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ISAAC ASIMOV

Isaac Asimov (1920/1992), escritor y
bioquímico nacionalizado estadounidense, nació el
2 de enero de 1920 en Petrovichi, Rusia a 400 km.
de Moscú. Es el mayor de tres hermanos.
En 1923 su familia llega a Nueva York e instalan
una tienda de dulces en Brooklyn que atenderán
durante cuarenta años. Isaac colabora en ella
hasta su graduación.
En 1939 se graduó en Química en la Universidad de
Columbia y en 1941 obtiene la maestría. Terminada
la guerra obtiene el doctorado (1948). Fue docente
universitario hasta 1958 en que se volcó
íntegramente a la escritura.
Se casó con Gertrude Blugerman (1942) y tuvo dos
hijos. Se divorciaron en 1970 y tres años más
tarse se casó con Janet Opal Jeppson.
Orgulloso de su herencia judía se confesaba un
ateo humanista que cree en el hombre único
responsable de lo bueno y lo malo. Racionalista y
cientificista no creía en ninguna forma de vida
después de la muerte. No obstante escribió Guía
de la Biblia (1967/9) y La historia de Ruth.
Aunque escribía ocho horas diarias tenía otras
actividades: integraba varios grupos: Dutch
Treat Club, Baker Street Irregulars, Gilbert and
Sullivan Society, Woodehouse Society, Trap Doors
Spiders, MENSA, American Humanista Association y
Club de los Exploradores.
Su extensa obra integrada por más de 500 volúmenes
y 90.000 cartas es en su mayoría ciencia ficción
pero también hay fantasía, misterio y ensayos de
alto valor científico. En literatura lo más
importante se concentra en las dos series:
Robot y Fundación.
Entre El sol desnudo (1958) y
Los
límites de la fundación (1982) cuya trilogía
original mereció el Premio Hugo, escribió solo
cuatro obras de ficción, pero publicó casi 400
artículos en revistas científicas, entre ellas Magazine of Fantasy and Science Fiction.
Desde 1965 escribió la llamada Historia
Universal Asimov, compuesta por 14 volúmenes.
Con una narración amena trata de atraer al gran
público a la historia de las principales épocas y
civilizaciones antiguas (Roma, Grecia, Egipto,
Edad Media, etc.)
Ha sido una buena vida
(2002), redactada por Janet, su viuda, es una
versión resumida de las tres autobiografías. Es
considerado uno de los más grandes escritores de
ciencia-ficción. El 6 de abril de 1992 murió a
causa de complicaciones renales y cardíacas
provocadas por un contagio de SIDA durante una
operación de by-pass en 1983. |
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AZAZEL: UNA NOCHE DE CANTO |
Resulta
que un amigo mío insinúa que, a veces, puede invocar
espíritus del profundo abismo. O, por lo menos, un
espíritu... uno pequeño y de poderes estrictamente
limitados. En ciertas ocasiones habla de él, pero sólo
después de haber llegado a su cuarto whisky con soda. Se
trataba de un delicado punto de equilibrio: tres copas, y
no sabe nada de espíritus (de los sobrenaturales); cinco y
se queda dormido. Aquella noche, pensé que había alcanzado
el nivel adecuado, así que le dije:
—¿Te
acuerdas de ese espíritu tuyo, George?
—¿Eh?
—exclamó él, mirando su bebida, como si se preguntara por
qué tenía que recordarla.
—Tu
bebida, no —dije—. Me refiero a ese espíritu de unos dos
centímetros de estatura que una vez me dijiste que habías
logrado hacer venir desde algún otro lugar de existencia.
El que está dotado de poderes paranaturales.
—Ah —dijo
George—, Azazel. No se llama así, naturalmente. Supongo
que no podría pronunciar su verdadero nombre, pero así es
como yo le llamo. Sí, me acuerdo.
—¿Lo
utilizas mucho?
—No. Es
peligroso. Demasiado peligroso. Siempre existe la
tentación de jugar con el poder. Yo soy muy cuidadoso en
ese aspecto, endiabladamente cuidadoso. Como sabes, tengo
un nivel ético muy elevado. Por eso es por lo que en una
ocasión me sentí movido a ayudar a un amigo. !El mal que
eso causó! !Horrible! No soporto pensar en ello.
