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ALBERTO LAISECA

Alberto Laiseca (1941)
nació en Rosario el 11 de febrero de 1941. Ha
desempeñado distinto trabajos hasta vincularse al
periodismo. Fue corrector de pruebas y es asesor
de editoriales.
Publicó las novelas
Su turno para morir
(1976), Aventuras de un novelista atonal
(1982), La hija de Kheops (1989), La
mujer en la muralla (1990), El jardín de
las máquinas parlantes (1993) y Los Soria (1998); los relatos
Matando enanos a
garrotazos (1982), el ensayo Por favor
¡plágienme! (1991), Poemas chinos
(1987), El gusano máximo de la vida (1999),
Gracias Chanchubelo (2002), Cuentos de
Terror (con video), (2003), Las aventuras
del profesor Eusebio Pfiligranati (2003) y
Beber rojo (2004)
La
dueña de sus desvelos ha sido su obra principal,
Los Soria (1998), trabajo que inició en
1961 y recién fue logrado en su cuarta versión
(las tres primeras fueron destruidas por el
autor). Las 1200 páginas demandaron diez años y
otros dieciséis para hallar editor. La novela
conoció la clandestinidad y promediando los 80
fueron publicados algunos fragmentos en el
semanario El Porteño que despertaron
interés. Sin embargo mucho tiempo después la obra
vio la luz merced al atrevimiento de Carlos Gallo,
titular de la casa Simurg.
Según Ricardo Piglia, "es la mejor novela que se
ha escrito en la Argentina desde Los siete
locos". Probablemente sea también una de las
más excéntricas al amparo de la fuerte imaginación
de Laiseca. Se
trata de una epopeya de tres dictaduras que
intenta reflexionar sobre el “poder y la propuesta
de organizarlo de un modo más humanizado”.
Mediante un “realismo delirante” aplicable a la
realidad de hoy, Monitor, un personaje canallesco,
termina redimido. Paradójicamente la humanización
llega en el momento de su muerte.
Laiseca ha realizado artículos, notas y críticas
para distintos medios. Actualmente dicta talleres
literarios y participa en el ciclo Cuentos de Terror,
en el canal I.Sat, desde hace poco más de dos años.
Ha sido galardonado con el premio Konex Diploma al
Mérito en el rubro novela por el quinquenio
1999-2003.
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El rey Nan se despertó solo, naturalmente.
¿Quién iba a despertarlo si sus sirvientes habían huido?
Siempre fue un hombre muy animoso que por las mañanas
revisaba decenas de expedientes, aun cuando ello no
tuviera utilidad alguna ya que sus órdenes no se cumplían,
incluso en aquella época. Obligábase a ello para evitar
desmoralizaciones, propias y ajenas. Siempre se levantó de
un salto, el último soberano de la dinastía Chou. El
protocolo establecía que su sueño fuese interrumpido por
el Mandarín del Despertar. Esto lo hacía, en efecto, claro
que con miles de cuidados y gestos de disculpas: agitaba
una campanilla de jade en su oreja, si esto no daba
resultado apelaba a una campanilla más grande, y luego a
otra aún mayor, hasta llegar a la súper, gigante y de
bronce, idónea para príncipes parranderos y remolones.
Como es lógico, aquel instrumento de broncíneo acento no
podía usarse así como así: este acto dramático requería
poco menos que una consulta de Estado. Se recordaban por
lo menos tres casos de Mandarines del Despertar que
debieron —absolutamente horrorizados y lívidos— poner en
funciones tan fastidioso e impopular instrumento. Uno de
los Mandarines fue enterrado vivo. Otro debió padecer el
suplicio de la Arena del Viento de Mongolia y el tercero
sufrió la legendaria Muerte de las Mil Heridas, ya citada
por Confucio. Esta última constituye un fin de naturaleza
tan atroz que evitaré detallarlo, a fin de que el lector
no se horrorice por anticipado. Claro que todo esto no
ocurrió con el rey Nan sino con otros monarcas Chou, sus
predecesores; en primer lugar porque Nan siempre fue muy
humano y jamás dio suplicio sin motivos o por un arrebato
o un ataque de furia inspirado por faltas insignificantes
(ni siquiera lo daba, muchas veces, cuando el otro lo
merecía de sobra). En segundo lugar digamos que tenía el
sueño muy ligero y acostumbraba levantarse solo, sin ayuda
del Mandarín del Despertar, ni del de la Primera Colación,
ni del Horóscopo del Día, ni de la Lectura de las
Audiencias, ni del Ayudante de las Babuchas Imperiales u
otras estupideces. Tales protocolos le parecían estúpidos,
al menos. Sus faltas contra el ceremonial de la madrugada
le trajeron no pocos problemas.
