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GRISELDA GAMBARO

Griselda Gambaro
nació en Buenos Aires en 1928. Entre sus libros
figuran El desatino (1965), Una
felicidad con menos pena (1965), Dios no
nos quiere contentos (1979), Después del
día de fiesta (1994), Lo mejor que se tiene
(1998), Escritos inocentes (1999), Lo
impenetrable (2000) y El mar que nos trajo
(2001).
Sus obras dramáticas han sido estrenadas en los
escenarios más prestigiosos de distintos países de
América latina y Europa, y traducidas a numerosos
idiomas. Está considerada por la crítica como una
de las escritoras más relevantes de la literatura
argentina actual.
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Cuando comenzaba la
primavera, partía. Dejaba mujer e hijos y se alejaba a
grandes distancias en busca de animales cuyas pieles
vendería en el almacén del pueblo más cercano. Así se
abastecían y lograban sobrevivir durante las nevadas
del invierno, tan intensas que toda actividad era
imposible. Con los primeros fríos del otoño, emprendía
el regreso.
Su mujer, que rengueaba de
una pierna, lo veía partir con alivio. Era un hombre
de carácter taciturno, violento, de lengua fácil para
la injuria y mano no menos dispuesta para el golpe. En
su ausencia, ella volvía a sentirse joven y los niños
perdían el aire tímido y asustadizo, se movían con
libertad, hablando a borbotones de tan ansiosos luego
de la prolongada quietud impuesta por el padre. Ella
hasta caminaba más erguida, atemperado el dolor de su
cadera. Seis días después de casados, la primera vez
que, desprevenida, había contestado a una injuria, un
empellón la había hecho caer con tan mala suerte sobre
la piedra del hogar que le fracturó el hueso. Sin una
palabra o gesto de disculpa, él la había llevado al
pueblo para que la atendieran, pero cuando regresó sus
piernas ya no eran iguales, una quedó más corta y con
un torcimiento acentuado que al caminar le desnivelaba
los hombros.
En ese amanecer, lo
despidieron como correspondía en la puerta de la
cabaña. Él no la abrazó ni abrazó a los niños.
Mientras montaba, ella se atrevió a acariciar la
cabeza del mayor de sus hijos, cuidando de no rozar la
mejilla tumefacta —la noche anterior él le había
plantado los cinco dedos brutalmente ante una orden no
obedecida con presteza— y se dijo que ya no podía
aguantar más, que los niños le reclamaban amparo. Los
días del invierno, con ese hombre ocioso en la
cabaña, eran días de penuria y castigo. Temían sus
reacciones de las que no había modo de librarse. Si
los niños, dos varones y una niña, estaban inmóviles,
él los castigaba por estarlo; si se movían, sin
diferencia acaecía lo mismo. Con ella sobraban
pretextos porque ejecutaba necesariamente acciones
concretas, la comida, el pan mal horneado, el fuego
demasiado ardiente o demasiado débil.
Ella, mientras acariciaba
la cabeza de su hijo, atesoró el deseo de que él no
volviera. Y no sintió culpa aunque ese hombre pasaría
en soledad largos meses y trabajaría duramente. No la
sintió porque ese hombre los quería invisibles, y aun
invisibles, los golpearía.
Deseó que la injusticia de
su alma lo condujera a una locura sembrada de
enemigos, o que no soportara la intemperie, temiera el
cielo, se alucinara con todo lo que le era odioso:
visiones de sus hijos a los que ya no intimidaba,
conversaciones amables, risas, felicidades que ya no
podría prohibir.
Deseó que un animal lo
despedazara en el monte o trepando la montaña un
deslizamiento de piedras provocara su fin en el fondo
de un barranco.
Deseó que su irascibilidad
lo perdiera y se trabara en lucha con un desconocido
que sabría defenderse con un tajo irremediable.
Deseó, aun con mayor
intensidad, que él, tocándose como acostumbraba la
ancha cicatriz que le cruzaba el rostro, terminado el
verano en el monte, decidiera partir con el acopio de
pieles hacia una ciudad distante pródiga en
seducciones, pródiga en mujeres que le trastornaran
el camino del regreso.