—¿Qué
ocurrió?
—Supongo
que es mejor que lo cuente, para vaciar mi pecho —dijo
pensativamente George—. Es algo que te consume...
Entonces
yo era mucho más joven (dijo George), y en aquellos
tiempos las mujeres formaban una parte importante de la
propia vida. Ahora, al rememorarlo, parece una estupidez,
pero recuerdo perfectamente haber pensado en aquellos
tiempos que había mucha diferencia dependiendo de la mujer
de que se tratase. En realidad, la verdad es que da lo
mismo cerrar los ojos y coger al azar la que caiga, pero
en aquellos tiempos... Yo tenía un amigo, Mortenson...,
Andrew Mortenson. No creo que lo conozcas. Yo mismo apenas
si le he visto en los últimos años. La cuestión es que
estaba perdidamente enamorado de una mujer, una mujer
determinada. Era un ángel, decía. No podía vivir sin ella.
Era la única en todo el universo, y sin ella el mundo era
una lonja de jamón empapada de grasa para lubricar
motores. Ya sabes como hablan los enamorados. Lo malo es
que ella, finalmente, le abandonó, y, al parecer, lo hizo
de una manera especialmente cruel y sin la menor
consideración a su amor propio. Le había humillado por
completo, yéndose con otro delante de él, chasqueándole
los dedos en las narices y riéndose despiadadamente de sus
lágrimas. Lo digo en sentido figurado, por supuesto. Sólo
trato de dar la impresión que él me causó. Se hallaba aquí
sentado, en esta misma habitación, bebiendo conmigo. Yo
sentía como se me destrozaba el corazón ante su congoja.
—Lo
siento, Mortenson —le dije—, pero no debes tomártelo así.
Si te paras a pensarlo, no es más que una mujer. Mira a la
calle y verás pasar montones.
—A partir
de ahora —dijo amargamente—, no habrá ninguna mujer en mi
vida..., excepto mi esposa, claro, a la que de vez en
cuando no puedo evitar. Es sólo que, por mi parte, me
gustaría hacer algo por ella.
—¿Por tu
mujer? —pregunté.
—No, no,
¿por qué iba a querer hacer algo por mi mujer? Estoy
hablando de hacer algo por esa mujer que me ha abandonado
tan cruelmente.
—¿Por
ejemplo?
—No tengo
ni idea —respondió.
—Quizá yo
pueda ayudarte —dije, pues continuaba sintiéndome lleno de
compasión hacia él—. Puedo hacer uso de un espíritu
provisto de poderes extraordinarios. Un espíritu pequeño,
desde luego —separé los dedos pulgar e índice menos de una
pulgada para que se hiciera idea—, que sólo puede hacer
pequeñas cosas.
Le hablé
de Azazel, y, como es natural, me creyó. He observado con
frecuencia que yo transmito convicción cuando cuento algo.
Sin embargo, cuando lo haces tú, amigo mío, el ambiente de
incredulidad que se forma en la habitación es tan espeso
que se podría cortar con una sierra para metales. Conmigo,
en cambio, es distinto. No hay nada como una reputación de
probidad y un aire de honrada rectitud.
Le
brillaban los ojos mientras se lo contaba. Preguntó si
podría darle a la mujer algo que yo le pidiera.
—Si es
presentable, amigo mío. Espero que no estés pensando en
algo así como hacerla oler mal o que le salga un sapo por
la boca cada vez que hable.
—Claro
que no —replicó, indignado—, ¿por quién me tomas? Ella me
ha dado dos años de felicidad, a intervalos, y quiero
corresponderle adecuadamente. ¿Dices que tu espíritu tiene
sólo poderes limitados?
—Es muy
pequeño —respondí, volviendo a señalar el tamaño con el
índice y el pulgar.
—¿Podría
darle una voz perfecta? Al menos, por algún tiempo. Aunque
sólo sea durante una única representación.
