|
Mowbray estuvo tratando de
pescar en el lago por más de dos horas antes de
encontrar al hombre fornido. Se suponía que el lago
estaba lleno de lubinas y él andaba detrás de eso.
Usaba una caña de pescar con una variedad de anzuelos,
de cuchara, emplomados y gusanos de plástico, en todos
los lugares donde valiera la pena esperar que
apareciera una lubina. Era un buen pescador, experto
en tirar la carnada donde quisiera, fuera a lo largo
de un lecho de algas o en el borde de una cavidad bajo
el agua. Y los anzuelos que usaba eran ideales para
las lubinas. Todo estaba de su parte, pensó, excepto
que ningún pez aparecía al final del sedal.
Pescaba en un lugar
determinado durante un rato, luego se movía un poco a
la derecha, simplemente para hacer algo o porque
esperaba que las lubinas fueran más complacientes en
otra ubicación. Estaba avanzando gradualmente por el
borde oeste del lago cuando salió desde detrás de unos
arbustos a un claro y vio al otro hombre a no más de
unos doce metros de distancia.
El hombre era alto, varios
centímetros más alto que Mowbray, de hombros muy
anchos y caderas y cintura delgadas. Tenía un par de
pantalones vaqueros azules lindos y nuevos y una
campera de popelina sobre una camisa de franela. Las
botas parecían idénticas a las de Mowbray, y Mowbray
supuso que ambos las habían comprado por correo en la
misma tienda en Maine. Tenía un equipo de pesca con
anzuelos y Mowbray siguió su sedal con los ojos y vio
un flotador rojo en la superficie del agua, a unos
treinta metros.
El cabello castaño del
hombre tenía apenas unos toques de color gris. Tenía
un bigote prolijamente cortado y la sombra de barba de
alguien que se ha levantado muy temprano en la mañana.
La piel de las manos y la cara sugerían que pasaba
mucho tiempo al aire libre. Era ciertamente de la
misma edad que Mowbray, que tenía cuarenta y cuatro,
pero estaba en mejor forma que Mowbray, en mejor
forma, para decir la verdad, de lo que jamás había
estado Mowbray. Mowbray al mismo tiempo lo admiró y lo
envidió.
El hombre lo saludó con la
cabeza cuando Mowbray se aproximó y Mowbray hizo lo
mismo, sin hablar, porque él era el intruso. Entonces
el hombre dijo:
—Buenas tardes. ¿Tuvo
suerte?
—Nada de nada.
—¿Hace mucho que está
pescando?
—Un par de horas
—respondió Mowbray—. Debo haber recorrido la mitad
del perímetro del lago, por lo menos para moverme un
poco. Si hay una lubina en este lago, yo no se lo
podría probar.
El hombre se rió.
—Oh, hay lubinas aquí, sí.
Es un lago muy apto para las lubinas y para muchos
otros peces también.
—Tal vez no tenga los
implementos adecuados.
El hombre sacudió la
cabeza.
—Lo dudo. Muerden lo que
sea cuando están irritadas. Creo que hasta podrían
atrapar el cordón de un zapato si están nerviosas, y
cuando están tristes son capaces de no rozar siquiera
el sedal que se arroja al agua aunque no hubiera
ningún gancho ni anzuelo en la punta. Son así. A veces
muerden, a veces, no.
—Es verdad —hizo una seña
en dirección del flotador rojo—. ¿Supongo que usted
también anda detrás de una lubina?
—No equipado así. No, he
estado tratando de atrapar un par de pomosios —señaló
por encima de su hombro con el dedo pulgar, indicando
donde había unos leños—. Tengo la sartén y el aceite,
tengo la harina para recubrirlos y los leños listos
esperando el fósforo. Ahora todo lo que necesito es
el pescado.
—¿No tuvo suerte?
—No más que usted.
—Lo cual es bastante poco
—dijo Mowbray—. ¿ Usted vive por aquí?
—No. Sin embargo, he
venido unas cuantas veces. He pescado en este lago una
y otra vez y la mayoría de las veces tuve suerte.
—Bueno —dijo Mowbray. La
compañía del hombre lo reconfortaba, pero estaba el
estricto código de etiqueta que legislaba los
encuentros de esta naturaleza—. Creo que voy a seguir
hasta la próxima curva. Probablemente no pase nada,
pero me gustaría intentar otra vez.