Y si alguna vez quisiera
volver, no habría huellas, memoria, emprendería
indefectiblemente la ruta equivocada que lo llevaría
a otras ciudades, a otras regiones, lejos, siempre más
lejos.
Ella, al principio, en
vano esperaría su retorno, cada día con menor temor y
mayor esperanza, hasta que finalmente alguien le
traería noticias, muerte o extravío, y ella comenzaría
a vivir. Se marcharía al pueblo donde la gente se le
antojaba hospitalaria. Podría reír junto a los niños,
salvados de vejaciones y de golpes. Y lo deseaba tanto
que el corazón se le rompía. Pero sabía que era inútil
desear, salvo que el deseo convocara fuerzas que no
estaban a su alcance.
Él partió al amanecer
montado en su caballo, sosteniendo las riendas de su
recua de mulas con los bagajes y los víveres. Cruzó
una extensión desértica y al quinto día pudo
internarse en el monte atravesado de cuestas que
ascendían hacia las montañas. Desmontó al anochecer,
en un claro, preparó su campamento, comió y se acostó
junto al fuego que siempre encendía bien apartado de
los árboles. Durmió rendido. Cuando la luz lo
despertó, había huellas en la maleza aplastada y un
hoyo más profundo marcaba el peso de un cuerpo que se
hubiera asentado allí durante la noche. Se extrañó
porque si por azar encontraba a otro cazador
solitario, compartían fuego y comida, conversaban
lacónica pero prolongadamente, para compensar las
largas horas de soledad que los esperaban, y luego, al
amanecer, partían cada uno hacia rumbos distintos. Él,
que era de carácter tan huraño, accedía a estos
encuentros e incluso los disfrutaba porque el contacto
circunstancial se producía, de cierta manera, entre
iguales.
Inclinado sobre los
rastros, los siguió reparando que una huella se hundía
con más fuerza que la otra, como si provinieran de un
andar desparejo, se hacían confusas en un tramo,
visibles en otro; desaparecieron bruscamente.
Insistió un trecho más y abandonó en el punto donde el
monte terminaba en declive. Abajo corría un río
cargado y tumultuoso en un cauce muy estrecho,
desbordado por las nieves que la primavera derretía.
Le pareció entrever, en el aire quieto de la orilla
opuesta, un movimiento acompañado de un silbido. Pero
el silbido podía ser el de un pájaro. Se encogió de
hombros y regresó al campamento. Durante todo el día
tuvo la sensación de unos ojos extraños que lo
observaban y de que el menor gesto suyo sufría un
escrutinio constante. Sin embargo, bastaba que se
detuviera, irguiéndose con los ojos clavados en la
espesura, para dudar, como si padeciera una ilusión.
Las noches eran frías y se
durmió junto al fuego que poco a poco se fue
transformando en un rescoldo de brasas. Soñó que había
llegado el otoño y que regresaba a su hogar, provisto
de un botín espléndido que provocaba el alborozo de
su mujer y sus hijos. Lo abrazaban en un clima de
fiesta. Con asombro se veía reír en su sueño. Sabía
—también en su sueño— que jamás le había alzado la
mano a su mujer ni a sus hijos. Sabía que no le
temían. Una voz amorosa lo llamaba. Pero él no deseaba
ese soñar ni ser el hombre que en el sueño aparecía.
Se despertó en medio de la
noche porque el calor abrasaba, el viento había
propagado el fuego hacia los árboles. Intentó apartar
su caballo y las mulas que tironeaban enloquecidas de
sus cabestros, pero las llamas lo cercaban.
Providencialmente comenzó a llover muy fuerte y se
apagó el fuego. Sólo quedaron pequeñas humaredas que
despedían un olor acre. Levantó el campamento,
arrojando una manta ya inservible, sacudió una cazuela
calcinada. Amanecía y cuando cesó la lluvia aparejó
los animales. Su caballo seguía asustado y lo golpeó
con el puño para que se tranquilizara, y bajo los
golpes el animal se encabritó, mirándolo del ojo
izquierdo con una mirada vidriosa, pero se cansó antes
que él, que cuando golpeaba era infatigable.
