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MARCEL SCHWOB

Marcel Schwob
nació en
Saville, Francia, en 1867, y murió en París en 1905. En la
producción de este extraordinario escritor francés de
origen judío, se destacan La cruzada de los niños,
(que refiere un curioso hecho histórico. A principios del
siglo XII partieron desde Alemania dos expediciones de
niños a Tierra Santa, creían poder atravesar a pie enjuto
los mares, por lo que se encaminaron a los puertos del
Sur. Pero el previsto milagro no aconteció.) y Vidas
imaginarias. Schwob sumó a la tradición oriental de su estirpe de rabinos intensísimas lecturas
occidentales; como
dijera Borges: En todas partes del mundo hay
devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas
sociedades secretas. No buscó la fama; escribió deliberadamente para los happy few, para los menos.
Frecuentó los cenáculos simbolistas; fue amigo de Remy de
Gourmont y de Paul Claudel.
A los veinticuatro años
publica su primer libro de cuentos, Coeur double, y
participa activamente del movimiento simbolista. Agudo
crítico, ensayista y poeta en prosa fue también filólogo
eminente. En 1890 traba relación con Louise, joven
prostituta que muere en la miseria producto de la tisis,
dejándolo vivamente impresionado. Le livre de Monelle está en gran medida inspirado por ella. En 1895 conoce a
la mujer de su vida, Marguerite Moreno, actriz famosa por
su belleza y su voz admirable. Pero el idilio se
interrumpió por una seria enfermedad de Marcel, Marguerite
permaneció a su lado y lo cuidó hasta el final.
Definitivamente los
personajes de Schwob remiten al placer de la lectura, su
obra tiene el encanto de la simpleza y la originalidad a
la vez. Mediante historias ficcionadas de personajes
célebres (el pintor Paolo Uccello, la princesa Pocahontas
o el filósofo romano Lucrecia, entre otros), Marcel Schwob
encumbra un género absolutamente propio en el que usa las
palabras justas para los no menos justos episodios creados
por él mismo.
Cada hombre no posee más
que sus rarezas y a partir de ellas distingue a sus
personajes otorgándoles un colorido que los rescata de la
opacidad. Aun sin la popularidad de la que inmerecidamente
no goza, nos llega su genio a través de ilustres y
confesos discípulos. Tal vez el más cercano sea el Jorge
Luis Borges que prologa Vidas imaginarias y La
cruzada de los niños.
Su admiración por Françoise
Villon, poeta y bandido del siglo XV, lo llevó a realizar
el ensayo más extenso de Spicilège (1896). En él
destaca el caótico contraste de un alma de exquisita
sensibilidad pero débil, cobarde y mentirosa, en un mundo
cuyos valores más caros eran la fuerza, el poder y el
coraje. En esa situación no sólo sobrevive, sino que
Villon, con sutil perversidad, elabora los versos más
hermosos.
El deleite que transmite
Schwob es su propio deleite por las situaciones que
recrea. Cuando Alejandro Magno, después de destruir Tebas,
pregunta a Diógenes si desea que la ciudad sea
reconstruida, éste le contesta: “¿Para qué?, siempre habrá
otro Alejandro que la destruya”. También pinta al autor la
actitud del cínico Crates que, acostumbrado a las llagas
de su cuerpo, sólo lamentaba no tener la flexibilidad de
los perros para lamerlas.
