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FERNANDA GARCÍA CURTEN

María
Fernanda García Curten
nació en San Pedro (Buenos Aires), en 1968 y
actualmente reside en Buenos Aires. Desde su
niñez, estudió danza clásica y
contemporánea. Premiada en el Concurso
Americano de Ballet y Danza de Buenos Aires,
llegó a integrar el elenco de Kuarahy
de Julio López, junto a Julio Bocca y Eleonora
Cassano.
Cuentista seleccionada en la Primera Bienal de
Arte Joven (1989), ha publicado cuentos en
revistas de Argentina y España. En 1982
obtiene la 1ra. Mención ex-aequo en el
Concurso de Cuento Quinto Centenario,
organizado por el Concejo Deliberante de la
Ciudad de Buenos Aires. La noche desde
afuera ganó el 2° Premio del Fondo
Nacional de las Artes 1995.
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Matilde se aferró a la cabecera de la cama,
apretó los labios y cerró los ojos con tanta violencia que
se los podría haber deshecho.
—¿Qué pasa? ¿Por qué tarda tanto?
—Esté tranquila, respire hondo. Lo que pasa
es que ya tiene cuarenta y cinco años y no está para estos
trotes.
Matilde se sacudió como un pescado:
—Cierre la boca y ayúdeme que me muero de
dolor.
Prendió los dientes al camisón y enterró
los ojos, decidida a no abrirlos si no le mostraban a su
hijo. La casa no la acompañaba, se había humedecido hasta
los cimientos y ahora le devolvía desde las paredes unas
nubosidades espesas, cargadas de aire caliente. Matilde se
sacudió otra vez, apretó los labios y abrió los ojos: la
cama estaba podrida en sangre. Vio entre sus piernas
dobladas la mirada de Ángela, opaca de resignación.
—Es una nena —dijo.
Matilde golpeó la pared con furia:
—Es mentira.
Ángela no dejó de mirarla.
—Dígame que no es cierto, que es mentira.
Ángela no dejó de mirarla; Matilde se tapó
la cara con las manos.
—Llévesela de acá inmediatamente, no quiero
verla nunca.
Ángela salió de la habitación con un pichón
ensangrentado en los brazos y después de cerrar la puerta
oyó otra vez la voz furiosa de Matilde:
—Escúcheme bien —gritaba desde la
habitación—, dígale a mis hijas que por mí la pueden dejar
pudrirse en la basura.
Ángela miró a las cinco nenas sentadas en
el mismo sillón. Lucero, la mayor aunque aún no cumplía
los doce años, se acercó a conocer a la hermana, y
haciéndole a Ángela una sonrisa triste le dijo:
—Nosotras la vamos a criar.
Matilde se había quedado dormida de tanto
maldecir a su hija, la cara arrasada y el camisón pegado
al cuerpo por la transpiración. Cuando despertó, quizá al
día siguiente, no quiso encender el velador. Unos hilos de
luz que se filtraban por las celosías de la ventana
parecían telarañas. Dejaban ver una mancha de humedad en
la pared, cerca del techo, o quizá no había luz suficiente
para que fuera posible verla, pero Matilde la conocía tan
bien que era capaz de cerrar los ojos y seguirla con el
pensamiento. La mancha tomó milagrosamente la apariencia
de un hombre. Llevaba sobre él el surco de la muerte. Con
sólo mirarlo, cualquiera hubiese afirmado que ese hombre
estaba muerto.
—Álvaro —dijo ella en voz baja—, no pierdas
la fe, no me voy a ir de este mundo hasta que haya
cumplido.
La mancha se inquietó, cambió de forma.
Ahora era un hombre mayor de mirada negra, sobrenatural.
Matilde se iluminó de golpe:
—Padre, le prometo...
Pero los ojos del viejo le barrían el alma.
Todo lo que él había mirado alguna vez quedaba en la
desolación, y también en la muerte seguía siendo igual de
peligroso. Matilde cerró los ojos y quedó rígida en el
fondo de la cama. Recordó los años en que su madre estuvo
clausurada en vida, con una belleza apagada de tanto
ignorársela, con una convicción casi religiosa de ser un
estorbo después de haberle dado veinte años de juventud al
hombre de ojos sobrenaturales. Azucena se llamaba, y de
tanto vegetar a la sombra de su esposo se había convertido
en un mueble más de la casa. Por costumbre había dejado de
ser mujer, había dejado de sentir y de delirar con sus
amores novelescos, esos hombres que luego de pedirla en
matrimonio seguirían siendo igual de dulces, igual de
hombres.
Alguna vez, en sus épocas de ser vivo, en
un arranque de locura pensó en huir de la casa, pero quedó
embarazada y cometió el disparate de pensar que la
concepción la favorecía a los ojos del esposo, que la
reivindicaba como animal útil. Nació una mujer: Matilde.
