LAWRENCE BLOCK

Lawrence Block, Gran Maestro de la asociación Mystery Writers of America, ha ganado en varias ocasiones los premios Edgar Allan Poe, Halcón Maltés y Shamus, los más prestigiosos en su género. También ha recibido premios literarios en Francia, Alemania y Japón. Es autor de más de cincuenta libros, entre los cuales destacan las catorce novelas que tienen como protagonista a Matthew Scudder, un típico investigador privado. Ha compilado varios volúmenes de cuentos de misterio y de crimen, entre ellos El crucero de la muerte, Relatos policiales en alta mar (Emecé, 2000) y el primer volumen de Los mejores cuentos de suspenso elegidos por los maestros del género (Emecé, 2001). Vive en Nueva York.

 

A VECES MUERDEN

Mowbray estuvo tratando de pescar en el lago por más de dos horas antes de encontrar al hombre fornido. Se suponía que el lago estaba lleno de lubinas y él andaba detrás de eso. Usaba una caña de pescar con una variedad de anzuelos, de cuchara, emplomados y gusanos de plástico, en todos los lugares donde valiera la pena esperar que apareciera una lubina. Era un buen pescador, experto en tirar la car­nada donde quisiera, fuera a lo largo de un lecho de algas o en el borde de una cavidad bajo el agua. Y los anzuelos que usaba eran ideales para las lubinas. Todo estaba de su parte, pensó, excepto que ningún pez aparecía al final del sedal.

Pescaba en un lugar determinado durante un rato, luego se mo­vía un poco a la derecha, simplemente para hacer algo o porque es­peraba que las lubinas fueran más complacientes en otra ubicación. Estaba avanzando gradualmente por el borde oeste del lago cuando salió desde detrás de unos arbustos a un claro y vio al otro hombre a no más de unos doce metros de distancia.

El hombre era alto, varios centímetros más alto que Mowbray, de hombros muy anchos y caderas y cintura delgadas. Tenía un par de pantalones vaqueros azules lindos y nuevos y una campera de popelina sobre una camisa de franela. Las botas parecían idénticas a las de Mowbray, y Mowbray supuso que ambos las habían compra­do por correo en la misma tienda en Maine. Tenía un equipo de pesca con anzuelos y Mowbray siguió su sedal con los ojos y vio un flotador rojo en la superficie del agua, a unos treinta metros.

El cabello castaño del hombre tenía apenas unos toques de color gris. Tenía un bigote prolijamente cortado y la sombra de barba de alguien que se ha levantado muy temprano en la mañana. La piel de las manos y la cara sugerían que pasaba mucho tiempo al aire libre. Era ciertamente de la misma edad que Mowbray, que tenía cuarenta y cuatro, pero estaba en mejor forma que Mowbray, en mejor for­ma, para decir la verdad, de lo que jamás había estado Mowbray. Mowbray al mismo tiempo lo admiró y lo envidió.

El hombre lo saludó con la cabeza cuando Mowbray se aproxi­mó y Mowbray hizo lo mismo, sin hablar, porque él era el intruso. Entonces el hombre dijo:

—Buenas tardes. ¿Tuvo suerte?

—Nada de nada.

—¿Hace mucho que está pescando?

—Un par de horas —respondió Mowbray—. Debo haber reco­rrido la mitad del perímetro del lago, por lo menos para moverme un poco. Si hay una lubina en este lago, yo no se lo podría probar.

El hombre se rió.

—Oh, hay lubinas aquí, sí. Es un lago muy apto para las lubinas y para muchos otros peces también.

—Tal vez no tenga los implementos adecuados.

El hombre sacudió la cabeza.

—Lo dudo. Muerden lo que sea cuando están irritadas. Creo que hasta podrían atrapar el cordón de un zapato si están nerviosas, y cuando están tristes son capaces de no rozar siquiera el sedal que se arroja al agua aunque no hubiera ningún gancho ni anzuelo en la punta. Son así. A veces muerden, a veces, no.

—Es verdad —hizo una seña en dirección del flotador rojo—. ¿Supongo que usted también anda detrás de una lubina?

—No equipado así. No, he estado tratando de atrapar un par de pomosios —señaló por encima de su hombro con el dedo pulgar, indicando donde había unos leños—. Tengo la sartén y el aceite, tengo la harina para recubrirlos y los leños listos esperando el fósfo­ro. Ahora todo lo que necesito es el pescado.