—Nunca se puede saber si
va a pasar algo o no, ¿no le parece? En cualquier
momento el viento puede cambiar o la temperatura bajar
algunos grados y los peces pueden cambiar de
comportamiento por completo. Diría que es eso lo que
nos hace volver año tras año. La completa
impredecibilidad de todo el asunto. Oiga, no se vaya
porque yo estoy aquí.
—¿ Está seguro?
El hombre corpulento
asintió, se ajustó los pantalones.
—Puede tirar una línea
aquí lo mismo que más allá en el banco. Su pesca de
lubinas no va a interferir con mis posibilidades de
que un pomosio o un pez luna quede deslumbrado con el
brillo de mi anzuelo. Y, para serle sincero, me agrada
la compañía.
—A mí también —dijo
Mowbray agradecido—. Si está seguro de que no le
molesta.
—No habría dicho nada si
me molestara.
Mowbray colocó su caja de
aluminio en el suelo, se arrodilló al lado y preparó
su sedal. Ató un anzuelo de cuchara, luego se puso de
pie y sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de
la camisa de corderoy.
—¿Fuma?
—Dejé hace un tiempo. Pero
gracias lo mismo.
Mowbray fumó el cigarrillo
hasta más de la mitad, luego tiró la colilla y la
aplastó bajo el pie. Se paró junto al borde del agua,
se tomó un minuto como para leer la superficie del
lago, luego arrojó la línea a larga distancia. Durante
los siguientes quince minutos más o menos los dos
hombres pescaron en acompañado silencio. Mowbray no
atrapaba nada, pero ya estaba resignado a que eso
ocurriera. Disfrutaba igual.
—Picó —anunció el hombre
corpulento. Pasaron uno o dos minutos y comenzó a
enrollar la línea—. Pero no hay nada. Mejor que revise
y vea si me dejó algo.
El cebo había sido
prolijamente mordido y cortado en dos. El hombre
corpulento lo había enganchado por los labios y ahora
le faltaba la cola. Con movimientos diestros, el
hombre sacó el cebo del anzuelo y lo sustituyó por uno
vivo de su bolsa. Segundos más tarde el nuevo cebo
estaba en el agua y el flotador rojo seguía en la
superficie.
—Me pregunto qué cosa hizo
eso —dijo Mowbray.
—Es difícil decir. Un
cangrejo, lo más probable. Algo de mal genio.
—Estaba pensando que un
cebo mordido es una buena señal, puede querer decir
que los peces van a empezar a jugar con nosotros.
Pero si sólo es un cangrejo, supongo que no significa
mucho.
—Yo no diría eso.
—Estaba pensando
—dijo Mowbray—. Uno podría suponer que si hay lubinas
en este lago, sería mejor andar tras ellas que buscar
pomosios.
—Creo que la mayoría de la
gente piensa eso.
—No es asunto mío, claro.
—Oh, está bien. No tiene
importancia. Sucede que me gusta el pescado frito
pequeño más que el pescado grande. No soy pescador
deportivo, me temo. No me importa mucho la pesca, sino
que mi mayor interés es el sabor que va a tener el
pescado cuando uno lo fríe en la sartén. Un pescador
de comida, así le dicen a la gente como yo, y quienes
se dedican a la pesca deportiva la mayor parte de las
veces lo dicen con cierto aire de desprecio.
Mostró sus grandes dientes
blancos al sonreír de repente.
—Si ellos pescaran tan a
menudo como yo, probablemente perderían mucho interés
por el aspecto deportivo de la cuestión. Yo pesco
mucho, sabe. Me jubilé hace diez años, tenía un
negocio minorista y lo vendí no mucho después de que
mi esposa murió. Nunca pudimos tener hijos así que me
quedé solo, con suficiente capital como para no tener
que trabajar si no me importaba vivir sencillamente.
Y no sólo no me importa, lo prefiero.
—Usted es joven para ser
jubilado.
—Tengo cincuenta y cinco
años. Tenía cuarenta y cinco cuando me jubilé; era
bastante joven, pero yo estaba listo para jubilarme.
—Parece por lo menos diez
años más joven.
—Si eso es así, creo que
la jubilación me ha hecho bien. De cualquier manera,
todo lo que realmente hago es viajar y pescar para la
cena. Y prefiero pescar peces pequeños. Probé con los
otros y me cansé en muy poco tiempo. Nunca trato de
pescar más de lo que pienso comer. Si mato algo, lo
pongo en la sartén que está allá. Si no, no lo
mataría.
