|
Apuntó a través de los espesos copos de
nieve y alineó el alza sobre el pecho de la muchacha
cuando la aerosilla la colocó en el blanco. Enfocó un
emblema de colores brillantes en el abrigo de piel,
perfecta y convenientemente ubicado, y después de
seguirlo durante un minuto o dos apretó el gatillo. La
muchacha se desplomó contra el respaldo del adornado
asiento. Un disparo perfecto.
¿Cuántos iban ya? ¿Doce? Quizás trece.
Había perdido la cuenta. Todas muertes limpias. Sólo a uno
debió dispararle dos veces. Un hombre corpulento que se
había movido en su asiento en el instante en que él
disparó y empezó a retorcerse después del primer impacto.
Entonces disparó otra vez con más concentración y los
violentos movimientos del hombre se detuvieron
instantáneamente.
Apoyó el rifle contra la pared del refugio
y alzó la manija del mecanismo de la aerosilla. Justo en
el momento en que la silla del muerto se deslizaba sobre
el sector de salida debajo del refugio, cortó la
corriente, tal como lo hubiera hecho un ayudante de
patrulla de esquí para ayudar a bajar a un esquiador del
asiento.
Se acercó a la silla con rapidez, empujó el
cuerpo laxo hacia adelante, levantó la barra de
seguridad, y tiró con fuerza el cadáver hacia la
plataforma. Después, dándolo vuelta, lo tomó por debajo de
las axilas y lo arrastró por el piso de madera hasta la
parte posterior de la plataforma y luego hasta el pozo
detrás del refugio. Una vez que llevó el cuerpo hasta
allí, le dio un empujón con el pie y vio cómo se deslizaba
solo hacia abajo y caía encima de los otros.
Se apresuró a volver al refugio y sacó los
bastones de esquí fuera de la aerosilla. Los arrojó al
pozo encima de la colección de cuerpos, esquíes y
bastones. Luego fue hasta los controles de la aerosilla y
la puso en marcha nuevamente. Era hora de buscar otro
lindo blanco vivo para su rifle.
El asiento de la muchacha muerta se hallaba
a unos quince metros todavía. Aquello era como arrojar
pescado en un barril. Una galería de tiro humana. Cada
figura humana indefensa avanzando con lentitud en la
aerosilla, hasta unos cuarenta y cinco metros. Y con mira
telescópica. Casi de un mal deportista.
Pensó en los francotiradores de los que
hablaban los periódicos. Muchachos con carabina o
veintidós, disparando contra los autos que pasaban por las
avenidas cercanas a una gran velocidad, incapaces de una
faena limpia. O carniceros que colocaban una carga
explosiva en la azotea de un edificio y la hacían
explotar. ¡Exhibicionistas suicidas! ¡Idiotas! Nada de
imaginación. Nada de planes. Nada de clase. El le
mostraría al mundo cómo lo hace un experto. Y, de ese modo
le devolvería un pequeño favor a la comunidad de
esquiadores.
Su memoria recreó rápidamente las
innumerables entrevistas que había tenido con los
encargados de todos los centros de esquí.
—Lo siento, señor Griggs, pero ya hemos
completado nuestra patrulla de esquí para este año.
—Pero, yo no soy un esquiador cualunque.
Puedo hacer que los tipos que ha contratado parezcan
principiantes.
—Lamento decírselo pero ya estamos
completos.
—Todo lo que pido es una oportunidad. Antes
de Vietnam fui instructor en jefe en Stratton. Me
encargaba de los alumnos avanzados. Incluso entrené a casi
toda la patrulla de esquí. Todos tipos de primera de la
universidad. ¿No entiende? Soy un profesional. Soy el
mejor.
—Por supuesto, señor Griggs, pero no
tomaremos a nadie más esta temporada.
—¡Pero alguien tiene que darme una
oportunidad! El esquí es mi vida... ¿Es por mis
antecedentes de guerra, no?
—Lo siento, señor Griggs, le repito que ya
estamos completos.
—¡Pero estuvieron publicando avisos
pidiendo gente hasta hoy!
—Ya hemos completado nuestra lista.
—Usted sabe que eso es injusto. No pude
evitar toda esa publicidad. No hubo forma de detenerla. No
la quería. Además, me absolvieron. Por completo. Me
dejaron ir limpio. Yo sólo era un suboficial. Obedecía
órdenes todo el tiempo.
