciendo los caballos portadores de
aquella mercancía improvisada se dirigió hacia la
ciudad. Alá le protegió y llegó sin contratiempo, por
la tarde, ante la casa de Alí Babá, y para que todo se
acabase de poner a su favor, Alí Babá en persona
estaba a la puerta de su casa, sentado en el umbral,
tomando el fresco antes de la oración de la tarde.
En este momento, Scherezade
vio que amanecía y, discreta, se calló.
Perp cuando llegó la 858
noche
Ella dijo:
El jefe detuvo los caballos
y después de saludar a Alí Babá, le dijo: "¡Oh mi
dueño! Tu esclavo es mercader de aceite y no sabe
dónde ir a pasar la noche en una ciudad en la que no
conoce a nadie, y espera de tu generosidad que le
concedas hospitalidad hasta mañana, a él y a sus
bestias, en el patio de tu casa". Al oír esta
petición, el corazón de Alí Babá se ablandó
acordándose de los tiempos en que fue pobre y, lejos
de reconocer al jefe de los ladrones, al que había
visto y oído en el bosque, se levantó en su honor y
dijo: "¡Oh mercader de aceite! ¡Hermano mío, que mi
morada te sirva de descanso y que en ella puedas
encontrar ayuda y familia! ¡Sé bien venido!"; mientras
hablaba le cogió de la mano y junto con los caballos,
le condujo hasta el patio, y llamando a Morgana y a
otro esclavo, les ordenó que ayudasen al huésped de
Alá a descargar las vasijas y dar de comer a los
animales. Cuando las vasijas estuvieron colocadas en
buen orden en un extremo del patio y los caballos
atados junto al muro y colgando del cuello de cada uno
un saco lleno de avena, Alí Babá, siempre tan afable,
tomó a su huésped de la mano y le condujo al interior
de la casa, donde le hizo sentar en el sitio de honor
para tomar la comida de la tarde. Después que hubieron
comido, bebido y dado las gracias a Alah por sus
favores; Alí Babá, no queriendo incomodar a su
huésped, se retiró diciendo: "¡Oh mi dueño! ¡Mi casa
es tu casa y lo que hay en ella, te pertenece!" Pero
el mercader de aceite le llamó y le dijo: "¡Por Alá,
oh mi huésped! Muéstrame el sitio de tu honorable casa
en el que pueda dar descanso a mis intestinos"; Alí
Babá le condujo al lugar indicado, que estaba situado
en un ángulo de la casa, cerca de donde estaban las
tinajas, y se apresuró a retirarse a fin de no
perturbar las funciones digestivas del mercader de
aceite.
Y, en efecto, el jefe de
los bandidos no dejó de hacer lo que tenía que hacer;
cuando terminó se aproximó a las tinajas, e
inclinándose sobre cada una de ellas, dijo en voz
baja: "Cuando oigas que unas piedrecitas golpean tu
tinaja, no olvides salir y acudir junto a mí" y
habiendo ordenado a su gente lo que debía hacer,
penetró en la casa. Morgana, que le esperaba a la
puerta de la cocina con una lámpara de aceite en la
mano, le condujo a la habitación que le había
preparado y se retiró. El bandido, por estar mejor
dispuesto para la ejecución de su proyecto, se tendió
sobre el lecho en el que pensaba dormir hasta la media
noche, y no tardó en roncar estrépitosamente. Y
entonces pasó lo que debía pasar.
En efecto, mientras Morgana
estaba en su cocina, fregando los platos y cacerolas,
la lámpara falta de aceite, se apagó. Precisamente la
provisión de aceite de la casa se había acabado y
Morgana, que había olvidado proveerse durante el día,
se contrarió mucho y llamó a Abdalá, el nuevo esclavo
de Alí Babá, a quien hizo partícipe de su
contrariedad; éste comenzó a reír y dijo: "¡Por Alá,
oh Morgana! Hermana mía, ¿cómo puedes decirme que no
tenemos aceite en la casa cuando en este momento hay
en el patio, apoyadas contra el muro, treinta y ocho
tinajas llenas de aceite de oliva y que, a juzgar por
el olor, debe ser de excelente calidad? ¡Hermana mía!,
no veo en ti la diligencia, entendimiento y recursos
de Morgana". Después añadió: "¡Hermana mía, me vuelvo
a dormir para poder levantarme con la aurora a fin de
acompañar al baño a nuestro amo Alí Babá!", y se fue a
dormir no lejos de donde el mercader de aceite
resoplaba como un fuelle.