—¿No tuvo suerte?

—No más que usted.

—Lo cual es bastante poco —dijo Mowbray—. ¿ Usted vive por aquí?

—No. Sin embargo, he venido unas cuantas veces. He pescado en este lago una y otra vez y la mayoría de las veces tuve suerte.

—Bueno —dijo Mowbray. La compañía del hombre lo recon­fortaba, pero estaba el estricto código de etiqueta que legislaba los encuentros de esta naturaleza—. Creo que voy a seguir hasta la próxi­ma curva. Probablemente no pase nada, pero me gustaría intentar otra vez.

—Nunca se puede saber si va a pasar algo o no, ¿no le parece? En cualquier momento el viento puede cambiar o la temperatura bajar algunos grados y los peces pueden cambiar de comportamien­to por completo. Diría que es eso lo que nos hace volver año tras año. La completa impredecibilidad de todo el asunto. Oiga, no se vaya porque yo estoy aquí.

—¿ Está seguro?

El hombre corpulento asintió, se ajustó los pantalones.

—Puede tirar una línea aquí lo mismo que más allá en el banco. Su pesca de lubinas no va a interferir con mis posibilidades de que un pomosio o un pez luna quede deslumbrado con el brillo de mi anzuelo. Y, para serle sincero, me agrada la compañía.

—A mí también —dijo Mowbray agradecido—. Si está seguro de que no le molesta.

—No habría dicho nada si me molestara.

Mowbray colocó su caja de aluminio en el suelo, se arrodilló al lado y preparó su sedal. Ató un anzuelo de cuchara, luego se puso de pie y sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa de corderoy.

—¿Fuma?

—Dejé hace un tiempo. Pero gracias lo mismo.

Mowbray fumó el cigarrillo hasta más de la mitad, luego tiró la colilla y la aplastó bajo el pie. Se paró junto al borde del agua, se tomó un minuto como para leer la superficie del lago, luego arrojó la línea a larga distancia. Durante los siguientes quince minutos más o menos los dos hombres pescaron en acompañado silencio. Mowbray no atra­paba nada, pero ya estaba resignado a que eso ocurriera. Disfrutaba igual.

—Picó —anunció el hombre corpulento. Pasaron uno o dos minutos y comenzó a enrollar la línea—. Pero no hay nada. Mejor que revise y vea si me dejó algo.

El cebo había sido prolijamente mordido y cortado en dos. El hombre corpulento lo había enganchado por los labios y ahora le faltaba la cola. Con movimientos diestros, el hombre sacó el cebo del anzuelo y lo sustituyó por uno vivo de su bolsa. Segundos más tarde el nuevo cebo estaba en el agua y el flotador rojo seguía en la superficie.

—Me pregunto qué cosa hizo eso —dijo Mowbray.

—Es difícil decir. Un cangrejo, lo más probable. Algo de mal genio.

—Estaba pensando que un cebo mordido es una buena señal, puede querer decir que los peces van a empezar a jugar con noso­tros. Pero si sólo es un cangrejo, supongo que no significa mucho.

      —Yo no diría eso.

      —Estaba pensando —dijo Mowbray—. Uno podría suponer que si hay lubinas en este lago, sería mejor andar tras ellas que buscar pomosios.

—Creo que la mayoría de la gente piensa eso.

—No es asunto mío, claro.

—Oh, está bien. No tiene importancia. Sucede que me gusta el pescado frito pequeño más que el pescado grande. No soy pescador deportivo, me temo. No me importa mucho la pesca, sino que mi mayor interés es el sabor que va a tener el pescado cuando uno lo fríe en la sartén. Un pescador de comida, así le dicen a la gente como yo, y quienes se dedican a la pesca deportiva la mayor parte de las veces lo dicen con cierto aire de desprecio.

Mostró sus grandes dientes blancos al sonreír de repente.

—Si ellos pescaran tan a menudo como yo, probablemente per­derían mucho interés por el aspecto deportivo de la cuestión. Yo pesco mucho, sabe. Me jubilé hace diez años, tenía un negocio mi­norista y lo vendí no mucho después de que mi esposa murió. Nun­ca pudimos tener hijos así que me quedé solo, con suficiente capital como para no tener que trabajar si no me importaba vivir sencilla­mente. Y no sólo no me importa, lo prefiero.