Mowbray se quedó un
momento en silencio, inseguro acerca de qué decir.
Finalmente comentó:
—Bien, supongo que
yo no he llegado a ese estado todavía. Tengo que
admitir que aún me gusta pescar, ya sea que me coma lo
que pesque o no. Habitualmente me lo como, pero ésa no
es la parte más importante para mí. De hecho, tampoco
salgo a pescar todos los días como usted. Un par de
veces al año es lo más que puedo hacer.
—Nosotros aquí hablando
—dijo el hombre— y usted sin pescar ni una lubina y yo
sin sacar ni un pomosio. Podríamos anunciar que
estamos tratando de pescar ballenas, no habría ninguna
diferencia.
Un ratito más tarde
Mowbray retiró el sedal y cambió de nuevo el cebo,
luego encendió otro cigarrillo. El sol casi se había
ido. Se había esfumado detrás de la línea de los
árboles y estaba probablemente cerca del horizonte
ahora. El aire estaba refrescando sin duda. En una
hora aproximadamente terminaría su día de pesca.
Luego sería tiempo de volver al hotel, de tomar
algunos cócteles y de comer un bife con una papa asada
en el restaurante de la ruta. Y luego una noche de
whisky y agua frente a la televisión del hotel,
tendido en la cama con los pies levantados y el vaso
en la mano y un cigarrillo ardiendo en el cenicero.
Toda la imagen era tan
atractiva que él casi deseaba saltear la última hora
de pesca. Pero el placer del primer trago del primer
martini no desaparecería por retrasarlo una hora, y el
placer de la compañía del hombre corpulento valía otra
hora de su tiempo.
Y entonces, apenas un
ratito más tarde, el hombre corpulento dijo:
—Tengo que hacerle una
pregunta poco habitual.
—Pregunte.
—¿Mató a un hombre alguna
vez?
De veras era una pregunta
poco habitual y Mowbray se tomó su tiempo para
responderla.
—Bueno —dijo al final—.
Supongo que sí. Es bastante probable.
—¿Usted mató a alguien sin
saberlo?
—Esto le puede sonar raro.
Vea, estuve en la artillería, en Corea. Armas pesadas.
Nunca veíamos a qué le disparábamos y nunca sabíamos
lo que estaban haciendo nuestras balas. Yo estuve en
combate por más de un año, desparramando las balas de
un arma enorme, y odio pensar que en todo ese tiempo
nunca le dimos a lo que apuntábamos. Así que debo
haber matado hombres, pero creo que su pregunta no iba
por ese lado.
—No, quise decir, de
cerca. Y no en la guerra. Es una pregunta muy
diferente.
—Nunca.
—Yo también estuve en la
guerra. En una anterior a la suya, y estuve en un
barco de provisiones y nunca oí un tiro disparado con
rabia. Pero hace cuatro años maté a un hombre —la mano
descendió apenas hacia la funda del cuchillo que
tenía en la cintura—. Con esto.
Mowbray no sabía qué
decir. Se ocupó de ajustar su sedal y esperó a que el
hombre continuara.
—Estaba pescando —agregó
el hombre corpulento—. Completamente solo, como es mi
costumbre habitual. Aunque en agua salada, no dulce
como ésta. Estaba en Carolina del Norte, en Outer
Banks. ¿Conoce el lugar? —Mowbray sacudió la cabeza—.
Una cadena de islas a buena distancia de la tierra
firme. Muy remotas. Muy buena pesca y no mucho más. Un
montón de gente pescaba en los muelles o salía en
botes, pero yo estaba en la playa. A veces se tiene
suerte y entonces yo decidí hacer un fuego en la playa
y cocinar mi pesca y comerla ahí mismo. Había reunido
la madera y dejé preparado todo para encender el
fuego antes siquiera de tirar una línea, lo mismo que
hoy. Es mi costumbre habitual. Había hecho lo mismo el
día anterior y había pescado media docena en un
segundo, casi antes de poder decir que estaba
pescando. Pero ese día en particular no tuve suerte en
absoluto durante tres horas, lo que demuestra que los
peces de agua salada son tan impredecibles como los de
agua dulce. ¿Usted ha pescado mucho en agua salada?
