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ROBERTO FONTANARROSA

Roberto Fontanarrosa
(1944/2007) nació en Rosario el 26 de noviembre
de 1944, iniciándose en el periodismo como
dibujante humorístico. Se destacó tanto en los
chistes “sueltos” como en las historietas entre
las que destacan Boogie, el aceitoso e
Inodoro Pereyra.
Las dos tiras le otorgan gran
notoriedad a partir de 1972 en la revista
Hortensia y hacia fines del mismo año en
Satiricón. Ediciones de la Flor recoge sus
primeros tomos humorísticos cuyos temas principales
son el fútbol, el sexo y la cultura.
Desde 1973 colabora en el diario Clarín y a partir de 1980 participa
de los espectáculos del grupo humorístico Les
Luthiers. A partir de 1984 colabora en la
revista Fierro con su personaje Sperman
y la serie Semblanzas deportivas.
Los trenes matan a los autos
fue su primer libro de cuentos que la crítica
“perdona”, y mucho tiempo después apareció la novela Best Seller (1981). Más tarde publicó un
nuevo volumen de cuentos: El mundo ha vivido
equivocado (1982).
Con mayor regularidad luego,
llegan sus novelas: El área 18 (1982),
La Gansada y los libros de cuentos No sé si
he sido claro, Nada del otro mundo, El mayor de mis
defectos, Uno nunca sabe y La mesa de los
galanes.
La notoriedad no ha cambiado los
hábitos de vida de Roberto Fontanarrosa. Sigue
frecuentando el bar El Cairo donde ambientó algunas
de sus historias y aunque se presenta como dibujante
y su trayectoria lo enrola en el periodismo, él se
define como un narrador.
Ha recibido el Diploma al Mérito
Konex en Letras (2004), Konex de Platino en Letras
(1994), Diploma al Mérito Konex en Letras (1994),
Konex Artes Visuales (1992) y ha sido jurado en este
mismo premio en 2002.
Más allá de sus méritos
literarios el ingenio de Inodoro Pereyra
refleja la dura realidad en el espejo deformante del
humor. El apasionado gaucho amparado en la reflexión
de Mendieta debe tolerar la desagradable realidad de
Eulogia y debatirse contra la autoridad y las
impiadosas bandadas de loros. Una desopilante
tragedia.
Se ha convertido en referente de
la realidad argentina integrando la aguda
observación, la profundidad del pensamiento y el
humor popular. En el malabarismo del idioma, su
piedad ofrece una sonrisa por una lágrima (se
conduele Pereyra: “Estoy comprometido con mi tierra,
casado con sus problemas y divorciado de sus
riquezas”.
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EL DOCTOR LESSEL Y MI PADRE |
La anécdota es corta. Como solía contarla
mi padre —apenas tres o cuatro veces que lo hizo— debido a
que, sin duda, le dolía. Mi padre era un hombre muy
formal, muy ceremonioso. Lo es, en definitiva, porque aún
vive, aunque ya no atiende el consultorio de calle
Arosemena. Mi psicoanalista, el doctor Espinosa, siempre
me dice que yo debería estudiar las causas de por qué
siempre hablo de mi padre en pasado, como si hubiese
muerto. Pienso que tal vez sea porque me acostumbré a su
ausencia (a las de mi padre, no a las del doctor Espinosa,
que no ha faltado a una sesión en 15 años). Mi padre era
un hombre de viajar mucho, empujado por un anhelo de
conocimiento en todo lo que se relacionara con su
especialidad, la cardiología. No recuerdo que haya viajado
nunca por turismo o recreo. Ni siquiera cuando realizó el
viaje de bodas con mi madre, a Canadá, al que hizo
coincidir con un simposio sobre válvulas mitrales que se
llevaba a cabo en Alberta, cosa que disgustó un tanto a
mi madre, pues ella recién se enteró del evento al llegar
al hotel encontrándose con que debían compartir la
habitación con un médico hindú que viajaba con su
mangosta. De allí en más, mi padre, Arnulfo Ramón Obaldía,
viajó a cuanto rincón del mundo fuese escenario de
encuentros o congresos sobre su profesión. Nos enviaba,
eso sí, desde aquellos sitios, postales que mostraban
cirugías de pecho, intervenciones a corazón abierto, los
primeros by-passes, con algunas cortas y cariñosas
frases al dorso dirigidas especialmente a mí y a mi
hermana Creolina. Todo su desvelo, todo su frenético
intento de conocer más, de perfeccionarse, de engordar su
currículum, tenía un solo objetivo: poder, algún día,
llegar a trabajar en los Estados Unidos. Para un panameño,
lógicamente, Norteamérica es la Meca o algo similar, la
Casa de Dios. La denominación puede sonar exagerada pero
no debe olvidarse que Panamá fue creada por los Estados
Unidos, el Gran País del Norte es el Creador de todos
nosotros, los panameños. De no haber sido por la gestión
yanqui nosotros hubiésemos corrido la triste suerte de
muchos amigos que hoy son colombianos. Por eso, cuando mi
padre recibió la confirmación de que había sido contratado
para trabajar en el Massachussets General Hospital de
Boston, lloró por primera vez frente a su familia. Repito
que era un hombre austero, muy medido, con un enorme
sentido del ridículo, que evitaba en lo posible mostrar
sus emociones en público. Pero aquélla fue una ocasión muy
especial para él. No nos había contado nada —al menos a
los hijos, Creolina y yo— sobre sus trámites para ingresar
en el mítico centro asistencial bostoniano, temeroso de
que su intento pudiese resultar estéril. Y cuando nos
reunió en el comedor para informarnos se permitió, por
primera y única vez, derramar un par de lágrimas de
emoción que rápidamente enjugó con la manga de su saco.