—Usted es joven para ser jubilado.

—Tengo cincuenta y cinco años. Tenía cuarenta y cinco cuando me jubilé; era bastante joven, pero yo estaba listo para jubilarme.

—Parece por lo menos diez años más joven.

—Si eso es así, creo que la jubilación me ha hecho bien. De cual­quier manera, todo lo que realmente hago es viajar y pescar para la cena. Y prefiero pescar peces pequeños. Probé con los otros y me cansé en muy poco tiempo. Nunca trato de pescar más de lo que pienso comer. Si mato algo, lo pongo en la sartén que está allá. Si no, no lo mataría.

      Mowbray se quedó un momento en silencio, inseguro acerca de qué decir. Finalmente comentó:

      —Bien, supongo que yo no he llegado a ese estado todavía. Ten­go que admitir que aún me gusta pescar, ya sea que me coma lo que pesque o no. Habitualmente me lo como, pero ésa no es la parte más importante para mí. De hecho, tampoco salgo a pescar todos los días como usted. Un par de veces al año es lo más que puedo hacer.

—Nosotros aquí hablando —dijo el hombre— y usted sin pescar ni una lubina y yo sin sacar ni un pomosio. Podríamos anunciar que estamos tratando de pescar ballenas, no habría ninguna diferencia.

Un ratito más tarde Mowbray retiró el sedal y cambió de nuevo el cebo, luego encendió otro cigarrillo. El sol casi se había ido. Se había esfumado detrás de la línea de los árboles y estaba probable­mente cerca del horizonte ahora. El aire estaba refrescando sin duda. En una hora aproximadamente terminaría su día de pesca. Lue­go sería tiempo de volver al hotel, de tomar algunos cócteles y de comer un bife con una papa asada en el restaurante de la ruta. Y luego una noche de whisky y agua frente a la televisión del hotel, tendido en la cama con los pies levantados y el vaso en la mano y un cigarrillo ardiendo en el cenicero.

Toda la imagen era tan atractiva que él casi deseaba saltear la última hora de pesca. Pero el placer del primer trago del primer martini no desaparecería por retrasarlo una hora, y el placer de la compañía del hombre corpulento valía otra hora de su tiempo.

Y entonces, apenas un ratito más tarde, el hombre corpulento dijo:

—Tengo que hacerle una pregunta poco habitual.

—Pregunte.

—¿Mató a un hombre alguna vez?

De veras era una pregunta poco habitual y Mowbray se tomó su tiempo para responderla.

—Bueno —dijo al final—. Supongo que sí. Es bastante probable.

—¿Usted mató a alguien sin saberlo?

—Esto le puede sonar raro. Vea, estuve en la artillería, en Corea. Armas pesadas. Nunca veíamos a qué le disparábamos y nunca sa­bíamos lo que estaban haciendo nuestras balas. Yo estuve en com­bate por más de un año, desparramando las balas de un arma enor­me, y odio pensar que en todo ese tiempo nunca le dimos a lo que apuntábamos. Así que debo haber matado hombres, pero creo que su pregunta no iba por ese lado.

—No, quise decir, de cerca. Y no en la guerra. Es una pregunta muy diferente.

—Nunca.

—Yo también estuve en la guerra. En una anterior a la suya, y estuve en un barco de provisiones y nunca oí un tiro disparado con rabia. Pero hace cuatro años maté a un hombre —la mano descen­dió apenas hacia la funda del cuchillo que tenía en la cintura—. Con esto.

Mowbray no sabía qué decir. Se ocupó de ajustar su sedal y es­peró a que el hombre continuara.

—Estaba pescando —agregó el hombre corpulento—. Comple­tamente solo, como es mi costumbre habitual. Aunque en agua sala­da, no dulce como ésta. Estaba en Carolina del Norte, en Outer Banks. ¿Conoce el lugar? —Mowbray sacudió la cabeza—. Una ca­dena de islas a buena distancia de la tierra firme. Muy remotas. Muy buena pesca y no mucho más. Un montón de gente pescaba en los muelles o salía en botes, pero yo estaba en la playa. A veces se tiene suerte y entonces yo decidí hacer un fuego en la playa y cocinar mi pesca y comerla ahí mismo. Había reunido la madera y dejé prepa­rado todo para encender el fuego antes siquiera de tirar una línea, lo mismo que hoy. Es mi costumbre habitual. Había hecho lo mismo el día anterior y había pescado media docena en un segundo, casi antes de poder decir que estaba pescando. Pero ese día en particular no tuve suerte en absoluto durante tres horas, lo que demuestra que los peces de agua salada son tan impredecibles como los de agua dulce. ¿Usted ha pescado mucho en agua salada?