Él ya no volvió a mirarla; la olvidó tanto que la dejó
reseca, vacía hasta de sus más íntimos rencores. La
encadenó a un cuerpo enemigo obligándola a ser la viuda
decente y devota de un esposo vivo al que no amaba.
Aprendió a llorar cuando estaba segura de que no la
verían; y a no pensar en nada, porque el pensamiento se
ve, es como un fulgor que persigue a las personas.
Matilde crecía viendo a su madre envejecer
sin haber sido descubierta por nadie. La aterraba mirarse
en el espejo y cada día estar más hermosa, más brillante,
desperdiciando, cada día, un poco más de sí misma. Hubiera
deseado ser fea porque ya cumplía veinticinco y no se
había casado. Sus mejores años, decía, los había echado a
perder en la casa oscura viendo morir a su madre,
escondiéndose de su padre, de esos ojos que a cada mirada
le cargaban la espalda con más culpa.
Álvaro apareció una semana después de morir
el padre. Matilde había cumplido los treinta. Anciana en
aquellos tiempos para el matrimonio, si bien le pareció un
hombre desabrido y poco sensual, un alérgico a todo, un
caballero de la mano en el pecho, se casó con él. De ahí
en más no descansaría hasta tener un hijo varón y ver
conforme a su padre muerto. Los primeros tiempos fueron
felices, especialmente porque Matilde quedó embarazada.
Permanecía sola en la casa cosiendo ropa para el bebé en
su sillón, mientras Álvaro trabajaba en la otra punta del
pueblo, empleado en un almacén de ramos generales. Matilde
se sentía muy bien así. No ver a Álvaro le dejaba más
tiempo para idealizarlo, para desconocerlo como mejor le
pareciera, para tomarle cariño. Un veintiuno de noviembre
nació Lucero; tenía los ojos estériles de Álvaro. A veces,
cuando Matilde estaba sola en la casa masturbándose con el
pensamiento, la sorprendía la mirada de Lucero y tenía la
sensación de que era Álvaro quien la vigilaba por esos
ojos. Pero Matilde la quería a su manera, al fin de
cuentas era su primera hija, y tenía una forma de caminar,
de hablar y de sentarse que se disculpaba continuamente.
La quería a su manera, porque Matilde nunca quiso a nadie.
Álvaro no era un hombre que la acosara para
hacerle hijos. Al contrario. Era ella quien lo arrastraba
a la cama.
—Ya sé que todavía somos jóvenes —le
decía—, pero no voy a vivir en paz hasta el día en que
nazca mi hijo.
Otras veces se paseaba medio desnuda por la
casa con el pelo minuciosamente desarreglado para llamar
su atención. Cuando lo lograba y Álvaro finalmente
empezaba a desprenderse los pantalones, ella se arrepentía
tanto que sólo deseaba que la tragara la tierra. Más
adelante, cuando perdió toda sutileza, lo vestía y
desvestía como quien prueba ropa a un maniquí y nunca está
conforme. Miraba una mancha de humedad en la pared
mientras él dejaba cuerpo y alma sobre ella. Había
momentos en que ya no soportaba el contacto de ese cuerpo
pegajoso pero se limitaba a mirar la mancha de humedad en
la pared, la hacía olvidar, la hipnotizaba con hombres
hermosos, todos el mismo, sin sexo, que venían caminando
desde el fondo del mar. Después aparecía la cara del padre
y le recordaba el cuerpo de Álvaro como un insecto
adherido a su cuerpo. Muchas veces se sentía tentada a
arrancárselo de encima, pero aguantaba, aguantaba por su
madre que se endureció como se endurecen los panes
olvidados al aire libre, por el padre de ojos
sobrenaturales, y por el hijo, que la libraría del error
más grande: haber nacido mujer.
Al año siguiente tuvo una hija, Esperanza.
Fue el mejor verano para Matilde. Dejaban el pueblo
arriba, sobre las barrancas, y bajaban hasta el río por
una pendiente oscurecida de árboles. Matilde iba del brazo
de Álvaro, de pies a cabeza vestida de blanco. Llevaba un
sombrero de paja adornado de flores, sombrilla y zapatos
abiertos de taco alto que hacían que Álvaro se viera
todavía más insignificante. Esperanza dormía a la sombra
pobre del hombro de su padre, mientras Lucero caminaba
colgada de sus pantalones. Matilde se sabía en la antesala
de su felicidad, vislumbrando un porvenir planeado ya con
mucha anticipación. Vivía el tiempo ilusorio en el que
todavía le quedaban cosas que esperar y vestidos nuevos
que ponerse. Era inmortal en ese tiempo. Por lo menos
durante el segundo que tardaba en sumergir los pies en el
río, no pensaba en otra cosa que en sumergir los pies en
el río. Cuando terminó el verano, terminó su inmortalidad.
