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JOSÉ REVUELTAS

José Revueltas
(1914 / 1976),
escritor mexicano
nacido en Durango. Su hermano Silvestre fue un
famoso compositor, su hermano Fermín, pintor, y su
hermana Rosaura es actriz de cine. Pasó parte de
su juventud en la cárcel por sus ideas radicales.
En Los muros de agua
(1941) narra su destierro en la colonia penal de
las Islas Marías. Siendo periodista del diario
El Popular, su novela El luto humano
(1943) fue escogida para representar a México en
el segundo concurso Farrar y Rinehart.
Otras
novelas son Los días terrenales (1949),
En algún valle de lágrimas (1956), Los
motivos de Caín (1957), Los errores
(1964) y El apando (1969).
Tiene tres
colecciones de cuentos: Dios en la tierra
(1944), Dormir en tierra (1960) y
Material de los sueños (1974).
Su
encarcelamiento en 1968 por motivos políticos motivó
protestas internacionales de escritores y
catedráticos. El cuento que reproducimos "Dios en
la tierra", proviene de la colección de 1944.
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La
población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada
completamente como si sobre sus puertas y ventanas se
hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión de tan
profundas, de tan gruesas, de tan de Dios. Jamás un
empecinamiento semejante, hecho de entidades
incomprensibles, inabarcables, que venían... ¿de dónde?
De la Biblia Génesis, de las Tinieblas, antes de la luz.
Las rocas se mueven, las inmensas piedras del mundo
cambian de sitio, avanzan un milímetro por siglo. Pero
esto no se alteraba, este odio venía de lo más
lejano y lo más bárbaro. Era el odio de Dios. Dios mismo
estaba ahí apretando en su puño la vida, agarrando la
tierra entre sus dedos gruesos, entre sus descomunales
dedos de encina y de rabia. Hasta un descreído no puede
dejar de pensar en Dios. Porque ¿quién si no Él? ¿Quién si
no una cosa sin forma, sin principio ni fin, sin medida,
puede cerrar las puertas de tal manera? Todas las puertas
cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad
del mundo en nombre de Dios. Dios de los Ejércitos; Dios
de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hostil
y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era
ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y
enloquecedora maldición, está en todo lugar: en el
siniestro silencio de la calle; en el colérico trabajo; en
la sorprendida alcoba matrimonial; en los odios nupciales
y en las iglesias, subiendo en anatemas por encima del
pavor y de la consternación. Dios se había acumulado en
las entrañas de los hombres como sólo puede
acumularse la sangre, y salía en gritos, en despaciosa,
cuidadosa, ordenada crueldad. En el norte y en el sur,
inventando puntos cardinales para estar ahí, para impedir
algo ahí, para negar alguna cosa con todas las fuerzas que
al hombre le llegan desde los más oscuros siglos, desde la
ceguedad más ciega de su historia.
¿De dónde
venía esa pesadilla? ¿Cómo había nacido? Parece que los
hombres habían aprendido algo inaprensible y ese algo les
había tornado el cerebro cual una monstruosa bola de
fuego, donde el empecinamiento estaba fijo y central, como
una cuchillada. Negarse. Negarse siempre, por encima de
todas las cosas, aunque se cayera el mundo, aunque de
pronto el Universo se paralizase y los planetas y las
estrellas se clavaran en el aire.
Los hombres
entraban en sus casas con un delirio de eternidad, para no
salir ya nunca, y tras de las puertas aglomeraban
impenetrables cantidades de odio seco, sin saliva, donde
no cabían ni un alfiler ni un gemido.
Era difícil
para los soldados combatir en contra de Dios, porque Él
era invisible, invisible y presente, como una espesa capa
de aire sólido o de hielo transparente o de sed líquida.
¡Y cómo son los soldados! Tienen unos rostros morenos, de
tierra labrantía, tiernos, y unos gestos de niños
inconscientemente crueles. Su autoridad no les viene de
nada. La tomaron en préstamo quién sabe dónde y prefieren
morir, como si fueran de paso por todos los lugares y les
diera un poco de vergüenza todo. Llegaban a los
pueblos con cierto asombro, como si se hubieran echado
encima todos los caminos y los trajeran ahí, en sus
polainas de lona o en sus paliacates rojos, donde, mudas,
aún quedaban las tortillas crujientes, como matas secas.
Los
oficiales rabiaban ante el silencio; los desenfrenaba el
mutismo hostil, la piedra enfrente, y tenían que ordenar,
entonces, el saqueo, pues los pueblos estaban cerrados con
odio, con láminas de odio, con mares petrificados. Odio y
sólo odio, como montañas.
¡Los
federales! ¡Los federales!
Y a esta
voz era cuando las calles de los pueblos se ordenaban de
indiferencia, de obstinada frialdad y los hombres se
morían provisionalmente, aguardando dentro de las casas
herméticas o disparando sus carabinas desde ignorados
rincones.