Morgana algo confundida por
las palabras de Abdalá, tomó la vasija del aceite y
fue al patio a llenarla en una de las tinajas. Se
aproximó a la primera de ellas, la destapó y metió la
vasija en la abertura, pero el cacharro, en lugar de
sumergirse en aceite, chocó violentamente contra algo
resistente; aquella cosa se movió y se oyó una voz que
decía: "¡Por Alá! ¡El guijarro que ha lanzado el jefe
debe ser del tamaño de una roca, por lo menos! ¡Éste
es el momento!" y sacando la cabeza, se aprestó a
salir de la tinaja. Morgana al encontrar a un ser
viviente en aquella tinaja en lugar del aceite que
esperaba, pensó que había llegado la hora de su
destino, y, muy sorprendida en un principio, no pudo
dejar de pensar: "¡Soy muerta y todos los habitantes
de la casa perecerán sin remedio!"; pero la violencia
de su emoción le devolvió todo su coraje y en vez de
comenzar a gritar aterrada, se inclinó sobre la boca
de la tinaja y dijo: "¡No, mozo, no! Tu amo duerme
todavía. Espera que se despierte".
Morgana era muy sagaz y lo
había adivinado todo, pero para comprobar la gravedad
de la situación quiso inspeccionar las demás tinajas.
Aunque la tentativa no dejaba de ser peligrosa, se
aproximó a cada, una y, tanteando la cabeza que
asomaba tan pronto como la destapaba, decía:
"¡Paciencia y hasta luego!"; de esta manera contó
hasta treinta y siete cabezas barbudas y vio que la
tinaja número treinta y ocho era la única que estaba
llena de aceite. Entonces, tomó la vasija y, con
calma, fue a encender su lámpara para poder poner en
ejecución el proyecto que su ingenio le había sugerido
para sortear el peligro inminente.
De vuelta al patio,
encendió fuego bajo la caldera que servía para la
colada, y, sirviéndose de la vasija, la llenó de
aceite; como el fuego estaba fuerte, el líquido no
tardó en hervir. Entonces, llenó un gran cubo con
aquel aceite hirviendo, aproximándose a una tinaja, la
destapó, vertiendo de golpe el líquido abrasador sobre
la cabeza que intentaba salir y, al momento, el
bandido murió abrasado. Morgana, con mano segura, hizo
correr la misma suerte a todos los que estaban
encerrados en las tinajas y todos murieron abrasados,
pues ningún hombre, aunque estuviese encerrado en una
tinaja de siete paredes podría escapar al destino
atado a su cuello. Una vez que realizó su designio,
Morgana apagó el fuego y, cubriendo las bocas de las
tinajas con la fibra de palmera, regresó a la cocina,
apagó la linterna quedándose a oscuras resuelta a
esperar el desenlace del asunto, que no se hizo
esperar por mucho tiempo.
En efecto, hacia la
medianoche, el mercader de aceite se despertó y asomó
la cabeza por la ventana que daba al patio, y no
viendo ni oyendo nada, pensó que todos los de la casa
debían estar durmiendo. Tal como había dicho a sus
hombres, arrojó sobre las tinajas unos guijarros que
con él llevaba; como tenía el ojo seguro y la mano
hábil acertó todos los blancos y esperó, no dudando de
que vería surgir a sus hombres blandiendo las armas,
mas nada sucedió. Pensando que se habían dormido, les
arrojó más guijarros, pero no apareció cabeza alguna.
El jefe de los bandidos se irritó mucho con sus
hombres, a los que creía dormidos, y se dirigió hacia
ellos, pensando: "¡Hijos de perrol ¡No valen para
nada!", pero al acercarse a las tinajas hubo de
retroceder, tan espantoso era el olor a aceite quemado
y a carne abrasada que exhalaban. Se aproximó de nuevo
y tocando las paredes de una de ellas sintió que
estaban tan calientes como las paredes de un horno y
levantando las tapas vio a sus hombres, uno tras otro,
humeantes y sin vida.
A la vista de este
espectáculo, el jefe de los ladrones comprendió de qué
manera tan atroz habían perecido sus hombres, y, dando
un salto prodigioso, alcanzó la cima del muro, se
descolgó a la calle, y dando sus piernas al viento se
perdió en la oscuridad de la noche.
En este momento, como ya
era de día Scherezade, se calló.