En los siguientes dos años nacieron Inés y
Carmen. Matilde había empleado a una sexagenaria soltera,
hija de inmigrantes, una mujer asombrosamente fea y
callada que sólo abrió la boca para decir su nombre:
Celina. El propósito de Matilde era que la ayudara con sus
hijas. Con el tiempo se las delegó completamente.
El otoño empezó con lluvias y las hijas
almorzando en la cocina. Álvaro había sido confinado a la
cama por un ataque de alergia: un año atrás fueron la
sequía y la tierra que volaba en las calles, ahora eran
las lluvias. Creyó reponerse en pocos días. Una tarde se
levantó y fue caminando hasta el trabajo. Cuando volvió,
Matilde estaba esperándolo en la puerta.
—No tendrías que haber salido, bien sabés.
No importa cómo te sientas, sos un enfermo y no tendrías
que haber salido, mirate los ojos nomás.
Álvaro fue hasta la habitación y al mirarse
en el espejo quedó paralizado. Nunca se había visto mejor
en toda su vida. De pronto, por el mismo espejo, vio a
Matilde asomarse desde la puerta. El soltó una sonrisa
triste.
—Me voy a morir, ¿no es cierto?
Las noches que iban a venir serían
calvarios para Matilde. Al menos la consolaba estar otra
vez embarazada y no tener que obligar a Álvaro a hacerle
un hijo en esas condiciones. Lo había llevado a la cama
envuelto en frazadas, temblando. Permanecía todo el tiempo
a su lado. Por momentos corría descompuesta al baño porque
ya había empezado a tener náuseas y porque ver a Álvaro
tan abrigado, embalsamado entre cobijas y mantas, con el
sol furioso que afuera asolaba las calles, le daba ganas
de vomitar.
Vivieron esperando la muerte de un día para
otro aunque ya habían pasado cuatro meses y Álvaro seguía
igual, con los mismos fríos atrapados en las lluvias del
otoño. Cuando nació Aurelia todo empeoró. Matilde despedía
saña por los poros; se le había consumido hasta el menor
vestigio de leche; de todas maneras se habría negado a
amamantarla. Lloraba día y noche en la cama junto a
Álvaro, pasaba períodos de calma en los que murmuraba
frases demenciales como cuando decía que ella era la única
mujer en el mundo que tenía en el vientre sólo molde para
hacer hijas mujeres. Álvaro murió a principios de junio;
después del entierro, nadie, en la casa, se sacó el luto
por tres años.
Apenas quedó viuda, Matilde perdió el
sueño. La desveló por años la idea de que se había casado
en vano. Y cuanto más se desesperaba más sabía que nada
tenía arreglo, que lo mejor era resignarse porque de lo
contrario entraba en un laberinto del que sólo saldría
para irse a morir. Maldecía no haber esperado más tiempo y
casarse con un hombre sano que quizá le hubiera hecho un
hijo varón en los primeros meses de matrimonio. Cuando se
sorprendía pensando en eso, lo borraba de su cabeza porque
a la noche, en la mancha de humedad, se aparecían Álvaro y
su padre, quienes milagrosamente le leían el pensamiento.
Entonces, por voluntad, o quizá para aplacar su
remordimiento, se enquistó. Salía de la habitación a
medianoche cuando el resto de la casa estaba durmiendo,
para robar comida en la cocina o ir al baño. Un día,
Lucero le pidió a la vieja Celina que pegara la oreja en
la puerta de la habitación, a ver qué escuchaba. Celina
obedeció.
—Está rezando —dijo.
Y rezó durante siete años sin parar.
En ese período se la vio muy pocas veces
andando por la casa. La estructura de la casa, ahora, la
favorecía. Fue un tiempo negro en que abrir las ventanas y
las puertas resultaba inútil, la oscuridad era inmune a
todo, la noche se había alojado en la casa como un
parásito. Las ventanas y las puertas, que antes dejaban
ver la galaxia completa, que antes, se mirara desde donde
se mirase siempre parecían mostrar el cielo desde abajo,
ahora no dejaban pasar un grano de luz. El día se negaba a
entrar, la noche salía de las paredes como si, cuando las
construyeron, entre cada ladrillo hubieran quedado
atrapadas larvas de oscuridad. A Matilde la beneficiaba
todo eso; así podía mimetizarse, pasar desapercibida.
Había empezado a tomar el color del interior de la casa,
el del techo, el de las paredes, el de las baldosas del
piso. Podía deslizarse, andar a gatas o en último caso
quedarse inmóvil y ser confundida con el aire negro.
El primer tiempo Matilde se alimentaba por
instinto de conservación. No tenía alternativa; la muerte
no solucionaba nada. Expulsada para siempre de la familia,
de los vivos y de los muertos, del cielo y del infierno,
la aterraba pensar en Álvaro y en su padre, en
encontrarlos en la muerte sin haber cumplido la promesa.