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Incluido en Vidas imaginarias
Su verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los
florentinos lo llamaron Uccello, o sea: Pablo el
Pájaro, a causa del gran número de pájaros figurados y
de animales pintados que llenaban su casa; pues era
demasiado pobre para poder adquirir y sostener
animales vivos. Hasta se dice que hubo de ejecutar en
Padua un fresco de los cuatro elementos, en el que dio
por atributo al aire la imagen del camaleón. Pero,
como jamás había visto ninguno, lo representó como un
camello panzudo con las fauces abiertas. (Ahora bien,
explica Vasari, el camaleón es semejante a un lagarto
pequeño y enjuto, en tanto que el camello es un animal
grande y desgarbado.) Pero Uccello no se preocupaba de
la realidad de las cosas, sino de su multiplicidad y
del infinito de las líneas; de suerte que pintaba
campos azules, y ciudades carmesíes, y jinetes
revestidos de negras armaduras sobre caballos de color
de ébano y belfo llameante, blandiendo lanzas
proyectadas como rayos de luz hacia todos los puntos
del cielo. Solía también dibujar mazocchi, que
son círculos de madera forrados de paño que se colocan
sobre la cabeza de manera que los pliegues de la tela,
echada hacia atrás, caen rodeando el rostro. Uccello
los imaginó de todas formas, cuadrados, puntiagudos,
piramidales, cónicos, romboidales, según las
apariencias todas de la perspectiva, de manera que las
distintas combinaciones del mazocchio le
suministraban un mundo de combinaciones. Y el escultor
Donatello le decía: "Ah, Paolo; dejas la sustancia por
la sombra!"
Pero el Pájaro proseguía su obra paciente,
entrecruzando líneas y círculos, sumando ángulos,
dividiendo polígonos y examinando a todas las
criaturas bajo todos sus aspectos. Con frecuencia
visitaba a su amigo el matemático Giovanni Manetti
para preguntarle la interpretación de los problemas de
Euclides; luego, se encerraba en su casa, y cubría sus
tablas y vitelas de figuras geométricas. Trabajaba con
ahínco en el estudio de la arquitectura, haciéndose
ayudar por Filippo Brunelleschi; pero no era con la
intención de construir. Se limitaba a observar las
direcciones de las líneas, desde los cimientos hasta
las cornisas, y la convergencia de las rectas en sus
intersecciones, y el modo en que las bóvedas y los
arcos descansaban en sus claves, y el escorzo en
abanico de las vigas maestras en ciertas
construcciones. Representaba también todos los
animales y sus movimientos y los ademanes y gestos de
los hombres, a fin de reducirlos a sus líneas
esenciales.
Luego, semejante al alquimista que se inclina sobre sus crisoles en
persecución de la piedra filosofal, Uccello vertía
todas las formas en el crisol de las formas. Las
reunía y combinaba y fundía y refundía, a fin de
obtener su transmutación en la forma simple, esencial,
de que dependen todas las demás. Tal era la razón de
que Paolo Uccello viviera como un alquimista en el
fondo de su casucha. Creyó que podría transmutar todas
las líneas en un solo aspecto ideal. Intentó concebir
el universo creado tal como se reflejaba en el ojo de
Dios, que ve brotar todas las figuras de un centro
complejo. En torno de él vivían Ghiberti, della Robbia,
Brunelleschi, Donatello, todos ellos orgullosos y en
posesión de su arte, haciendo burla del infeliz
Uccello y de su locura de la perspectiva,
compadeciendo su casa llena de arañas y exenta de
provisiones. Pero Uccello los superaba con mucho en
ambición y en soberbia. A cada nueva combinación de
líneas, esperaba haber descubierto el secreto de
crear. La meta a que propendía su esfuerzo no era la
imitación, sino la capacidad de desarrollar
soberanamente todas las cosas, y la extraña serie de
tocas que trazaba le parecía más reveladora que las
espléndidas figuras de mármol del gran Donatello.
Así vivía el Pájaro, semejante en todo a un ermitaño,
absorto, sin casi darse cuenta de lo que comía y
bebía, saliendo apenas de su casa, y cuando lo hacía,
tan sólo para vagar por los contornos de la ciudad,
observando el zigzag de los pájaros en el cielo y el
juego inextricable de las frondas. Un atardecer,
paseando por una pradera solitaria, junto a un círculo
de viejas piedras hundidas en la hierba, vio de
repente a una doncella que reía, la frente ceñida por
una corona de flores silvestres. Llevaba una túnica
hasta los pies, de color delicado, sujeta al talle por
una cinta de seda, y sus movimientos eran flexibles
como los tallos de las flores que sus dedos
entretejían en guirnalda. Su nombre era Selvaggia, y
sus labios sonrieron suavemente a Uccello. Este anotó
maquinalmente la inflexión de su sonrisa. Y, cuando
ella lo miró, observó las menudas líneas curvas
de sus pestañas, y el redondel de sus pupilas, y la
comba de sus párpados, y la trama sutil de sus
cabellos, e hizo describir en su imaginación un sinfín
de posiciones a la corona que le ceñía la frente. Pero
Selvaggia nada supo de ello, tan sólo tenía trece
años. Casi sin saber lo que hacía, tomó a Uccello de
la mano, y lo amó. Era hija de un tintorero de
Florencia, y huérfana de madre. Una segunda mujer vino
a la casa, y trató con crueldad a Selvaggia, llegando
hasta a pegarle. Uccello la llevó consigo a su taller.