Montó, masticando una
galleta dura, y reemprendió su camino. Se detuvo en
medio de una cuesta porque sus oídos le habían traído
sonidos de cascos, de maleza aplastada. Permaneció
inmóvil, con el torso vuelto hacia atrás. Alguien lo
seguía, y esta vez no dudó. Sin embargo, no descubrió
a nadie, y azuzó su caballo y las mulas sintiendo una
furia creciente ante ese sonido de maleza aplastada,
el ruido más seco de cascos en las zonas rocosas.
Cazó una liebre y la asó
al atardecer, aprovechando los últimos restos de luz.
Cuando buscó su pequeña bolsa de sal no la encontró.
Y pensó cómo podía haberse caído desde el fondo de su
alforja. Pero después lo adjudicó a una negligencia
de su mujer y se prometió hacérsela pagar a su
regreso.
Comió y reservó una parte
para el día siguiente, que amaneció frío y soleado.
Descubrió huellas de zorro y marchó en dirección
opuesta al viento, sosteniendo su fusil preparado para
disparar. Prefería las trampas que no lastimaban la
piel, pero una impaciencia nerviosa lo dominaba. De un
solo tiro, cobró una pieza de hermoso pelaje gris, y
esto, a pesar de que no estaba intacta, le aligeró el
ánimo por primera vez en varios días. Despellejó el
animal y del lado interno puso la piel a secar sobre
estacas. Cuando concluyó, creyó oír unas risas, unos
plácemes un poco burlones de voces ligeras, como de
niñas o mujeres. Apuntó hacia el monte y disparó. En
el estruendo, voces y risas cesaron, y aunque sabía
que lo había imaginado, se alegró de matar tan
fácilmente aquello que imaginaba.
Subió al monte hacia la
tarde, cuando ya había dispuesto sus trampas, y desde
la cima descubrió, visible en la distancia, a un
cazador solitario que contorneaba la cuesta llevando a
sus dos mulas del cabestro. Era un hombre viejo, de
talla corta y robusta, que aún no lo había visto,
caminaba con la cabeza baja atento a las dificultades
del camino.
Él hizo bocina con las
manos y gritó mientras descendía rápidamente la
cuesta, sin explicarse su propia ansiedad de compañía.
El viejo agitó el brazo y varió ligeramente el rumbo
hacia su encuentro. Cuando estuvo cerca, se quitó el
sombrero en un saludo y desnudó la frente blanca no
tocada por el sol. Tenía el rostro arrugado, la barba
gris, las manos muy curtidas y todavía poderosas. Él
encendió el fuego y lo invitó a compartir su comida.
El viejo se sentó con las piernas cruzadas, comió
agradecidamente y se quejó de que los animales se
replegaran cada vez más en la espesura. Después rió.
—Me parece que estoy viejo —dijo. Se escarbó los
dientes con la uña y habló de su hijo que lo esperaba
más al norte donde cazarían juntos. Y al mencionar a
su hijo, sus ojos brillaron, vivaces. Se encontraban
siempre, cada año, tanto para cazar como para
disfrutar de la mutua compañía. En esta ocasión se
había retrasado dos días porque una de sus mulas
rengueaba y él no tenía ánimos para privarla del
descanso. —Soy un hombre pacífico —dijo, y contó que
una vez, en una riña en la que se había visto
involucrado por azar, cuatro leñadores se ensañaron
con él, y como prueba mostró la costura de una oreja
arrancada. —Cuatro contra un viejo —comentó sin
aparente acritud. Sonrió guiñando los ojos, su hijo
nunca olvidaba un ultraje. Con el tiempo, sin que él
lo reclamara, había buscado a los leñadores, uno por
uno, y les había hecho pagar caro el atropello. —La
oreja —rió. Su hijo podía ser vengativo, duramente
vengativo, subrayó el viejo recordando con orgulloso
placer.