—Apenas.

—A mí me gusta tanto como el agua dulce, y disfruté de ese día en Outer Banks, aunque no saqué ni un pez. El sol estaba tibio y había una brisa liviana soplando por el océano y el día no podría haber sido más agradable. Lo mejor después de pescar y sacar peces es pescar y no sacarlos, un pensamiento que puede al mismo tiempo consolarnos después de la falta de suerte de hoy.

—Tengo que acordarme de esa frase.

—Así que estaba pasándolo bien aunque parecía que iba a tener que terminar comprándome algo para cenar, y entonces percibí que un tipo venía por detrás. Debió haber venido por las dunas porque durante todo el tiempo estuvo fuera de mi campo de visión. Supe que estaba ahí, por instinto, supongo, y miré tan lejos como pude sin mover la cabeza, y él no estaba a la vista —el hombre corpulen­to suspiró—. Sabe, si la oferta sigue en pie, me gustaría fumar uno de sus cigarrillos.

—Por supuesto —dijo Mowbray—, pero odio reiniciarlo en el hábito de nuevo. ¿Está seguro de que quiere uno?

De nuevo sonrió ampliamente.

—Dejé de fumar más o menos al mismo tiempo que dejé de traba­jar. Habré fumado una docena de cigarrillos desde entonces, reparti­dos en diez años. No creo que eso se pueda considerar un hábito.

—Entonces no me siento culpable. —Mowbray sacudió el pa­quete hasta que salió un cigarrillo, luego se lo extendió a su compa­ñero. Después de que el hombre se sirvió, Mowbray tomó uno tam­bién y prendió ambos con el encendedor.

—Nada como el intervalo de un año más o menos entre un ciga­rrillo y otro para mejorar el sabor —dijo el hombre corpulento. Inhaló una larga pitada, apretó los labios para expeler el humo des­pués, de a poco—. Realmente quiero contarle la historia si no le importa oírla. Es una historia que no suelo contar, pero siento la necesidad de relatarla de cuando en cuando. Puede ser que no piense muy bien de mí, pero somos extraños, nunca nos vimos antes y pro­bablemente nunca volvamos a vernos. ¿Le importaría escucharla?

Mowbray estaba francamente fascinado y así lo expresó.

—Bueno, allí estaba yo sabiendo que había alguien parado de­trás de mí. Y por cierto no era para bien, porque nadie viene detrás de uno así y se queda ahí sin ser visto con la intención de hacerle a uno un favor. Yo estaba sosteniendo la caña y antes de darme vuelta la clavé en la arena, como hace la gente cuando va a pescar en la playa. Entonces esperé un minuto y luego me di vuelta como si no esperara encontrar a nadie ahí, y ahí estaba él desde luego.

“Era un tipo joven, probablemente de no más de veinticinco años. Pero no era un hippie. No tenía barba y su cabello no era más largo que el suyo o el mío. Parecía bastante desaliñado; de hecho, en con­junto, no estaba muy limpio que digamos. Tenía una remera azul liviana y un par de pantalones blancos ajustados. Es extraño que yo recuerde lo que tenía puesto, pero es que puedo verlo en mi mente tan claro como el día. Labios delgados, cabeza con forma de cuña, ojos no del todo alineados, como si anduvieran cada uno por su cuenta. Algunos granos y las cicatrices de otros más viejos. No era un primor.

“Tenía un arma en la mano. Lo que se diría un arma pequeña, calibre treinta y dos, Smith & Wesson, con un cañón de cinco centí­metros. No servía para nada salvo para matar hombres a corta dis­tancia, cosa para la cual diría que únicamente quería esa arma. Des­de luego que no conocía ni la marca ni el calibre entonces. No soy aficionado a las armas.

“Debió haber estado a menos de dos metros de mí. Diría que, por lo cerca que estaba, no había que tener mucho instinto para detectarlo.