Pero cuando llegó la 859
noche
Scherezade dijo:
Y llegando a su cueva, se
sumergió en sombrías reflexiones acerca de lo que
debía hacer para vengar lo que debía ser vengado. En
cuanto a Morgana, que acababa de salvar la casa de su
dueño y las vidas de cuantos habitaban en ella, una
vez que se hubo dado cuenta de que con la huida del
mercader de aceite había desaparecido todo peligro,
esperó tranquilamente a que amaneciera para ir a
despertar a su dueño Alí Babá. Cuando éste se hubo
vestido, sorprendido de que se le despertara tan
temprano sólo para ir al baño, Morgana le llevó ante
las tinajas y le dijo: "¡Oh, mi dueño! ¡Levanta la
primera tapa y mira dentro!" Alí Babá, al hacerlo, se
horrorizó y Morgana se apresuró a contarle cuanto
había pasado, sin omitir un detalle, mas no es útil
repetirlo aquí; e igualmente le contó la historia de
las marcas blancas y rojas de las puertas, pero
tampoco es de utilidad repetirla.
Cuando Alí Babá hubo
escuchado el relato de su esclava, lloró de emoción,
y, estrechando a la joven con ternura contra su
corazón, le dijo: "¡Bendita hija y bendito el vientre
que te llevó! Ciertamente que el pan que has comido en
está casa no ha sido comido con ingratitud. ¡Eres mi
hija y la hija de la madre de mis hijos y de ahora en
adelante serás mi primogénita!", y continuó diciéndole
palabras amables, agradeciéndole su sagacidad y
valentía. Después de esto, Alí Babá, ayudado por
Morgana y el esclavo Abdalá, procedió al entierro de
los ladrones, cuyos cuerpos, tras pensarlo mucho,
decidió enterrar en una fosa enorme que cavaría en el
jardín, haciéndolo él mismo para no llamar la atención
de los vecinos. Así es como se desembarazó de aquella
gente maldita.
Muchos días transcurrieron
en casa de Alí Babá en medio del regocijo y de la
alegría, menudearon los comentarios sobre los detalles
de aquella aventura prodigiosa y dando gracias a Alá
por su protección. Morgana era más querida que nunca y
Alí Babá junto con sus dos esposas e hijos, se
esforzaba en darle muestras de su agradecimiento y
amistad.
Un día el hijo mayor de Alí
Babá, que era quien regía la antigua tienda de Kasín,
dijo a su padre: "Padre mío, no sé qué hacer para
agradecer a mi vecino el mercader Hussein todas las
atenciones con que me abruma desde su reciente
instalación en el mercado. He aquí que ya he aceptado
en cinco ocasiones participar, de su comida del
mediodía, sin ofrecerle nada en cambio. ¡Oh padre! Yo
desearía invitarle aunque no fuese más que una sola
vez y resarcirle de todas sus atenciones con un festín
suntuoso y único, ya que convendrás en que es
conveniente agasajarle debidamente, en justa
correspondencia, a las atenciones que ha tenido para
conmigo".
Alí Babá, respondió: "¡Hijo
mío, ciertamente ése es el más grande de los deberes!
Tendrás que dejarlo todo a mi cargo y no preocuparte
por nada. Precisamente, mañana viernes, día de
descanso, lo aprovecharás para invitar a tu vecino
Hussein a venir a tomar con nosotros el pan y la sal,
y si por discreción busca algún pretexto, no temas
insistir y tráele a nuestra casa, en la que espero que
encuentre un agasajo digno de su generosidad".
A la mañana siguiente,
después de la oración, el hijo de Alí Babá invitó a
Hussein, el mercader que recientemente se había
instalado en el mercado, a dar un paseo. En compañía
de su vecino, dirigió sus pasos precisamente hacia el
barrio donde estaba su casa. Alí Babá, que los
esperaba en el umbral, se acercó a ellos con rostro
sonriente y después de saludarlos, expresó a Hussein
su gratitud por las deferencias que tenía para con su
hijo y le invitó cordialmente a que entrase en su casa
a descansar y a compartir con su hijo y con él la
comida de la tarde, y añadió: "¡Bien sé que haga lo
que haga, no podré recompensar las atenciones que has
tenido con mi hijo, pero, en fin, espero que aceptes
el pan y la sal de la hospitalidad!".
Hussein respondió: "¡Por
Alá, oh mi dueño! Tu hospitalidad es grande
ciertamente, pero ¿cómo puedo aceptarla si tengo hecho
juramento de no probar nunca alimentos sazonados con
sal y de no probar jamás ese condimento?" Alí Babá,
respondió: "No tengo más que decir una palabra en la
cocina y los alimentos serán preparados sin sal ni
nada parecido". Y de tal modo instó al mercader; que
le obligó a entrar en su casa. Rápidamente corrió a
prevenir a Morgana para que no echara sal a los
alimentos y prepararan las viandas, rellenos y
pasteles, sin la ayuda de aquel condimento. Morgana,
muy sorprendida por el horror de aquel huésped hacia
la sal, no sabiendo a qué atribuir un deseo tan
extraño comenzó a reflexionar sobre el asunto, pero no
olvidó prevenir a la cocinera negra de que debía
atenerse a la orden de su dueño Alí Babá..