—Lo siento, señor Griggs.
—Oiga, si usted hubiera estado allá tanto
tiempo como yo, habría reaccionado igual. Todo lo que yo
quería era seguir con vida. Volver. Se llegó a un punto en
que no podían diferenciarse mujeres de hombres, o de
niños, para el caso. Hubo casos en que nuestros muchachos
se confundieron hasta en la cama misma. Aquello era un
lío. Tendría que haber estado para saber lo que era.
—Lo siento, señor Griggs.
—Usted sabe que me dieron una
recomendación. Todo lo que pido es poder volver a esquiar.
No pude evitar toda esa publicidad. No pueden dejarme
fuera eternamente. Quiero vivir del esquí.
"Lo siento, señor Griggs; lo siento, señor
Griggs; lo siento..."
Se acomodó y tomó aliento. Apuntó al nuevo
blanco que se acercaba y disparó. Sonrió al oír el rumor
de la detonación del rifle con silenciador. El muchacho se
sacudió en el asiento y luego se desplomó. Ahora debía
detener la aerosilla y retirar la jovencita del emblema.
No sólo era experto esquiador. Era experto
en dos artes. Sabía disparar. Y le gustaba hacerlo. En
Vietnam, se había convertido en el hombre de la compañía
que se encargaba de hacer "limpiezas". A medida que la
implacable tensión de la lucha iba influyendo sobre él,
descubrió que la mejor manera de no perder la cabeza, era
disfrutar haciendo lo que le salía bien. Si tenía que
matar para sobrevivir, más valía que lo hiciera bien. Y
para hacerlo bien tenía que gustarle.
Su comandante había detectado su capacidad
instintiva y le había confiado todos los "trabajos
especiales". Enseguida empezó a encontrar satisfacción en
ellos. Le gustaban las muertes limpias porque eran un
desafío. Era duro llevar a cabo un trabajo en la selva.
Pero también le gustaban esos "trabajos especiales", los
trabajos "menos competitivos" a menor distancia. Y los
había realizado con destreza y astucia.
Detuvo la aerosilla y comenzó a maniobrar
con el cuerpo inerte de la muchacha. Era atractiva. Un
bombón. Deseó haberla conocido antes de que tomara la
aerosilla para el Old Imperial esa mañana en particular.
Pero, demasiado tarde. Habría otras.
Como el cuerpo era liviano, se lo colocó
sobre su hombro y lo transportó hasta el borde del pozo
donde había estado apilando los cuerpos. La dejó caer por
la pendiente y se deslizó hacia abajo junto con los otros.
¡Qué lástima! Era bonita. Muy bonita. Había elegido un mal
día para esquiar en el Old Imperial.
¿Cuántos más mataría antes de esquiar
cuesta abajo y alejarse en el auto? Tal vez ya eran
suficientes para crear pánico en el mundo del esquí por un
tiempo. ¿Cuántos comenzarían a pensarlo dos veces y quizá
quedarse en casa y mirar televisión, antes de arriesgarse
a un fin de semana de esquí? ¿Un fin de semana sintiéndose
como blancos indefensos cada vez que subían a una
aerosilla y avanzaban con lentitud hacia la cima de la
montaña? Así pagarían por no haberlo dejado entrar.
Había regresado de Vietnam en el verano y
apenas pudo esperar para ver la nieve. Pero entonces llegó
esa mañana pegajosa en que se supo toda la historia que
marcó el comienzo de una pesadilla aun peor que las que
había tenido en la asquerosa selva. lA quién se le ocurre
encerrar a alguien por defender a su país?
—Todo lo que hice fue obedecer órdenes,
señor.
—Algunos de nuestros testigos creen que
usted demostraba algo más que un deseo de cumplir con las
órdenes. Nos referimos a la mañana en cuestión.
—Señor, estaba haciendo lo que me
ordenaron. Estábamos en guerra, a pesar de lo que digan
los nenes de la universidad. Lo que más me interesaba era
sobrevivir. Eran ellos o yo.
—Será la corte quien decida eso.
