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JORGE
AMADO

Jorge Amado,
uno de los más importantes escritores brasileños, nació
1912. Creció en una plantación de cacao, Auricia, y se
educó con los jesuitas. Licenciado en derecho, ejerció
como periodista y participó activamente en la vida
política de su país desde posturas de izquierda. En 1946
formó parte de la Asamblea Constituyente como diputado del
Partido Comunista de Brasil. Estuvo en prisión a causa de
sus ideas y, entre 1948 y 1952, vivió exiliado en Francia
y en la desaparecida Checoslovaquia.
Sus
primeras obras, de un tono marcadamente realista, profundizan en
las difíciles condiciones de vida de los trabajadores, en
particular de marineros, pescadores y asalariados del cacao. La
novela más significativa de este período, considerada por algunos
como su obra maestra, es Tierras del sinfín, ambientada en
una plantación de cacao.
Con
el tiempo, su prosa ha ido incorporando elementos mágicos,
humorísticos y eróticos, sin abandonar nunca el componente de
denuncia.
En
1961 fue elegido miembro de la Academia Brasileña de las Letras.
Otras de sus obras son Gabriela, clavo y canela (1958),
Viejos marineros (1960),
Los pastores de la noche (1964), Doña Flor y sus dos
maridos (1966), que posteriormente se llevó al cine, y Teresa Batista cansada de guerra (1973). En 1979, Amado
abandonó su temática habitual y publicó Uniforme, frac y
camisón de dormir, en la que describe a la alta sociedad de
Río de Janeiro en la década de 1940.
Jorge Amado murió a los 88 años en agosto de 2001. |
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DOÑA FLOR Y SUS DOS MARIDOS |
Capítulo III
DEL TIEMPO DE MEDIO LUTO,
DE LA INTIMIDAD DE LA VIDA EN SU RECATO Y EN SU
VIGILIA DE MUJER JOVEN Y NECESITADA; Y DE CÓMO LLEGÓ A
SU SEGUNDO MATRIMONIO HONESTA Y APACIGUADA, CUANDO LA
CARGA DEL DIFUNTO YA SE LE HACÍA PESADA SOBRE LOS
HOMBROS.
(con doña Dinorá en la
bola de cristal)
ESCUELA CULINARIA “SABOR Y
ARTE”
GUISO DE TORTUGA Y OTROS PLATOS DESUSADOS
Hace unos días alguien
preguntó (pienso que debe haber sido doña Nair
Carvalho, pues a ella le gusta ofrecer lo mejor de lo
mejor), qué se podía servir a un huésped refinado, de
paladar snob, muy exigente, en fin, un artista que
requiere delicadezas, manjares raros, algo fuera de lo
corriente.
Pues bien, aconsejo que en
ese caso se sirva una delicia: guiso de tortuga; para
lo cual daré una receta que me enseñó mi maestra de
salsas y condimentos, doña Carmen Dias, receta que
hasta ahora fue mantenida en secreto. Pueden copiarla
del cuaderno. Debo agregar que, si recuerdo bien, la
tortuga es una comida de orixá en el candomblé,
habiéndome dicho mi comadre Dionisia, hija de Oxóssi,
que la tortuga es el plato predilecto de Xangô.
Además de la tortuga,
recomiendo la caza en general, y, en particular, un
guisado de carne de lagartija tierna, perfumada con
cilantro y romero. De ser posible, presentar, envuelto
en hojas aromáticas, un cerdo montés asado entero,
¡ah, el rey de los grandes platos!, el chancho
salvaje, carne con sabor a selva y libertad.
Pero si vuestro huésped
quiere alguna caza más despampanante y fina, si busca
el non-plus-ultra, la cumbre de lo superior, ¿por qué
no le sirven entonces una viuda joven y bonita,
cocinada en sus lágrimas de duelo y soledad, en la
salsa de su recato y de su luto, en los ayes de su
carencia, en el fuego de su deseo prohibido que le da
gusto a culpa y a pecado?
¡Ay! Yo conozco una viuda
así, de miel y pimienta, cocinada a fuego lento cada
noche y a punto para ser servida.
GUISO DE TORTUGA
(Receta de doña Carmen
Dias, tal como ella se la dio a doña Flor, habiendo
ésta permitido a sus alumnas copiarla y probarla.)
“Se toma una tortuga,
después de muerta por el procedimiento (bárbaro) de
aserrarla por los lados, cuidando de que no se dañe la
caparazón. Colgar al bicho por las patas traseras,
cortarle la cabeza y dejarlo así durante una hora para
que se desangre. Después, poner el animal con el
vientre para arriba y cercenarle los pies, cuidando de
conservar las piernas (o botas) y separando de ellas
la piel gruesa que las recubre. Entonces se le extrae
la carne, los menudos (hígado y corazón) y los huevos
(si los hubiera), tirando las tripas, operación que
requiere especiales cuidados, debiendo hacerse cada
cosa por separado. Lavar todo, carne y vísceras, que,
una vez maceradas con los condimentos que se indicarán
habrán de ponerse a fuego bajo hasta que tomen un
color de oro oscuro y exhalen un aroma particular. Los
condimentos: sal, limón, ajo, cebolla, tomate,
pimienta y aceite, aceite suave a voluntad.
