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STANISLAW LEM

Stanisław
Lem
(1921/2006) fue un escritor polaco cuya obra se ha
caracterizado por su tono satírico y filosófico. Sus
libros, entre los cuales se encuentran Ciberiada y
Solaris, se han traducido a 40 lenguas y ha vendido
27 millones de ejemplares. Es considerado como uno de los
mayores exponentes del género de la ciencia ficción y uno
de los pocos escritores que siendo de habla no inglesa ha
alcanzado fama mundial en el género.
Sus obras exploran temas filosóficos que involucran especulaciones
sobre nuevas tecnologías, la naturaleza de la inteligencia, las
posibilidades de comunicación y comprensión entre seres
racionales; asimismo propone algunos elementos de las limitaciones
del conocimiento humano y del lugar de la humanidad en el
universo. Su encasillamiento como escritor de ciencia ficción se
debe a que ocasionalmente, a lo largo de su carrera como escritor,
prefirió presentar sus trabajos como obras de ficción o fantasía,
para evitar los atavíos del rigor en el estilo académico de
escritura y las limitaciones del número total de lectores al que
llegarían sus libros si fueran textos "científicos"; no obstante,
algunas de sus obras están en la forma de ensayos científicos o de
libros filosóficos, tales como Summa Technologiae y
Microworlds (ambas sin traducción al castellano), en las que
expresa con rigor sus posturas científicas. La mayor parte de su
obra de ficción se tradujo al castellano entre las décadas de los
setenta y ochenta, en la actualidad existen pocas versiones
reeditadas. Por su parte, las traducciones de sus trabajos de no
ficción (ensayos científicos y textos filosóficos) escritos entre
las décadas ochenta y noventa, son escasas en nuestro idioma, por
lo cual es más conocido por los hispanohablantes como escritor de
ficción. Recientemente la editorial española Funambulista ha
iniciado esfuerzos para traducir algunos de sus textos inéditos en
castellano; en 2005 han publicado el ensayo de metaficción
titulado Provocación y en 2006 su autobiografía El
Castillo Alto.
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¿EXISTE
VERDADERAMENTE MR. SMITH? |
JUEZ. –
La Corte pasa a examinar el litigio entre la
Cybernetics Company y Harry Smith. ¿Están presentes
las dos partes?
ABOGADO. – Sí, su señoría.
JUEZ. –
¿Usted actúa en nombre de...?
ABOGADO. – Represento legalmente a la Cybernetics
Company, su señoría.
JUEZ. –
¿Dónde está el acusado?
SMITH.
– Estoy aquí, su señoría.
JUEZ. –
Les ruego se sirvan dar a la Corte sus datos
personales.
SMITH.
– Con mucho gusto. Me llamo Harry Smith y nací el 6
de abril de 1917 en Nueva York.
ABOGADO. – Me opongo, su señoría. La afirmación del
acusado es tendenciosa: él nunca ha venido al mundo.
SMITH.
– Tengo aquí mi partida de nacimiento. Y mi hermano
está aquí, en la sala...
ABOGADO. – Esa no es su partida de nacimiento, y
aquel individuo no es su hermano.
SMITH.
– Entonces ¿de quién es hermano? ¿De usted acaso?
JUEZ. –
Calma, se lo ruego. Un momento, abogado. ¿Entonces, Mr.
Smith...?
SMITH.
– Mi padre, el nunca bastante llorado Lexington Smith,
poseía un garaje, y me inculcó la pasión por su
oficio. A los diecisiete años participé por primera
vez en una carrera automovilística para
principiantes. A continuación, ya como corredor
profesional, he competido ochenta y siete veces. Hasta
hoy me he hecho con la victoria dieciséis veces, con
veintiún segundos puestos...
JUEZ. –
Se lo agradezco, pero estas particularidades no son
pertinentes a la causa.
SMITH.
– Tres copas de oro...
JUEZ. –
Le he dicho que esos detalles son superfluos.