Él bebió un sorbo de su
café que, de pronto, le supo desagradable, arrojó el
resto a la tierra y se incorporó de su posición en
cuclillas. Mientras limpiaba los jarros y los platos
de la comida, pensó que esos dos, tan unidos, podrían
tramar una mala jugada en su contra, robarle las mulas
o más tarde las pieles. Miró al viejo con
desconfianza, tenía una expresión inocente pero él no
creía en las inocencias. El viejo se durmió en medio
de una frase, sentado, y dormido se deslizó sobre el
flanco, el sombrero cubriéndole los ojos. A tientas,
tendió la mano y se abrigó con su manta. Él echó
otros leños a la hoguera y se acostó también; el fusil
al alcance de la mano. A pesar de sus recelos se
alegró oscuramente de la respiración ronca y regular
que lo acompañaba. En su sueño liviano, escuchó que
alguien lo llamaba, repetidas voces de mujeres y
niños, que vivían una felicidad que él sintió
claramente maligna. Se despertó y atendió los
ruidos familiares de los animales nocturnos en el
monte. Le pareció que el fuego se había desplazado de
lugar. Percibió el crujido de ramas secas quebradas
bajo unos pasos. El viejo dormía y se inclinó sobre
él. —¿Oye? —preguntó. El viejo tardó en despertarse;
se apoyó en un codo, se sentó bostezando. Lo miró sin
interés, echándose el sombrero hacia atrás, y escupió
después un fuerte salivazo sobre el fuego. —Buena
puntería —confirmó. Él repitió su pregunta,
escrutándole el rostro para desentrañar una intención
aviesa. El viejo dijo animosamente: —Hay caza —y
estiró su manta gris sobre el cuerpo. Se durmió en
seguida. Él permaneció recostado en un árbol, el fusil
entre los brazos. Bastaba que cerrara los ojos un
segundo para oír de nuevo las voces, el crujido de la
maleza aplastada. Revisó los matorrales, cercanos,
controló su caballo atado con una larga soga a un
tocón en el suelo, rozó el pelaje hirsuto de las mulas
que descansaban tranquilamente. Pensó en su mujer
durmiendo en paz en su cabaña y le hubiera gustado
tenerla a mano para descargar su impotencia. Con
rencor, se dijo que ella no lo amaba.
El viejo no se explicó su
rostro hosco al amanecer, sus pocas frases cortantes.
Rehusó el ofrecimiento malhumorado de desayuno, tan
malhumorado que resultaba ofensivo, y se despidió
guiando a las mulas de las riendas. Él armó y
colocó algunas trampas en el monte.
Cuando regresó, observó
que sus provisiones habían disminuido. Su bolsa de
galletas, desgarrada y vacía, colgaba de un arbusto.
La piel de zorro estaqueada a la sombra ya no estaba.
Se llenó de furia y tomó su fusil. Alcanzó al viejo
que caminaba muy lentamente. El viejo alzó los ojos
con una mirada interrogativa y no tuvo tiempo de
asustarse. Un tiro certero se le incrustó entre las
cejas. Cayó hacia atrás y las mulas emprendieron un
trote rápido, sobresaltadas por la detonación, y se
detuvieron más lejos, buscando pastos. Él corrió
hacia ellas, febrilmente las despojó de sus aperos,
arrojándolos a tierra, abrió un carcomido cuero de
oveja y encontró sólo algunas ropas, unas mínimas
provisiones. Sin darse cuenta de lo que hacía, volcó
el agua de la cantimplora, mirando fijamente cómo la
tierra la absorbía.
Regresó al campamento y se
dejó caer sobre una piedra, apoyando el rostro en las
rodillas. No supo cuánto tiempo estuvo así, inerte.