—Se lo
preguntaré. La sugerencia de Mortenson parecía
perfectamente caballerosa. Su ex amante cantaba cantatas
en la iglesia local, si es que esa era la denominación
adecuada. En aquellos tiempos yo tenía muy buen oído para
la música y a menudo asistía a estas cosas (teniendo buen
cuidado de esquivar la bandeja de la colecta, claro). A mí
me gustaba oírla cantar, y el auditorio parecía escucharla
con bastante cortesía. Por aquel entonces yo pensaba que
sus costumbres no armonizaban muy bien con el entorno,
pero Mortenson decía que con las sopranos se hacían
excepciones. Así, pues, consulté con Azazel. Se mostró
completamente dispuesto a ayudar; nada de esas tonterías
de pedir mi alma a cambio, ya sabes. Recuerdo que una vez
le pregunté a Azazel si quería mi alma, y él ni siquiera
sabía lo que era. Me preguntó a qué me refería, y resultó
que yo tampoco sabía lo que era. Es un tipo tan
insignificante en su propio universo, que le proporciona
una enorme sensación de éxito ejecutar su influencia en el
nuestro. Le gusta ayudar. Dijo que podría conseguir tres
horas, y cuando se lo comuniqué, a Mortenson le pareció
perfecto. Elegimos una noche en que ella iba a cantar a
Bach, Haendel o a uno de esos antiguos aporreadores de
piano, e iba a interpretar un largo e impresionante solo.
Mortenson
fue a la iglesia esa noche, y, naturalmente, yo también
fui. Me sentía responsable de lo que iba a suceder, y
pensaba que era mejor que supervisase la situación.
Mortenson
dijo sombriamente:
—He
asistido a los ensayos. Cantaba como siempre, ya sabes:
como si tuviera rabo y alguien se lo estuviera pisando.
No era
esa la forma que él solía usar para describir su voz. La
música de las esferas, decía muchas veces, de ahí para
arriba. Sin embargo, había sido abandonado, y eso, claro,
modifica el sentido crítico de un hombre.
Le mire
con severidad.
—Ésa no
es la forma de hablar de una mujer a la que estás
intentando conceder un gran don.
—Por eso
precisamente. Quiero que su voz sea perfecta. Realmente
perfecta. Y ahora veo que las nieblas del amor se han
disipado de mis ojos, que tiene un largo camino que
recorrer. ¿Tu crees que tu espíritu podrá arreglarlo?
—El
cambio no está previsto que empiece hasta las ocho y
cuarto.
Me asaltó
una punzante sospecha.
—¿No
habrás estado esperando que se agote la perfección en el
ensayo y luego decepcione al público?
—Te
equivocas por completo —respondió.
La
función comenzó con un ligero retraso, y cuando ella se
levanto para cantar, ataviada con su vestido blanco, eran
las ocho y catorce por mi viejo reloj de bolsillo, que
nunca se desvía de la hora exacta en más de dos segundos.
No era una soprano insignificante; estaba construida a
generosa escala, dejando abundante espacio para la clase
de resonancia que se necesita cuando se intenta llegar a
las notas altas y sobreponerse a la orquesta. Siempre que
inhalaba unos cuantos litros de aire con los que manejaba
todo, yo me daba cuenta de qué era lo que Mortenson veía
en ella, a pesar de las varias capas de materia textil.
Ella
comenzó a su nivel habitual, y luego, exactamente a las
ocho y cuarto, fue como si se le hubiera añadido otra voz.
Vi como daba un ligero respingo, como si no creyera lo que
oía, y una de sus manos, que tenía apoyada en el
diafragma, pareció vibrar. Su voz se elevó. Era como si se
hubiera convertido en un órgano de tono perfecto. Cada
nota sonaba perfecta, una nota recién inventada en aquel
mismo momento, al lado de la cual todas las demás notas
del mismo tono y calidad no eran si no copias imperfectas.