Una noche se preguntó si la muerte sería un solo lugar,
una habitación, una ciudad, o un desierto con distancias
siderales donde poder ocultarse de su padre; se preguntó
si sería abierto o cerrado como una burbuja y se vio
condenada a huir en círculo por los siglos de los siglos.
Entonces volvió a dormirse aunque sabía que el sueño no
era más que un refugio temporal, porque en esta tierra no
existían las eternidades y porque el corazón que ahora se
oía como en el fondo del río, simulador de continuidad,
estaría alguna vez en silencio de muerte. Así fue como
empezó a rezar oraciones inconclusas. Rezaba en todo
momento, dormida o despierta, cuando se acordaba de volver
de otros lugares de la memoria, cuando pensaba en el padre
de ojos sobrenaturales, en su madre que siempre había
soñado con desenterrar vestidos de alambre y festones de
papel, y girasoles que nunca nadie vio porque crecieron
hacia abajo. Rezando se acordó de una muñeca sin piernas
que ella vestía con ropa larguísima para ocultarle el
defecto; y de las tumbas de los juguetes, porque cuando
supo que ya era mujer sembró el patio de tumbas de
juguetes. Rezando había dejado de pensar en Álvaro, en
cuál de sus partes estaría podrida y cuál aún no. Había
dejado de pensar en las calles del cementerio porque lo
veía a diario en la nubosidad desconchada e inquieta de la
mancha de humedad.
Lucero amamantaba a su muñeca en el sillón
del recibidor. Había abierto la puerta del patio de par en
par para sorprender a la noche llegando. Lo venía haciendo
desde siempre, desde que descubrió las Tres Marías y la
Cruz del Sur. Clavaba los ojos en el cielo en busca de
estrellas fugaces y así se pasaba las horas, lejos de la
tierra. Sólo quería ver alguna por lo menos una vez en su
vida, aunque sabía que cuando pasa una estrella fugaz
alguien va a morir. De pronto, Lucero se quedó quieta,
sintió un aliento en la espalda, reconoció la voz de su
madre después de haber reconocido sus silencios durante
siete años. Matilde estaba retorciéndose, sostenida por la
puerta de la habitación como una luna menguante. Lucero,
sin ningún pudor, igual que si hubiera estado con ella un
rato antes, se olvidó del cielo, se olvidó de la muñeca y
de sus once años y la llevó hasta la cama como quien carga
con un animal muerto. No se dio cuenta pero, cuando entró,
la habitación se contrajo, supo de la intromisión de un
cuerpo desconocido. Matilde desde la cama reía como si se
hubiera vuelto loca. Le dijo:
—Salí a la calle, andá hasta la esquina y
golpeá en una puerta grande de madera. Decile a Ángela que
venga pronto, que voy a tener un hijo.
Cuando Lucero se estaba por ir, Matilde la
tironeó de un brazo:
—Fue tu padre, que me oyó.
Lucero salió corriendo a la calle y cuando
volvió a entrar, acompañada de Ángela la partera, vio a
Matilde desde lejos, tirada panza arriba riendo de dolor.
Decía que Álvaro, desde la muerte, la había hecho caer en
concepción y que daría al mundo un hijo a su imagen y
semejanza para expurgarla del pecado de haber nacido.
Estaba tan embelesada que no advertía que todas sus hijas
y Celina la observaban desde la puerta del recibidor. Para
evitar que se enfureciera, Ángela les cerró la puerta, y
las dos quedaron solas.
Ángela era una mujer acostumbrada a todo.
Alguna vez, había sido una viuda joven y delgada; ahora
era feliz recogiendo perros famélicos de la calle, esos
que nadie quiere porque apenas parecen perros. No tenía
ninguna clase de remilgos, si le tocaba retorcerle el
pescuezo a una gallina lo hacía, si le tocaba bañar a un
leproso lo hacía. Cuidaba viejos todas las noches, andaba
con sus orinas como quien lleva agua bendita. Nada le
resultaba raro, por eso aceptó con toda naturalidad el
hecho de que Álvaro produjera hijos desde la muerte.
Matilde ya no se reía. Se aferró a la cabecera de la cama
como si tuviera miedo de volarse. Apretó los labios, cerró
los ojos con tanta violencia que se los podría haber
deshecho. Un momento después los tenía clavados en los de
Ángela.
—¿Qué pasa? ¿Por qué tarda tanto?
—Esté tranquila. Lo que pasa es que ya
tiene cuarenta y cinco años y no está para estos trotes.
Matilde se sacudió como un pescado, prendió
los dientes al camisón, cerró otra vez los ojos y cuando
los abrió, la cama estuvo podrida en sangre. Vio entre sus
piernas dobladas los ojos resignados de Ángela. Golpeó la
pared con furia:
—Es mentira, es mentira —y cuando se dio
cuenta de que Ángela no cambiaba de posición, bajó el tono
de voz—. Sáquela de acá inmediatamente y dígale a mis
hijas que por mí la pueden dejar pudrirse en la basura.