SMITH.
– Y una corona de plata...
MR.
DONOVAN (Presidente de la Cybernetics Company).– ¡Oh,
está delirando!
SMITH.–
No se engañe.
JUEZ. –
¡Calma! ¿No tiene un abogado para su defensa?
SMITH.
– No, me defiendo por mí mismo. Mi causa es clara como
el agua de un manantial.
JUEZ. –
¿Conoce las demandas que la Cybernetics Company
presenta contra usted?
SMITH.
– Las conozco. Soy víctima de las viles maquinaciones
de esos perros criminales...
JUEZ.
– Ya es suficiente. Abogado Jenkins, ¿quiere exponer
a la Corte las razones que han motivado su citación?
ABOGADO. – Con mucho gusto, su señoría. Hace dos años
el acusado tuvo un accidente durante las carreras
automovilísticas disputadas en Chicago. Se dirigió
entonces a nuestra firma. Usted ya sabe que la
Cybernetics Company fabrica prótesis: piernas, brazos,
riñones artificiales, corazones artificiales y muchos
otros órganos de recambio. El acusado compró a crédito
una prótesis de la pierna izquierda y pagó el primer
plazo. Cuatro meses después se dirigió de nuevo a
nosotros, esta vez para el suministro de dos brazos,
una caja torácica y una bóveda craneal.
SMITH.
– ¡Es falso! La bóveda craneal no. Fue en primavera,
tras las carreras en montaña.
JUEZ. –
No interrumpa.
ABOGADO. – Se trataba, respetando el orden
cronológico, de la segunda transacción. En aquel
tiempo la deuda del acusado ascendía a 2.967 dólares.
Cinco meses después el hermano del acusado se dirigió
a nosotros: Harry Smith se encontraba recuperándose
en la clínica Monte-Rosa, no lejos de Nueva York.
Conforme al nuevo pedido, nuestra firma suministró,
tras pago de un adelanto, diversas prótesis cuya
relación particularizada va unida a las actas del
proceso. Entre otras, figura, como repuesto de un
hemisferio cerebral, un cerebro electrónico Geniak,
llamado comúnmente “El Genial”, cuyo precio es de
26.500 dólares. Llamo la atención de la honorabilísima
Corte sobre el hecho que el acusado nos ordenó un
modelo Geniak de lujo, equipado con válvulas
metálicas, dispositivo para sueños en colores
naturales, filtro antipreocupaciones y eyector de
pensamientos tristes, a pesar de que todo esto excedía
sus posibilidades financieras.
SMITH.
– ¡Seguro! ¡Les habría sido mucho más cómodo si
hubiera decidido reventar con su cerebro construido en
serie!
JUEZ. –
¡Calma, se lo ruego!
ABOGADO. – Que el acusado haya actuado con la
intención consciente y deliberada de no pagar lo que
había adquirido, viene probado perentoriamente por un
hecho: él no ordenó un modelo común de brazo
artificial, sino que escogió una prótesis especial,
provista de reloj de muñeca, marca Schaffhausen, de 18
rubíes. Cuando la deuda del acusado llegó a los
29.863 dólares, lo citamos en juicio para la
restitución de todas las prótesis que había adquirido.
Sin embargo, nuestra querella fue desestimada
basándose en la siguiente consideración: Mr. Smith, si
fuera privado de sus prótesis, moriría. En efecto, en
aquel tiempo, de este Mr. Smith no quedaba sino medio
cerebro.
SMITH.
– ¿Cómo se atreve a decir de este Mr. Smith”? ¿Percibe
acaso acciones de la Cybernetics Company por cada
insulto que sale de su boca? ¡Leguleyo!
JUEZ. –
¡Calma, por favor! Mr. Smith, en caso de nuevos
ultrajes a la parte demandante le impondré una
sanción.
SMITH.
– ¡Es él quien me insulta!
