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JACK LONDON

Jack London (1876/1916),
cuyo verdadero nombre era John Griffith nació en
San Francisco el 12 de enero de 1876. Su madre
abandona al padre, un astrólogo ambulante y se
casa con quien sería su padrastro. De él toma el
apellido London y de adulto conoce a su verdadero
padre.
Obligado a trabajar, deja su hogar a los quince
años y se embarca. Viajó como marino, fue luego
pescador, soldado, estibador, buscador de oro y
aún contrabandista, actividades que inspirarían su
obra posterior.
En 1905 regresa de su vida vagabunda decidido a
estudiar. Completa el bachillerato y se enrola en
el Socialismo presentando candidatura como alcalde
sin éxito. Su oratoria callejera le valió el apodo
de Chico Socialista de Oackland.
Autodidacta y ferviente lector, junto con El
manifiesto comunista lee a Nietszche y Kipling
entre otros, y a partir de 1899 publica en
revistas iniciando un ascenso que lo convierte en
el primer autor best-seller y como tal el autor
mejor pagado en EEUU. El hijo del lobo (1900) es
una colección de relatos que le da gran
popularidad.
Su primera novela La llamada de la selva (1903),
está inspirada en los perros conocidos en su paso
por Alaska y es todo un éxito. Su obra asciende a
casi cincuenta títulos entre las que destacan: El
pueblo del abismo (1903), El lobo de mar (1904),
Colmillo Blanco (1907) y El talón de hierro
(1908).
John Barleycorn (1913) es autobiográfica y
describe su lucha contra el alcoholismo. El
vagabundo de las estrellas (relatos, 1915) aborda
el tema de la reencarnación.
El éxito enorme no le trae sosiego sino que
exacerba sus excesos. Gana y dilapida fortunas.
Cubre como cronista periodístico la guerra
ruso-japonesa y a su regreso retoma su vocación
política siempre en favor de los pobres
Vuelve a fracasar en la política y escribe
Martin
Eden (1909) a bordo del lujoso yate que se
construyó. El castillo que intentara construir es
destruido por el fuego, quizás producto de alguna
juerga habitual. Por entonces queda envuelto en
acusaciones de plagio.
Su destino signado por la tragedia parece empeñado
en conducirlo a la destrucción. También deben
incluirse en sus fracasos de vida dos matrimonios
tormentosos. El alcohol lo arrastra hasta el
delirio y el 22 de noviembre de 1916 muere por
sobredosis de morfina bajo la sospecha de un
suicidio.
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Había
estado en el agua aproximadamente una hora, y el frío y el
cansancio, aunados al terrible calambre en el muslo
derecho, me hacían pensar que había llegado mi fin.
Luchando vanamente contra la poderosa marea descendente,
había contemplado la enloquecedora procesión de las luces
costeras, pero ya había dejado de luchar con la corriente
y me contentaba con los amargos recuerdos de mi vida
malgastada, ahora cercana a su fin.
Había tenido la suerte de descender de un
buen linaje inglés, pero de padres cuya fortuna en las
bancas excedía en mucho sus conocimientos de la naturaleza
y educación de los hijos. Aunque nacido con una cuchara de
plata en la boca, la bendita atmósfera del círculo
hogareño me era desconocida. Mi padre, un hombre culto y
reputado anticuario, no dedicaba su atención a la familia,
sino que estaba constantemente perdido en medio de las
abstracciones de su estudio mientras que mi madre, más
famosa por su belleza que por su buen sentido, se sentía
satisfecha con las adulaciones de la sociedad en la que
parecía permanentemente sumergida. Pasé la habitual rutina
de la enseñanza primaria y media como cualquier otro
muchacho de la burguesía inglesa y, a medida de que los
años incrementaban mi fuerza y mis pasiones, mis padres se
dieron cuenta, de pronto, de que yo poseía un alma
inmortal, y trataron de poner riendas a mis ímpetus. Pero
era demasiado tarde; perpetré la más audaz y descabellada
locura y fui desheredado por mi familia y condenado al
ostracismo por la sociedad a la que había ultrajado tanto
tiempo. Con las mil libras que me dio mi padre, con la
promesa de no volverme a ver ni a suministrarme más
dinero, obtuve un pasaje de primera clase rumbo a
Australia.