Cuando Ángela salió al recibidor con ese
animal ensangrentado en los brazos, Lucero que estaba
sentada en el sillón junto a sus hermanas se le acercó.
—Nosotras la vamos a criar.
Matilde había quedado rígida en el fondo de
la cama. Sentía al padre y a Álvaro observándola desde la
porosa y amarillenta mancha de humedad. Estaba tan
avergonzada que se hubiera desintegrado con sólo desearlo,
entonces tuvo que pensar en el pasado, tuvo que retroceder
hasta la infancia, porque había llegado al borde de la
vida y corría el peligro de caer.
—Mi padre sabe cuándo aparecer —decía en
voz baja—, cuando me siente en la piel el olor a miedo, se
aparece.
El recibidor estaba vacío, las habitaciones
estaban vacías. Todo el revuelo sucedía en la cocina donde
Celina y Ángela bañaban al animal ensangrentado en una
olla con agua tibia. Lucero no dejaba de mirarlo,
adivinando debajo de ese monstruo a su hermana, a su madre
o a su hija. La iban a llamar Azucena como la abuela, pero
Ángela les dijo:
—Yo la vi nacer. No puede llamarse de otra
forma que no sea Dolor.
—Dolores —corrigió Aurelia desde el otro
extremo de la cocina con la boca llena de pan.
Ángela se dio vuelta para mirarla, Aurelia
tragó entero.
—Dolor —pronunció Ángela señalando
exageradamente el singular—, porque dolores hay muchos,
pero como éste que tiene ahora la señora Matilde no hay
otro.
Se llamó Dolor.
Al verano siguiente nacería su séptima
hija: Amanda. Para ese tiempo Matilde se había consagrado
definitivamente a la cama. El año anterior, después del
nacimiento de Dolor, había venido sembrando un odio capaz
de apolillarle el corazón. De pura resentida volvió a
quedar embarazada aunque con un recelo que la desvelaba
noches enteras. Rezó sin detenerse hasta que el aliento de
su boca llegó a empañar los vidrios de la ventana que
estaba a dos metros de distancia. Después de nacer Amanda,
durmió una semana sin interrupción. Supieron que no estaba
muerta porque la veían en distintas posiciones, o porque
la tapaban y después encontraban la sábana en el suelo.
Matilde se había convertido en una máquina de engendrar
que, terminado cada parto, se reactivaba. De las hijas que
tuvo después de morir Álvaro, a ninguna le supo el nombre,
y si las veía no era capaz de reconocerlas. Por aquellos
tiempos murió la vieja Celina. Dicen que murió por
instinto, de saberse ya muy vieja e inservible. Se llevó
al pozo, atados del cuello como una cola de barrilete,
centenares de secretos, cosas que calló por años.
Las únicas personas que Matilde veía a
diario eran Lucero, Esperanza e Inés; pero más que a
nadie, a Lucero. Le recordaba los tiempos en que siempre
era verano, en que las ilusiones se tomaban disueltas en
un vaso con agua, en el río brillante y profundo, las
tardes en que la inmortalidad se había convertido en una
epidemia. Lucero, que a pesar de sus veintiocho años
conservaba la mirada estéril de Álvaro y esa forma de
caminar, de hablar y de sentarse que se disculpaba
continuamente. No era fea pero tampoco era hermosa; la
inseguridad con que vivía todo el tiempo le había dejado
rasgos frugales en la cara. Podría ser poseedora de una
fealdad frugal o de una belleza frugal, pero no, ella era
indefinida, no se sabía bien dónde empezaba y dónde
terminaba. Había aceptado su herencia de culpa, había
llegado a creer que quería a su madre, resignándose a
cuidarla hasta el día de su muerte. Lucero no tuvo amigos
ni enemigos, no discutió con nadie, ni siquiera levantó la
voz una vez en la vida; daba a entender que todo estaba en
orden tragándose ser una esclava, madre de su madre y de
sus hermanas. Cuando llevaba a Matilde la comida a la
cama, su culpa era tan grande que se sentaba junto a ella
y era capaz de no despegarle los ojos de encima hasta que
terminaba de comer. Un día Matilde le dijo:
—Querés dejar de mirarme, ya casi me
gastaste toda la belleza.
No pasó mucho tiempo hasta que el barrio se
enteró de los partos de Matilde. Nadie pudo descubrir cómo
era posible semejante cosa con esa mujer que no había
asomado la cara fuera de la casa en años. Veían salir de
allí mujercitas con delantal rumbo a la escuela que nunca
habían visto entrar anteriormente, y cuando ya no tuvieron
lugar las teorías más descabelladas, se corrió el rumor de
que tenía encuentros con el diablo. Por fin se aburrieron
de seguir pensando en lo mismo, salieron en busca de otros
rumores y dejaron a Matilde sentada en el olvido.
