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Esto lo escribo en otra
casa de campo a orillas del mar, sobre la costa. La
ginebra y el whisky han marcado anillos en la mesa
frente a la cual me siento. Hay poca luz. De la pared
cuelga una litografía coloreada de un gatito que tiene
puestos un sombrero adornado con flores, un vestido de
seda y guantes. El aire huele a moho, pero yo creo que
es un olor grato, vivificante y carnal, como el agua
de la sentina y el viento en tierra. Hay marea alta, y
el mar bajo el farallón golpea los muros de contención
y las puertas y sacude las cadenas con fuerza tal que
salta la lámpara sobre mi mesa. Estoy aquí, solo, para
descansar de una sucesión de hechos que comenzó un
sábado por la tarde, cuando estaba paleando en mi
jardín. Treinta o cincuenta centímetros bajo la
superficie descubrí un pequeño recipiente redondo que
podía haber contenido cera para lustrar zapatos. Con
un cortaplumas abrí el recipiente. Dentro encontré un
pedazo de tela encerada, y al desplegarla hallé una
nota escrita sobre papel rayado. Leí: “Yo, Nils
Jugstrum, me prometo que si al cumplir los veinticinco
años no soy socio del Club Campestre de Arroyo Gory,
me ahorcaré”. Sabía que veinte años antes el
vecindario en que vivo era tierra de cultivo, y supuse
que el hijo de un agricultor, mientras contemplaba los
verdes senderos del arroyo Gory, habría formulado su
juramento y lo habría enterrado en el suelo. Me
conmovieron, como me ocurre siempre, esas líneas
irregulares de comunicación en las cuales expresamos
nuestros sentimientos más profundos. A semejanza de un
impulso de amor romántico, me pareció que la nota me
sumergía más profundamente en la tarde.
El cielo era azul. Parecía
música. Acababa de cortar el pasto y su fragancia
impregnaba el aire. Me recordaba esos avances y esas
promesas de amor que practicamos cuando somos jóvenes.
Al final de una carrera pedestre uno se echa sobre la
hierba, junto a la pista, jadeante, y el ardor con que
abraza la hierba de la escuela es una promesa a la
cual se atendrá todos los días de su vida. Mientras
pensaba en cosas pacíficas, advertí que las hormigas
negras habían vencido a las rojas, y estaban retirando
del campo los cadáveres. Pasó volando un petirrojo,
perseguido por dos grajos. El gato estaba en el seto
de uvas, acechando a un gorrión. Pasó una pareja de
oropéndolas tirándose picotazos, y de pronto vi, a
menos de medio metro de donde estaba, una culebra
venenosa que se despojaba del último tramo de su
oscura piel de invierno. No sentí temor ni miedo, pero
me impresionó mi falta de preparación para este sector
de la muerte. Aquí encontraba un veneno letal, parte
de la tierra tanto como el agua que corría en el
arroyo, pero pareció que no le había reservado un
lugar en mis reflexiones. Volví a casa para buscar la
escopeta, pero tuve la mala suerte de encontrarme con
el más viejo de mis perros, una perra que teme a las
armas. Cuando vio la escopeta, comenzó a ladrar y a
gemir, atraída sin piedad por sus instintos y sus
sentimientos de ansiedad. Sus ladridos atrajeron al
segundo perro, por naturaleza cazador, que bajó
saltando los peldaños, dispuesto a cobrar un conejo o
un pájaro; y seguido por dos perros, uno que ladraba
de alegría y el otro de horror, regresé al jardín a
tiempo para ver que la víbora desaparecía entre las
grietas de la pared de piedra.