—Apenas.
—A mí me gusta tanto como
el agua dulce, y disfruté de ese día en Outer Banks,
aunque no saqué ni un pez. El sol estaba tibio y había
una brisa liviana soplando por el océano y el día no
podría haber sido más agradable. Lo mejor después de
pescar y sacar peces es pescar y no sacarlos, un
pensamiento que puede al mismo tiempo consolarnos
después de la falta de suerte de hoy.
—Tengo que acordarme de
esa frase.
—Así que estaba pasándolo
bien aunque parecía que iba a tener que terminar
comprándome algo para cenar, y entonces percibí que un
tipo venía por detrás. Debió haber venido por las
dunas porque durante todo el tiempo estuvo fuera de mi
campo de visión. Supe que estaba ahí, por instinto,
supongo, y miré tan lejos como pude sin mover la
cabeza, y él no estaba a la vista —el hombre
corpulento suspiró—. Sabe, si la oferta sigue en pie,
me gustaría fumar uno de sus cigarrillos.
—Por supuesto —dijo
Mowbray—, pero odio reiniciarlo en el hábito de nuevo.
¿Está seguro de que quiere uno?
De nuevo sonrió
ampliamente.
—Dejé de fumar más o menos
al mismo tiempo que dejé de trabajar. Habré fumado
una docena de cigarrillos desde entonces, repartidos
en diez años. No creo que eso se pueda considerar un
hábito.
—Entonces no me siento
culpable. —Mowbray sacudió el paquete hasta que salió
un cigarrillo, luego se lo extendió a su compañero.
Después de que el hombre se sirvió, Mowbray tomó uno
también y prendió ambos con el encendedor.
—Nada como el intervalo de
un año más o menos entre un cigarrillo y otro para
mejorar el sabor —dijo el hombre corpulento. Inhaló
una larga pitada, apretó los labios para expeler el
humo después, de a poco—. Realmente quiero contarle
la historia si no le importa oírla. Es una historia
que no suelo contar, pero siento la necesidad de
relatarla de cuando en cuando. Puede ser que no piense
muy bien de mí, pero somos extraños, nunca nos vimos
antes y probablemente nunca volvamos a vernos. ¿Le
importaría escucharla?
Mowbray estaba francamente
fascinado y así lo expresó.
—Bueno, allí estaba yo
sabiendo que había alguien parado detrás de mí. Y por
cierto no era para bien, porque nadie viene detrás de
uno así y se queda ahí sin ser visto con la intención
de hacerle a uno un favor. Yo estaba sosteniendo la
caña y antes de darme vuelta la clavé en la arena,
como hace la gente cuando va a pescar en la playa.
Entonces esperé un minuto y luego me di vuelta como si
no esperara encontrar a nadie ahí, y ahí estaba él
desde luego.
“Era un tipo joven,
probablemente de no más de veinticinco años. Pero no
era un hippie. No tenía barba y su cabello no era más
largo que el suyo o el mío. Parecía bastante
desaliñado; de hecho, en conjunto, no estaba muy
limpio que digamos. Tenía una remera azul liviana y un
par de pantalones blancos ajustados. Es extraño que yo
recuerde lo que tenía puesto, pero es que puedo verlo
en mi mente tan claro como el día. Labios delgados,
cabeza con forma de cuña, ojos no del todo alineados,
como si anduvieran cada uno por su cuenta. Algunos
granos y las cicatrices de otros más viejos. No era un
primor.
“Tenía un arma en la mano.
Lo que se diría un arma pequeña, calibre treinta y
dos, Smith & Wesson, con un cañón de cinco
centímetros. No servía para nada salvo para matar
hombres a corta distancia, cosa para la cual diría
que únicamente quería esa arma. Desde luego que no
conocía ni la marca ni el calibre entonces. No soy
aficionado a las armas.
“Debió haber estado a
menos de dos metros de mí. Diría que, por lo cerca que
estaba, no había que tener mucho instinto para
detectarlo.
El hombre pitó largamente
el cigarrillo. Frunció el ceño al recordar y Mowbray
vio que una arruga corta vertical aparecía desde la
mitad de su frente casi hasta el puente de la nariz.
Entonces largó el humo, su cara se relajó y la arruga
se fue.