Desde entonces mi vida ha sido una larga
peregrinación —de oriente a occidente, del Ártico al
Antártico— para encontrarme, por último, convertido en un
experimentado lobo de mar de treinta años, pleno de fuerza
viril, que se ahoga en la bahía de San Francisco, tras el
desastroso intento de desertar de una nave.
Mi pierna derecha estaba agarrotada por el
calambre y estaba sufriendo la más angustiosa de las
agonías. Una brisa débil agitaba el mar picado llenándome
la boca de agua, que me corría por la garganta sin que
pudiera evitarlo. Aunque todavía lograba mantenerme a
flote, lo hacía en forma puramente mecánica, pues estaba
cayendo por momentos en la inconsciencia. Tengo el
desvaído recuerdo de haber sido arrastrado más allá de la
escollera, y de entrever la luz de estribor de un vapor;
luego todo se hizo oscuridad.
Escuché el débil zumbido de unos insectos y
sentí que el balsámico aire de una mañana de primavera
acariciaba mis mejillas. Gradualmente se convirtió en un
flujo rítmico a cuyas pulsaciones parecía responder mi
cuerpo. Flotaba en el suave seno de un cálido mar,
alzándome y descendiendo con ensoñador placer cada vez que
una ola me acunaba. Pero las pulsaciones se hicieron más
fuertes, el zumbido más intenso, las olas más grandes y
salvajes... fui maltratado por un mar tormentoso. Una gran
agonía se abatió sobre mí. Destellos brillantes e
intermitentes relampagueaban a través de mi conciencia
interior, en mis oídos atronaba el sonido de las aguas.
Luego se produjo la súbita rotura de algo intangible y
desperté.
La escena que protagonizaba era realmente
curiosa. Un vistazo fue suficiente para saber que me
encontraba tirado en el piso del yate de algún caballero
importante, en una postura verdaderamente incómoda. A mis
costados, aferrando mis brazos y subiéndolos y bajándolos
como si fueran palancas de bombeo, estaban dos seres de
piel oscura curiosamente vestidos. Aunque conocía la mayor
parte de las razas aborígenes no pude deducir su
nacionalidad. Habían colocado en mi cabeza una especie de
aparato que conectaba mis órganos respiratorios a una
máquina que describiré a continuación. Mis fosas nasales,
sin embargo, habían sido obturadas para forzarme a
respirar por la boca. Deformados por el enfoque oblicuo
del ángulo de mi visión contemplé dos tubos, similares a
mangueras diminutas pero de diferente composición, que
emergían de mi boca y se separaban uno del otro en ángulo
recto. El primero terminaba abruptamente y yacía sobre el
piso junto a mí, el segundo atravesaba la habitación
serpenteando por el suelo, conectándose con el aparato que
he prometido describir.
En los días anteriores a que mi vida se
hubiera hecho tangencial me había interesado no poco en
las ciencias, y conocedor de la parafernalia y accesorios
generales de un laboratorio, pude ahora apreciar la
máquina que contemplaba. Estaba compuesta principalmente
de vidrio, siendo su construcción algo burda como es
habitual en los aparatos experimentales. Un recipiente de
agua estaba rodeado por una cámara de aire, a la que se
unía un tubo vertical terminado en un globo. En el centro
de todo esto había un vacuómetro. El agua del tubo se
movía hacia arriba y hacia abajo, produciendo inhalaciones
y exhalaciones alternas que luego eran comunicadas a
través del tubo a mi boca. Con esto y la ayuda de los
hombres que movían con tanto vigor mis brazos, el proceso
de la respiración había sido artificialmente reiniciado.
Subiendo y bajando mi pecho y expandiendo y contrayendo
mis pulmones se pudo persuadir a la naturaleza de que
volviese a su labor acostumbrada.