“El ritual abastece al príncipe en su
concordia. Lo calma, lo comunica con los ancestros y así
es como éstos pueden ayudarlo”, decían sus Consejeros. Y
él: “Qué tontería. Aunque tengan algo de razón igual estoy
en desacuerdo. Si mi destino es ser ayudado lo seré de
todas formas. Los tiempos se aceleran. El enemigo se
acerca”. “Justo por eso, mi Señor. Más que nunca debes
tener la calma que otorga el ritual. No procedas como un
bárbaro que lo primero que toca es su espada, no bien se
despierta. Las armas pierden su filo con el transcurso del
día. ¿No es más prudente acercarse a ellas por la tarde,
para que así su poder se conserve intacto?”. Pero él, con
frialdad: “Ordena que traigan mis expedientes”.
Y ahora, por fin había llegado su mañana
postrera. Ya nadie lo importunaría por no haber esperado a
la campanilla de jade. La Cámara Real de Nan estaba casi
vacía pero cubierta de azul: tal el cromatismo de las
losas del piso y de la seda que ocultaba las paredes. Sólo
su cama era roja y parecía una cuevita o la caparazón de
una tortuga. Esto es: la cama constaba en la parte
superior de una suerte de dosel cóncavo, de madera, como
ella, semejante a la defensa de un gliptodonte. En el
centro del techo de la cámara, pintado, un fénix de oro:
tan diminuto que para distinguirlo hubiera sido preciso
treparse a un taburete. El azul descansa, el rojo
potencia, el fénix protege.
Ahora, en el extremo de su vida, el rey Nan
se despertó por última vez. Como siempre le costó salir de
su gliptodonte. Miró el fénix y se vistió de prisa. Los
ladrones no se habían animado a entrar en la cámara,
aunque nada demasiado valioso hubieran podido encontrar en
ella, pero Nan no ignoraba que el resto del Palacio, a
estas horas, estaría totalmente desvalijado. Salió al
corredor gigantesco lleno de columnas y dragones. Ni risas
de mujeres ni órdenes lejanas de guardias. ¿Qué se había
hecho del cuchicheo de los eunucos, siempre charlatanes?
El Palacio estaba tan desierto que parecía Gobi. Sobre el
pavimento, Nan pudo ver sangre, ropas tiradas, porcelana
rota y hasta el cabo de una lanza sin punta de hierro. Muy
cerca, a la derecha del ancho pasillo, se abría la puerta
policromada del sector de las concubinas. La tarde
anterior, antes de encerrarse en su aposento, el Emperador
habló con sus mujeres a fin de explicarles la situación.
Los ejércitos de Chou habían sido derrotados y las tropas
de Chau Siang, Rey de Ch’in, se acercaban. Ignoraba si la
intención del enemigo era tomar Lo, la Capital, pero esto
era lo de menos: la dinastía estaba muerta. “No esperen
clemencia. Ustedes, como mis esposas, serán maltratadas y
usadas como pasto de tropa. Quizá las maten o las vendan
como esclavas. A nada las obligo. La que quiera escapar al
Este, y así sobrevivir un tiempo más, puede hacerlo. Yo
permaneceré aquí, pero nadie tiene por qué acompañarme a
los Torrentes Amarillos.
Quedan, como mis guardias y asistentes, liberadas del
servicio. Sólo les recomiendo que tomen su decisión cuanto
antes. Dejo veinte monedas de oro a cada una y mis últimos
veinte hombres, que se harán matar con tal de abrirles
paso hasta Chou Oriental. Allá gobierna mi pariente, pero
no se hagan ilusiones pues él también está en grave
peligro y su caída es sólo cuestión de tiempo. Les digo
adiós y que el Cielo las acompañe.”
