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CLARICE LISPECTOR

Clarice
Lispector (1925/1977) escritora
y periodista brasileña, hija de judíos rusos,
nació en Tchetchelnik (Ucrania), cuando sus padres
ya habían decidido emigrar. Tenía solo dos meses
cuando llegó a Alagoas, y jamás admitió otra
patria que el Brasil.
Poco tiempo después la familia se
trasladó a Recife y a partir de 1937 a Río de
Janeiro donde estudió Derecho. En 1943, se casó
con el diplomático Maury Gurgel Valente, con quien
tuvo dos hijos, y se separó en 1959.
Entre 1944 y 1960 vivió largas
temporadas en el extranjero, Nápoles, Viena y
Estados Unidos. Durante toda su vida mantuvo su
actividad en la prensa iniciado en 1941 en la
Agencia Nacional. Sus crónicas son de alto valor
literario.
A los siete años escribía cuentos
que enviaba sin éxito a las publicaciones. Su
primera novela, escrita a los 17 años, Cerca del corazón salvaje
(1944) la hizo merecedora del premio Graça Aranha.
En ella se nota la influencia de Herman Hesse y
Julien Green.
Después de publicar
La manzana en la oscuridad
(1961), despertó el interés de la crítica
literaria, que la situó, junto con João Guimarães
Rosa, en el centro de la ficción de vanguardia (la
tercera fase del modernismo brasileño). Luego
aparecen
La pasión según G. H.
(1964) y Aprendizaje o el libro de los placeres
(1969).
Otras obras son:
La ciudad sitiada
(1949), Lazos de familia
(cuentos, 1960, traducidos al español por Cristina
Peri Rossi en 1988), La legión extranjera (1964),
La imitación de la rosa (1973), Agua viva
(1977), La hora de la estrella
(1977), El vía crucis del cuerpo,
Revelación del mundo (crónicas sabatinas
aparecidas en en Jornal do Brasil entre 1967 y
1973), Un soplo de vida
(1978) y La bella y la bestia (1979), estas
dos últimas póstumas.
En su constante apelación a la
metáfora logra una atmósfera íntima e intensa,
exaltando la vida interior de los personajes que
alternan aspectos psicológicos y metafísicos. Su
narrativa no es convencional y presume un mensaje
existencial. Lispector no narra historias de sus
personajes sino que relata los intrincados caminos
del alma. Ella misma reveló que sus obras
requerían una lectura irracional.
Sin embargo en
Niños irritantes nos descubre una realidad
descarnada que observará con sagacidad: la del
niño hambriento cuya resignación despierta
rebeldía (“yo no soporto la resignación. Ay, como
devoro con hambre, el placer de la revuelta”). En
esas crónicas semanales incluye taxistas,
domésticas, vecinas y hasta sus propios hijos.
Murió en Río de
Janeiro, víctima de un cáncer, en 1977.
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Un
poco cansada, con las compras deformando la nueva
bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la
bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar.
Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad,
con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana
eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se
bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez
más completos. La cocina era espaciosa, el fogón
estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era
fuerte en el departamento que estaban pagando de a
poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella
misma había cortado recordaba que si quería podía
enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo
mismo que un labrador. Ella había plantado las
simientes que tenía en la mano, no las otras, sino
esas mismas. Y los árboles crecían.
Crecía su rápida
conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua
llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa
con comidas, el marido llegando con los diarios y
sonriendo de hambre, el canto importuno de las
sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo,
tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente
de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa.
A cierta hora de la tarde los árboles que ella había
plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más
de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía
más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un
poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas
para los chicos, con la gran tijera restallando sobre
el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía
mucho que se había encaminado a transformar los días
bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por
lo decorativo se había desarrollado suplantando su
íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo
era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa
se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría
ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre
había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las
cosas. Y eso le había dado un hogar,
sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a
caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber
en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con
el que se había casado era un hombre de verdad, los
hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su
juventud anterior le parecía tan extraña como una
enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto
para descubrir que también sin la felicidad se vivía:
aboliéndola, había encontrado una legión de personas,
antes invisibles, que vivían como quien trabaja con
persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había
sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para
siempre fuera de su alcance: era una exaltación
perturbada a la que tantas veces había confundido con
una insoportable felicidad. A cambio de eso, había
creado algo al fin comprensible, una vida de adulto.
Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su
precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa
de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin
necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de
la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los
muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con
espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir
ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma
habilidad que le habían transmitido los trabajos de la
casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar
objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la
familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era
el final de la tarde y los niños, de regreso del
colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su
tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada
por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los
muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran
arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba
oscuramente parte de las raíces negras y suaves del
mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba
bien. Así lo había querido y elegido ella.
El tranvía vacilaba sobre
las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba
un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin
de la tarde, el final de la hora inestable. Ana
respiró profundamente y una gran aceptación dio a su
rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba,
enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía
tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el
hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y
los otros es que él estaba realmente detenido. De pie,
sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho
que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo
inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el
ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba
chicle.
Ana todavía tuvo tiempo de
pensar por un segundo que los hermanos irían a comer;
el corazón le latía con violencia, espaciadamente.
Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira
lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad.
Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento,
al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto
dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír —como si
él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la
viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero
continuaba mirándolo, cada vez más inclinada —el
tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida
hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su
regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el
conductor dio la orden de parar antes de saber de qué
se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros
miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus
compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde
hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con
dificultad, todavía incierta, incomprensible. El
muchacho de los diarios reía entregándole sus
paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el
paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas
se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego
había interrumpido su tarea de masticar chicle y
extendía las manos inseguras, intentando inútilmente
percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los
huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las
sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el
tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya
nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los
rieles y el ciego masticando chicle había quedado
atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era
áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había
tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en
un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con
las compras en el regazo. Y como una extraña música,
el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba
hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que
había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba
con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo
sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire
hostil, perecedero... El mundo nuevamente se había
transformado en un malestar. Varios años se
desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían.
Expulsada de sus propios días, le parecía que las
personas en la calle corrían peligro, que se mantenían
por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y
por un momento la falta de sentido las dejaba tan
libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una
ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al
asiento de enfrente, como si se pudiera caer del
tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con
la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella
llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca
era el placer intenso con que ahora gozaba de las
cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto
menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas
voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria
parecía que estaba pronta a estallar una revolución.
Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire
cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había
sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada
persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego,
y las personas la asustaban con el vigor que poseían.
Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro!
Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio
un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos
sonriendo... ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia
una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien
a la vida, había cuidado tanto que no explotara.
Mantenía todo en serena comprensión, separaba una
persona de las otras, las ropas estaban claramente
hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario
la película de la noche, todo hecho de tal modo que un
día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo
había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se
le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la
boca.
Solamente entonces percibió
que hacía mucho que había pasado la parada para
descender. En la debilidad en que estaba, todo la
alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con
piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la
bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no
consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en
medio de la noche.
Era una calle larga, con
altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo,
ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores,
mientras la vida que había descubierto continuaba
latiendo y un viento más tibio y más misterioso le
rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al
fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de
la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la
alameda central, entre los cocoteros. No había nadie
en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó
en un banco de un atajo y allí se quedó por algún
tiempo.
La vastedad parecía
calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se
adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera
de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la
penumbra de las ramas cubría el atajo.
A su alrededor se
escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas
sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era
triturado por los instantes ya más apresurados de la
tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual
estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de
aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado
grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se
volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la
alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su
pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa,
desapareció.
Inquieta, miró en torno.
Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre
el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de
repente, con malestar, le pareció haber caído en una
emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto
del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas
eran negras, dulces como la miel. En el suelo había
carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros
podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas.
Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el
tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una
araña. La crudeza del mundo era tranquila. El
asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que
pensábamos.
Al mismo tiempo que
imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes,
un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos
eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo
era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a
una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a
la vez era fascinada.