Este plato debe servirse
con patatas del reino cocidas en agua y sal, o con
harina de mandioca blanca recubierta de cilantro”.
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Al cumplirse los seis
meses de viuda, doña Flor alivió el luto, hasta
entonces cerrado, que la obligó a llevar, tanto en la
calle como en la casa, negros vestidos sin escote. Un
único matiz en tanta negritud: las medias color humo.
Por eso aquella mañana,
las alumnas (una nueva promoción, numerosa y
simpática), al verla con una blusa clara con
guirnaldas oscuras, un collar de perlas falsas al
cuello y un leve toque de color en los labios,
prorrumpieron en aplausos entusiastas a la “traviesa
profesora”. Todavía tenía que esperar seis meses más
para poder usar el verde y el rosa, el amarillo y el
azul, el rojo y el habano, así como los nuevos y
sensacionales colores de moda: azul rey, azul
pervanche, hortensia, verdemar.
La “traviesa profesora”,
sí. Como en el verso de doña Magá Paternostro, la
ricacha. Porque, en verdad, doña Flor había aligerado
también el luto interior, se había desprendido de los
velos de la muerte, desde que, en la víspera de la
misa del primer mes, enterró dentro de sí toda la
pesadumbre del difunto. Por respeto a las costumbres y
a los vecinos mantuvo el rigor del negro, pero
volviendo a ostentar, sin embargo, su risa serena, su
atenta cordialidad, su interés por las circunstancias
diarias, su condición de esmerada dueña de casa.
Todavía cierta sombra melancólica le daba de vez en
cuando un aire pensativo que agregaba una nueva
calidad a su doméstica hermosura, con un cierto
encanto nostálgico; pero al mismo tiempo se la veía
llena de curiosidad por la vida que transcurría en
torno suyo e imprimiendo vigoroso aliento a la
“Escuela de Culinaria”, cuyo prestigio había
descuidado durante el primer mes.
No volvió a aparecer en su
boca el nombre del finado; parecía haberlo olvidado
por completo, como si después de la crisis y la
obsesión pensara, igual que doña Dinorá y sus
comparsas, que la muerte del granuja era para ella una
carta de emancipación, habiendo llegado por fin a un
acuerdo la viuda y las beatas. Al menos eso parecía.
En ocasión de la misa de
aniversario, al regreso de la visita a la tumba, en la
que había depositado las flores y el mandato del
adivino, el “mokan” de Ossain, abrió las ventanas de
la sala de recibo, permitiendo, finalmente, que la luz
del sol iluminara la casa y barriera las sombras y los
espectros. Tomó la escoba, el plumero, los trapos y
los cepillos y se entregó al trabajo.
Doña Rozilda se disponía a
ayudarla, pero la limpieza fue total: también ella
hubo de salir de la casa, de regreso a Nazareth das
Farinhas, cuando el hijo y la nuera ya comenzaban a
alimentar las clásicas esperanzas de mejores días.
Pues se había ido a la casa de la hija viuda, ya que,
en fin, ¿quién estaba más necesitada de su compañía
permanente, del afecto y la ayuda de la madre, sino la
hija, viuda reciente e inconsolable? Doña Flor estaba
solita, indefensa, expuesta a los múltiples peligros
de su ingrata situación... Era justo que doña Rozilda,
madre experimentada e intrépida, fuese a vivir con la
hija desamparada, para ayudarla en las tareas de la
casa y en la solución de innumerables problemas. A lo
mejor, quién sabe, sucedía un maravilloso milagro y la
pareja y la ciudad de Nazareth se verían libres de la
madre y de la suegra tanto más suegra que madre. Con
tal fin, Celeste, nuera y esclava, hizo una valiosa
promesa a la Virgen de las Angustias.
Pero sus ruegos no
tuvieron eco: el santo de doña Flor fue más fuerte,
defendida como estaba, sin siquiera saberlo, por los
axé y pejis de los candomblés, por la fuerza del Rey
de Ketu, Oxóssi, orixá de su comadre Dionisia (¡Okê!)
Así que fue la viuda quien se vio libre de doña
Rozilda, la cual, por lo demás, no se marchó antes
solo por mala educación, por cascarrabias, de pura
tirria a los vecinos, pues a éstos les había dado por
querer dominarla, por imponerle condiciones de
convivencia.