La incertidumbre duró meses durante los que
estuvo confinado en la base mientras la temporada de
invierno comenzaba y terminaba. Cada vez que conseguía un
periódico leía los informes diarios. Finalmente lo
absolvieron y lo dejaron en libertad pero su nombre,
Wesley Griggs se volvió casi un sinónimo de los excesos
insensatos de la guerra.
Tan pronto como se acercó la temporada,
comenzó su recorrida por las pistas de esquí del nordeste,
buscando trabajo como esquiador, listo al fin para empezar
a vivir otra vez, para abrocharse las botas nuevas y los
brillantes esquíes Mark 11 y llegar a la pista y dejar que
el aire de la montaña con su helada pureza le quitara de
la cabeza las penumbras y olores hediondos de la selva y
del ejército.
Supo que era un hombre marcado después de
la primera entrevista de trabajo. Se mostró más aprensivo
en la segunda y, cuando le negaron el puesto no se
sorprendió. De ahí en más, se repitió una y otra vez el
mismo diálogo, hasta el final: "Lo siento, señor Griggs".
Ya esperaba que lo rechazaran y se tornó tan agresivo que
los encargados lo encontraron casi amedrentador.
Después de estar absolutamente seguro de
que ningún encargado iba a contratar a gente como él —con
sus antecedentes y reputación— para que trabajara en su
preciosa montaña, decidió dedicar su tiempo a la caza.
Buscaría su rifle, su otro amor, y dispararía uno o dos
tiros a los ciervos. Después de ver cómo caía el animal
con un solo tiro, limpio y perfecto, decidió
repentinamente lo que iba a hacer. De inmediato comenzó a
planear los detalles.
Había sido un fanático del esquí desde
niño. Era un flacucho, que faltaba a clase y se escondía
para escuchar a los instructores mientras les enseñaban a
los niños ricos, que subía a escondidas a las aerosillas o
robaba pases de esquí de las camperas en el refugio
principal, que esquiaba en las pistas desde la salida del
sol hasta el anochecer con esquíes robados. Finalmente
abandonó la escuela secundaria, se compró un viejo coche
destartalado y fue de pista en pista por toda Nueva
Inglaterra, convencido de que era un experto. Se convirtió
en un brillante esquiador y logró integrar una patrulla de
esquí al año siguiente.
Al cabo de dos años, se convirtió en el
miembro más joven de la patrulla de Stratton, una de sus
montañas favoritas por la variedad de pistas que tenía.
Después, la guerra.
Cuando comenzó a planear cómo les haría
pagar a los encargados su amabilidad y consideración,
recordó la pista del OId Imperial en la montaña Connally,
una pista difícil y aislada con una aerosilla anticuada y
de asientos parecidos a los de un coche deportivo,
colocados a unos veintitrés metros uno del otro, de poca
velocidad, donde el miembro de la patrulla en el refugio
de la cima detenía la aerosilla y ayudaba a cada esquiador
a bajar del asiento. La pista era empinada en algunos
lugares y larga, una pista que resultaba un desafío y que
satisfacía las exigencias de los mejores esquiado res.
Esa era la razón de la popularidad de la que gozaba, a
pesar de lo que se demoraba en llegar a la cima.
También recordó la curva que daba el cable
a medida que la pista se acercaba a la cima, de manera que
sólo podían verse dos sillas a la vez desde el refugio.
Sólo tenía que conseguir un rifle desmontable, llegar con
el auto hasta la punta del Old Imperial con el arma
desarmada sujeta debajo del saco, dispararle al encargado
por la espalda y adueñarse de la montaña. Después de matar
a unos cuantos, dejaría la aerosilla detenida, esquiaría
cuesta abajo, subiría al auto. y se iría del lugar. Para
cuando llegara la patrulla a la cima para examinar el
problema, él ya estaría lejos...
Vio cómo la siguiente silla daba vuelta en
la curva y se colocaba a la vista con otro blanco, un tipo
con un suéter a guardas y un gorro tejido. No llevaba
campera. Tal vez fuera un buen esquiador. Sería la última
víctima. Le dispararía y se marcharía. Ya era suficiente
para causar pánico, para hacer que ese día en Connally se
recordara por mucho tiempo.
Era tonto arriesgarse innecesariamente.