El oficial
descendía con el rostro rojo y golpeaba con el cañón de su
pistola la puerta inmóvil, bárbara.
—¡Queremos
comer!
—¡Pagaremos
todo!
La
respuesta era un silencio duradero, donde se paseaban los
años, donde las manos no alcanzaban a levantarse. Después
un grito como un aullido de lobo perseguido, de fiera
rabiosamente triste:
—¡Viva
Cristo Rey!
Era un Rey.
¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué caminos espantosos?
La tropa podía caminar leguas y más leguas sin detenerse.
Los soldados podían comerse los unos a los otros. Dios
había tapiado las casas y había quemado los campos para
que no hubiese ni descanso ni abrigo, ni aliento ni
semilla.
La voz era
una, unánime, sin límites: "Ni agua". El agua es tierna y
llena de gracia. El agua es joven y antigua. Parece una
mujer lejana y primera, eternamente leal. El mundo se hizo
de agua y de tierra y ambas están unidas, como si dos
opuestos cielos hubiesen realizado nupcias imponderables.
"Ni agua". Y del agua nace todo. Las lágrimas y el cuerpo
armonioso del hombre, su corazón, su sudor. "Ni agua".
Caminar sin descanso por toda la tierra, en persecución
terrible y no encontrarla, no verla, no oírla, no sentir
su rumor acariciante. Ver cómo el sol se despeña, cómo
calienta el polvo, blando y enemigo, cómo aspira toda el
agua por mandato de Dios y de ese Rey sin espinas, de ese
Rey furioso, de ese inspector del odio que camina por el
mundo cerrando los postigos...
¿Cuándo
llegarían?
Eran
aguardados con ansiedad y al mismo tiempo con un temor
lleno de cólera. iQue vinieran! Que entraran por el pueblo
con sus zapatones claveteados y con su miserable color
olivo, con las cantimploras vacías y hambrientos. ¡Que
entraran! Nadie haría una señal, un gesto. Para eso eran
las puertas, para cerrarse. Y el pueblo, repleto de
habitantes, aparecería deshabitado, como un pueblo de
muertos, profundamente solo.
¿Cuándo y
de qué punto aparecerían aquellos hombres de uniforme,
aquellos desamparados a quienes Dios había maldecido?
Todavía
lejos, allá, el teniente Medina, sobre su cabalgadura,
meditaba. Sus soldados eran grises, parecían cactus
crecidos en una tierra sin más vegetación. Cactus que
podían estarse ahí, sin que lloviera, bajo los rayos del
sol. Debían tener sed, sin embargo, porque escupían
pastoso, aunque preferían tragarse la saliva, como un
consuelo. Se trataba de una saliva gruesa, innoble, que ya
sabía mal, que ya sabía a lengua calcinada, a trapo, a
dientes sucios. ¡La sed! Es un anhelo, como de sexo. Se
siente un deseo inexpresable, un coraje, y los diablos
echan lumbre en el estómago y en las orejas para que todo
el cuerpo arda, se consuma, reviente. El agua se
convierte, entonces, en algo más grande que la mujer o que
los hijos, más grande que el mundo, y nos dejaríamos
cortar una mano o un pie o los testículos, por hundimos en
su claridad y respirar su frescura, aunque después
muriésemos.
De pronto
aquellos hombres como que detenían su marcha, ya sin
deseos. Pero siempre hay algo inhumano e ilusorio que
llama con quién sabe qué voces, eternamente, y no deja
interrumpir nada. ¡Adelante! Y entonces la pequeña tropa
aceleraba su caminar, locamente, en contra de Dios. De
Dios que había tomado la forma de la sed. Dios ¡en todo
lugar! Allí, entre los cactus, caliente, de fuego infernal
en las entrañas, para que no lo olvidasen nunca, nunca,
para siempre jamás.
Unos
tambores golpeaban en la frente de Medina y bajaban a
ambos lados, por las sienes, hasta los brazos y la punta
de los dedos: "a... gua, a... gua, a... gua. ¿Por qué
repetir esa palabra absurda? ¿Por qué también los
caballos, en sus pisadas...? Tornaba a mirar los rostros
de aquellos hombres, y sólo advertía los labios cenizos y
las frentes imposibles donde latía un pensamiento en forma
de río, de lago, de cántaro, de pozo: agua, agua, agua...
"¡Si el profesor cumple su palabra...!"
—Mi
teniente... —se aproximó un sargento.
Pero no
quiso continuar y nadie, en efecto, le pidió que
terminara, pues era evidente la inutilidad de hacerlo...
—¡Bueno!
¿Para qué, realmente...? —confesó, soltando la risa, como
si hubiera tenido gracia.
"Mi
teniente." ¿Para qué? Ni modo que hicieran un hoyo en la
tierra para que brotara el agua. Ni modo. "iOh! ¡Si ese
maldito profesor cumple su palabra...!"