Después, fui en automóvil
al pueblo y compré semillas de hierba, y más tarde fui
al supermercado de la Ruta 27 para comprar unos
broches que había pedido mi esposa. Creo que en estos
tiempos uno necesita una cámara para filmar un
supermercado el sábado por la tarde. Nuestro lenguaje
es tradicional, y representa la acumulación de siglos
de relaciones. Excepto las formas de los productos,
mientras esperaba no pude ver nada tradicional en el
mostrador de la panadería. Éramos seis o siete
personas, y nos demoraba un viejo que tenía una larga
lista, una relación de alimentos. Mirando por encima
de su hombro leí:
6 huevos
entremeses
Me vio leyendo el papel y
lo apretó contra el pecho, como un prudente jugador de
naipes. De pronto, la música funcional pasó de una
canción de amor a un cha-cha-cha, y la mujer que
estaba al lado comenzó a mover tímidamente los hombros
y a ejecutar algunos pasos. “Señora, ¿desea bailar?”,
pregunté. Era muy fea, cuando abrí los brazos avanzó
un paso y bailamos un minuto o dos. Era evidente que
le encantaba bailar, pero con una cara como la suya
seguramente no tenía muchas oportunidades. Entonces,
se sonrojó intensamente, se desprendió de mis brazos y
se acercó a la vitrina de vidrio, donde estudió
atentamente los pasteles de crema. Me pareció que
había dado un paso en la dirección apropiada, y cuando
recibí mis broches y volví a casa estaba muy contento.
Un policía me detuvo en la esquina de la calle
Alewives, para dar paso a un desfile. Al frente
marchaba una joven calzada con botas y vestida con
pantalones cortos que destacaban la delgadez de sus
muslos. Tenía una nariz enorme, llevaba un alto
sombrero de piel y subía y bajaba un bastón de
aluminio. La seguía otra joven, de muslos más finos y
más amplios, que marchaba con la pelvis tan adelantada
al resto de su propia persona que la columna vertebral
se le curvaba de un modo extraño. Usaba gafas, y
parecía sumamente molesta a causa del avance de la
pelvis. Un grupo de varones, con el agregado aquí y
allá de un campanero de cabellos canos, cerraba la
retaguardia y tocaba “Los cajones de municiones
avanzan”. No llevaban estandartes, por lo que podía
ver no tenían finalidad ni destino y todo me pareció
muy divertido. Me reí el resto del camino a casa.
Pero mi esposa estaba
triste.
—¿Qué pasa, querida?
—pregunté.
—Tengo esa terrible
sensación de que soy un personaje, en una comedia de
televisión —dijo—. Quiero decir que mi aspecto es
agradable, estoy bien vestida, tengo hijos atractivos
y alegres, pero experimento esa terrible sensación de
que estoy en blanco y negro y de que cualquiera me
puede apagar. Es sólo eso, que tengo esa terrible
sensación de que me pueden borrar.
Mi esposa a menudo está
triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y
dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le
pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le
explico que su pesar acerca de los defectos de su
pesar puede ser un matiz diferente del espectro del
sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me
asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin
ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de
mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis
prados y mis jardines. No podría separarme de las
puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no
puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que
levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así,
aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura
doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte.
Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que
acababa de decir, su afirmación de que los aspectos
externos de su vida tenían carácter de sueño. Las
energías liberadas de la imaginación habían creado el
supermercado, la víbora y la nota en la caja de
pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más
desordenados tenían la literalidad de la doble
contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida
exterior tiene el carácter de un sueño y que en
nuestros sueños hallamos las virtudes del
conservadurismo. Después, entré en la casa, donde
descubrí a la mujer de la limpieza fumando un
cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas
que había encontrado en el canasto de los papeles.
Esa noche fuimos a cenar
al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de
socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no
lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y
para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija
única de un millonario que tenía una funeraria, estaba
bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad,
con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus
manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la
fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil.
Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia,
Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo
rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay
tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia.
Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba
de la coherencia social. Pero, si bien la escena era
obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día,
el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de
Palesteena, Por siempre jamás, soplando burbujas,
Louisuille Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo
rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar,
pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi
que todos meneaban la cabeza con profunda
desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie
regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la
puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón
cuando veo que la gente abandona la pista de baile
después de una serie; se agita lo mismo que se agita
cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una
playa mientras la sombra del arrecife se extiende
sobre el agua y la arena, se agita como si en esas
amables partidas percibiese las energías y la
irreflexión de la vida misma.