En la capital, por otra
parte, vivía sin comodidades, en una casa pequeña, sin
cuarto para ella sola, durmiendo sobre un catre en la
sala en que doña Flor daba las clases teóricas, sin
armario propio para sus pertenencias, mientras que la
casa del hijo era tan amplia y con tanta sobra de
comodidad. Además en Nazareth —y esto era lo más
importante—, ella, doña Rozilda, era alguien. Lo era
no sólo por ser la madre de Héctor, funcionario de
categoría del ferrocarril (a quien obsesionaba el
dibujo: era capaz de copiar el rostro de cualquier ser
viviente y reproducía a lápiz los cromos de las
publicaciones) y segundo secretario del Club Social
Farinhense, que tenía una de las mejores salas de la
ciudad para jugar a las damas y al chaquete, en la que
había surgido la frustrada vocación del finado don
Gil. Pues bien, allí, en Nazareth, ella era importante
por sí misma, siendo ornamento y ejemplo de la mejor
sociedad, en la que hacía ostentación de sus
relaciones metropolitanas: la familia Marinho Falcâo,
el doctor Zitelmann Oliva y doña Ligia, el periodista
Nacife, doña Magá, el industrial Nilson Costa con sus
posesiones en el Matatu, y, antes que nadie, su
compadre el doctor Luis Henrique, el “cabecita de
oro”, orgullo de la tierra.
En cambio en la capital,
ni siquiera en el mundo de aquella pequeña burguesía
de tan solo un buen pasar, circunscripto a unas pocas
calles entre el Largo 2 de Julio y Santa Teresa —ni
siquiera allí—, le prestaban atención y le daban
importancia; por el contrario, le habían tomado
aversión. Las amigas más íntimas de su hija, doña
Norma, doña Gisa, doña Emina, doña Amelia Ruas, doña
Jacy, no tuvieron escrúpulos en responsabilizarla por
el desalentador estado de la viuda, echándole la culpa
a su mal hígado, a sus recriminaciones e insultos, a
su absurda querella con el muerto. O cambiaba de
actitud, dejándose de habladurías y maldiciones al
muerto, o que se fuera de una vez. Todo un ultimátum.
Y por eso mismo, como
reacción a tan indecible mala intención, doña Rozilda
prolongó su visita, a pesar de las incomodidades de la
casa y la inquina de la vecindad. (Doña Jacy incluso
había buscado una criada para doña Flor, Sofía, una
mugrienta ahijada suya). Pero después de la misa de
aniversario se apresuró a hacer el viaje, al tener
noticias por su compadre el doctor, de que había sido
designada por el reverendo Walfrido Moraes para el
alto cargo de tesorera de la Campaña en Beneficio de
las Nuevas Obras de la Catedral de Nazareth, en cuyo
Consejo Directivo brillaban la esposa del juez
(presidenta), del intendente (primera vicepresidenta),
del delegado (segunda vice) y otras eminencias
sociales del lugar. Hacía mucho que doña Rozilda
deseaba pertenecer a la Comisión de Damas, aunque
fuera como la última vocal de la lista; y de pronto
era designada nada menos que tesorera. Sin duda el
Divino Espíritu Santo iluminó al padre Walfrido, antes
tan impermeable a sus embestidas.
Muchas vacilaciones y
dudas le había costado al sacerdote semejante
decisión, pero el influyente coterráneo al que había
recurrido para obtener el pago de importantes partidas
estatales puso como condición a su ayuda decisiva el
nombramiento de doña Rozilda para un cargo codiciable
en la piadosa congregación de las beatas. Miserable
chantaje, pensó el vicario, inclinándose ante él, sin
embargo, pues necesitaba con urgencia la cantidad y
sin la intervención del doctor Luis Henrique, ¿cómo
apresurar el engranaje burocrático?
En la antevíspera, doña
Gisela, con quien a veces el doctor discutía sobre los
destinos del mundo y las imperfecciones del ser
humano, le comunicó:
—Si doña Rozilda no se
marcha la pobre Flor no va a tener descanso ni para
olvidar... y ella necesita olvidar, está acomplejada;
es un curioso caso de morbosidad, querido doctor, que
sólo el psicoanálisis puede explicar. Por lo demás,
Freud da un ejemplo...
Doña Norma, que había ido
con ella, la interrumpió:
—Haría usted una obra de
bien, doctor... eche lejos de aquí a esa peste,
mándela a Nazareth, que ya nadie aguanta más...
“Pobre Héctor, pobre
Celeste, pobres criaturas...” —se condolió el doctor y
padrino. Pero, entre doña Flor, viuda y freudiana, y
la pareja, que ya se había embarcado con doña Rozilda
hacía años, no tuvo ninguna vacilación: sacrificó al
ahijado y a su gentil esposa, en cuya casa almorzaba,
y siempre bien, en sus frecuentes viajes al Recôncavo.