Cada nota sonaba limpiamente con el tremolo preciso, si es
que ésa es la palabra adecuada, dilatándose o
contrayéndose con enorme poder y control. Y con cada nota
iba mejorando. El organista no miraba la partitura, la
miraba a ella y, no puedo jurarlo, pero creo que dejó de
tocar. De todos modos, en caso de que tocara, yo no le
habría oído. Mientras ella cantaba, era imposible oír
nada. Tan sólo a ella. La expresión de sorpresa se había
desvanecido de su cara, y en su lugar se dibujaba una
expresión de exaltación. Había dejado a un lado la
partitura; no la necesitaba. Su voz cantaba por si sola, y
ella no necesitaba controlarla ni dirigirla. El director
se hallaba rígido, y todos los demás miembros del coro
parecían desconcertados.
Por fin
terminó su solo y el coro sonó como una especie de
susurro, como si todos se avergonzaran de sus voces y se
sintieran turbados por hacerlas sonar en la misma iglesia
y en la misma noche. El resto del programa se redujo por
entero a ella. Cuando cantaba, eso era lo único que se
oía, aunque estuvieran sonando todas las demás voces.
Cuando callaba, era como si estuviéramos sentados en la
oscuridad y no pudiéramos soportar la ausencia de luz.
Y cuando
terminó..., bueno, en la iglesia no se aplaude, pero en
aquella ocasión lo hicieron. Todos los asistentes se
pusieron de pie, como accionados por un mismo resorte, y
aplaudieron y aplaudieron, y estaba claro que continuarían
aplaudiendo toda la noche a menos que ella cantara de
nuevo. Volvió a cantar; únicamente su voz, con el órgano
susurrando vacilante en segundo término; iluminada por el
foco; sin nadie más visible en el coro. Sin el menor
esfuerzo. No puedes imaginar la naturalidad y la facilidad
con que lo hacía. Yo traté de sustraer mis oídos al sonido
para observar su respiración, para sorprenderla cogiendo
aire, para maravillarme de cuanto tiempo podía sostenerse
una nota a todo volumen con sólo un par de pulmones para
suministrar el aire.
No
obstante, aquello tenía que terminar y terminó. Incluso
los aplausos se acallaron. Sólo entonces me di cuenta de
que Mortenson había permanecido sentado junto a mí, con
los ojos brillantes y absorto todo su ser en el canto.
Sólo entonces empecé a comprender lo que había sucedido.
Al fin y al cabo, yo soy tan recto como una línea
euclidiana y no hay ninguna tortuosidad en mí, y por eso
no se podía esperar que me diera cuenta de lo que el
perseguía. Por el contrario, tú, que eres tan retorcido
que podrías subir una escalera de caracol sin dar ninguna
vuelta, puedes comprender al instante cual era su
propósito. Ella había cantado perfectamente... pero no
volvería a hacerlo nunca más. Era como si fuese ciega de
nacimiento y durante tan solo tres horas le fuera
permitido ver, ver todos los colores, formas y maravillas
que nos rodean, y a la que no prestamos atención por lo
acostumbrados que estamos a ello. !Supón que pudieras
verlo todo en la plenitud de su esplendor... y luego
volvieras a ser ciego! Podrías soportar tu ceguera si no
conocieses nada más. Pero ¿conocer alguna otra cosa por
breve tiempo y luego volver a la ceguera? Nadie podría
resistirlo.
Esa mujer
no ha vuelto a cantar jamás, naturalmente. No obstante, la
verdadera tragedia fue para nosotros, para los que
componíamos el auditorio. Durante tres horas tuvimos
música perfecta, perfecta. ¿Crees que podríamos soportar
el escuchar algo que no fuese eso?
Desde
entonces he sido absolutamente incapaz de apreciar la
música. Recientemente fui a uno de esos festivales de rock
que tan populares son hoy día, sólo para ponerme a prueba.
No lo creerás, pero no pude distinguir una melodía. Para
mí, todo era ruido.
Mi
único consuelo es que Mortenson, que escuchó con suma
avidez y con extraordinaria concentración, ha sufrido
efectos más graves que ninguno de los demás asistentes.
Permanentemente lleva tapones en los oídos. No puede
soportar ningún sonido más fuerte que un susurro.
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