—Bien, estábamos solos en
la playa —continuó el hombre—. No había nadie a la
vista en ninguna dirección, ni botes cerca de la
costa, ni nadie que me prestara ayuda. Sólo este joven
con un arma y yo con las manos vacías. Comencé a
lamentar haber clavado la caña en la arena; lo había
hecho para tener las dos manos libres. Pero ahora
pensaba que la caña podría haberme servido para
atacarlo y hacerle tirar el arma.
“Entonces el joven dijo:
‘Está bien, viejo. Saque la billetera del bolsillo sin
hacer problemas’. Era del norte por el acento, pero la
gente joven ya no tiene acento por el lugar donde
nace. Supongo que por la televisión, que hace que el
mundo parezca más pequeño. Ahora miraba yo esos ojos y
el modo en que sostenía esa arma y supe que no iba a
tomar mi billetera y a decirme adiós sencillamente.
Me iba a matar. De hecho, si yo no me hubiera dado
vuelta, me habría atacado por la espalda. A menos que
fuera de esos a los que les gusta mirar la cara de la
víctima. Hay gente así, por lo que sé.
Mowbray sintió un
escalofrío. El tono de voz era casual, mientras que
las palabras que decía parecían hechas del mismo
material que las pesadillas.
—Bueno, me puse la mano
izquierda en el bolsillo. No tenía la billetera ahí.
Estaba en la guantera de mi auto, estacionado en el
camino en la parte de atrás de las dunas. Pero yo
busqué en mi bolsillo para obligarlo a mirar mi mano
izquierda y después saqué la mano vacía y traté de
agarrar el arma; al mismo tiempo saqué mi cuchillo de
la vaina con la mano derecha. Me incliné hacia
adelante y lo ataqué. Sin embargo, debí haberme movido
rápido o tal vez todas las drogas que se tomó en
varios años lo habían vuelto más lento. La cuestión es
que le alcé la mano, le saqué el arma, que salió
volando por el aire. Al mismo tiempo, agarré mi
cuchillo, lo hundí en su cuerpo y lo abrí en dos.
Sacó el cuchillo de la
vaina para mostrármelo. Era un cuchillo de filetear
con un mango de madera natural y una hoja delgada,
levemente curva, de unos quince centímetros de largo.
—Éste era el cuchillo
—dijo—. Un Rapala, hecho en Finlandia, los mejores, de
acero inoxidable y un filo perfecto. Yo los uso para
filetear y para todo lo relacionado con la pesca.
Seguramente usted también tiene uno así.
Mowbray negó con la
cabeza.
—Yo uso un cuchillo
plegable —dijo.
—Tendría que conseguirse
uno de éstos. No hay nada mejor. Y son fáciles de
manipular cuando aparece alguien, créame lo que le
digo. Yo abrí a ese joven como se abre a un pescado
para limpiarlo. Despacio desde el abdomen hasta llegar
limpiamente a las costillas y parecía que estaba
cortando manteca por lo fácil que era.
Colocó de nuevo, con toda
facilidad, el cuchillo en su vaina.
Mowbray sintió un
escalofrío. El otro hombre había terminado el
cigarrillo y Mowbray tiró el suyo e inmediatamente
tomó uno nuevo del paquete. Iba a colocar de nuevo el
paquete en el bolsillo cuando pensó en ofrecerle otro
al hombre.
—No, ahora no. Mejor
convídeme dentro de nueve o diez meses.
—Eso voy a hacer.
El hombre sonrió otra vez,
mucho. Luego se puso repentinamente serio.
—Bien, el joven cayó. Cayó
de espaldas y quedó ahí abierto. Estaba quejándose y
sangrando y no sé qué más. No puedo recordar sus
palabras, no hablaba con coherencia, pero lo que
quería era que le consiguiera un doctor.
“Pero el doctor más
cercano estaba en Manteo. Resultó ser que yo lo sabía,
y yo estaba cerca de Rodanthe, que está a unos treinta
kilómetros de Manteo, si no más. Vi cómo estaba
cortado y pensé que no iba a sobrevivir un viaje de
media hora en auto. De hecho, si hubiera habido un
doctor a unos diez metros de distancia de nosotros
dudo seriamente que pudiera haber hecho algo por el
chico. Yo no soy doctor, pero tengo que decir que para
mí estaba perfectamente claro que el chico estaba
muriéndose. Si yo trataba de llevarlo a un doctor, iba
a arruinar el interior de mi auto para nada y me iba a
meter en un montón de problemas al mismo tiempo. No
pensé que fueran a acusarme de asesinato. Era fácil
suponer que el tipo tendría antecedentes penales que
habrían salido a la luz y, además, yo no tenía
antecedentes más allá de algunas pocas infracciones de
tránsito. Y el arma tenía sus huellas y no las mías.