ABOGADO. – En las condiciones en que entonces se
encontraba, en deuda con la Cybernetics Company, y
equipado de pies a cabeza con prótesis suministradas
por nuestra firma que, a su respecto, ha dado pruebas
de infinita bondad, satisfaciendo ipso facto
cualquier deseo suyo, el acusado comenzó a calumniar
públicamente nuestros productos a los cuatro vientos,
poniendo en duda su calidad. Pero esto no le impidió
todavía presentarse ante nosotros tres meses más
tarde. Se quejaba, en aquel tiempo, de toda una sarta
de achaques y de dolores que, como pudieron probar
nuestros expertos, dependían del hecho de que su
viejo hemisferio cerebral se encontraba sofocado,
alojado como estaba en aquel nuevo ambiente que yo
definiría, si me lo permite usía, como protésico.
Movida de un sentimiento de humanidad, nuestra firma
aceptó otra vez más satisfacer el deseo del acusado,
“genializándolo” totalmente, o lo que es igual,
nuestra firma aceptó sustituir el viejo pedazo de
cerebro que le pertenecía in proprio con un
segundo aparato Geniak, gemelo del precedente. Como
garantía de este nuevo crédito, el acusado nos firmó
letras de cambio por un importe de 26.950 dólares.
¡Hasta hoy, todo lo que nos ha liquidado han sido 232
dólares con 18 centavos! Estando así las cosas...
¡Honorabilísima Corte, el acusado está tratando
pérfidamente de impedirme hablar, sofoca mis
palabras con silbidos, ruidos y estridencias! ¡Que la
Honorabilísima Corte tenga la bondad de llamarlo al
orden!
JUEZ. –
Mr. Smith...
SMITH.
– No soy yo, es mi Geniak. Hace esto cada vez que
reflexiona intensamente. ¿Acaso soy yo responsable de
todo lo que ha hecho la Cybernetics Company? ¡La
Honorabilísima Corte haría mejor si citase al
presidente Donovan por fraude!
ABOGADO.– ... estando así las cosas, la Cybernetics
Company presenta a la Corte la siguiente petición: que
le sea reconocido el derecho de entera propiedad sobre
la totalidad de las prótesis suministradas que se
encuentran aquí, en esta sala de tribunal,
sosteniendo ser Harry Smith.
SMITH.
– ¡Qué desvergüenza! ¿Y dónde está Smith según usted,
abogado, si no está aquí?
ABOGADO. – Aquí, en esta sala, yo no veo a ningún
Smith, por la simple razón de que los restos de aquel
célebre campeón de carreras reposan diseminados a lo
largo de las muchas autopistas de los Estados Unidos.
En consecuencia, el veredicto que seguramente
pronunciará este tribunal a nuestro favor no podrá
lesionar a ninguna persona física, porque nuestra
firma no hará sino volver a entrar en posesión de lo
que legítimamente le pertenece, desde el envoltorio de
nylon hasta el último tornillo.
SMITH.
– ¡Cómo! ¡Quieren despedazarme, quieren reducirme a
prótesis!
PRESIDENTE DONOVAN. – ¡Lo que haremos con nuestros
bienes no le interesa!
JUEZ. –
Presidente Donovan, le ruego cálidamente conservar su
sangre fría. Gracias, abogado. ¿Qué tiene que decir,
Mr. Smith?
ABOGADO. – Señoría, para aclarar mejor la cuestión
querría hacerle notar además que el acusado, para
decir la verdad, no es realmente el acusado, sino
únicamente un objeto material que pretende
pertenecerse en toda propiedad. En efecto, dado que él
no vive...
SMITH.
– ¡Acérquese un poco, y se enterará de sí estoy vivo o
no!
JUEZ. –
Verdaderamente, es un caso insólito. Mmmm... Abogado,
la decisión de establecer si el acusado está vivo o
no la dejo en suspenso hasta que la Corte haya emitido
su juicio; de otra manera, nos arriesgaríamos a turbar
el desarrollo normal de la audiencia. Ahora, tiene
usted la palabra, Mr. Smith.