Tan pronto abrí los ojos me fue retirado el
artefacto que llevaba en la cabeza, nariz y boca. Me
hicieron tragar tres dedos de brandy y logré ponerme de
pie, tambaleándome, para agradecer a mi salvador. Lo miré
y me encontré con... mi padre. Pero los largos años de
camaradería con el peligro me habían enseñado a
controlarme, y esperé a ver si lograba reconocerme. No fue
así, no vio en mí sino un marinero desertor y me trató en
consecuencia.
Me dejó al cuidado de los negros y se
dedicó a revisar las notas que había tomado de mi
resurrección. Mientras devoraba la excelente comida que me
era servida, escuché ruidos confusos en cubierta, y por
las palabras de los marineros y el tableteo de los motores
y aparejos deduje que estábamos zarpando. ¡Era divertido!
¡De crucero con mi solitario padre por el ancho Pacífico!
Poco me imaginaba, mientras me reía para mis adentros,
quién iba a ser el más perjudicado por esa curiosa broma.
Ay, de haberlo sabido hubiera saltado por la borda y
regresado de buena gana a las sucias aguas de las que
había escapado. No se me permitió salir a cubierta hasta
que dejamos atrás los farallones y la última lancha del
práctico. Aprecié estas consideraciones de parte de mi
padre y me propuse darle las gracias de todo corazón, con
los rudos modales de un lobo de mar. No podía sospechar
que tenía sus propias razones para mantener oculta mi
presencia para todos, excepto para su tripulación. Me
habló brevemente de mi rescate por los marineros,
asegurándome que el favor me lo debía él a mí, ya que mi
aparición había sido realmente oportuna. Había construido
el aparato para experimentar algunas teorías concernientes
a ciertos fenómenos biológicos, y había estado esperando
una oportunidad para utilizarlo.
—Usted ha probado su funcionamiento sin
lugar a dudas —dijo, y luego agregó con un suspiro—: pero
sólo en el reducido campo de la asfixia.
Para no alargar mi relato, diré que me
ofreció un adelanto de dos libras sobre mi futuro jornal
por navegar con él, lo cual me pareció excelente, ya que
realmente no me necesitaba. Al contrario de lo que
esperaba no tuve que unirme al grupo de marineros, en
proa, sino que me fue asignado un confortable camarote, y
se me designó un lugar en la mesa del capitán. Él se había
dado cuenta de que yo no era un marinero común, y resolví
aprovechar la oportunidad para recobrar su afecto. Tejí un
pasado ficticio para explicar mi educación y presente
posición, e hice todo lo posible para entrar en
comunicación con él. No tardé mucho en revelar una
predilección por la investigación científica, ni él en
apreciar mi aptitud. Me convertí en su ayudante, con el
correspondiente aumento de mi salario, y a poco comenzó a
hacerme confidencias y a exponer sus teorías. Me sentí tan
entusiasmado como él.
Los días volaron con rapidez, pues me
hallaba profundamente interesado en los nuevos estudios,
pasando las horas de vigilia en su bien provista
biblioteca, o escuchando sus planes y ayudándolo en el
trabajo del laboratorio. Pero nos vimos obligados a
diferir algunos experimentos atrayentes por no ser una
nave bamboleante el lugar adecuado para trabajos delicados
y cuidadosos. Sin embargo me prometió muchas horas
agradables en el magnífico laboratorio hacia el que nos
dirigíamos. Había tomado posesión de una isla no señalada
en mapas de los Mares del Sur, según me dijo, y la había
convertido en un paraíso científico.
No llevábamos mucho tiempo en la isla
cuando descubrí la horrible red en la que había sido
atrapado. Pero antes de que describa los extraños sucesos
que acaecieron, debo delinear brevemente las causas que
culminaron en una experiencia tan asombrosa como jamás
sufrió hombre alguno.