Pensé que el tiempo nos
arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y
en definitiva esa pareja que charla de forma
estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande
Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó
nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras,
nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los
ojos de todos, obligadamente miramos alrededor
buscando otras líneas de observación. Lo que entonces
deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino
una esencia, algo parecido a esa indescifrable
colisión de contingencias que pueden provocar la
exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer
era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad
a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y
bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de
la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y
encontré un anuncio comercial que, como tantas otras
cosas que había visto ese día, me pareció
terriblemente divertido. Una joven con acento de
internado preguntaba:
—¿Usted ofende con olor de
abrigo de piel húmedo? Una capa de marta de cincuenta
mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor
que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un
zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el
visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el
cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles
menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como
una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase
de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante
breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus
pieles... —Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y
así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de
la luna y soñé con una isla.
Yo estaba con otros
hombres, y parecía que había llegado allí en una
embarcación de vela. Recuerdo que tenía la piel
bronceada, y cuando me toqué el mentón sentí que tenía
una barba de tres o cuatro días. La isla estaba en el
Pacífico. En el aire flotaba un olor de aceite
comestible rancio —un indicio de la proximidad de la
costa china—. Desembarcamos en mitad de la tarde, y me
pareció que no teníamos mucho que hacer. Recorrimos
las calles. El lugar había sido ocupado por el
ejército, o había servido como puesto militar, porque
muchos de los signos de las ventanas estaban escritos
en inglés defectuoso. “Crews Cutz” (cortes de
cabello), leí en un cartel de una peluquería oriental.
Muchas tiendas exhibían imitaciones de whisky
norteamericano. Whisky estaba escrito “Whikky”. Como
no teníamos nada mejor que hacer, fuimos a un museo
local. Vimos arcos, anzuelos primitivos, máscaras y
tambores. Del museo pasamos a un restaurante y pedimos
una comida. Tuve que debatirme con el idioma local,
pero lo que me sorprendió fue que parecía tratarse de
una lucha bien fundada. Tuve la sensación de que había
estudiado el idioma antes de desembarcar. Recordé
claramente que formulé una frase cuando el camarero se
acercó a la mesa. —Porpozec ciebie nie prosze dorzanin
albo zylopocz ciwego —dije. El camarero sonrió y me
elogió, y cuando desperté del sueño, el uso del
lenguaje determinó que la isla al sol, su población y
su museo fuesen reales, vívidos y duraderos. Recordé
con añoranza a los nativos serenos y cordiales, y el
cómodo ritmo de su vida.
El domingo pasó veloz y
agradable en una ronda de reuniones para beber
cócteles, pero esa noche tuve otro sueño. Soñé que
estaba de pie frente a la ventana del dormitorio de la
casa de campo de Nantucket que alquilamos a veces. Yo
miraba en dirección al sur, siguiendo la delicada
curva de la playa. He visto playas más hermosas, más
blancas y espléndidas, pero cuando miro el amarillo de
la arena y el arco de la curva, siempre tengo la
sensación de que si miro bastante tiempo la caleta me
revelará algo. El cielo estaba nublado. El agua era
gris. Era domingo... aunque no podía decir cómo lo
sabía. Era tarde, y de la posada me llegaron los
sonidos tan gratos de los platos, y seguramente las
familias estaban tomando su cena del domingo por la
noche en el viejo comedor de tablas machimbradas.
Entonces vi bajar por la playa una figura solitaria.
Parecía un sacerdote o un obispo. Llevaba el báculo
pastoral, y tenía puestas la mitra, la capa pluvial,
la sotana, la casulla y el alba para la gran misa
votiva. Tenía las vestiduras profusamente recamadas de
oro, y de tanto en tanto el viento del mar las
agitaba. La cara estaba bien afeitada. No puedo
distinguir sus rasgos a la luz cada vez más escasa. Me
vio en la ventana, alzó una mano y dijo: —Porpozec
ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego—.
Después, continuó caminando deprisa sobre la arena,
utilizando el báculo como bastón, el paso estorbado
por sus voluminosas vestiduras. Dejó atrás mi ventana,
y desapareció donde la curva del farallón concluye con
la curva de la costa.