SMITH.
– Honorabilísima Corte, y ustedes, ciudadanos de los
Estados Unidos, que siguen atentamente los
despreciables esfuerzos de un gran trust para
destruir en mi persona una libre personalidad
pensante...
JUEZ. –
Le ruego dirigirse exclusivamente a la Corte. ¡Esto no
es un mitin!
SMITH.
– De acuerdo, su señoría. La cosa se presenta así:
efectivamente, yo he obtenido de la Cybernetics
Company un cierto número de prótesis...
PRESIDENTE DONOVAN. – ¡Un cierto número de prótesis!
¡Y tiene la desfachatez de decirlo!
SMITH.
– ¡Que la Honorabilísima Corte llame a orden a este
señor! Sí, he obtenido aquellas prótesis. Poco importa
lo que éstas sean. Poco importa si, incesantemente,
cuando estoy sentado, cuando camino, cuando como,
cuando duermo, se oye un tal ruido en mi cabeza hasta
el punto que he llegado a tener que retirarme a una
habitación aparte porque despertaba a mi hermano
durante la noche. Sí, a causa de estos Geniak con
estas inclinaciones, construidos a escondidas con los
avances de las máquinas de calcular, he contraído la
enfermedad del cálculo, hasta el extremo que debo
contar sin tregua las cercas, los gatos, los palos,
las personas que me encuentro a lo largo de los
caminos, y Dios sabe qué otras cosas... Ustedes ya me
entienden. Sea como sea, tenía verdaderamente
intención de pagar todas las sumas adeudadas, pero el
único medio que tengo de procurarme dinero es vencer
en las carreras. Ahora he dejado pasar demasiadas, me
he descorazonado, he perdido la cabeza y...
ABOGADO. – El acusado reconoce espontáneamente haber
perdido la cabeza. Ruego a la Corte tome nota.
SMITH.
– ¡No me interrumpa! Lo he dicho, pero no con ese
sentido. He perdido la cabeza, he comenzado a jugar en
la bolsa, he perdido y me he endeudado. En aquel
período era un chasis lleno de achaques. Notaba
continuamente dolores lacerantes en la pierna
izquierda, vahídos, tenía sueños idiotas: yo cosiendo
a máquina, yo haciendo media, yo haciendo puntilla;
me hice visitar por psicoanalistas, que
inmediatamente me descubrieron un complejo de Edipo
tan sólo porque mi madre cosía a máquina cuando yo era
niño. Fue en aquel período, cuando apenas podía
valerme por mí mismo, que la Cybernetics Company
comenzó a llevarme ante los tribunales. Los
periódicos hablaron de ello y, como consecuencia de
las pérfidas calumnias de las cuales fui objeto, la
congregación metodista — yo soy metodista, ¿ saben?—
me cerró las puertas de su iglesia.
ABOGADO. – ¿Se lamenta por esto? ¿Cómo, usted cree en
la vida de ultratumba?
SMITH.
– Creo, aunque no veo por qué le interesa a usted
esto.
ABOGADO. – ¡Me interesa porque Mr. Smith, actualmente,
está ya viviendo una vida de ultratumba, y usted no es
sino un infame usurpador!
SMITH.
– ¡Mida sus palabras, señor!
JUEZ. –
Ruego a las dos partes que mantengan la compostura.
SMITH.
– Honorabilísima Corte, mientras me encontraba en tan
penosas circunstancias, la Cybernetics Company me
citó a juicio, y cuando sus impúdicas peticiones
fueron rechazadas un individuo sospechoso, un tal Goas,
vino a mi encuentro enviado por el presidente Donovan...
aunque esto yo aún no lo sabía. Este tal Goas se hizo
pasar por perito electrónico y me dijo que tan sólo
existía un remedio para curar todos mis sufrimientos,
los lacerantes dolores y los vértigos: hacerme
“genializar” a fondo. En el ruinoso estado en el cual
me encontraba era imposible pensar en nuevas carreras
automovilísticas. Por tanto, ¿qué otra cosa me
quedaba? Acepté, lo reconozco ante la Honorabilísima
Corte. Y Goas, al día siguiente, me condujo a la
oficina de montaje de la Cybernetics...