Matilde envejeció diez años en un mes. Un
embarazo tras otro, un parto tras otro le dejaron huellas
indelebles en el cuerpo. Se volvió una vieja fláccida, un
peso muerto. El deterioro le cayó repentino como si fuera
el precio por abusar desaforadamente de las leyes
naturales. A los sesenta años seguía produciendo hijas
desde la soledad, corazones que venían latiendo desde la
nada, nacidas al azar, abandonadas a la deriva de la casa
y a la caridad de sus hermanas mayores. Alguien golpeó la
puerta. Matilde desconoció el llamado. Se incorporó, y
antes de que autorizara la entrada la puerta se abrió en
silencio. Era la mirada de Lucero que se había adelantado
mientras el resto de ella aún estaba llenando platos con
sopa en la cocina. La misma mirada de Álvaro, híbrida y
perturbadora. No podía dejar de sentirse vigilada por él.
Lucero entró con la bandeja de plata ennegrecida dejando
una estela de humo, la puso sobre otra bandeja más grande
encima de la cama. A Matilde se le nublaron los ojos y
cuando Lucero la vio se quedó tan pasmada que Matilde se
dio cuenta y le dijo:
—No te preocupes, es el humo de la sopa que
se me mete en los ojos, ya se me pasa.
Lucero acercó una silla y se sentó junto a
la mesa de luz a esperar que su madre terminara de comer.
Mañana a las seis en punto estaría lejos de la cama,
lavando ropa, helándose los brazos en la batea del patio.
Esperanza e Inés aprovechaban unas horas más de sueño
porque la noche anterior se habían hecho cargo de los
platos sucios a los que, después de la cena, descorazonaba
verlos como torres, como un castillo de grasa y
desperdicios sobre la tabla de la cocina. Otras limpiarían
el resto de la casa mientras Aurelia, despiadadamente,
sacaría de sus respectivos sueños a las hermanas menores,
entrometiéndose en sus vidas, disponiendo sobre sus
deseos, salvándolas de aparecidos y de hombres con ojos de
vidrio, o arrancándoles como un yuyo seco el motivo que
justificaba el que hubieran venido a este mundo. Y luego
un desayuno parco: leche con poco café y nata flotando en
la superficie. Tostadas pétreas, que nadie tocaría y que a
la mañana siguiente estarían de nuevo en la mesa. Los
delantales de escuela amarillentos, puestos tan al
descuido que las mangas de la camiseta quedaban arrolladas
bajo los codos; el primer botón de arriba incrustado en
una vértebra; el moño flojo en la cintura, que daba la
sensación de haber perdido el cuerpo por ahí; los
bolsillos demasiado altos o demasiado bajos. Eran los
viejos delantales de Lucero que fueron pasando por todas
sus hermanas igual que el resto de la ropa, los mismos
vestidos apareciendo con distinta cara, arremangados o
llenos de añadiduras de broderies que alguna vez
pertenecieron a la madre de Matilde. Aurelia, como las
otras, llevaba encima la cruz de la costumbre y sin darse
cuenta, con los años, mientras perdía la belleza iba
adoptando la postura sumisa de Lucero. Sus hermanas
menores habían olvidado ya quién era la madre en esa casa.
Matilde se les presentaba como un esbozo de abuela lejana,
un lastre que arrastraban desde antes de nacer, desde
épocas en que la Tierra fue más clara. Ese privilegio de
haber intervenido en el pasado rodeaba a Matilde de una
aureola casi sagrada pero también de fragilidad; un cuerpo
dependiendo de alguien que lo alimente, de alguien que si
quisiera podría dejar de hacerlo; Matilde, sin Lucero,
habría muerto de inanición, porque las piernas no eran
capaces de sostenerla. Tenía los huesos de la cadera
anquilosados, y la espalda, nalgas y talones brotados de
ampollas. De tanto estar quieta, de tanto pesar sobre esas
partes, sentía que se le estaban encarnando con la cama.
Lucero la limpiaba con toallas húmedas y la peinaba con
perfumes dulces. Por momentos Matilde la miraba a los ojos
y le decía que ella había sido la mujer más hermosa del
pueblo. Una vez le dijo:
—Yo fui la mujer más hermosa de la Tierra.
Nunca le dijo gracias. Lucero le preparaba
sopas y purés porque se quejaba de dolores en las encías,
renegaba de la carne y las verduras crudas. Lucero la
observaba comer pensando que mañana a las seis en punto se
levantaría a lavar montañas de ropa. Antes del mediodía ya
estaba cocinando en la casa para sus catorce hermanas y
para Matilde. Los primeros tiempos en que empezó a cocinar
le salía tan poca comida que no alcanzaba ni para la mitad
de las hermanas o bien hervía cantidades descomunales de
arroz que las alimentaba por tres días consecutivos, y
había que dárselo a Ángela para los perros, porque ya no
podían ni imaginarlo en el plato.