Cuando Nan terminó de hablar el escándalo
estalló entre las mujeres. Algunas daban gritos, otras
lloraban; las menos permanecían en silencio, pálidas, de
rodillas y mirando el suelo. Una de estas últimas, Ciruelo
Dorado, era joven y hermosa. Levantó el rostro, miró a Nan
y le pidió sin aspavientos ni lágrimas: “Déjame permanecer
contigo”. Ciruelo Dorado era su favorita y, al ver su
rostro de niña, él siempre se conmovía. La sola idea de
suponerla muerta lo ponía loco, de modo que ideó una
estratagema a fin de salvarla: “En mi hora final no
necesito mujeres. Esta noche dormiré solo”. Dio media
vuelta y se marchó raudo, a fin de que su rostro no
denunciara la debilidad. Ciruelo Dorado, impenetrable,
miró el diminuto fénix del techo de las concubinas.
Esa mañana, al ver la puerta de madera
polícroma del gineceo, decidió entrar a fin de verificar
si alguna se había quedado ganándose el derecho a morir
con su Emperador. Pero tuvo una horrible sorpresa: Ciruelo
Dorado y otras siete se habían quitado la vida.
Ternura, horror y culpa. Por salvarlas
perdió la felicidad final de morir juntos. Qué
omnipotencia pensar que los demás siempre obrarán como uno
espera.
Una tos discreta, a su espalda, lo hizo
volver. Era Li, su último mago fiel. Éste entendía todo
sin preguntas y dijo, luego de una respetuosa reverencia:
—Mi Señor: ya nada puedes hacer aquí.
Salgamos al jardín pues quiero hablarte.
—Li. Ella, anoche... Ciruelo Dorado me dijo
que deseaba quedarse, pero yo creí que podía...
—Cuando uno trata de mejorar ciertos
destinos sólo consigue complicarlos. Vámonos de este
sitio, te lo suplico.
Las puertas del Palacio estaban abiertas y
también las del muro externo. El pasto de los jardines
había sido cortado pocas jornadas atrás pero era tal la
sensación de abandono, en aquel desolado erial, que el
espejismo de imaginarios yuyos se levantaba entre las
junturas de las losas, al pie de las plantas frutales, los
pinos y los macizos de flores. Nan y Li cruzaron un
pequeño puente sobre un arroyuelo y desembocaron en una
pequeña pradera esplendorosa. La persistencia enjoyada del
pasto debíase a que los ladrones y la gente entrada en
pánico no lo habían pisoteado. No por respeto,
ciertamente, sino debido a una superstición. Las
residencias reales, en China, siempre fueron
descentralizadas. Los reyes europeos, y también muchos
asiáticos, ordenaron para su gloria la erección de grandes
edificios compactos, con cientos de habitaciones y
poderosas murallas, capaces de resistir un asedio. En tal
sentido se dan la mano los palacios asirios y egipcios,
babilónicos e ingleses. Los chinos, en cambio, más
individualistas y respetuosos de los distintos estadios
del alma (que, a veces, desea estar sola), construyeron
para sus Emperadores sistemas arquitectónicos
discontinuos. Para ellos era inconcebible que las mujeres,
los guardias, los eunucos, el Museo, las armas y el Tesoro
Real estuviesen confundidos en el mismo edificio con el
Hijo del Cielo, en un mazacote único, promiscuo, sin
flores y sin belleza. Ríos artificiales y pequeños puentes
separaban las distintas partes del todo. Si en el Palacio
Imperial del último Chou el dormitorio del soberano era
contiguo con el recinto de las concubinas, ello se debió a
una orden de Nan a sus arquitectos. Darles tanta
importancia y jerarquía a las mujeres, tanta como para
desear tenerlas excesivamente cerca, fue una decisión muy
criticada por los cortesanos. De todos los puentes que
salían de la residencia propia de Nan, sólo uno estaba
reservado con exclusividad al soberano. Por una curiosa
superstición, muy difícil de explicar, los mismos que no
se hicieron matar por él y que incluso robaron sus
pertenencias en la huida respetaron en cambio el imperial
Puente del Fénix. Como nadie pasó por allí, la pequeña
pradera esplendorosa de la cual hablamos pudo salvarse de
la destrucción.