“Cada cual con su cruz”,
decidió; doña Flor cargó con la suya siete años
seguidos: aquel marido, aquel pesado madero. No era
justo que ahora, en la senda de la viudez, se le
echase encima a doña Rozilda, un calvario completo:
cruz, corona de espinas, vinagre y hiel.
Ausente doña Rozilda, las
harpías de la vecindad sólo muy de cuando en cuando
mencionaban el nombre del maldito, de acuerdo con las
exigencias de doña Gisa, y además porque doña Flor
retomó el curso normal de la vida después de atravesar
las infinitas arenas de la ausencia. No era una vida
como la anterior, sino un vivir sosegado, pues ahora
no estaba presente el esposo, con sus implicaciones:
los sustos, los disgustos, las peleas, la
desesperación. Todo eso había acabado, y doña Flor se
acostumbró a dormir la noche entera de un tirón. Se
acostaba relativamente temprano, después de la charla
habitual con doña Norma en la rueda de amigas,
sentadas a la puerta de calle, comentando sucesos,
programas de radiotelefonía y películas. A veces iba
al cine con doña Norma y don Sampaio, con doña Amelia
y con Ruas, con doña Emina y el doctor Ives,
aficionado entusiasta a las películas de Far West. Los
domingos iba a almorzar a Río Vermelho, con los Tíos;
Tío Pôrto con su eterna manía de los paisajes; tía
Lita comenzando a envejecer, pero manteniendo el
jardín y los gatos en todo su esplendor.
No quiso doña Flor
adherirse a la animadísima rueda de brisca y três-setes
en casa de doña Amelia (hasta doña Enaide venía desde
Xame-Zame a pasar la tarde carteando); las fanáticas
de la brisca, las devotas del três-setes, hicieron lo
posible para conquistarla, pero sin resultado, como si
el finado hubiese gastado toda la cuota de juego de la
familia, no quedándole nada a ella. Sólo se conocía un
enemigo de la timba más grande que ella: el porteño de
la cerámica, don Bernabó. Su mujer, doña Nancy, se
volvía loca por una manita de brisca, pero el déspota
era irreductible: a lo sumo, y como una gran
concesión, permitía los pacientes juegos solitarios y
nada más.
Así transcurría la vida de
doña Flor, tranquila, entre las clases de cocina, con
sus dos turnos cada vez más concurridos, y las
actividades sociales que la prudencia permitía a su
estado. No eran pocos compromisos, como puede parecer
a primera vista; le ocupaban todo el tiempo, no
sobrándole ocio para pensamientos tristes. Sin hablar
de los encargos que le hacían —imposibles de
rechazar—, preparación de almuerzos para fiestas,
cenas elegantes, banquetes y recepciones que la
obligaban a estar en la cocina trabajando hasta la
madrugada. Y, como era muy exigente en cuanto a la
calidad de sus platos, al cansancio se sumaba la
preocupación. La ayudaba una muchacha, una
adolescente, ya moza de diecisiete años, hija de otra
viuda, doña María del Carmen, heredera de tierras y
plantaciones de cacao, que vivía en el Areal de Cima
desde que finalizaron los pasados carnavales y que se
incorporó de inmediato a la tertulia de doña Norma. La
morenita Marilda —una esperanza en salsas y
condimentos—, le había tomado afecto a doña Flor y no
se separaba de ella, aprendiendo platos y postres en
las horas que le dejaban libres sus estudios. Doña
Flor sonreía al verla andar por la casa, cantarina, la
cabellera alborotada, con su rostro de adolescente
tropical que se desmayaba en quiebros y mimos; de tan
bonita, una pintura. Si el bandido viviese, todos los
cuidados serían pocos, pues él no tenía prejuicios con
respecto a la edad.
Como queda visto y
demostrado, no le faltaban quehaceres en su vida de
viuda, y era tan corto el tiempo de que disponía que a
veces no alcanzaba a cumplir con los compromisos.
Tanto trabajo, un mundo de cosas, todo el día
atareada: a veces, por la noche, al vestirse y echarse
en la cama a dormir, estaba realmente cansada, sentía
que necesitaba un sueño reparador. Se dormía de
inmediato, apenas ponía la cabeza sobre la almohada.
Si
estaba tan llena su vida, ¿cómo explicar su constante
sensación de vacío, como si todo aquello, toda esa
actividad que la tomaba, la dominaba y la ponía en
movimiento fuese inútil y vana? Si dentro de su
modestia y parquedad, tenía lo suficiente para vivir
con decoro e incluso para esconder, siguiendo un
hábito antiguo, algunos ahorros, si su vida era
tranquila e incluso alegre, ¿por qué, entonces, esa
sensación de vacío, de inanidad?
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