Al llegar el verano, a Matilde tuvieron que
darle de comer en la boca. Pasaba días sin moverse y, como
en los tiempos en que nació Aurelia, daba la impresión de
estar muerta. Cuando tenía los ojos abiertos los mantenía
fijos en la mancha de humedad donde su padre esperaba más
joven de lo que ella era ahora vaciándola, como si con la
mirada le comiera el contenido de órganos oscuros; ella
haciendo promesas, ahogándose en los ojos negros del padre
depredador y todopoderoso, ella culpable sumergida en la
cama, vieja hasta la última célula, panzona como una rata,
abriendo la boca para dejar entrar la cuchara, rígida con
las pupilas fijas en una mancha de humedad. Una mañana
mientras se iba en vómitos sobre la cama descubrió un
montón de cabezas asomadas a la puerta.
—Salgan de acá —les gritó.
Lucero que le sostenía la frente hizo un
gesto a sus hermanas para que desaparecieran. Aurelia
deshizo el grupo y cerró la puerta desde el recibidor.
Parecía increíble que Matilde no muriera de
esfuerzo. Decía que Álvaro le daba tregua para no matarla
de hijos pero eran mentiras, porque además había empezado
a mentir. Daba a luz sin descanso, dormía de corrido la
mayor parte del día pero de noche la asolaban los dolores,
las puntadas en la vagina. Por momentos eran tan fuertes
que se convertían en calambres, y los ovarios, que ella
decía sentir asentados en la espalda por vejez, ahora
estaban insensibles, como si no los tuviera. Se había
puesto tan mentirosa que no sabían cuándo creerle y cuándo
no. Ángela la partera la visitaba a diario, la consolaba,
le llevaba ramitos de pasionarias para que concibiera
hijos varones. La primera noche de otoño cuando Lucero le
daba puré en la boca, manchó la sábana con una evacuación
de sangre; agarrada a la cabecera de la cama expulsó del
vientre a su hija número veintiuno. Ángela se la llevó
enseguida, la iban a llamar Azucena como la abuela pero
terminó llamándose Eugenia.
Después del parto Matilde quedó desinflada.
Se hizo pasar por dormida para que la dejaran sola. Sentía
en la boca el gusto de la muerte, no creía tener fuerzas
para seguir dando hijos, rabiaba por dentro porque, por
fuera, era un despojo incapaz de expresar el más mínimo
sentimiento. Cuando Lucero presenció el parto lo creyó
imposible. Hacía instantes, Matilde era casi un líquido,
los brazos colgando fuera de la cama, las piernas sueltas
separadas del resto del cuerpo; y en el momento de dar a
luz traía a la superficie toda la fuerza, todos los
rencores, todo el miedo por los ojos de su padre que ya
eran un amanecer completo en la pared.
Cuando merodeaba los setenta años, Matilde
estaba tan floja y resignada que había dejado de mentir.
Tomó a cambio la costumbre de orinarse encima. Hacía
esfuerzos sobrehumanos por mantenerse despierta, por estar
conciente en el momento de morir. No quería que la muerte
la sorprendiera dormida, que ese instante pasara
inadvertido. Pensó en la cantidad de veces que había
caminado por el día de su muerte, tantas como sus años de
edad. Quizá fuera uno de los días más felices, un día de
octubre o de marzo, un verano bordado con árboles azules,
el día de su cumpleaños o un día como hoy. Los párpados le
caían pesados igual que piedras sobre los ojos; se vio a
ella misma sentada en el sillón del recibidor cosiendo
ropa para su hijo, esperando. Después lloró, ya no
esperaba y aunque no lo quisiera estaba embarazada otra
vez, por Álvaro desde la muerte, o por costumbre.
Estuvo varios días sin comer, derramada en
la cama. No le quedaba en el cajón de su mesa de luz ni un
solo grano de fe. Había aceptado la muerte por cansancio,
no sería peor que una vida de esperas inútiles, de
bellezas desperdiciadas. Nada sería más doloroso que esa
sensación de estar sobre una cama de agua con los huesos
quebrados y el estómago reducido al tamaño de una moneda.
Ángela hacía lo imposible para convencerla de que comiera:
—Coma, Matilde —le decía a gritos en la
oreja—, coma que se le va a estancar adentro el hijo
muerto.
Matilde no abría la boca salvo para decir
que ella había sido más hermosa que cualquier mujer del
pasado, del presente o del futuro. Pasaba en soledad la
mayor parte del tiempo, rezando para que se le concediera
algún final, aunque de todas formas ella misma se
mantendría en este mundo hasta cumplir lo que prometió. A
medianoche, cuando la casa estaba sensible al mínimo
ruido, sus aullidos abrían las paredes. Lucero se quedó
muchas noches acompañándola, pero ni eso la calmaba. Era
una mezcla de dolor físico, de picadura de muerte, de
terror al castigo eterno. Aurelia se acercaba a la cama de
sus hermanas, les taponaba las orejas con algodón y las
hacía dormir con la cabeza abajo de la almohada para que
no oyeran sus gritos. Era inútil, los gritos se oían desde
la terraza y desde el sótano, desde las profundidades de
los hormigueros, desde el paladar, desde el cauce seco del
surco de la espalda, desde la oscuridad de la axila, desde
el silencio del pubis, desde los túneles perdidos de las
arterias más internas, desde allí se oía gritar a Matilde.