Nan y Li se sentaron sobre el pasto. El
mago había traído una diminuta caja de madera, en cuya
tapa corrediza estaba grabado el símbolo Yin-Yang rodeado
por los ocho trigramas del Pa Kua, y un envoltorio más
voluminoso. Dejando la cajita a un lado procedió a
desenvolver el paquete grande.
—Traje un poco de comida de mi casa, pues
imaginé que en tu Palacio tan enorme los cobardes no
habrían dejado ni un puñado de trigo con gorgojos. A ver.
Veamos qué tenemos aquí: verduras en salmuera, arroz con
pollo, el Huevo Chino de los Cien Años y algo de vino. Te
propongo que comamos sin más ceremonias. —Li peroraba a
fin de distraerlo. No quería que el Hijo del Cielo muriese
domesticado por el dolor. Miró de reojo a su Rey y
prosiguió:
—Estás muy silencioso, mi Señor. Quizá te
ofende que haya violado el protocolo.
—Ciruelo Dorado, pobrecita... ¿Por qué me
habrá querido tanto, si no soy más que un viejo?
—Y no era la única en quererte. Otras siete
se mataron con ella.
—Es cierto. Aun ahora soy inhumano. No
tendrán funerales, pobres hermosas, ni tableta ancestral
que las recuerde.
—Hazles funerales dentro de ti. Que tu
propio corazón sea la tableta con ideogramas.
—Pronto arrasarán el Panteón de los Chou.
Yo mismo padeceré en el otro mundo por falta de ofrendas,
recién ahora se me ocurre.
—No es que te recomiende que lo hagas, pero
es mi obligación recordarte que aún puedes huir al Este.
Tengo caballos.
—Si huyo a Chou Oriental quedaré
transformado en un Emperador irrisorio. Caeré cada vez más
bajo. Cuando los Imperios cambian su Capital es porque ha
llegado el fin de la dinastía. Bonito espectáculo daría
yo, huyendo, cuando hasta mis mujeres han tenido el valor
de matarse. Estos cobardes han huido porque creen que Ch’in
tomará Lo. Yo no lo creo. La reserva como postre, para
cuando tome todo Chou, incluyendo la parte Este.
Más allá de la pradera esplendorosa, donde
reposaban Nan y Li, cruzando un riacho y al lado de un
macizo de flores amarillas pisoteadas, al aire libre pero
frente a la puerta del Museo, podían verse unos objetos
cilíndricos de basalto negro: los famosos tambores de
piedra de la dinastía Chou. Eran rocas con más o menos la
apariencia de tambores. Allí estaban grabados setecientos
ideogramas que daban cuenta de cierta expedición de caza
que realizó un Emperador quinientos cincuenta años antes
de Nan. Esta expedición había sido importante, y sobre
todo lo fue consignarla, pues así como se caza se guerrea.
Las palabras comenzaban a borrarse pero aún eran legibles.
Mientras Li partía el Huevo Chino de Cien
Años en partes iguales, dijo Nan luego de tomar un sorbo
de vino:
—Si no fuera por lo que pesan, esos
bandidos se hubiesen llevado hasta los tambores de piedra.
—No te preocupes. Ya se los llevarán los Ch’in
a su Museo de la Guerra —comentó Li con indiferencia,
tendiéndole la mitad del Huevo.
—Los Ch’in. Pensar que seis siglos atrás
uno de mis antepasados nombró Duque de Ch’in a un tal Fei
Tzi, que no era otra cosa que un caballerizo. Sin duda mi
antecesor no se soñaba que los descendientes de ese hombre
se tragarían a Chou como el gusano devora la manzana.
Incluso es probable que el buen rey Chau Siang corte la
cabeza de mi cadáver para construirse con ella una copa y
tomar vino. Éstas son algunas de las bonitas costumbres
que tomaron de los Hsiang Nu, los Hu y otros bárbaros.
—Si quieres puedo quemar tu cabeza para que
Chau no pueda darse el gusto.
—No, nada de eso. No lo prives de ese
placer. Después de todo se lo ha ganado. Ch’in esperó
seiscientos años este glorioso momento. Pienso, en cambio,
crearle una preocupación menor con los Nueve Trípodes
Sagrados.