Nos contó, ya más calmo, que en el Massachussets Hospital
habían trabajado gigantes de la Medicina como el doctor
Edward M. Donnelly, creador del primer calzado ortopédico
para el pie derecho; Osiris Gravestone, a quien el mundo
aún le debe la vacuna contra la conjuntivitis nerviosa, e
incluso, Emma Nightingale, tía de la celebérrima
Florencia, aunque Emma sólo tenía a su cargo en dicho
nosocomio tareas administrativas. Pero donde más hizo
hincapié mi padre, fue en el hecho de que el director del
establecimiento que ahora le abría sus puertas era ni más
ni menos que el doctor Spruce Lessel, eminente científico
seis veces postulado para el Premio Nóbel, dos veces para
el Grand Barometer of World Health, y autor de libros
tales como La aorta o un ensayo de nítido alerta
ecologista: El ano contra Natura. Conocíamos la
existencia del doctor Lessel pues no había almuerzo en que
nuestro padre no nos contara algo sobre él —salvadoras
decisiones en medio de una cirugía, ligamientos
circunstanciales de arterias obturadas, bloqueos
magistrales de hemorragias internas— que si bien nos
quitaban un tanto el apetito nos ilustraban sobre ese
hombre maravilloso cuyo rostro también conocíamos a través
de las fotos de la revista Heart a la cual mi padre estaba
suscripto. El doctor Lessel debía tener por ese entonces
cerca de 70 años pero, sin embargo, la letra manuscrita
con que había enviado la buena nueva a mi padre revelaba a
un hombre de pulso aún firme y dedos de acero. Mi madre,
también conmovida por el anuncio, le preguntó
cariñosamente a mi padre cuánto tiempo se extendería la
separación familiar. Mi padre la tranquilizó. Él viajaba
ya, urgido por sus propias ansiedades y además por el
reclamo imperioso del mismísimo doctor Lessel, quien
reclamaba casi de inmediato su presencia dado que en un
par de días comenzaba en Boston lo que él denominaba “La
temporada del ventrículo”. Según Lessel, el imprevisto
alejamiento de otro facultativo, el inglés Earl T. Wakelin,
Jr., ante un confuso caso de “error médico”, lo ponía en
la circunstancia de solicitarle a mi padre que viajara lo
antes posible para tomar ese puesto. Pero según mi padre
en un par de meses, tres a lo sumo, estaríamos en
condiciones de viajar para unirnos a él, cuando ya hubiese
conseguido una espaciosa casa para vivir y también
comprado —el sueldo era más que jugoso— uno de esos
enormes y suntuosos coches americanos para salir a pasear
por Harvard y sus alrededores.
Dos días después, entonces, viajó nuestro
padre rumbo a Boston. Lo vimos partir un sábado en un
SuperConstellation y era tal su entusiasmo que nunca
imaginamos que lo tendríamos de regreso el lunes en
nuestra casa. Mi padre cuenta que llegó a Boston el sábado
por la noche. Lo esperaba en el aeropuerto un abnegado
asistente del Massachussets Hospital, quien lo trasladó
hasta un confortable hotel de la zona de Kenmore Square.