Los árboles estaban
cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando
Ana pensó que había niños y hombres grandes con
hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella
estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín
era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él,
se estremecía en los primeros pasos de un mundo
brillante, sombrío, donde las victorias-regias
flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas
sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas,
sino del color de un mal oro y escarlatas. La
descomposición era profunda, perfumada... Pero todas
las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza
rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la
vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba
entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su
olor dulzón... El Jardín era tan bonito que ella tuvo
miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y
todo parecía lleno, pesado, un esquilo
pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra
estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era
fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los
niños, frente a los cuales se había vuelto culpable,
se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el
paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la
alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de
ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los
portones cerrados, los sacudía apretando la madera
áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla
visto.
Hasta que no llegó a la
puerta del edificio, había parecido estar al borde del
desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su
alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por
el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el
mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió
la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada,
los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las
ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva
tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que
hasta entonces llevara le pareció una manera
moralmente loca de vivir. El niño que se acercó
corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual
al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con
fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la
vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto
había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo
modo en que siempre había sido fascinada por las
ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la
proximidad de la verdad le provocaba, avisándola.
Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como
si supiera de un mal —¿el ciego o el hermoso Jardín
Botánico?— se prendía a él, a quien quería por encima
de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe.
La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué
haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría
sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban
de ella. Ella precisaba de ellos...
—Tengo miedo —dijo. Sentía
las costillas delicadas de la criatura entre los
brazos, escuchó su llanto asustado.
—Mamá —exclamó el niño. Lo
alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.
—No dejes que mamá te
olvide —le dijo.
El niño, apenas sintió que
el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta
de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la
peor mirada que jamás había recibido. La sangre le
subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejó caer en una silla,
con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De
qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los
días que ella había forjado se habían roto en la
costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la
ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía
vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era
solamente piedad: su corazón se había llenado con el
peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del
otro lado del ciego o de las espesas plantas. El
hombre poco a poco se había distanciado, y torturada,
ella parecía haber pasado para el lado de los que le
habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo
y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella
pertenecía a la parte fuerte del mundo —¿y qué nombre
se debería dar a su misericordia violenta? Sería
obligada a besar al leproso, pues nunca sería
solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor
de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque
ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes.
¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por
Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara
en su corazón las aguas más profundas? Pero era una
piedad de león.
Humillada, sabía que el
ciego preferiría un amor más pobre. Y,
estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del
Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por
la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los
ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese
sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con
miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la
cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía,
como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y
constante. El pequeño horror del polvo ligando en
hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la
pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el
agua —estaba el horror de la flor entregándose
lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo
secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata
de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El
pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo
temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil
de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de
los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba
de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes,
batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda,
en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida.
Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal
amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se
quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido,
vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los
hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas
todas abiertas, en el noveno piso. Un avión
estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar
de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena.
También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en
la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil
obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y
reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la
comida, la primera brisa más fresca entró por las
ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia.
Cansados del día, felices al no disentir, bien
dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el
corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían
admirablemente alrededor de ellos. Y como a una
mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes
que desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se
fueron y los chicos estaban acostados, ella era una
mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad
estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había
desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le
llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de
ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una
maldad de amante, parecía aceptar que de la flor
saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen
en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los
frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro
del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!,
pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su
marido frente al café derramado.
—¿Qué fue? —gritó vibrando
toda.
Él se asustó por el miedo
de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
—No fue nada —dijo—, soy un
descuidado —parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro
de Ana, la observó con mayor atención. Después la
atrajo hacia sí, en rápida caricia.
—¡No quiero que te suceda
nada, nunca! —dijo ella.
—Deja que por lo menos me
suceda que el fogón explote —respondió él sonriendo.
Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.
Ese día, en la tarde, algo
tranquilo había estallado, y en toda la casa había un
clima humorístico, triste.
—Es hora de dormir —dijo
él—, es tarde.
En un gesto que no era de
él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la
mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás,
alejándola del peligro de vivir. Había terminado el
vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y
su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por
un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de
acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña
llama del día.
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