Hace tres días los saqué de Lo. Al fin, claro, caerán en
sus manos, pero lo hago para molestarlo.
En ese instante, del Oeste al Este pasó
volando una grulla negra. El rostro de Nan ensombreció:
Es la Grulla de Ch’in.
Li echó un rápido vistazo al ave y siguió
comiendo y tomando cortos sorbos de vino sin hacer
comentarios. Nan prosiguió:
—Me parece que por primera vez veo las
cosas. Sonidos, colores. Con la realidad de los sueños
pero mejor, pues aquí soy dueño de mi persona.
—¿Por qué “la realidad de los sueños”?
—Porque los sueños son violentos y reales,
pero te dominan. Y este sitio es tan verdadero como un
sueño pero incomparablemente superior. Durante cincuenta y
ocho años he sido un Emperador de fantasía, que ni
siquiera fue Rey...
—Has sido un gran Rey y quizás el más noble
de todos los Emperadores Chou.
Pero no tenía poder verdadero y mis órdenes
no se cumplían. Todo me salió mal y, aparte, el Dragón
Negro de los Ch’in está muy alto en el Cielo. Pero no es
de esto que deseaba hablarte. Por más Emperador de
pacotilla que yo haya sido lo fui durante cincuenta y ocho
años, y con las mismas obligaciones y servicios que un
verdadero Hijo Celestial. Nunca tuve una mañana para mí.
No hemos sido campesinos ni tú ni yo, Li.
—Yo sí.
—Ah: es verdad que tú vienes del Ducado de
Lu, lo mismo que Confucio.
—Y fui muy pobre. Hasta que tú me elevaste,
mi Señor.
—Me olvidé. Han pasado tantos años. Pena
que no fui campesino. Lamento no saber qué es la
expectativa de levantarse cada mañana y ver el bosque. Sus
sonidos y colores. Ya no podré hacerlo. Es una lástima.
Si te sirve de consuelo te diré que el
campesino tampoco puede. No tiene tiempo.
—No lo había pensado. El campesino es una
de las cosas que nunca miré. —El Rey (o quizás Emperador)
Nan se quedó meditando. Luego preguntó:
—¿Entonces nadie tiene tiempo de ver el
bosque, en China?
—Solamente los poetas. Esos que algunos
tontos llaman desocupados, ociosos e inservibles. Por eso
siempre sostuve que el Estado debe protegerlos, para que
alguien pueda ver y oír. Dicen que las montañas no
cambian, pero es mentira. Sí que cambian. La montaña
respira y su mole se mueve. Las aguas del Wei no son las
mismas hoy que ayer. ¿Cómo van a saber, las personas de
dentro de dos o tres mil años, la forma que tenía un árbol
mientras vivían los Chou? La poesía es la historia secreta
de nuestro país.
Nan miró el sol que seguía subiendo.
—¿Qué harías tú, Li, si yo te ordenase
viajar al Oriente y salvar tu vida?
—Sentiría mucha pena porque nunca
desobedecí una orden de mi Emperador. Me aterra la
posibilidad de terminar toda una vida de servicio con un
acto tan reprochable.
Nan suspiró.
—Podríamos aún concedernos dos horas para
hablar de las cosas buenas que vivimos: de las sopas de
tortuga y nido de golondrina, de las codornices cocidas en
queso, de las hierbas aromáticas y los picantes, de la
infancia y los juegos del amor... —recordó de pronto a
Ciruelo Dorado y a las otras siete—. Pero todo ello haría
más difícil la tarea inevitable. Es preciso entonces no
vacilar y endurecer el corazón.
Li asintió y procedió a tomar la cajita de
madera que tenía grabados el Pa Kua y el símbolo de Yin-Yang.
Corrió la tapa mostrándole al Rey Nan su interior.
—Hay aquí dos perlas negras, tal como
puedes ver. Las obtuve de las amapolas.