Sería ése su transitorio hogar mientras realizaba los
trámites de trabajo y residencia, muy facilitados por el
contrato que ya llevaba en la valija refrendado por el
mismo Hospital. Descansó bien y a la mañana siguiente,
cerca del mediodía para no parecer impertinente, telefoneó
desde su habitación a la casa del doctor Lessel, como éste
se lo había solicitado por carta. Cuidadoso, mi padre
procuró no interferir, con su llamado, la hora de la misa
dominical ni la familiar privacidad del almuerzo. Lo
atendió un doctor Lessel campechano y amable. Debo
consignar que mi padre hablaba un inglés casi perfecto ya
que lo había estudiado desde muy pequeño, aunque se le
filtraba una ligera tonada chorrasquillera, propia de la
gente nacida en la zona que bordea la ribera norte del
canal de Panamá. Nos contaba luego, dentro de su desazón,
que le paralizó escuchar la voz de su admirado Lessel, al
punto que no pudo articular palabra. Lo volvieron a la
realidad las protestas de su interlocutor creyendo que se
había cortado la comunicación. “Yo había leído infinidad
de trabajos de él —decía mi padre— pero allí caí en la
cuenta de que nunca había escuchado su voz. Fue como una
revelación. Una voz algo áspera y despareja que me decía
que debíamos vernos ese mismo día en el Mayflower Grill.”
Mi padre, fiel a su moderación, insistió un par de veces
en que no quería molestar ni perturbar al doctor Lessel en
su descanso dominical, pero el doctor fue de un
avasallador poder de convicción y citó a mi padre en el
restaurante a las cinco de esa misma tarde. “Para
conocernos, hablar de lo que será su trabajo, transmitirle
el espíritu del hospital e intercambiar ideas”, le dijo
Lessel. Mi padre comprendió: con su admirado y flamante
director eran almas gemelas, no conocían el descanso, no
hallaban interés ni atractivo en los días lejos del
quirófano y sólo se les encendía el pecho y la mirada
cuando conversaban entre colegas sobre la especialidad. De
una puntualidad poco centroamericana, mi padre estuvo en
el Mayflower Grill a las cinco en punto de la tarde. El
restaurante era grande, clásico, y había muy pocas mesas
ocupadas a esa hora. Algunas señoras tomando el té, algún
hombre de negocios apurando un trago. Y mi padre divisó en
una de las mesas alejadas de la puerta al doctor Lessel,
ya sentado, elegantemente trajeado de gris, hojeando una
revista médica. Mi padre se acercó a él: Lessel le
extendió la mano sin levantarse pero cordialmente,
explicándole que acostumbraba a llegar siempre un poco
antes a las citas por el temor a demorarse. Allí comenzó
la charla, una larga recorrida por aspectos de la
especialidad, menciones a amigos comunes, facultativos
admirados, enhebrada por dos hombres entusiasmados por
compartir gustos afines. Lessel tomaba whisky, lo que tal
vez aumentaba su locuacidad. Y mi padre podía ser muy
ameno en tertulias sobre temas que dominaba a la
perfección. Eso sí, él se mantuvo fiel al té con limón o
yerbabuena. En casa, recuerdo, solía beber un poco de
coñac por las noches, cuando había tenido que afrontar
alguna cirugía muy riesgosa, pero eran licencias que muy
ocasionalmente se brindaba. Y allí, en Boston, frente a su
flamante empleador, no quería demostrar vicio alguno.
Hablaron animadamente casi dos horas y,
dentro de su entusiasmo, mi padre pudo detectar un par de
cosas: que afuera ya había oscurecido y que el doctor
Lessel bebía un whisky tras otro, sin solución de
continuidad, pero con una impecable conducta alcohólica.
“He aquí a un hombre —pensó en aquel momento nuestro padre
según nos contaba después— habituado a llevar las riendas
de una situación. Y que no vacila en gratificarse con un
buen scotch tras el trabajo de toda una semana,
conocedor de que puede controlar perfectamente sus
pequeños vicios.” Advirtió, sin embargo, que Lessel lucía
ligeramente despeinado —era casi calvo— y se manifestaba
un poco más estentóreo que al comienzo de la conversación.
Siguieron la charla entonces, mientras alrededor de ellos
las mesas se iban poblando para la cena. Entonces el
doctor Lessel invitó a mi padre a cenar allí mismo. Mi
padre vaciló, no quería ser descortés, pero hubiese
deseado no prolongar una conversación que, pese a ser
interesantísima, lo sometía a una cierta tensión
intelectual por saberse frente a una persona tan admirada.