Pero tendría que contestar un millón de preguntas y
estar dando vueltas con eso por lo menos una semana y
seguramente tendría que contestar más todavía al
forense, así que en conjunto era un lío sin objeto
alguno, ya que el chico se estaba muriendo de
cualquier manera. Y le digo algo más. No valía la pena
meterse en problemas para salvarlo, porque, ¿qué era
él en el mundo sino una serpiente ladrona y asesina?
Porque, si lo cosían y sanaba, estaría de nuevo en las
calles tan pronto como se sintiera bien y mataría a
cualquiera en poco tiempo. No, no me importaba que se
muriera —miró a Mowbray a los ojos—. ¿Qué habría
hecho usted?
Mowbray lo pensó.
—No sé —respondió—.
Honestamente, no lo puedo decir. Tal vez lo mismo que
usted.
—Él sufría tremendos
dolores. Lo vi tirado ahí y miré alrededor de nuevo
para estar seguro de que estábamos solos, y así era.
Pensé que podía agarrar mi caña y mi sartén y el resto
de mi equipo de pesca y estar en el auto en dos o tres
minutos, sin dejar rastros. Había acampado ahí la
noche anterior en una carpa y con una bolsa de dormir
y no estaba registrado en ningún campamento ni hotel.
En otras palabras, podría irme de Outer Banks en media
hora, por completo; nada podía vincularme a esa zona,
mucho menos el hombre que estaba en la arena. Ni
siquiera había comprado nafta con tarjeta de crédito.
Estaba libre de culpa y cargo y podía, sencillamente,
levantarme y partir. Todo lo que tenía que hacer era
dejar a ese joven en una lenta y dolorosa agonía.
De nuevo fijó la mirada en
Mowbray con una intensidad que era difícil de
soportar.
—O si no, podía
facilitarle las cosas.
—Oh.
—Sí. Y es eso
justamente lo que hice. De nuevo tomé el cuchillo y se
lo hundí en el corazón. Murió al instante. La vida
voló de sus ojos y la tensión de su cara desapareció.
Y ahora sí era asesinato.
—Sí, claro.
—Claro —hizo
eco el hombre—. Podría haber sido un acto de
misericordia, pero legalmente un acto en legítima
defensa se transformaba en un incuestionable acto de
homicidio —respiró hondo—. ¿Cree que hice mal?
—No —contestó Mowbray.
—¿Usted habría hecho lo
mismo?
—Honestamente, no sé.
Supongo que sí, si la otra alternativa era dejarlo ahí
sufriendo.
—Bien, eso fue
lo que yo hice. Así que no solamente había matado a
un hombre. Literalmente había asesinado a un hombre.
Lo enterré a más o menos treinta centímetros de
profundidad al borde de las dunas. No sé cuánto tardó
la policía en encontrarlo. Estoy seguro de que no
tardaron mucho. Esas arenas se mueven todo el tiempo.
No llevaba identificación, pero la policía podría
haber investigado sus huellas, porque un joven como
ese seguro que tenía las huellas registradas. No
llevaba nada encima, excepto unos cincuenta dólares
al contado, lo que destruye la teoría de que me estaba
robando para procurarse la cena de esa noche.
Se relajó y sonrió.
—Me llevé el dinero. Él no
iba a necesitarlo y, por lo que se veía, tampoco lo
iba a reclamar.
—Entonces no
sólo mató a un hombre sino que también se benefició
con eso.
—Eso hice. Bien, me fui de
Outer Banks esa tarde. Manejé por tierra firme una
buena distancia, paré para pasar la noche en un hotel
fuera de Fayetteville, nunca miré para atrás, nunca
averigüé si lo encontraron. Oh, y me llevé su arma y
la tiré en la mitad del camino a Bermuda. Y él no
tenía un auto del que yo me tuviera que ocupar.
Supongo que hizo dedo o llegó a pie hasta donde yo
estaba, o tal vez estacionó, pero demasiado lejos como
para que importara —otra sonrisa—. Ahora usted conoce
mi secreto.