En sus últimos años mi padre había
abandonado los mohosos encantos del anticuario y había
sucumbido a los más fascinantes que se designan bajo la
denominación genérica de biología. Como había sido
cuidadosamente instruido en los fundamentos durante su
juventud, exploró rápidamente todas las ramas superiores
hasta donde había llegado el mundo científico, hasta
encontrarse en la tierra virgen de lo desconocido. Era su
intención el adelantarse en este territorio inexplorado y
en ese punto de sus investigaciones fue cuando el azar nos
reunió. Dotado de un buen cerebro, aunque no esté bien que
yo mismo lo diga, me sumergí en sus especulaciones y
métodos de razonamiento, volviéndome casi tan loco como
él. Pero no debería decir esto. Los maravillosos
resultados que obtuvimos más tarde señalan a las claras su
lucidez. Tan sólo puedo decir que era el ser de más
anormal crueldad y sangre fría que jamás hubiera visto.
Después de haber penetrado los misterios
duales de la fisiología y la psicología, sus razonamientos
lo habían llevado al límite de un gran campo, y para
explorarlo mejor, debió iniciar estudios de química
orgánica superior, patología, toxicología y otras ciencias
y subciencias relacionadas secundariamente con sus
hipótesis especulativas. Comenzando con la proposición de
que la causa directa del cese de vitalidad, temporal o
permanente, era la coagulación de ciertos elementos y
compuestos del protoplasma, había aislado y sometido a
múltiples experimentos a dichas sustancias. Dado que el
cese temporario de vitalidad en un organismo ocasionaba el
coma, y el cese permanente la muerte, supuso que mediante
métodos artificiales esta coagulación del protoplasma
podía ser retrasada, o evitada y hasta combatida en casos
extremos de solidificación.
O sea que, olvidándonos del lenguaje
técnico, afirmaba que la muerte, cuando no era violenta y
en ella resultaba dañado alguno de los órganos, era
simplemente vitalidad suspendida; y que, en tales
ocasiones, podía inducirse a la vida a reiniciar sus
funciones mediante métodos adecuados. Ésta era, pues, su
idea: descubrir el método de renovar la vitalidad de una
estructura —y probar esta posibilidad práctica por medio
de la experimentación— de la que aparentemente ha huido la
vida. Desde luego se daba cuenta de la inutilidad del
intento luego del inicio de la descomposición; necesitaba
organismos que tan sólo el instante, la hora o el día
anterior hubiesen estado rebosantes de vida. Conmigo, de
forma algo primaria, había comprobado su teoría. Cuando me
habían recogido de las aguas de la bahía de San Francisco
estaba realmente muerto, ahogado... pero la chispa vital
había sido vuelta a encender por medio de sus aparatos
aeroterapeúticos, como los llamaba él.
Vayamos ahora a sus oscuros propósitos con
respecto a mi persona. Primero me mostró de qué forma me
hallaba completamente en su poder. Había enviado lejos el
yate por el término de un año, reteniendo tan solo a los
dos negros. Luego me hizo una exposición exhaustiva de su
teoría, y esbozó a grandes rasgos el método de prueba que
había decidido adoptar, concluyendo con el repentino
anuncio de que yo iba a ser su cobayo. Me había enfrentado
a la muerte y arriesgado sin temer las consecuencias en
muchas aventuras desesperadas, pero nunca en una de esa
naturaleza. Puedo jurar que no soy ningún cobarde, y no
obstante esta proposición de viajar a uno y otro lado de
la frontera de la muerte me produjo un terror pánico. Pedí
que me concediera algún tiempo, a lo que él accedió,
asegurándome también que tenía un solo camino: el de la
sumisión. La huida de la isla estaba fuera de toda
cuestión, la huida mediante el suicidio no era nada
divertida, pero quizás era realmente preferible a lo que
luego iba a sufrir. Mi única esperanza era destruir a mis
raptores. Pero esta última posibilidad fue eliminada por
las precauciones tomadas por mi padre. Estaba sujeto a una
vigilancia constante, incluso durante el sueño, por uno u
otro de los negros.