Balbuceó alguna excusa pero Lessel no le dio oportunidad
para negarse. Le dijo que su familia pasaría la velada en
casa de una hermana de su esposa y dedujo que mi padre,
por supuesto, no tendría nadie con quien compartir la
cena. Mi padre aceptó, finalmente. Ordenaron sus platos y
ni siquiera entonces mi padre pidió vino o cerveza. Apenas
agua mineral sin gas. Lessel, por su parte, y ante una ya
incipiente incomodidad de mi padre, seguía con el whisky.
Mi padre no quería distraerse de la conversación; Lessel
le explicaba con lujo de detalles una de sus últimas
suturas de válvulas sigmoideas, a la que denominaba “La
Gran Lessel”; pero no podía evitar la tentación de
calcular cuántos vasos de whisky había consumido su
anfitrión. Estimaba que habían sido más o menos ocho.
Cuando Lessel se limpió la boca con la corbata dos veces,
y luego volcó torpemente un jarroncito con flores que
decoraba el centro de la mesa, mi padre —nos contaba
luego— ya se hallaba realmente desasosegado. Hasta que
tuvo que admitir la cruda realidad de los hechos: el
doctor Spruce Conrad Lessel, el reverenciado científico
que lo convocaba a trabajar en su prestigioso nosocomio,
estaba borracho como una cuba. Transpirando, contestando
ahora con monosílabos, observando de reojo si desde las
otras mesas se habían percatado del detalle, mi padre
asistía a la debacle de Lessel, quien ya se había manchado
tres veces la camisa con la salsa de su plato y pugnaba
inútilmente en pronunciar en forma correcta la palabra
“poplítea”. Mi padre entendió que frente a él la imagen
tan amada de su ídolo se estaba resquebrajando lentamente.
Intentó un par de veces detener al mozo que llenaba
sistemáticamente el enorme vaso de Lessel ante el más
mínimo reclamo de éste. Supuso que esa escena de
alcoholismo descontrolado bien podía ser una constante
dominical, que Lessel repetiría con otros colegas, con
enfermeros y hasta con pacientes. Trató, por tanto, de no
ser intolerante. Después de todo, quizás aquél fuera un
vicio privado y civil del doctor Lessel que no alteraba su
buen nombre ni su excelente pulso en la mesa de
operaciones. Por fortuna, la conducta de Lessel todavía no
había desbordado los límites de la mesa. Se le caía en
repetidas oportunidades el tenedor, atrayendo la atención
de los circunstantes, su discurso se había tornado
totalmente caótico, pero no se había puesto aún ni
violento ni melancólico. Muy alterado, mi padre contaba
que sólo se le ocurrió rezar. Por ese momento, Lessel
entró en un espacio de silencio, cerrando los ojos muy
fuertemente, como si le doliese la cabeza. Se pasó
entonces la servilleta por el rostro y se mantuvo así unos
minutos, con los ojos cerrados. Habían llegado
milagrosamente a los postres y mi padre dedujo que,
posiblemente, su interlocutor se había dormido, lo que lo
tranquilizaba en parte, pero complicaba la salida del
restaurante. Pasaron así unos minutos más, que fueron
eternos y tremendos para mi padre que asistía, paralizado,
a esa suerte de duermevela de su compañero, sumido en el
pánico de imaginar que a su alrededor, desde las otras
mesas, habría ojos siguiendo tan extraña situación. De
pronto, Lessel abrió de nuevo los ojos y con voz calma y
profunda susurró: “Podríamos irnos”. Mi padre se apresuró
a pedir la cuenta con un dedo en el aire. Pese a su
obnubilación, Lessel manipuló en los bolsillos internos de
su saco hasta encontrar la tarjeta de crédito. En un
estado casi catatónico acertó a firmar su boleta y a
adicionar incluso la propina. El mozo le preguntó al
doctor Lessel su apellido y su número de teléfono, lo que
indicaba que no era cliente habitual de la casa. Lessel
contestó rápido y con bastante claridad. Mi padre tragó
saliva. Quizás su flamante jefe se estaba reponiendo de
tanto alcohol trasegado y ambos podrían marcharse con
cierta dignidad. “Okey, vámonos”, ordenó Lessel. Mi padre
se levantó observando por primera vez las mesas vecinas de
un salón que estaba casi completo. Detectó muchas miradas
curiosas siguiendo sus movimientos. Y en ese instante
escuchó el estruendo. El doctor Lessel había caído al piso
estrepitosamente, arrastrando en su caída la silla y parte
del mantel. Mi padre y un mozo corrieron a ayudarlo entre