Cuando la comida estuvo
lista, Morgana la sirvió en los platos y ayudó al
esclavo Abdalá a llevarla a la sala del festín, como
era de natural muy curiosa, de vez en cuando echaba
una ojeada al huésped a quien no le gustaba la sal.
Cuando la comida terminó,
Morgana se retiró para dejar a su dueño conversar a
gusto con su invitado. Al cabo de una hora la joven
entró nuevamente en la sala, y, con gran sorpresa de
Alí Babá, ataviada como una danzarina: la frente
adornada con una diadema de zequíes de oro, el cuello
rodeado por un collar de ámbar, el talle ceñido con un
cinturón de mallas de oro, y brazaletes de oro con
cascabeles en las muñecas y tobillos, según la
costumbre de las danzarinas de profesión. De su
cintura colgaba el puñal de empuñadura de jade y larga
hoja que sirve para acompañar las figuras de la danza.
Sus ojos de gacela enamorada, ya tan grandes de por sí
y de tan profunda mirada, estaban pintados con kohl
negro hasta las sienes, lo mismo que sus cejas,
alargadas en amenazador arco. Así ataviada y adornada,
avanzó con pasos medidos, erguida y con los senos
enhiestos. Tras ella entró el joven esclavo Abdalá
llevando en su mano derecha, a la altura de la
cintura, un tambor sobre el que redoblaba muy
lentamente, acompañando los pasos de la esclava.
Cuando Morgana llegó ante
su dueño, se inclinó graciosamente y sin darle tiempo
a recuperarse de la sorpresa que le había producido
aquella entrada inesperada, se volvió hacia el joven
Abdalá y le hizo una ligera seña. Súbitamente, el
redoble del tambor se aceleró Morgana bailó ágil como
un pájaro, todos los pasos imaginables, dibujando
todas las figuras, como lo hubiese hecho en el palacio
de los reyes una danzarina de profesión. Danzó como
sólo pudo hacerlo ante Seúl, sombrío y triste, David,
el pastor. Bailó la danza de los velos, la del
pañuelo, la del bastón, las danzas de los judíos, de
los griegos, de los etíopes, de los persas y de los
beduinos, con una ligereza tan maravillosa que,
ciertamente, sólo Balkin, la amante reina de Solimán,
hubiese podido hacerlo igual.
Terminó de bailar sólo
cuando el corazón de su dueño, el hijo de su dueño y
el del mercader invitado de su amo cesaron de latir y
la contemplaron con ojos arrobados. Entonces, comenzó
la danza del puñal; en efecto, sacando de improviso el
puñal de su funda de plata, ondulante por su gracia y
actitudes, danzó al ritmo acelerado del tambor, con el
puñal amenazador, flexible, ardiente, salvaje y como
sostenida por alas invisibles.
La punta del arma tan
pronto se dirigía contra algún enemigo invisible como
hacia los bellos senos de la exaltada adolescente. En
aquellos momentos, la concurrencia profería un grito
de alarma, tan próximo parecía estar el corazón de la
danzarina de la punta mortífera del arma, pero poco a
poco el ritmo del tambor se hizo más lento y le atenuó
su redoble hasta el silencio completo, y Morgana cesó
de bailar.
La joven se volvió hacia el
esclavo Abdalá, quien a una nueva señal, le arrojó el
tambor que ella atrapó al vuelo, y se sirvió de él
para tenderlo a los tres espectadores, según la
costumbre de las bailarinas, solicitando su dádiva.
Alí Babá, aunque molesto en un principio por la
inesperada entrada de su esclava, pronto se dejó ganar
por tanto encanto y arte y arrojó un dinar de oro en
el tambor. Morgana se lo agradeció con una profunda
reverencia y una sonrisa y tendió el tambor al hijo de
Alí Babá, que no fue menos generoso que su padre.
Llevando siempre el tambor en la mano izquierda, lo
presentó al huésped a quien no le gustaba la sal.