Apuntó al suéter, un milímetro a la
izquierda del centro. Perfecto. Siga el blanco durante uno
o dos segundos, mantenga la concentración, apriete. Pero
un segundo antes de disparar, el esquiador se inclinó para
tocarse la bota. ¡Había errado por completo!
El esquiador levantó la cabeza
abruptamente, miró hacia el refugio y a los manchones de
bosque a la derecha e izquierda. Entonces, de un manotazo
levantó la barra de seguridad de la silla y saltó con
rapidez del asiento, sin siquiera molestarse en tomar los
bastones, y cayó en la nieve, tres o cuatro metros más
abajo.
¿Cómo había podido errarle? ¡Tenía que
disparar de nuevo! Matarlo enseguida antes de que pudiera
levantarse y perderse de vista por la curva. Dirigió la
mira al esquiador mientras éste luchaba para ponerse de
pie y lanzarse cuesta abajo. El mismo dibujo en el suéter,
de espaldas ahora en lugar de estar de frente. Apretó el
gatillo pero el rifle disparó sin éxito. ¡Maldición! ¿Por
qué no lo había recargado? ¿Por qué no contó? ¿Cómo pudo
haber sido tan estúpido?
El esquiador inició la marcha despacio por
no tener los bastones, se deslizó cuesta abajo, ganando
velocidad, y finalmente dobló hacia la derecha, por el
recodo en la pendiente. Había desaparecido.
No había por qué asustarse. Sólo dejar el
arma y esquiar cuesta abajo. No había ninguna pista. Nada.
El tipo no había podido darse cuenta de nada. No, no había
visto ni oído. nada. Ninguna huella, incluso si
encontraban el arma. La había empuñado con guantes y
frotado con cuidado para estar seguro. Nada de qué
asustarse. Sin asustarse entonces.
Corrió unos metros por el sendero hasta la
cima, justo detrás del pozo. Los cuerpos se estaban
cubriendo con manchitas de nieve. Enterró el rifle en un
montón de nieve cerca de la base de un árbol y luego
alisó el sitio cubierto.
Unos minutos más y no quedarían huellas.
Nada de qué preocuparse.
Volvió rápidamente al refugio, colocó los
esquíes en el piso y se paró sobre ellos, tomó los
bastones y los guantes y regresó al sendero. La aerosilla
estaba inmóvil. En la silla más cercana vio un cuerpo
encogido con esquíes; la otra silla estaba vacía salvo por
los bastones. Salió a toda velocidad cuesta abajo,
esquiando con estilo y gracia.
El largo trecho le dio tiempo para pensar,
para prever las preguntas y planear las respuestas. No, no
había visto nada extraño. ¿Accidentes? No. ¿Alguien con
un arma? ¿Está hablando en serio? No se le ocurría ningún
motivo por el que nadie no hubiera bajado en los últimos
minutos. No, no sabía por qué la aerosilla no se movía.
Funcionaba perfectamente cuando él subió; se había caído
mientras bajaba y se había detenido para descansar unos
minutos y recuperarse del golpe.
Empezó a sentir un frío extraño y se dio
cuenta de que, a pesar de la temperatura y del viento y la
nieve, tenía el cuerpo cubierto de sudor.
Echó un vistazo hacia los esquiadores
atrapados en las sillas inmóviles y esperó que aún
estuviesen colgando de allí, congelándose la nariz,
mientras él se alejaba. Miró hacia abajo y adelante. Una
pista buena. Una de las mejores. ¡Que la gente en las
sillas mire cómo baja un profesional!
Al llegar a los tramos más bajos de la
pista y avistar el refugio principal, observó que el
snow-cat recién comenzaba a subir, con dos miembros de la
patrulla, ambos vistiendo el saco azul brillante y el
sombrero azul. Era un largo tramo hasta la cima. El se
estaba moviendo mucho más rápido. Tenía mucho tiempo. Más
que suficiente. Había pasado por situaciones más
peligrosas que ésta en Vietnam.
Siguió abajo rumbo al área alrededor del
refugio principal donde todas las sillas tomaban a sus
pasajeros y se dirigían hacia la montaña. Muchos
esquiadores. Iban a recordar ese día en Connally. Quizás
hasta perdieran el interés por esquiar. Lo único que tenía
que hacer era atravesar la multitud sin llamar la
atención, llegar al estacionamiento y volar de allí.