—Tal vez usted no debió
haber mencionado los nombres de los lugares —dijo
Mowbray.
—¿Por qué dice eso?
—No creo que quiera darle
tanta información a un extraño.
—Podría tener razón, pero
sólo puedo contar una historia de ese modo. Sé que
ahora está haciendo efecto en su mente.
—¿En serio?
—¿Quiere que
le diga? Usted se está preguntando si lo que le conté
es cierto o no. Se imagina que si hubiera pasado
probablemente no se lo contaría y, al mismo tiempo,
le resulta bastante creíble que haya ocurrido. Y
usted en parte espera que sea verdad y en parte, que
sea mentira. ¿Me equivoco?
—Casi nada —admitió
Mowbray.
—Bien, le diré
algo que va a inclinar la balanza. Usted de veras va a
desear que todo esto no sea más que un montón de
mentiras —bajó la mirada—. El hecho es que va a perder
todo el respeto que pudo haberme tenido cuando me
escuche decir lo que viene.
—¿Entonces por qué
decírmelo?
—Porque siento la
necesidad.
—No sé si quiero oírlo
—dijo Mowbray.
—Yo quiero que lo oiga. No
pescamos nada, se está haciendo de noche y usted
probablemente está ansioso por volver al lugar donde
esté parando para comer y beber algo. Bien, no voy a
tardar mucho —estaba enrollando su sedal. Ahora la
operación había concluido y dejó la caña
deliberadamente en el pasto a sus pies. Enderezándose
dijo—: Ya le hablé de mi actitud hacia los peces. No
mato lo que no voy a comer. Y ahí estaba ese joven
abierto, con los órganos internos al aire.
—Basta.
—No sé cómo se llama, si
curiosidad o compulsión, o algún instinto primitivo.
No podría decirlo. Pero lo que hice fue cortar un
pedacito de hígado antes de enterrarlo. Luego, después
de que quedó bajo la arena, encendí el fuego y...
bueno, no hace falta que le cuente los detalles.
“Gracias a Dios”, pensó
Mowbray. “Por ese pequeño favor”. Se miró las manos.
Sintió que una le temblaba. La derecha, la que
sostenía la caña de pescar, tenía los nudillos
blancos y las puntas de los dedos le dolían por
sostener la caña con tanta fuerza.
—Asesinato, canibalismo y
robo a los muertos. Lindos cargos para un hombre que
no tenía más que unas pocas infracciones de tránsito.
Y las tres cosas en mucho menos de una hora.
—Por favor
—dijo Mowbray. Su voz era delgada y alta—. Por favor,
no me diga más nada.
—No tengo nada
más que decirle.
Mowbray respiró
profundamente, exhaló. Este hombre le estaba
mintiendo o le estaba diciendo la verdad, pensó
Mowbray, y en cualquier caso era muy obvio que se
trataba de una persona muy especial. Como mínimo.
—Usted no debería
contarles estas historias a los extraños —le dijo
después de un momento—. Sean verdaderas o falsas, no
debería contarlas.
—En algunas ocasiones
siento la necesidad.
—Desde luego, es una
suerte que yo sea un extraño. Después de todo, yo no
sé nada de usted, ni siquiera su nombre.
—Me llamo Tolliver.
—Ni donde vive, ni...
—Wallace P. Tolliver.
Trabajé como comerciante minorista en Oak Falls,
Missouri. No lejos de Joplin.
—No me diga nada más
—pidió Mowbray desesperado—. Quisiera no haberme
enterado de todos esos datos.
—Tenía que decírselos
—dijo el hombre corpulento. De nuevo exhibió su
sonrisa—. Ya conté esta historia tres veces en el
pasado. Usted es el cuarto hombre que la
escucha.
Mowbray no dijo nada.
—Tres veces. Siempre a
extraños que aparecían cuando yo estaba pescando.
Siempre en las tardes largas y perezosas, esas tardes
cuando los peces no muerden por más que uno haga lo
que haga.
Mowbray empezó a hacer
varias cosas. Empezó a retroceder y empezó a apoyarse
en la caña de pescar y empezó a extender el brazo
izquierdo como para protegerse del hombre.
Pero el cuchillo de filetear ya estaba fuera de la
vaina.
ir arriba
|