JUEZ. –
¿Esto significa que se ofreció a llevarle?...
SMITH.
– Ciertamente.
JUEZ. –
¿Y que se ofreció a introducirlo allí...?
SMITH.–
Naturalmente; pero yo, yo, aún no comprendía por qué
lo hacían tan de buen grado, con condiciones de favor
y con largos plazos en el pago. ¡Ahora, por el
contrario, lo entiendo perfectamente! Ellos querían,
lo declaro ante la Honorabilísima Corte, que me
desembarazase del viejo hemisferio cerebral que
todavía me quedaba, dado que precedentemente sus
peticiones habían sido rechazadas en consideración al
hecho de que el desventurado pedazo original de mi
cabeza no habría podido permanecer con vida por sí
mismo sí se me retiraba todo el resto. Y así el
tribunal no les concedió nada. Y es por esto que
ellos, aprovechando mi ingenuidad y la debilitación
de mis facultades mentales, pensaron en mandarme a
aquel tal Goas, para hacer que aceptase
espontáneamente el sustituir el viejo pedazo de
cerebro original, y hacerme caer en las redes de su
diabólica maquinación. Ruego ahora a la
Honorabilísima Corte que examine cuánto vale su
razonamiento. Ellos dicen que tienen derecho a tomar
posesión de mi persona. ¿A título de qué? Supongamos
que alguien adquiera provisiones a crédito en su
proveedor: harina, azúcar, carne... y que después de
un cierto tiempo el tendero intente una acción legal
para hacerse reconocer propietario de su deudor, dado
que —según se enseña en medicina— las sustancias de
nuestro cuerpo, gracias a los procesos de naturaleza
química, son constantemente renovadas y sustituidas
por los productos alimenticios. Es verdad:
transcurridos algunos meses, el deudor por entero,
cabeza, hígado, brazos y piernas comprendidas, se
compone de aquellas grasas, de la leche, de los huevos
y de los hidratos de carbono que el tendero le ha
cedido a crédito. Pero, ¿existe en el mundo un
tribunal dispuesto a pronunciarse a favor de este tal
tendero? ¿Acaso vivimos en el medioevo, cuando
Shylock podía exigir que su deudor le cediese una
libra de su propia carne? ¡Estamos aquí frente a una
situación análoga! En cuanto a mí, ¡yo soy el campeón
de carreras Harry Smith y no una máquina!
PRESIDENTE DONOVAN. – ¡Es falso! ¡Es una máquina!
SMITH.
– ¿Ah, sí? ¿Entonces, a quién es, en definitiva, a
quién persigue la Cybernetics? ¿A quién ha sido
enviada la citación del tribunal? ¿A una máquina
cualquiera o por el contrario a mí, Harry Smith? Su
señoría, desearía que consintiese en que la cuestión
fuera definitivamente aclarada.
JUEZ.–
Mmmm... esto. La citación está dirigida a Harry Smith,
Nueva York, calle 44.
SMITH.
– ¿Ha oído, Mr. Donovan? Querría además dirigir a su
señoría una pregunta referente al procedimiento: ¿La
ley de los Estados Unidos prevé, de una forma u otra,
la posibilidad de querellarse contra una máquina?
¿Prevé la ley la posibilidad de citar a una máquina
ante los tribunales, de acusarla de algo?
JUEZ. –
Veamos... eh... no. ¡No! Esto no lo prevé la ley.
SMITH.
