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RAMÓN DEL VALLE INCLÁN

Ramón María del
Valle Inclán (1866/1936), dramaturgo, poeta y
novelista español, nació en Villanueva de Arosa,
Pontevedra el 28 de octubre de 1866 e integró la
célebre Generación del 88. Se graduó de bachiller
(1885) abandonando los estudios de Derecho luego
de la muerte de su padre (1890).
De esta época son
sus primeras publicaciones en Café de gotas
(Santiago) y La ilustración
ibérica
(Barcelona). Trasladado a Madrid colabora en El
Globo (Madrid), frecuenta el Museo del Prado, las
bibliotecas de la ciudad y diversas
representaciones del género chico.
En 1892 viaja a
México y colabora en los diarios El Veracruzano
Libre y El Universal. Pasa por Cuba y regresa a
Pontevedra (1893) cultivando la amistad del
bibliógrafo Jesús
Muruáis. Allí publica su primer libro:
Femeninas (1894), colección de relatos
amorosos.
Su particular
aspecto (capa, chalina, sombrero y barba)
disonante para una provincia como Pontevedra le
hace acreedor de burlas, tal vez una de las causas
de su retorno a Madrid (1896). En las tertulias se
vincula con Gomez Carrillo, Pío y Ricardo Baroja,
Azorín, Benavente, etc.
Su segundo libro:
Epitalamio (Historias de amores) (1897), se
publica con poco éxito. Alterna las letras con la
actuación teatral participando en La comedia de
las fieras de Benavente y Los reyes
en el destierro de Daudet adaptada por
Alejandro Sawa.
En 1899 una
gangrena en su brazo a causa de una herida causada
durante una discusión con el periodista Manuel
Bueno provoca la amputación del miembro. Ese mismo
año estrena Cenizas, su primera obra de
teatro y alterna el periodismo con la vida
bohemia.
Entre 1902 y 1905
publica sus Sonatas de otoño, estío, primavera
e invierno, en ese orden respectivamente y a
razón de una por año, en las que presenta las
memorias de ficción del marqués de Bradomín,
conocidas como un modelo de prosa modernista. Se
suceden luego Jardín Novelesco;
Historias de almas en pena de duendes y de
ladrones (1905) y estrena una adaptación al
teatro de las Sonatas cuyo reparto integra
Josefina Blanco con quien se casa en 1907. Del
matrimonio nacen Joaquín María (1914), Carlos Luis
(1917) y Jaime (1921).
El marqués de Bradomín,
Águilas de blasón
y Romance de lobos (por entregas en el
diario El Mundo) (1907), La Guerra Carlista (1908) que despierta sus simpatías políticas,
Mi hermana Antonia (1909) son otras de
sus obras. Viaja a América (1910) donde da varias
conferencias. La obra poética de Valle-Inclán está
reunida en la trilogía Claves líricas
(1930), formada por Aromas de leyenda,
El pasajero y La pipa de Kif.
Viaja a México
publicando luego Tirano Banderas (1926),
considerada su obra máxima. En 1927 publica El
ruedo ibérico. Participa en la creación de la
Alianza Republicana y revela su simpatía hacia el
comunismo. Murió en La Coruña el 5 de enero de
1936 negándose al auxilio religioso.
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Ese
largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la
muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he
sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso
tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de
nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los
cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en
la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y
siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el
Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que
hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando
cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el
Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre
señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde
estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y
obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del
Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la
capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María
Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al
jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar.
Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y
decirme que hiciese examen de conciencia:
—Vete
a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor...
La
tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba
con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa,
resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido
por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de
Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también
el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha
del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un
guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche
ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos
racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados
de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que
ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda bordada de
oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro
oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de
plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se
afanase por volar hacia el Santo.
Mi
madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella
tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de
rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada
de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la
tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba
moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les
tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la
oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la
silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y
augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la
tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del
altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños
litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo
la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía
entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza
inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina
de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya
oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una
diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos...
Mi
madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a
las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del
presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de
mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil
resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto
el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las
niñas escuchaban y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la
albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro
iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de
pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y
las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre.
Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y
huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé
sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se
entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se
erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el
mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso
rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve
miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi
madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí
inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la
puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo
alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes
pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se
apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá lejos,
resonó un festivo ladrar de perros y música de cascabeles.
Una voz grave y eclesiástica llamaba:
—¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Era el
Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí
la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí
distintamente la carrera retozona de los perros. La voz
grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto
gregoriano:
—Ahora
veremos qué ha sido ello... Cosa del otro mundo no lo es,
seguramente... ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Y el
Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en
la puerta de la capilla:
—¿Qué
sucede, señor Granadero del Rey?
Yo
repuse con voz ahogada:
—¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del
sepulcro...!
El
Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre
arrogante y erguido. En sus años juveniles también había
sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el
vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el
hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció
gravemente:
—¡Que
nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto
temblar a un Granadero del Rey...!
No
levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles,
contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar
la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A
nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el
cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre
su almohada de piedra. El Prior se sacudió:
—¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o
brujas!
Y se
acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce
empotradas en una de las losas, aquella que tenía el
epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin
despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la suya en una
anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco,
negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y
amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un
brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí
temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de
la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las
sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras
que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba
por todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con
sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como
bajo la visera de un casco:
—Señor
Granadero del Rey, no hay absolución ...¡Yo no absuelvo a
los cobardes!
Y con
rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos
hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso
resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal
vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como
a una mujer!
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