Cuando se incorporó, marcadas en las cenizas del
fuego apagado, había huellas de alguien que rengueaba
visiblemente, una huella profunda y otra casi
imperceptible. Durante el resto del día se mantuvo
alerta, limpió y aceitó su fusil. No volvió a oír el
crujido de ramas quebradas y a la noche, vencido por
el cansancio, se durmió apenas apoyó la cabeza sobre
la manta. Hacia el amanecer, cuando ya su sueño era
ligero, una risa lo despertó de golpe, el murmullo de
una voz. Y lo que le resultaba insoportable no era
tanto el sonido de la risa o la voz sino la maliciosa
felicidad que trasuntaban.
Con manos temblorosas se
tocó la barba crecida, salvo en la marca de la
cicatriz que le atravesaba el rostro en diagonal.
Ese día descendió la
cuesta hacia el río. Era un buen nadador y no temía
los saltos entre las rocas. Pensó que el agua lo
despejaría. Se zambulló con un estremecimiento ante
el primer contacto con el agua helada y nadó hasta
perder el aliento. Flotó luego sosteniéndose con una
mano del tronco de un árbol seco que emergía entre las
rocas para que no lo arrastrara la corriente. Oyó el
rebuzno asustado de una de sus mulas. Con fuertes
brazadas, nadó hacia la orilla. Salió del río y
corrió desnudo, lastimándose los pies en las rocas y
espinos de los matorrales. La mula se alejaba cuesta
arriba, a buen paso como si alguien la aguijoneara o
bien la obligara a avanzar tironeando del cabestro.
La llamó inútilmente, la mula volteó apenas la cabeza
y aceleró el trote. Él recurrió a su caballo, montó en
pelo y cuando ya estaba cerca, un recodo la ocultó y
no pudo encontrarla. Ni su vista le delató huellas ni
su olfato le trajo el olor, como si la tierra se
hubiera abierto y cerrado sobre ella. Había un extraño
silencio, donde no oía los silbidos y cantos de los
pájaros, ni tampoco el murmullo de las hojas agitadas
por el viento ni el de la vida en el monte. A orillas
del río desmontó y recogió sus ropas. Se vistió con
movimientos fatigados y regresó al campamento. Sintió
frío a pesar del sol.
Transcurrieron dos días
sin otras novedades que la persistente sensación de
que alguien lo acechaba. Al tercer día entrevió hacia
el sur un jinete asomado en lo alto de una cuesta.
Permanecía inmóvil, montado en un caballo, que como el
suyo parecía ser de gran alzada y de pelaje ocre.
Luego volvió grupas descendiendo por la ladera opuesta
y desapareció de su vista. La distancia era excesiva
para perseguirlo y por otra parte no estaba seguro de
que fuera ese jinete quien lo acechara. Si hubiera
estado a tiro de fusil, no habría considerado sus
propias dudas, pero no lo atraía emprender una
persecución incierta. Se sentía desganado e inquieto,
mortificado por una furia impotente. En el itinerario
de las trampas no cobró piezas, aunque su instinto de
cazador y su experiencia de otros años le decían que
era una región donde los animales abundaban. Sin
embargo, al terminar el recorrido, estimó que la
última de las trampas lo resarcía, y sonrió rencoroso
acariciándose la cicatriz que le cruzaba el rostro en
diagonal. Un perro salvaje gemía en ella, aprisionado
de una pata. Al intentar liberarse se había ocasionado
un corte profundo. Advirtió su presencia y agitándose
con desesperación, el perro desgarró más su herida y
sangró profusamente. No lo soltó ni tampoco quiso
rematarlo. Lo dejó en la trampa, para que muriera de
su herida o de hambre y sed. En algún momento, cuando
regresara por el mismo camino, recogería la trampa
que sólo guardaría un mínimo despojo.
Aparejó las mulas, cabalgó
un trecho a través del monte, subió y bajó una cuesta
y preparó el campamento en otro sitio. Colocó nuevas
trampas. Amenazaba lluvia y armó su tienda, que
raramente usaba. Cuando terminó de clavar las últimas
estacas y cavó los canales por donde debía fluir el
agua, se desencadenó la tormenta. Llovió un día entero
y, obligado a permanecer en el espacio reducido de su
tienda, oyó conversaciones en las que se mezclaban
voces infantiles que ninguna orden hacía callar, y
supo que esas conversaciones se desarrollaban al
amparo de la lluvia en un lugar que era su cabaña.