A medida que se acercaba, pudo distinguir
las caras. Individualizó al esquiador del suéter a
guardas, a quien no había acertado. El tipo estaba de pie
en medio del grupo, justo en el sitio donde la cuesta se
nivelaba, mirando cómo él se aproximaba. Nada de qué
preocuparse. No había forma de que lo supieran todavía.
Varios de los tipos del grupo tenían los
sacos azules de la montaña. Reconoció al encargado de la
pista, un tipo grandote y demasiado viejo. Recordó la
entrevista con él varios meses atrás y se preguntó si el
desgraciado se acordaría de él. Después distinguió al
gordo que dirigía la escuela de esquí. Y uno o dos más de
la patrulla. También vio un policía, el grandote de bigote
que había estado dirigiendo el tránsito. Cuando resultó
evidente que el grupo estaba aguardándolo, empezó a
derrapar y disminuyó la velocidad a medida que se
acercaba.
—Disculpe —dijo el encargado—, ¿vio qué
pasaba allá arriba? El operador detuvo la aerosilla y no
sabemos por qué.
Ninguna señal de reconocimiento. El
desgraciado no se acordaba de él. Sin embargo, el corazón
le latía con violencia. El último obstáculo, eso era todo.
El estacionamiento estaba a menos de cien metros.
—Todo me pareció normal cuando estaba en la
cima. Yo también me di cuenta de que la aerosilla se
detuvo. ¿Por qué ocurrió eso?
—Pensamos que quizás usted podría
explicárnoslo a nosotros. Usted acaba de bajar.
—No, en realidad bajé de la cima hace un
rato. Me caí por la mitad de la bajada. Me detuve y
descansé unos minutos. Me torcí un poco el tobillo. —Se
sintió mareado y se preguntó si ellos se darían cuenta.
—Parece que está bien ahora.
—Sí, mucho mejor.
—Este hombre dice que alguien le disparó
allá arriba. ¿Oyó algo que sonara como un disparo?
—¿Un disparo? ¿Habla en serio? No, no oí
ningún disparo.
—¿Vio a alguien que portara algo que
pudiera parecer un arma? —preguntó el policía—. ¿O algo
por el estilo?
Dudó, como si tratara de recordar.
—No, nada en absoluto.
—Bueno, ya mandamos a dos miembros de la
patrulla arriba —dijo el jefe—. Sabremos algo dentro de
algunos minutos.
—Probablemente nada grave —Empezó a
alejarse lentamente del grupo rumbo al estacionamiento
—¡Eh! —exclamó uno de la patrulla de
esquí—. ¿Qué tiene en la espalda del saco? ¿Sangre?
Se detuvo helado. Abrió la boca y los miró
a todos, cara por cara. ¡La muchacha! Dejó caer los
bastones y se tocó el hombro derecho con la mano
izquierda, sin dejar de mirarlos. Mientras hacía esto, el
brazo derecho cayó contra el costado y sintió la caja de
proyectiles, aún llena por la mitad, en el bolsillo del
saco. Había olvidado enterrarla con el arma.
—¿Puede damos una explicación? —el policía
le estudió la cara, estiró el brazo y le tocó el hombro
para ver la mancha.
No respondió.
—Creo que va a ser mejor que espere aquí
con nosotros hasta que la patrulla llegue a la cima —dijo
el policía.
—No puedo. Debo irme. Se lo digo en serio,
debo irme. —Pensó en correr pero tenía los esquíes puestos
y había dejado caer los bastones. Y estaba rodeado de
uniformes azules.
—¿Tan temprano? —preguntó el policía—.
Tiene un boleto de ocho dólares para la aerosilla y
todavía no es hora de almorzar. Mejor espere con nosotros
hasta que tengamos noticias de la patrulla.
El jefe lo miró con los ojos entrecerrados
y dijo:
—Su cara me resulta conocida. ¿No nos hemos
visto antes?
Pero ni siquiera oyó la pregunta. Acababa
de recordar algo gracioso. La sangre que tenía en el saco
no estaba fresca. Había usado el saco cuando cazaba y lo
había ensuciado al levantar el ciervo que mató. Una
sonrisa tonta se desplegó en su cara. Empezó a reírse con
disimulo y luego descontroladamente. Los demás lo miraron
en silencio.
ir arriba
|