– Entonces todo está aclarado. En suma, o yo soy una
máquina, y entonces el desarrollo de este proceso es
fundamentalmente imposible, siendo claro que una
máquina no puede ser citada en juicio, o bien no soy
una máquina, sino un hombre, y entonces ¿cuáles son
esos derechos que la firma pretende ejercer sobre mi
persona? ¿Debería acaso convertirme en su esclavo?
¿Trata Mr. Donovan de convertirse en un propietario de
esclavos?
DONOVAN.
– ¡Qué insolencia!
SMITH.
– ¡Reconózcalo, está en una trampa! En cuanto a los
métodos comerciales a los que recurre esta firma,
basta decir lo siguiente: cuando, todavía enfermo,
atornillado y chaveteado a más no poder, dejé el
hospital y me fui a la playa para respirar un poco de
aire puro, una masa de gente me seguía siempre los
pasos. Comprendí inmediatamente el motivo: sobre la
espalda me habían impreso “made in the Cybernetics
Company”. He debido hacerme borrar la inscripción a mi
costa y hacerme remendar lo mejor posible. ¡Y he aquí
que ahora aún quieren perseguirme! Es verdad, el pobre
está siempre expuesto a la cólera del rico, mi padre y
mi madre me lo repetían siempre...
PRESIDENTE DONOVAN. – ¡Su padre y su madre son la
Cybernetics Company!
JUEZ. –
¡Calma! ¿Ha terminado ya, Mr. Smith?
SMITH.
– No. Querría subrayar, en primer lugar, que la firma
debería pasarme una pensión alimenticia, dado que no
tengo de qué vivir. La dirección del Automóvil Club ha
anulado mi participación en las carreras
panamericanas, hace un mes, apoyándose en el hecho de
que mi vehículo sería pilotado —así dicen— por un
complejo automático no humano. Pero, ¿quién me ha
puesto en estas condiciones? ¡Ellos, la Cybernetics
Company, que ha enviado al Automóvil Club una sucia
carta difamatoria! ¿Tratan de sacarme el pan de la
boca? Bueno, que paguen entonces mi manutención y que
me suministren las piezas de recambio. Y no es eso
todo: ¡cada vez que debo hablar con ellos, los
empleados de la firma, especialmente los de la
dirección, me cubren de insultos!
El
presidente Donovan me ha propuesto, para normalizar la
situación, una transacción amistosa: sería suficiente
que aceptase figurar como modelo de reclamo. ¡Debería
permanecer inmóvil, ocho horas diarias, en su vitrina!
Por tal afrenta y otras similares, me constituyo en
parte civil contra la Cybernetics Company.
Concluyendo, pido que la Honorabilísima Corte quiera
atentamente escuchar a mi hermano en calidad de
testigo, puesto que él conoce perfectamente todos los
particulares de la causa.
ABOGADO. – Su señoría, me opongo. El hermano del
acusado no puede comparecer en calidad de testigo.
JUEZ. –
¿Tal vez a causa de la consanguinidad?
ABOGADO. – Sí... y no. La razón exacta es que el
hermano del acusado fue víctima, la semana pasada, de
un accidente aéreo.
JUEZ.–
Ah... ¿Y no puede comparecer ante la Corte?
HERMANO
DE SMITH. – ¡Sí puedo, estoy aquí!
ABOGADO. – Puede, pero el hecho es que el accidente ha
tenido para él consecuencias trágicas. Nuestra firma,
a consecuencia de las órdenes llegadas a través de su
esposa, ha debido proceder a la “genialización” y
puesta a punto de un nuevo hermano del acusado...
JUEZ. –
¿Un nuevo qué?
ABOGADO. – Un nuevo hermano, que al mismo tiempo es el
marido de la ex-viuda.
JUEZ. –
Ah...
SMITH.
– ¿Pero qué importa esto? ¿Por qué no puede testificar
mi hermano? ¡Mi cuñada ha saldado la factura al
contado!
JUEZ. – Silencio, por favor. Vista la necesidad de
proceder al examen de estos elementos
complementarios, ordeno el aplazamiento de la
causa...
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