El hombre pitó largamente el cigarrillo. Frunció el ceño al re­cordar y Mowbray vio que una arruga corta vertical aparecía desde la mitad de su frente casi hasta el puente de la nariz. Entonces largó el humo, su cara se relajó y la arruga se fue.

—Bien, estábamos solos en la playa —continuó el hombre—. No había nadie a la vista en ninguna dirección, ni botes cerca de la costa, ni nadie que me prestara ayuda. Sólo este joven con un arma y yo con las manos vacías. Comencé a lamentar haber clavado la caña en la arena; lo había hecho para tener las dos manos libres. Pero ahora pensaba que la caña podría haberme servido para atacarlo y hacerle tirar el arma.

“Entonces el joven dijo: ‘Está bien, viejo. Saque la billetera del bolsillo sin hacer problemas’. Era del norte por el acento, pero la gente joven ya no tiene acento por el lugar donde nace. Supongo que por la televisión, que hace que el mundo parezca más pequeño. Ahora miraba yo esos ojos y el modo en que sostenía esa arma y supe que no iba a tomar mi billetera y a decirme adiós sencillamen­te. Me iba a matar. De hecho, si yo no me hubiera dado vuelta, me habría atacado por la espalda. A menos que fuera de esos a los que les gusta mirar la cara de la víctima. Hay gente así, por lo que sé.

Mowbray sintió un escalofrío. El tono de voz era casual, mien­tras que las palabras que decía parecían hechas del mismo material que las pesadillas.

—Bueno, me puse la mano izquierda en el bolsillo. No tenía la billetera ahí. Estaba en la guantera de mi auto, estacionado en el camino en la parte de atrás de las dunas. Pero yo busqué en mi bol­sillo para obligarlo a mirar mi mano izquierda y después saqué la mano vacía y traté de agarrar el arma; al mismo tiempo saqué mi cuchillo de la vaina con la mano derecha. Me incliné hacia adelante y lo ataqué. Sin embargo, debí haberme movido rápido o tal vez todas las drogas que se tomó en varios años lo habían vuelto más lento. La cuestión es que le alcé la mano, le saqué el arma, que salió volando por el aire. Al mismo tiempo, agarré mi cuchillo, lo hundí en su cuerpo y lo abrí en dos.

Sacó el cuchillo de la vaina para mostrármelo. Era un cuchillo de filetear con un mango de madera natural y una hoja delgada, leve­mente curva, de unos quince centímetros de largo.

—Éste era el cuchillo —dijo—. Un Rapala, hecho en Finlandia, los mejores, de acero inoxidable y un filo perfecto. Yo los uso para filetear y para todo lo relacionado con la pesca. Seguramente usted también tiene uno así.

Mowbray negó con la cabeza.

—Yo uso un cuchillo plegable —dijo.

—Tendría que conseguirse uno de éstos. No hay nada mejor. Y son fáciles de manipular cuando aparece alguien, créame lo que le digo. Yo abrí a ese joven como se abre a un pescado para limpiarlo. Despacio desde el abdomen hasta llegar limpiamente a las costillas y parecía que estaba cortando manteca por lo fácil que era.

Colocó de nuevo, con toda facilidad, el cuchillo en su vaina.

Mowbray sintió un escalofrío. El otro hombre había terminado el cigarrillo y Mowbray tiró el suyo e inmediatamente tomó uno nuevo del paquete. Iba a colocar de nuevo el paquete en el bolsillo cuando pensó en ofrecerle otro al hombre.

—No, ahora no. Mejor convídeme dentro de nueve o diez meses.

—Eso voy a hacer.

El hombre sonrió otra vez, mucho. Luego se puso repentina­mente serio.

—Bien, el joven cayó. Cayó de espaldas y quedó ahí abierto. Estaba quejándose y sangrando y no sé qué más. No puedo recor­dar sus palabras, no hablaba con coherencia, pero lo que quería era que le consiguiera un doctor.