Trabajé el lunes, y el
martes por la mañana, a eso de las cuatro, desperté de
un sueño en el cual había estado jugando al béisbol.
Era miembro del equipo ganador. Los tantos eran seis a
dieciocho. Era un encuentro improvisado de un domingo
por la tarde en el jardín de alguien. Nuestras esposas
y nuestras hijas miraban desde el borde del césped,
donde había sillas, mesas y bebidas. El incidente
decisivo fue una larga carrera, y cuando se marcó el
tanto una rubia alta llamada Helene Farmer se puso de
pie y organizó a las mujeres en un coro que vivó:
—Ra, ra, ra —gritaron—.
Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz
ciwego. Ra, ra, ra.
Nada de todo esto me
pareció desconcertante. En cierto sentido, era algo
que había deseado. ¿Acaso el anhelo de descubrir no es
la fuerza indomable del hombre? La repetición de esta
frase me excitaba tanto como un descubrimiento. El
hecho de que yo hubiera sido miembro del equipo
ganador determinaba que me sintiera feliz, y bajé
alegremente a desayunar, pero nuestra cocina
lamentablemente es parte del país de los sueños. Con
sus paredes rosadas lavables, sus frías luces, el
televisor empotrado (donde se rezaban las oraciones) y
las plantas artificiales en sus macetas, me indujo a
recordar con nostalgia mi sueño, y cuando mi esposa me
pasó el punzón y la Tableta Mágica en la cual
escribimos la orden de desayuno, escribí: Porpozec
ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ella
se rió y me preguntó qué quería decir. Cuando repetí
la frase —en efecto, parecía que era lo único que
deseaba decir— se echó a llorar, y por la tristeza que
expresaba en sus lágrimas comprendí que era mejor que
yo descansara un poco. El doctor Howland vino a darme
un sedante, y esa tarde viajé en avión a Florida.
Ahora es tarde. Me bebo un
vaso de leche y me tomo un somnífero. Sueño que veo a
una bonita mujer arrodillada en un trigal. Tiene
abundantes cabellos castaños claros y la falda de su
vestido es amplia. Su atuendo parece anticuado —quizá
anterior a mi época y me asombra conocer a una extraña
vestida con prendas que podía haber usado mi abuela, y
también que me inspire sentimientos tan tiernos. Y sin
embargo, parece real... más real que el camino Tamiami,
seis kilómetros hacia el este, con sus puestos de
Smorgorama y Giganticburger, más real que las calles
laterales de Sarasota. No le pregunto quién es. Sé lo
que dirá. Pero entonces ella sonríe y empieza a hablar
antes de que yo pueda alejarme. "Porpozec ciebie... ",
empieza a decir. Entonces, me despierto desesperado, o
me despierta el sonido de la lluvia sobre las
palmeras. Pienso en un campesino que, al oír el ruido
de la lluvia, estirará sus huesos derrengados y
sonreirá, pensando que la lluvia empapa sus lechugas y
sus repollos, su heno y su avena, sus zanahorias y su
maíz. Pienso en un fontanero que, despertado por la
lluvia, sonríe ante una visión del mundo en el cual
todos los desagües están milagrosamente limpios y
desatascados. Desagües en ángulo recto, desagües
curvos, desagües torcidos por las raíces y
herrumbrosos, todos gorgotean y descargan sus aguas en
el mar. Pienso que la lluvia despertará a una vieja
dama, que se preguntará si dejó en el jardín su
ejemplar de Dombey and Son. ¿Su chal? ¿Cubrió las
sillas? Y sé que el sonido de la lluvia despertará a
algunos amantes y que su sonido parecerá parte de esa
fuerza que arrojó a uno en brazos del otro. Después,
me siento en la cama y exclamo en voz alta, para mí
mismo:
—¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud!
¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad! ¡Sabiduría! ¡Belleza!
—Se diría que las palabras tienen los colores de la
tierra, y mientras las recito siento que mi esperanza
crece, hasta que al fin me siento satisfecho y en paz
con la noche.
The New Yorker, 29 de septiembre de 1962.
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