Hussein tiró de su bolsa y se disponía a sacar algún
dinero para aquella bailarina codiciable, cuando de
súbito Morgana, que había retrocedido dos pasos, se
abalanzó contra él como un gato salvaje y le clavó en
el corazón el puñal que blandía en la diestra. Hussein
con los ojos fuera de las órbitas, medio exhaló un
suspiro, y, cayendo de bruces sobre el tapiz, dejó de
existir. Alí Babá y su hijo, en el colmo del espanto y
de la indignación, se lanzaron hacia Morgana, que
temblorosa por la emoción, limpiaba su puñal en el
velo de seda y como la creyesen víctima del delirio y
de la locura, la asieron de las manos para quitarle el
arma, pero ella con voz tranquila, les dijo: "¡Oh amos
míos! ¡Alabemos a Alá que ha dirigido el brazo de una
débil joven, para así castigar al jefe de vuestros
enemigos! ¡Ved si este muerto no es el mercader de
aceite, el capitán de los ladrones, el hombre que no
quiso probar la sal de la hospitalidad!".
Mientras hablaba, despojó
de su manto al cuerpo caído, y mostró bajo sus largas
barbas, al enemigo que había jurado su destrucción.
Cuando Alí Babá reconoció en el cuerpo inanimado de
Hussein al mercader de aceite dueño de las tinajas y
jefe de los bandidos, comprendió que por segunda vez
debía su vida y la de su familia a la adhesión atenta
y al coraje de la joven Morgana, por lo que
abrazándola, con lágrimas en los ojos; le dijo: "¡Oh
Morgana, hija mía! Para que mi dicha sea completa,
¿quieres entrar definitivamente en mi familia como
esposa de mi hijo, ese bello joven que aquí está con
nosotros?", Morgana besó la mano de Alí Babá y
respondió: "Acato y obedezco".
El matrimonio de Morgana
con el hijo de Alí Babá se celebró sin tardanza ante
el kadí y los testigos, en medio de gran alegría y
regocijo. El cuerpo del jefe de los handidos, ¡que, él
sea maldito!, se enterró en secreto en la fosa común
que había servido de sepultura a sus antiguos
compañeros.
En este momento, Scherezade
vio que amanecía y, discreta, se calló.
Pero cuando llegó la 860
noche
Dijo Scherezade:
Después del matrimonio de
su hijo, Alí Babá escuchaba atentamente las opiniones
de Morgana, y, siguiendo sus consejos, durante algún
tiempo se abstuvo de volver a la caverna por temor de
encontrar a los dos bandidos restantes, cuya muerte
ignoraba y que, en realidad, como tú sabes, rey
afortunado, habían sido ejecutados por orden de su
capitán.
Hasta que pasó un año no
estuvo tranquilo a ese respecto, pero una vez hubo
transcurrido ese tiempo se decidió a visitar la
caverna en compañía de su hijo y de la avisada Morgana.
Ésta, que durante el camino no dejó de observar cuanto
veía, al llegar a la roca se apercibió de que los
arbustos y las grandes hierbas obstruían por completo
el sendero que rodeaba a aquélla y que, por otra
parte, en el suelo no había rastro de pisadas humanas
ni huella alguna de caballos, por lo que, deduciendo
que desde mucho tiempo atrás nadie debía haberse
acercado a aquellos parajes, dijo a Alí Babá: "¡Oh tío
mío! ¡No hay inconveniente; podemos entrar sin
peligro!" Alí Babá extendió las manos hacia la puerta
de piedra y pronunció la fórmula mágica, diciendo
"¡Sésamo, ábrete!" Lo mismo que otras veces, la huerta
obedeció como si fuese movida por servidores
invisibles y se abrió dejando paso libre a Alí Babá, a
su hijo, y a la joven Morgana. El antiguo leñador
comprobó que, en efecto, nada había cambiado desde su
última visita al tesoro; por lo que se apresuró a
mostrar a Morgana y a su hijo las fabulosas riquezas,
de las que era él único dueño.
Una vez que vieron cuanto
había en la caverna, llenaron de oro y pedrería tres
sacos grandes que habían llevado con ellos y,
volviendo sobre sus pasos, después de pronunciar la
fórmula de apertura, salieron de la cueva.
Desde entonces vivieron con
tranquilidad, usando con moderación y prudencia las
riquezas que les había otorgado el Generoso, que es el
único grande. Así es como Alí Babá, el leñador
propietario de tres asnos por toda fortuna, llegó a
ser, gracias a su destino, el hombre más rico y
respetado de su ciudad natal.
¡Gracias a Aquel que da sin
medida a los humildes de la tierra! He aquí, ¡oh rey
afortunado! —continuó diciendo Scherezade—; lo que sé
de la historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones,
pero ¡más sabio es Alá!
El rey Chabriar dijo:
—Ciertamente, Scherezade,
que ésta es una historia asombrosa, pues la joven
Morgana no tiene par entre las mujeres de hoy. Bien lo
sé yo, que me vi obligado a cortar la cabeza de todas
las desvergonzadas de mi palacio.
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