—¡Romero!
—gritó el teniente.
El sargento
moviose apresuradamente y con alegría en los ojos, pues
siempre se cree que los superiores pueden hacer cosas
inauditas, milagros imposibles en los momentos
difíciles.
—¿...crees
que el profesor...?
Toda la
pequeña tropa sintió un alivio, como si viera el agua ahí
enfrente, porque no podía discurrir ya, no podía pensar,
no tenía en el cerebro otra cosa que la sed.
—Sí, mi
teniente, él nos mandó avisar que con segur ai'staba...
"¡Con
seguro!" ¡Maldito profesor! Aunque maldito era todo:
maldita el agua, la sed, la distancia, la tropa, maldito
Dios y el Universo entero.
El profesor
estaría, ni cerca ni lejos del pueblo para llevarlos al
agua, al agua buena, a la que bebían los hijos de Dios.
¿Cuándo
llegarían? ¿Cuándo y cómo? Dos entidades opuestas,
enemigas, diversamente constituidas aguardaban allá: una
masa nacida de la furia, horrorosamente falta de ojos, sin
labios, sólo con un rostro inmutable, imperecedero, donde
no había más que un golpe, un trueno, una palabra oscura,
"Cristo Rey", y un hombre febril y anhelante, cuyo corazón
latía sin cesar, sobresaltado, para darles agua, para
darles un líquido puro, extraordinario, que ajaría por las
gargantas y llegaría a las venas, al estremecido y
cantando.
El teniente
balanceaba la cabeza mirando cómo las orejas del caballo
ponían una especie de signos de admiración el paisaje
seco, hostil. Signos de admiración. Sí, de admiración y de
asombro, de profunda alegría, de sonoro y vital
entusiasmo. Porque ¿no era aquel punto... aquél... un
hombre, el profesor...? ¿No?
¡Romero!¡Romero! Junto al huizache... ¿distingues algo?
Entonces
el grito de la tropa se dejó oír, ensordecedor, impetuoso:
¡Jajajajay...!
—y retumbó por el monte, porque aquello era el agua.
Una masa
que de lejos parecía blanca, estaba ahí compacta, de cerca
fea, brutal, porfiada como una maldición. “¡Cristo Rey!“
Era otra vez Dios, cuyos brazos apretaban la tierra como
dos tenazas de cólera. Dios vivo y enojado, iracundo,
ciego como él mismo, como no puede ser más que Dios, que
cuando baja tiene un solo ojo en mitad de la frente, no
para ver sino para arrojar rayos e incendiar, castigar,
vencer.
En la
periferia de la masa, entre los hombres que estaban en
las casas fronteras, todavía se ignoraba qué era aquello.
Voces sólo, dispares:
—¡Si, sí,
sí!
—¡No, no,
no!
¡Ay de los
vecinos ¡Aquí no había nadie ya, sino el castigo. La ley
Terrible que no perdona ni a la vigésima generación, ni
centésima, ni al género humano. Que no perdona. Que juró
cerrar todas las puertas, tapiar las ventanas, oscurecer
el cielo y sobre su azul de lago superior, de agua aérea,
colocar un manto púrpura e impenetrable. Dios está aquí de
nuevo, para que tiemblen los pecadores. Dios está
defendiendo su iglesia, su gran iglesia sin agua, su
iglesia de piedra, su iglesia de siglos.
En medio de
la masa blanca apareció, de pronto, el punto negro de un
cuerpo desmadejado, triste, perseguido. Era el profesor.
Estaba ciego de angustia, loco de terror, pálido y verde
en medio de la masa. De todos lados se golpeaba, sin el
menor orden o sistema, conforme el odio, espontáneo,
salía.
—¡Grita
viva Cristo Rey...!
Los ojos
del maestro se perdían en el aire a tiempo que repetía,
exhausto, la consigna ¡Viva Cristo Rey!
Los hombres
de la periferia ya estaban enterados también. Ahora se les
veía el rostro negro, de animales duros.
—¡Les dio
agua a los federales, el desgraciado!
¡Agua¡
Aquel líquido transparente de donde se formó el mundo.
¡Agua! ¡Nada menos que la vida.
—¡Traidor!¡Traidor!
Para quien
lo ignore, la operación, pese a todo, es bien sencilla.
Brutalmente sencilla. Con un machete se puede afilar muy
bien, hasta dejarla puntiaguda, completamente puntiaguda.
Debe escogerse un palo resistente, que no se quiebre con
el peso de un hombre, de “un cristiano “, dice el pueblo.
Luego se introduce y al hombre hay que tirarlo de las
piernas, hacia abajo, con vigor, para que encaje bien.
De lejos el
maestro parecía un espantapájaros sobre su estaca,
agitándose como si lo moviera el viento, el viento, que ya
corría, llevando la voz profunda, ciclópea, de Dios, que
había pasado por la tierra.
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