Selvaggia se pasaba el día acurrucada ante el muro
sobre el que Uccello trazaba, infatigablemente, las
formas universales. Jamás comprendió que Uccello
pudiera preferir perderse en aquel laberinto de líneas
rectas y curvas a contemplar el tierno rostro que se
levantaba hacia él. Por la noche, cuando Brunelleschi
o Manetti venían a estudiar con Uccello, ella se
dormía, al pie de las líneas entrecruzadas, en la zona
de sombra que dejaba a su alrededor la luz de la
lámpara. Al amanecer, se despertaba antes que Uccello,
y se regocijaba de sentirse rodeada por todos aquellos
pájaros y animales pintados. Uccello dibujó sus labios
y sus ojos, y sus cabellos, y sus manos, y fijó todas
las actitudes de su cuerpo; pero no hizo su retrato,
como solían hacer los otros pintores cuando amaban a
una mujer. Pues el Pájaro no conocía el goce de
limitarse a la persona individual; no permanecía en un
solo lugar; antes bien quería cernirse, en su vuelo,
por encima de todos los lugares. Y las formas de las
actitudes de Selvaggia fueron arrojadas en el crisol
de las formas, con todos los movimientos de los
animales, y las líneas de las plantas y las piedras y
los rayos de la luz, y las ondulaciones de los vapores
terrestres y de las olas del mar. Y, sin acordarse
para nada de Selvaggia, Uccello parecía permanecer
eternamente inclinado sobre el crisol de las formas.
Mientras tanto, no había qué comer en casa de Uccello.
Selvaggia no se atrevía a decirlo a Donatello ni a los
demás. Calló, y murió. Uccello representó la rigidez
de su cuerpo, y la unión de sus manitos descarnadas, y
la línea de sus pobres ojos cerrados. No supo que
estaba muerta, del mismo modo que no había sabido que
estaba viva. Pero arrojó estas nuevas formas entre
todas las que hasta entonces había recogido.
El Pájaro envejeció, y nadie comprendía ya sus
cuadros. No se veía en ellos sino una confusión de
curvas. No se reconocían ya, en aquella maraña, ni
hombres, ni plantas, ni animales, ni nada que
proviniese de la tierra. Desde hacía muchos años
trabajaba en su obra suprema, que escondía celosamente
a todas las miradas. Debía abarcar todas sus
investigaciones, y sería su imagen visible, según su
concepción. Era Santo Tomás incrédulo palpando la
llaga de Cristo. Uccello terminó su cuadro a los
ochenta años. Mandó entonces llamar a Donatello, y lo
descubrió reverentemente ante él. Y Donatello exclamó:
"¡Oh Paolo, vuelve a cubrir tu cuadro!" El Pájaro
interrogó al gran escultor; pero éste no quiso decir
nada más. De suerte que Uccello comprendió que había
realizado el milagro. Pero la verdad es que Donatello
no había visto sino un confuso amasijo de líneas.
Pocos años después, encontraron a Paolo Uccello muerto
de inanición sobre su camastro. Su rostro estaba
radiante de arrugas. Sus ojos, fijos en el misterio
revelado. En el puño, apretado con fuerza, se encontró
un redondelito de pergamino cubierto, de líneas
entrelazadas, que iban del centro a la circunferencia,
y volvían de la circunferencia al centro.
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