Apartó la lona que cubría la entrada de su tienda y
salió a la lluvia. De pie, imprecó amenazante a los
cuatro vientos, pero las voces no callaron. Apretó los
puños como si estrangulara a alguien, y sabía que
estrangulaba a su mujer, que uno de sus niños gemía en
una trampa y que nadie lo desafiaba. Y esto lo serenó,
porque en un largo invierno todos querrían hacerse
invisibles bajo sus golpes, y ni aun así se librarían.
Cuando al día siguiente
cesó de llover, mientras iba de una trampa a otra,
todas sin presa pero con el resorte saltado, tropezó
con la mula que había huido días atrás. Tenía el
vientre tenso e hinchado, a medias devorado por las
ratas del monte y ensombrecido por nubes de moscas.
Mientras la pateaba enardecido, olió el humo. Su
campamento ardía. Alguien se vengaba. Corrió y perdió
pie, deslizándose por las rocas. Una piedra en punta
le salió al encuentro, lo golpeó en la sien. Se
desvaneció. Cuando despertó, el sol estaba en el
cenit y el sudor lo inundaba. Respirando con la boca
abierta, se arrastró hacia el campamento, de donde
emergía una delgada columna de humo. Todo estaba
consumido, la tienda, los víveres. Las mulas se habían
soltado y ya no las veía, él sabía cómo caminaban las
mulas, lentas, obstinadas. Su caballo, que pacía a
unos metros, levantó la cabeza, los grandes ojos
distantes. Él se arrastró y tomó las riendas que
colgaban hacia el suelo, pero estaba demasiado débil
para montar. El caballo lo olió, sacudió el pescuezo y
se alejó, pastando. De vez en cuando lo miraba con su
ojo vidrioso. Se sentía sediento y cuando llevó la
mano a la sien la retornó llena de sangre. Gimió con
una extraña compasión hacia sí mismo y de pronto oyó
ruido de maleza aplastada. Alzó los ojos opacos y
descubrió la figura del depredador recortada de
espaldas en la luz que descendía. Estaba sentado,
sosteniendo un fusil, ya tan seguro que no pretendía
ocultarse. Se incorporó dificultosamente sobre sus
rodillas y a medias reptando se acercó. Había creído
oír voces y risas de mujeres y niños, pura ilusión o
bien ardid del hombre que imitaba voces que sabía
podían desconcertarlo y provocar su furia. Pero ahora
le concedería ayuda, como el más duro está dispuesto a
hacerla cuando es evidente que sin ayuda el otro
morirá. Sus fuerzas le fallaron y cayó de bruces.
El hombre sentado en la
roca había percibido su presencia, giró el cuerpo
lentamente.
Él, con un último
esfuerzo, se volvió de espaldas al suelo, a la luz
descendente del día. Abrió los ojos que ya se le
velaban y le vio el rostro, la barba densa y
descuidada, salvo en una blanca cicatriz que le
atravesaba la mejilla en diagonal. Intentó mantener
los ojos abiertos; la figura se le borroneaba en una
especie de bruma. Con la mano inmóvil, creyó apartar
la sangre de su sien; el dolor y el malestar habían
cesado y tenía la segura presunción de que regresaría
a su hogar. Sus hijos y su mujer le temerían, los ojos
ensombrecidos por el miedo. Ya estaba montado en su
caballo y partía.
De pronto se encontró en
el suelo. Cuando la imagen del hombre sosteniendo su
fusil se esfumó, llevándose la bruma que lo rodeaba y
arrebatándole incluso toda luz, sus hijos jugaban a
esconderse entre los árboles. Ágiles y despiertos,
bajo un cielo pacífico y lunar, se deslizaban en la
nieve, juntaban las hojas del otoño; su mujer, muy
joven, salía de la cabaña al aire del verano y
caminaba sin renguera.
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