Luego de suplicar en vano, descubrí y probé
que era su hijo. Era mi última carta y había puesto todas
mis esperanzas en ella. Pero fue inexorable; no era un
padre sino una máquina científica. Aún me pregunto cómo
fue que se casó con mi madre y me engendró, puesto que no
había en su personalidad la más mínima porción de
sentimiento. La razón lo era todo para él, y no podía
comprender esas nimiedades como el amor o la pena por los
otros, excepto como fútiles debilidades que debían ser
extirpadas. Así que me informó que si en un principio me
había dado la vida, era el más indicado ahora para
quitármela. No obstante lo cual, me dijo que no era ese su
deseo, que solamente deseaba tomarla prestada de vez en
cuando, prometiéndome devolverla puntualmente en el
momento señalado. Desde luego que uno se encuentra siempre
expuesto a una serie de calamidades, pero no me quedaba
otra solución que arriesgarme, tal como sucede con todas
las empresas humanas.
Para asegurar su éxito deseaba que me
hallase en excelente condición física, así que me sometió
a dieta y a entrenamiento como si fuera un gran atleta
antes de una prueba decisiva. ¿Qué podía hacer yo? Si
tenía que correr el riesgo, lo mejor era hacerlo con la
mejor preparación posible. En los intervalos de descanso
me permitía ayudarle a preparar los aparatos y asistirlo
en los diversos experimentos secundarios. Puede imaginarse
el interés que tomé en tales operaciones. Llegué a dominar
el trabajo tan bien como él, y a menudo tuve el placer de
ver como eran puestas en práctica algunas de mis
sugerencias o alteraciones. Después de alguno de esos
resultados sentía una amarga satisfacción, consciente de
estar preparando mi propio funeral.
Comenzó a realizar una serie de
experimentos en toxicología. Cuando todo estuvo listo fui
muerto por una fuerte dosis de estricnina y convertido en
cadáver alrededor de veinte horas. Durante ese período mi
cuerpo estuvo muerto, absolutamente muerto. Toda
respiración y circulación habían cesado. Pero lo más
terrible fue que, mientras tenía lugar la coagulación
protoplasmática, retuve la conciencia y pude así
estudiarla en todos sus macabros detalles.
El aparato destinado a devolverme la vida
era una cámara hermética dispuesta para recibir mi cuerpo.
El mecanismo era simple: algunas válvulas, un cilindro con
pistón y un motor eléctrico. Cuando estaba funcionando, la
atmósfera interior era rarificada y comprimida
alternativamente, comunicando a mis pulmones una
respiración artificial sin la utilización de los tubos
previamente usados. Aunque mi cuerpo estaba inerte y acaso
en las primeras etapas de la descomposición, tenía
conciencia de todo lo que sucedía. Supe cuándo me
colocaron en la cámara, y aunque mis sentidos estaban en
reposo, sentí los pinchazos de las agujas hipodérmicas que
me inyectaban un compuesto que debía reaccionar contra el
proceso coagulatorio. Entonces fue cerrada la cámara y
puesta en marcha la máquina. Mi ansiedad era terrible,
pero la circulación fue restaurada, los diferentes órganos
comenzaron a ejecutar sus tareas respectivas, y al cabo de
una hora estaba devorando una cena abundante.
No puede decirse que participase en esta
serie de experiencias, ni en las subsiguientes, con muy
buen ánimo, pero tras dos tentativas de huida fallidas,
comencé a tomar el asunto con cierto interés. Además
estaba empezando a acostumbrarme. Mi padre estaba fuera de
sí por la alegría de su éxito, y al ir transcurriendo los
meses sus especulaciones fueron haciéndose cada vez más
extremas. Recorrimos las tres grandes series de venenos,
los neurológicos, los gaseiformes y los irritadores, pero
evitamos cuidadosamente algunos de los irritadores
minerales y dejamos de lado a todo el grupo de los
corrosivos. Durante el régimen de los venenos me llegué a
habituar a morir y hubo un solo incidente que hizo temblar
a mi creciente confianza. Haciendo incisiones en algunas
veniIlas de mi brazo introdujo una diminuta cantidad del
más aterrador de los venenos, el de las flechas o curare.