A veces el dolor era tan completo cuando iba más allá de
lo físico, que llegaba a un límite donde ya no sentía
nada. Perdía la conciencia de su cuerpo, se buscaba entre
las sábanas, los brazos, las manos, las piernas y no los
encontraba. Estaba muriéndose y cuando la habitación
quedaba a oscuras sentía junto a ella, en la misma cama,
la muerte agitando el aire, el vértigo de los últimos
días. Los ojos del padre eran ahora continuos en la
humedad desprendida de la pared. Álvaro estaba a la
diestra, un poco más atrás y más abajo, con los párpados
caídos sobre los ojos, con semblante de mártir, flaco como
una hebra. Matilde, en un segundo, los odió para siempre,
y al segundo siguiente les pidió perdón. No puedo morirme
ahora, pensó, una mujer embarazada no puede morirse aunque
quiera. Aguantaría sólo una vez más y después, nada.
Entonces llamó a su hija para que le diera de comer.
Lucero entró silenciosamente y se sentó en la silla junto
a la cama. Matilde comió sin detenerse durante tres horas
seguidas abriendo la boca y tragando puré de zapallo, agua
con azúcar, agua de arroz, sopa, esas comidas de enfermo
que no tienen sabor, ni siquiera resultan repugnantes
porque la boca que no ha tenido contacto con ninguna
sustancia por varios días se vuelve una cavidad virgen,
con una sensibilidad especial, le da igual comer carne que
papel, duele la dentadura aunque no se mastique, el
esófago se ensancha y reseca, la comida pasa por él sin
tocar sus paredes, y el estómago es como si no existiera,
como si lo reemplazara un agujero. Matilde tragaba sin
respirar, pero sentía que todo lo que tragaba caía fuera
de ella. Se estaba rindiendo, tenía los ojos cerrados y la
cabeza incrustada en la almohada, como un diamante.
Murmuró algo, casi sin abrir la boca, que la dejaran sola.
Lucero, sin pensar en lo que era mejor o peor se levantó
de la silla, hizo a un lado la bandeja, recogió del suelo
su propio silencio como si fuera una pollera larguísima y
desapareció. En el sillón del recibidor estaban sentadas
sus veinte hermanas. Supieron que estaba sucediendo eso
que alguna vez debía suceder. Lucero empujó las hojas de
la puerta hacia el patio; el eco de los últimos
anocheceres de octubre se estrelló finalmente en sus ojos.
Después fue a sentarse en un sillón donde hacía cuarenta
años Matilde se había decidido a empezar con una espera
que no acabó nunca. La espera tenía la edad de Lucero que
todavía continuaba inmóvil como si alguien la estuviera
pintando. Inmóvil, sin darse cuenta de que desde su
infancia la casa parecía enterrada, construida con los
mismos alambres que sostienen la noche. Sin darse cuenta
de que desde su infancia el techo había empezado a
llenarse de estrellas, y que su hermanan menor, que no
llegaba a cumplir un año, sería su calco, como las otras.
Pensó en que quizá, si ellas no hubieran usado su ropa y
sus zapatos, serían diferentes. Pensó en que más allá de
todo era la única hija aceptada por Matilde. Pensó en que
Matilde se había adueñado de ella y la mató desde el
principio, su ángel de la guarda, su sierva permanente. Y
estaba tan resumida en esa postura de naturaleza muerta,
que se perdió de ver una estrella fugaz que por un
instante quedó enmarcada en la ventana. Un temblor la
sacudió del sillón; Matilde había aullado, llamando a
Ángela. Esperanza corrió a la calle, Inés y Aurelia
abrieron la puerta de la habitación pero no se animaron a
entrar. Matilde estaba rígida. Por un instante pareció
clavada en la cama, después se diluyó, se hizo de agua.
Lucero fue hasta la cama y cuando le desabotonó el camisón
vio que de los pechos le salía una materia amarillenta,
como restos de leche cuajada. Ángela entró casi corriendo
aunque debería haber muerto muchos años atrás, dispersó a
las hijas de Matilde como pájaros asustados. No alcanzó a
preparar nada. Apenas le separó las piernas, el feto
resbaló solo sobre la cama. Después se acercó a la oreja
de Matilde y le habló en voz baja, casi inaudible.
—Descanse, nació un varón.
Matilde se volvió del color de la sábana,
cerró los ojos y murió.
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