los gritos de otros comensales y gestos de estupor. Tras
duro esfuerzo lograron ponerlo de pie. Lessel era un
hombre no muy alto ni corpulento pero su total estado de
ebriedad lo convertía en una suerte de bolsa de papas
difícil de enderezar. Mi padre asumió entonces el papel de
capitán de tormentas. Tras reponer más o menos las ropas
revueltas de Lessel, luego de lograr encasquetarle
nuevamente los lentes, con ademanes firmes desestimó la
ayuda de otros mozos. Calculó que podrían alcanzar por sus
propios medios la puerta de salida. Lessel intentaba, por
su parte, transmitir algo a quien quisiera oírlo, pero
sólo alcanzaba a extender un dedo en el aire y le
patinaban las palabras entre las dos hileras de sus
dientes apretados. Estaba ya completamente despeinado y su
aspecto era lamentable. Por fortuna, mi padre había
asumido su responsabilidad. Aceptando la fragilidad y la
debilidad de aquel ser tan querido y admirado, pondría el
pecho a la contingencia haciéndose cargo de todo. Indicó a
uno de los mozos que pidiera un taxi y cargó con Lessel
hasta cerca de la puerta, sosteniéndolo por la cintura. El
aliento del relevante médico junto a su cara era
insoportable y —contaba mi padre— le hacía llorar los
ojos. En tanto un mozo salía presuroso en procura de un
taxi, mi padre acomodó a Lessel contra el pequeño
mostrador de admisión de clientes, para arreglar un poco
su propia ropa, desordenada por tanto forcejeo. Estaba
enderezándose el cinturón cuando, otra vez, Lessel se
precipitó a tierra como una marioneta a la cual le cortan
los hilos. De nuevo hubo gritos entre la gente, que no les
había quitado la vista de encima, y otra vez acudieron
corriendo un par de mozos solidarios. Rojo por el
esfuerzo, transpirando por el mal momento, mi padre
maldijo la situación que estaba atravesando. Confesaba
después que sentía una enorme compasión por sí mismo y que
se hubiese puesto a llorar de buen grado, como una
criatura. Lograron poner en pie de nuevo a Lessel, que
canturreaba una serie de incoherencias. Se babeaba,
además. Mi padre temió, en un momento terrible, que
llegara a orinarse. Mantuvo a Lessel sostenido por la
cintura hasta que llegó el taxi. En el trayecto hacia el
coche Lessel volvió a caerse y casi arrastra en su caída a
mi padre, que perdió un zapato entre los manotazos. En un
último y titánico esfuerzo mi padre logró introducir a su
amigo en el coche, rechazando, entre jadeos angustiosos,
la ayuda del taxista. Cuando hubo recuperado el aliento,
preguntó al doctor Lessel la dirección de su casa. Lessel
barbotó, cinco o seis veces, una dirección complicada,
hasta que el taxista, ducho, logró individualizarla. El
viaje hasta la casa del eminente médico no fue muy largo.
Cuando llegaron, mi padre pagó, rechazó la colaboración
del taxista y prácticamente cargó sobre su hombro a Lessel
hasta la puerta de una bonita y clásica casa bostoniana.
Por los murmullos entusiastas de Lessel y algunos gestos
de sus manos comprendió que aquella era la dirección
correcta y que el eminente facultativo reconocía su hogar.
Mi padre tocó el timbre, sin soltar a su compañero. Poco
después se abrió la puerta y apareció la señora Lessel,
quien miró la escena con gesto de relativo asombro.
Corpulenta y decidida, recibió a su marido de brazos de mi
padre, mientras desgranaba un sinfín de agradecimientos y
disculpas. “Usted no sabe —aún recuerda mi padre que dijo
la señora— lo mucho que le agradezco, doctor...”— “Obaldía”,
le informó mi padre, aún jadeante.— “Doctor Obaldía...
—siguió la mujer—, todo lo que ha hecho por mi marido...”
Y luego le preguntó así, a boca de jarro y
naturalmente: “Pero... ¿dónde dejó la silla de ruedas?”
Cada vez que mi padre recuerda esta
anécdota —y no son muchas las veces, lo juro— cuando
repite las palabras de aquella señora preguntando eso, su
voz se le altera y tiende a resquebrajarse. Luego traga
saliva y queda mirando hacia un punto perdido en el
espacio. Le sigue pasando lo mismo, lo aseguro, que le
pasó aquel lunes cuando llegó de vuelta desde Boston,
adonde se había ido apenas dos días antes, con intenciones
de establecerse.
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