Perdí el conocimiento de inmediato y a continuación se
detuvo la respiración y la circulación, de modo tal que la
solidificación del protoplasma avanzó con tal rapidez que
le hizo perder todas las esperanzas. Pero en el último
momento aplicó un descubrimiento en el que había estado
trabajando, y obtuvo resultados que lo hicieron renovar
sus esfuerzos.
En una campana de vacío, similar pero no
idéntica al tubo de Crookes, había colocado un campo
magnético. Cuando era atravesado por luz polarizada, no
producía fenómeno alguno de fosforescencia, ni proyección
rectilínea de átomos, pero emitía unos rayos no luminosos
similares a los rayos X. Mientras los rayos X son capaces
de revelar objetos opacos ocultos en medios densos, éstos
poseían una mayor penetración. Mediante los mismos
fotografió mi cuerpo y halló en el negativo un infinito
número de sombras desdibujadas, debidas a las actividades
eléctricas y químicas que aún proseguían su función. Esto
era una prueba infalible de que el rigor mortis en
el cual yacía no era real; esto es que aquellas fuerzas
misteriosas, aquellos lazos delicados que unían el alma a
mi cuerpo todavía estaban en acción. Así pues la acción
del curare fue mucho más peligrosa que la de los otros
venenos, cuyas resultantes posteriores eran inapreciables,
salvo en los compuestos mercuriales, que usualmente me
dejaban lánguido por varios días.
Otra serie de experimentos deliciosos
fueron hechos con la electricidad. Verificamos la verdad
de la aseveración de Tela, quien afirmaba que las
corrientes de alta frecuencia eran inofensivas, haciéndome
pasar cien mil voltios por el cuerpo. Como esto no me
afectaba redujo la frecuencia hasta los dos mil quinientos
voltios y así fui electrocutado. Esta vez se arriesgó
hasta el punto de dejarme muerto, o en estado de vitalidad
suspendida, por tres días. Le llevó cuatro horas volverme
a la vida.
En una ocasión me infectó con el tétano,
pero la agonía al morir fue tan grande que me negué
totalmente a sufrir otros experimentos similares. Las
muertes más fáciles fueron por asfixia, tales como
sumergirme en agua, estrangularme, y sofocarme con gas;
mientras que las llevadas a cabo mediante morfina, opio,
cocaína y cloroformo no eran del todo difíciles.
Otra vez, tras ser sofocado, me tuvo en
hielo durante tres meses, no permitiendo ni que me
descongelara ni que me pudriese. Esto lo hizo sin mi
conocimiento previo, y me asusté mucho al descubrir el
lapso pasado. Me aterroricé al pensar lo que podía hacerme
mientras yacía muerto, y mi alarma fue en aumento al notar
la predilección que estaba desarrollando hacia la
vivisección. La última vez que fui revivido descubrí que
había estado hurgando en mi pecho. Aunque había curado y
cosido cuidadosamente las incisiones, éstas eran tan
profundas que tuve que guardar cama durante un tiempo. Fue
durante esa convalecencia que elaboré el plan mediante el
cual finalmente escapé.
Demostrando un entusiasmo desbordante por
mi trabajo le pedí, y me fue otorgada, una vacación de mi
trabajo de moribundo. Durante ese período me dediqué a
experimentar en el laboratorio, mientras él estaba
demasiado ocupado en la vivisección de algunos animales
atrapados por los negros, como para prestar atención a mi
labor.