Son una sustancia muy particular, que sirve para curar,
apagar el dolor o viajar a los Torrentes Amarillos sin
dificultades ni molestias. Caerás en un sueño cada vez más
profundo. Al principio raro pero placentero. Después
aparecerán algunos monstruos, pero no temas: no es más que
la vida, ansiosa de seguir viviendo y que se defiende. Por
último aparecerán en lontananza las Nueve Cisternas, señal
de que falta poco. Para ese entonces la vida habrá dejado
de luchar y los Torrentes te conducirán en forma
placentera hacia el fondo. Toma esta perla y bébela con un
poco de vino. —Nan se apresuró a obedecerlo. Luego Li
prosiguió:— Mientras esperamos... aguarda un instante a
que yo tome la otra... te contaré un cuento. Es uno que
inventé para mi hijo, que cuando era pequeño tenía mucho
miedo a la muerte. Tú ya seguramente recuerdas que murió
catorce años atrás, como oficial tuyo, combatiendo contra
Ch’in
¡Cómo los derrotamos en aquella ocasión! Pero eran otros
tiempos. El cuento se llama El Fantasma y el Dragón. Un
hombre perdió la vida y su espectro dirigiose a los
Torrentes Amarillos. Caminó y caminó por un páramo
desolado, con cenizas de un metro de alto. Luego de vadear
la ceniza se encontró con la horrenda Catarata que, oro y
espectral, se precipitaba desde una enorme elevación.
Parte de la ceniza del camino caía en copos, revoloteando
como la nieve. El hombre, para cumplir con su muerte, se
arrojó. Tardó cien años en llegar al fondo, tan profundo
es ese abismo. Abajo encontró un dragón que acababa de
morir. Empezaron a caminar juntos hasta el Castillo de los
Muertos, donde los esperaba el Príncipe Yen. Hacía mucho
frío. —Li vio de reojo que Nan, con los ojos cerrados,
temblaba levemente, y debieron atravesar ríos de mercurio
a cuyas márgenes crecían plantas de piedra. Caminaron días
y días. El dragón se limitaba a mirarlo cada tanto, pero
sin responder a ninguno de sus comentarios. Caminaron
meses y meses. El hombre empezó a cansarse de tanto
silencio. “Oye, dragón, ¿por qué no me hablas? Después de
todo estás tan muerto como yo.” El dragón lo observó con
lástima y afecto. Se ve que no podía hablar. Caminaron
años y años. El Castillo de los Muertos estaba cada vez
más cerca. El umbral de la entrada solo era más alto que
las montañas de la cordillera Tsinglin. “Pronto deberemos
trepar el altísimo umbral y aún no te has dignado
dirigirme la palabra. Quisiera saber, por ejemplo, los
motivos de tus cambios de color. Cuando te encontré eras
azul. Luego, al marchar, te tornaste negro, verde, rojo.
Ahora eres como de plomo, con partículas doradas. ¿Cuál es
el misterio?” —Nan ya estaba inmóvil—. El dragón parecía a
punto de hablar, pero justo en ese momento se oyeron tres
fuertes golpes que conmovieron todo, hasta el Castillo de
los Muertos. Las partículas doradas del dragón crecieron
hasta ocupar su cuerpo, que se hizo de oro esplendente,
como en fragua. El hombre despertó en su cama. A un lado
vio a su mujer llorando de alegría y a cierto médico
taoísta. “Estuviste sin sentido durante tres días y muerto
por completo durante un minuto”, dijo el médico.
“Felizmente, luego de golpearte tres veces en el pecho,
logré mutar el dragón a tiempo.” Y le mostró un vaso lleno
de líquido dorado. Cuatro días más tarde el hombre
trabajaba otra vez en el arrozal.
Li auscultó a Nan y pudo verificar que el
Hijo del Cielo estaba muerto. El mago, tal su intención,
había tragado una falsa perla, inofensiva e inocua. Ahora,
ya cumplido el servicio, sacó de entre sus ropas el opio
verdadero y se apuró a tragarlo con la ayuda de un poco de
vino.
El anciano Rey Chau Siang, de Ch’in, no
tomó Lo, capital de Chou. Tal como Nan había predicho la
“reservaban como postre”: todo Chou cayó siete años
después de la muerte de Nan Hwang, el último Emperador
Chou. En cuanto a los Trípodes Sagrados de los Shang, que
estuvieron nueve siglos en manos de la dinastía Chou,
fueron capturados por Ch’in en el año 255 de la era
cristiana (uno después del suicidio del glorioso rey Nan.)
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