“Pero el doctor más cercano estaba en Manteo. Resultó ser que yo lo sabía, y yo estaba cerca de Rodanthe, que está a unos treinta kilómetros de Manteo, si no más. Vi cómo estaba cortado y pensé que no iba a sobrevivir un viaje de media hora en auto. De hecho, si hubiera habido un doctor a unos diez metros de distancia de noso­tros dudo seriamente que pudiera haber hecho algo por el chico. Yo no soy doctor, pero tengo que decir que para mí estaba perfecta­mente claro que el chico estaba muriéndose. Si yo trataba de llevarlo a un doctor, iba a arruinar el interior de mi auto para nada y me iba a meter en un montón de problemas al mismo tiempo. No pensé que fueran a acusarme de asesinato. Era fácil suponer que el tipo tendría antecedentes penales que habrían salido a la luz y, además, yo no tenía antecedentes más allá de algunas pocas infracciones de tránsito. Y el arma tenía sus huellas y no las mías. Pero tendría que contestar un millón de preguntas y estar dando vueltas con eso por lo menos una semana y seguramente tendría que contestar más to­davía al forense, así que en conjunto era un lío sin objeto alguno, ya que el chico se estaba muriendo de cualquier manera. Y le digo algo más. No valía la pena meterse en problemas para salvarlo, porque, ¿qué era él en el mundo sino una serpiente ladrona y asesina? Porque, si lo cosían y sanaba, estaría de nuevo en las calles tan pronto como se sintiera bien y mataría a cualquiera en poco tiempo. No, no me im­portaba que se muriera —miró a Mowbray a los ojos—. ¿Qué ha­bría hecho usted?

Mowbray lo pensó.

—No sé —respondió—. Honestamente, no lo puedo decir. Tal vez lo mismo que usted.

—Él sufría tremendos dolores. Lo vi tirado ahí y miré alrededor de nuevo para estar seguro de que estábamos solos, y así era. Pensé que podía agarrar mi caña y mi sartén y el resto de mi equipo de pesca y estar en el auto en dos o tres minutos, sin dejar rastros. Ha­bía acampado ahí la noche anterior en una carpa y con una bolsa de dormir y no estaba registrado en ningún campamento ni hotel. En otras palabras, podría irme de Outer Banks en media hora, por com­pleto; nada podía vincularme a esa zona, mucho menos el hombre que estaba en la arena. Ni siquiera había comprado nafta con tarjeta de crédito. Estaba libre de culpa y cargo y podía, sencillamente, le­vantarme y partir. Todo lo que tenía que hacer era dejar a ese joven en una lenta y dolorosa agonía.

De nuevo fijó la mirada en Mowbray con una intensidad que era difícil de soportar.

—O si no, podía facilitarle las cosas.

—Oh.

            —Sí. Y es eso justamente lo que hice. De nuevo tomé el cuchillo y se lo hundí en el corazón. Murió al instante. La vida voló de sus ojos y la tensión de su cara desapareció. Y ahora sí era asesinato.

—Sí, claro.

            —Claro —hizo eco el hombre—. Podría haber sido un acto de misericordia, pero legalmente un acto en legítima defensa se trans­formaba en un incuestionable acto de homicidio —respiró hondo—. ¿Cree que hice mal?

—No —contestó Mowbray.

—¿Usted habría hecho lo mismo?

—Honestamente, no sé. Supongo que sí, si la otra alternativa era dejarlo ahí sufriendo.

            —Bien, eso fue lo que yo hice. Así que no solamente había ma­tado a un hombre. Literalmente había asesinado a un hombre. Lo enterré a más o menos treinta centímetros de profundidad al borde de las dunas. No sé cuánto tardó la policía en encontrarlo. Estoy seguro de que no tardaron mucho. Esas arenas se mueven todo el tiempo. No llevaba identificación, pero la policía podría haber in­vestigado sus huellas, porque un joven como ese seguro que tenía las huellas registradas. No llevaba nada encima, excepto unos cin­cuenta dólares al contado, lo que destruye la teoría de que me estaba robando para procurarse la cena de esa noche.

Se relajó y sonrió.

—Me llevé el dinero. Él no iba a necesitarlo y, por lo que se veía, tampoco lo iba a reclamar.

            —Entonces no sólo mató a un hombre sino que también se be­nefició con eso.

—Eso hice. Bien, me fui de Outer Banks esa tarde. Manejé por tierra firme una buena distancia, paré para pasar la noche en un ho­tel fuera de Fayetteville, nunca miré para atrás, nunca averigüé si lo encontraron. Oh, y me llevé su arma y la tiré en la mitad del camino a Bermuda. Y él no tenía un auto del que yo me tuviera que ocupar. Supongo que hizo dedo o llegó a pie hasta donde yo estaba, o tal vez estacionó, pero demasiado lejos como para que importara —otra sonrisa—. Ahora usted conoce mi secreto.