Fue en estas dos proposiciones que basé mi
teoría: primero, la electrólisis, o la descomposición del
agua en sus gases constituyentes mediante la electricidad;
y segundo, en la hipotética existencia de una fuerza, la
contraria a la gravitación, a la que Astor ha denominado
"aspergia". La atracción terrestre, por ejemplo, tan sólo
mantiene los objetos juntos, pero no los combina; por lo
tanto la aspergia es mera repulsión. Sin embargo, la
atracción molecular o atómica no sólo junta los objetos
sino que los integra; y era la contraria, o sea una fuerza
desintegradora, la que no sólo deseaba descubrir y
producir, sino también dirigir a voluntad. Tal como las
moléculas de hidrógeno y oxígeno reaccionan unas con
otras, y crean nuevas moléculas de agua, la electrólisis
produce la disociación de estas moléculas, volviéndolas a
su condición original, generando los dos gases por
separado. La fuerza que yo deseaba tendría que operar no
sólo sobre estos dos elementos químicos, sino sobre todos
los demás, sin importar bajo qué compuesto se encontrasen.
Y si entonces lograba atraer a mi padre a su radio de
acción sería desintegrado instantáneamente, y diseminado
en todas direcciones como una masa de elementos aislados.
No se debe creer que esta fuerza, cuando
estuvo finalmente bajo mi dominio, aniquilaba la materia;
no, simplemente aniquilaba su estructura. Ni tampoco, como
pronto descubrí, tenía efecto sobre las estructuras
inorgánicas; pero para todas las formas orgánicas era
absolutamente fatal. Esto me produjo cierto asombro al
principio, aunque si hubiera pensado más detenidamente
hubiera comprendido con rapidez la razón. Dado que el
número de los átomos de las moléculas orgánicas es mucho
más grande que el de las complejas moléculas minerales,
los compuestos orgánicos se caracterizan por su
inestabilidad y por la facilidad con que son disgregados
por las fuerzas físicas y los reactivos químicos.
Dos tremendas fuerzas eran proyectadas por
dos potentes baterías, conectadas con magnetos construidos
para este fin. Separadas una de la otra eran completamente
inofensivas, pero cumplían su objetivo al converger en un
punto en medio del aire. Después de casi haber demostrado
su funcionamiento escapando por un pelo de ser disipado en
la nada, preparé la trampa. Escondí los magnetos de forma
tal que su fuerza convergía frente a la entrada de mi
alcoba en un campo mortal, y coloqué en mi cama un botón
desde el cual podía conectar la corriente de las baterías,
hecho lo cual me introduje en el lecho.
Los negros todavía vigilaban mi dormitorio,
relevándose uno al otro a medianoche. Conecté la corriente
tan pronto llegó el primero. Apenas había logrado
adormecerme cuando fui despertado por un vibrante tintineo
metálico. Allí, en el umbral de la puerta se hallaba Dan,
el San Bernardo de mi padre. Mi guardián corrió a tomarlo.
Desapareció como una bocanada de aire, sus ropas cayeron
al suelo en un montón. Se notaba un ligero olor a ozono en
el aire, pero dado que los principales componentes
gaseosos del cuerpo son el hidrógeno, el oxígeno y el
nitrógeno, que son igualmente inoloros e incoloros, no se
notaba otra manifestación de su desaparición. No obstante,
cuando desconecté la corriente y recogí las vestiduras,
hallé un precipitado de carbono en forma de carbón animal,
y otros sólidos: los elementos aislados de su organismo,
tales como azufre, potasio y hierro. Volví a instalar la
trampa y retorné a la cama. A medianoche me levanté y
recogí los restos del segundo negro, y luego dormí
pacíficamente hasta el amanecer.
Me despertó la estridente voz de mi padre
que me llamaba desde el otro lado del laboratorio. Me reí
para mis adentros. Nadie lo había despertado y había
dormido más de la cuenta. Pude oírlo mientras se acercaba
a mi habitación con la intención de hacerme levantar, por
lo tanto me senté en la cama, para observar mejor su
eliminación, o mejor debería decir su apoteosis. Se detuvo
un momento en el umbral, y luego dio el paso fatal. ¡Puf!
Fue como el viento soplando entre los pinos. Desapareció.
Sus ropas cayeron en un fantástico montón sobre el suelo.
Además del ozono noté un débil olor a ajo producido por el
fósforo. Algunos sólidos elementales yacían entre sus
vestimentas. Eso era todo. El ancho mundo se abría ante
mí. Mis carceleros ya no existían.
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