—Tal vez usted no debió haber mencionado los nombres de los lugares —dijo Mowbray.

—¿Por qué dice eso?

—No creo que quiera darle tanta información a un extraño.

—Podría tener razón, pero sólo puedo contar una historia de ese modo. Sé que ahora está haciendo efecto en su mente.

—¿En serio?

            —¿Quiere que le diga? Usted se está preguntando si lo que le conté es cierto o no. Se imagina que si hubiera pasado probable­mente no se lo contaría y, al mismo tiempo, le resulta bastante creí­ble que haya ocurrido. Y usted en parte espera que sea verdad y en parte, que sea mentira. ¿Me equivoco?

—Casi nada —admitió Mowbray.

            —Bien, le diré algo que va a inclinar la balanza. Usted de veras va a desear que todo esto no sea más que un montón de mentiras —bajó la mirada—. El hecho es que va a perder todo el respeto que pudo haberme tenido cuando me escuche decir lo que viene.

—¿Entonces por qué decírmelo?

—Porque siento la necesidad.

—No sé si quiero oírlo —dijo Mowbray.

—Yo quiero que lo oiga. No pescamos nada, se está haciendo de noche y usted probablemente está ansioso por volver al lugar donde esté parando para comer y beber algo. Bien, no voy a tardar mucho —estaba enrollando su sedal. Ahora la operación había concluido y dejó la caña deliberadamente en el pasto a sus pies. Enderezándose dijo—: Ya le hablé de mi actitud hacia los peces. No mato lo que no voy a comer. Y ahí estaba ese joven abierto, con los órganos inter­nos al aire.

—Basta.

—No sé cómo se llama, si curiosidad o compulsión, o algún ins­tinto primitivo. No podría decirlo. Pero lo que hice fue cortar un pedacito de hígado antes de enterrarlo. Luego, después de que que­dó bajo la arena, encendí el fuego y... bueno, no hace falta que le cuente los detalles.

“Gracias a Dios”, pensó Mowbray. “Por ese pequeño favor”. Se miró las manos. Sintió que una le temblaba. La derecha, la que sos­tenía la caña de pescar, tenía los nudillos blancos y las puntas de los dedos le dolían por sostener la caña con tanta fuerza.

—Asesinato, canibalismo y robo a los muertos. Lindos cargos para un hombre que no tenía más que unas pocas infracciones de tránsito. Y las tres cosas en mucho menos de una hora.

            —Por favor —dijo Mowbray. Su voz era delgada y alta—. Por favor, no me diga más nada.

            —No tengo nada más que decirle.

Mowbray respiró profundamente, exhaló. Este hombre le esta­ba mintiendo o le estaba diciendo la verdad, pensó Mowbray, y en cualquier caso era muy obvio que se trataba de una persona muy especial. Como mínimo.

—Usted no debería contarles estas historias a los extraños —le dijo después de un momento—. Sean verdaderas o falsas, no debería contarlas.

—En algunas ocasiones siento la necesidad.

—Desde luego, es una suerte que yo sea un extraño. Después de todo, yo no sé nada de usted, ni siquiera su nombre.

—Me llamo Tolliver.

—Ni donde vive, ni...

—Wallace P. Tolliver. Trabajé como comerciante minorista en Oak Falls, Missouri. No lejos de Joplin.

—No me diga nada más —pidió Mowbray desesperado—. Qui­siera no haberme enterado de todos esos datos.

—Tenía que decírselos —dijo el hombre corpulento. De nuevo exhibió su sonrisa—. Ya conté esta historia tres veces en el pasado.            Usted es el cuarto hombre que la escucha.

Mowbray no dijo nada.

—Tres veces. Siempre a extraños que aparecían cuando yo esta­ba pescando. Siempre en las tardes largas y perezosas, esas tardes cuando los peces no muerden por más que uno haga lo que haga.

Mowbray empezó a hacer varias cosas. Empezó a retroceder y empezó a apoyarse en la caña de pescar y empezó a extender el bra­zo izquierdo como para protegerse del hombre.

Pero el cuchillo de filetear ya estaba fuera de la vaina.

 

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